Momentos urbanos suizos
0
Prueba ajustar tu búsqueda eligiendo más de una ciudad, eliminando todos los filtros o seleccionando varias experiencias a la vez.
+ momentos

Los cafés antiguos son el mejor antídoto contra las ciudades fotocopia.
Por el precio de un café tienes un asiento con vistas a la vida de las personas que las habitan, mientras te rodean las reliquias que dejaron otros que las poblaron en vidas anteriores.
En el caso de Confiserie Schiesser, ese café o chocolate caliente merece ir acompañado de sus legendarios bollos y tartas. Fundado en 1870, sigue en manos de la misma familia, que lleva cinco generaciones endulzando la vida de los basilienses.
Para tomarse algo, hay que cruzar la tienda que se sitúa a pie de calle y subir unas escaleras que dan entrada a un salón espacioso revestido de madera. En la esquina, un hombre elegante de unos 70 años con sombrero lee el periódico como en los viejos tiempos, mientras grupos de mujeres charlan animadamente.
Escogemos una mesa pegada a la ventana. Es el mejor sitio para estudiar los movimientos de los ciudadanos que circulan por la plaza, abajo, sin perder la posibilidad de observar también a la gente sentada en el interior del café.
Unas amables y risueñas camareras españolas nos invitan a levantarnos para escoger la comida. Todo entra por los ojos y dejamos que sean ellos quienes guíen nuestra decisión. Pedimos un poco de todo y a echar la tarde.


El rugido delicado del barco resonaba en nuestros oídos.
Hacía solo media hora antes estaba tomando un ‘capuccino’ en el centro de Lugano, y ahora estaba en un pequeño pueblo rodeado de bosques y agua. Los barcos que surcan el lago de Lugano tienen esa capacidad de teletransporte.
La vuelta a la ciudad la hicimos por el sendero de los olivos. Un camino que empieza en el pueblo de Gandria, una localidad que cuenta con una conexión histórica con Madrid. Aquí nació y murió Virgilio Rabaglio, el arquitecto que fue maestro de obras del Palacio Real de Madrid en el siglo XVIII y que posteriormente proyectó el palacio de Riofrío, en Segovia.


¿Qué tiene más valor? ¿Pavarotti cantando ‘Tosca’ o Kurt Cobain gritando ‘Smells Like Teen Spirit’?
La pregunta tiene trampa y la respuesta es totalmente subjetiva. Lo único que puedo decir con certeza es que ambas cosas pasaron en Zúrich.
Pavarrotti cantó en la ópera de esta ciudad suiza en 1981. Y en el otro lado del lago, Cobain dio un concierto en el centro Rote Fabrik en 1989, cuando aún no era famoso.
Dos culturas totalmente distintas. Una, elitista y cara. Otra, independiente y alternativa. Una preserva el pasado. Otra acoge lo que está por venir.
El ejemplo de la ópera viene a cuento porque fue la decisión de remodelar este espacio, con un presupuesto de 60 millones de francos a principios de los 80, la que desencadenó una serie de protestas que acabarían cambiando totalmente la cultura de la ciudad.
Grupos anarquistas vieron esta decisión como la enésima afrenta de un sistema que, según ellos, primaba la cultura elitista por encima de la cultura independiente.
Las protestas llevaron al Ayuntamiento a reconocer la Rote Fabrik y a dotarla con una financiación adecuada, aunque sigue siendo una entidad independiente y gestionada de forma cooperativa.
Gracias a lugares como Rote Fabrik la cultura no se limita a preservar el pasado.


Para conocer mejor una ciudad hay que rascar y no quedarnos en la superficie.
Y eso exige un poquito de osadía. Hay que meterse en lugares donde no acostumbra estar el turista, y uno de esos sitios es el restaurante Kunsthalle. Desde la calle hay pocos elementos que sugieren que se trata de un local abierto al público. La entrada es discreta y los que entran saben a lo que van. Tras cruzar las dos puertas que lo separan del exterior, aparece una sala grande con techos abovedados pintados.
Christian Berzins, periodista del periódico ‘Neue Zürcher Zeitung’, lo define así: «El Kunsthalle, en Basilea, es uno de esos restaurantes donde realmente no importa lo que se come. Al igual que en la ópera, el enfoque no está en las notas altas individuales, sino en la experiencia general. La mejor recomendación, de todos modos, es tomarse el plato del día, que aquí llaman el plat du jour».
En verano el restaurante cambia de aspecto y se vuelca más hacia la calle, con mesas y sillas y una coctelería Campari Bar, considerada de las mejores de la ciudad. Un buen sitio para comer rodeado de las élites de Basilea y constatar que la ostentación brilla por su ausencia. Se respira elegancia, pero reina la discreción, marca de la casa de Basilea.


«¿Dónde está tomada esa foto?», le pregunté al señor de detrás del mostrador, señalando una imagen de una bodega llena de quesos.
«Aquí debajo», me contestó sonriendo, apuntando al subsuelo. «¿Os lo enseño?».
Salimos al exterior de la tienda y unas compuertas nos llevaron a un pasadizo subterráneo. A medida que bajamos los peldaños de la escalera, el olor a queso se volvió cada vez más intenso. «Aquí es donde ocurre la magia». Cada una de las salas abovedadas estaba llena de quesos redondos apilados en estanterías. «Los dejamos madurar entre 6 y 30 meses, dependiendo de la intensidad de sabor que buscamos».
La persona que nos atendió se llama Dominic Bärfuss y lleva seis años regentando el establecimiento junto con su hermano Patrick. Antes de su llegada, la tienda estuvo en manos de la misma familia desde 1894 hasta 2014, cuando el bisnieto del fundador, Dieter Heugel, decidió jubilarse.
Sin descendencia ni pareja, Heugel llegó a pensar que tendría que cerrar ante la imposibilidad de encontrar un sucesor adecuado, hasta que Patrick se cruzó en su camino. Bärfuss llevaba tiempo buscando un cambio de vida tras una carrera desarrollada en marketing y ventas. Los dos congeniaron y Heugel por fin encontró a alguien que pudiese tomar las riendas de su negocio.
Pese a estar en un emplazamiento turístico, Dominic nos contó que el 90% de su clientela es local. Además de los quesos que maduran en sus bodegas, recomiendan su mezcla casera para fondue. «Siempre dicen que es algo que se debe comer solo en invierno, pero yo creo que cualquier momento del año es bueno».


Brutalismo delicado. Parece un oxímoron.
Los prejuicios han llevado a que muchos piensen que el brutalismo, un estilo arquitectónico popularizado entre los 60 y 70, no puede ser sensible por el uso indiscriminado que hace del hormigón. Esta obra, diseñada por Jack Bertoli en 1975, rompe este mito. El edificio imita las formas de una flor, lo que le ha valido el apodo de La Tulipe (el tulipán). Una pequeña joya que merece ser fotografiada.