Momentos urbanos suizos
0
Prueba ajustar tu búsqueda eligiendo más de una ciudad, eliminando todos los filtros o seleccionando varias experiencias a la vez.
+ momentos

¿Cómo no dignificar con una fotografía el trabajo de los artesanos que hicieron posible esta fachada?
La Farmacia Luganese es uno de esos comercios clásicos que luchan contra las franquicias. Una tienda que entiende la importancia de la tipografía para presentarse ante los viandantes. Me hubiera gustado tener un ligero catarro para poder entrar a comprar algo.



A la cima del monte Bré llegamos volando.
El gran mirador de Lugano está conectado con la ciudad con un funicular que llega a su destino con extrema facilidad.
Pero ¿por qué se ven destellos blancos en el margen derecho de esta foto?
Son pequeños errores producto de la fotografía analógica, bellos fallos que dan la sensación de estar contemplando un sueño o un recuerdo.
En la era de la fotografía digital, en la que no hay casi límite de fotos que podemos hacer, trabajar con cámaras que usan carrete obliga a los fotógrafos a tomar menos instantáneas. Es lo que hicimos en este viaje. Todas las imágenes que mostramos en esta guía están hechas con cámara analógica.
«Tienes menos margen para equivocarte. Te obliga a pensar más antes de hacer la foto», explica Lluís, el fotógrafo que me acompaña en esta aventura. «Además, sigues contando con la cámara de tu móvil, por si acaso».
Hay un elemento más que contribuye a la belleza de lo analógico. El revelado. Cuando haces la foto, no tienes una pantalla para poder ver el resultado en tiempo real. Toca esperar hasta el final del viaje. Envías los carretes a un laboratorio y en unos pocos días recibes los resultados en un archivo digital. Un ejercicio de paciencia en la era de la impaciencia.


El ser más poderoso del reino animal yace moribundo, consciente del poco tiempo que le queda.
Una daga clavada en el cuerpo le está dejando sin vida. La escultura se inauguró en 1821 para homenajear a los 760 mercenarios de la Guardia Suiza que murieron protegiendo a Luis XVI durante la Revolución francesa.
Pero el mensaje del león moribundo es tan universal que trasciende la razón por la que fue esculpido. Su mirada nos recuerda la necesidad de sentir empatía hacia los demás.
Mark Twain lo describió como «el trozo de piedra más triste, conmovedor y contundente del mundo». Hay lugares turísticos a los que uno llega y difícilmente entiende la fama que tienen. Este no es uno de ellos.



400 días para conquistar el monte Pilatus.
Es lo que tardó Eduard Locher en construir el tren cremallera al monte Pilatus, inaugurado en 1888. Antes se necesitaban cinco horas a pie para alcanzar la cima. Ahora, gracias a esta maravilla de la ingeniería, se puede llegar en aproximadamente una hora.
Cogimos el tren en Alpnachstad, a orillas del lago, a 440 metros de altitud. Treinta minutos después llegamos a la cima, a 2.073 metros por encima del nivel del mar. Es durante el trayecto cuando te das cuenta de la proeza del ingenio de Locher y su equipo.
El tren Pilatus llega a tener una inclinación máxima del 48%. Pensad en esos sufridos ciclistas que suben cuestas en el Tour de Francia. En el peor de los casos, el desnivel que deben encarar es del 13%. Casi cuatro veces menos.
Para que el tren pudiese subir la pendiente sin problemas, Locher inventó un sistema de cremallera que permite la sujeción absoluta de los vagones a la vía. Durante el ascenso no se viaja, se vuela.
Una vez arriba, nos alejamos de la estación y tomamos asiento en una roca. A lo lejos sonaba una trompa alpina. Un pastor con sombrero tradicional pasó a nuestro lado y nos soltó un «¡grüezi!», hola, en suizoalemán.
La vuelta a Lucerna la hicimos por el otro lado del monte Pilatus, en un teleférico de última generación totalmente automatizado. Suiza tiene este tipo de contrastes constantemente. Un apego por la tradición y lo propio, pero siempre abiertos a lo nuevo. Al más puro estilo de Eduard Locher.


Por mucha intención que pongas a una foto, esta siempre te sorprende para bien o para mal.
Para mal cuando no sale cómo te la habías imaginado; y para bien cuando sale mejor de lo pensado.
Trabajar con cámara analógica te da estas sorpresas. No puedes ver el resultado en tiempo real. No tienes una pantalla para comprobarlo. Toca esperar al revelado al acabar el viaje. Y toca revivir y recordar escenas como estas de las que te habías olvidado. Una nube de vapor flotante sobre un lago tranquilo y un barco blanco de la ‘belle époque’. Escenas que solo te puedes encontrar en el lago Leman.


Los cafés antiguos son el mejor antídoto contra las ciudades fotocopia.
Por el precio de un café tienes un asiento con vistas a la vida de las personas que las habitan, mientras te rodean las reliquias que dejaron otros que las poblaron en vidas anteriores.
En el caso de Confiserie Schiesser, ese café o chocolate caliente merece ir acompañado de sus legendarios bollos y tartas. Fundado en 1870, sigue en manos de la misma familia, que lleva cinco generaciones endulzando la vida de los basilienses.
Para tomarse algo, hay que cruzar la tienda que se sitúa a pie de calle y subir unas escaleras que dan entrada a un salón espacioso revestido de madera. En la esquina, un hombre elegante de unos 70 años con sombrero lee el periódico como en los viejos tiempos, mientras grupos de mujeres charlan animadamente.
Escogemos una mesa pegada a la ventana. Es el mejor sitio para estudiar los movimientos de los ciudadanos que circulan por la plaza, abajo, sin perder la posibilidad de observar también a la gente sentada en el interior del café.
Unas amables y risueñas camareras españolas nos invitan a levantarnos para escoger la comida. Todo entra por los ojos y dejamos que sean ellos quienes guíen nuestra decisión. Pedimos un poco de todo y a echar la tarde.