Momentos urbanos suizos
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Para conocer mejor una ciudad hay que rascar y no quedarnos en la superficie.
Y eso exige un poquito de osadía. Hay que meterse en lugares donde no acostumbra estar el turista, y uno de esos sitios es el restaurante Kunsthalle. Desde la calle hay pocos elementos que sugieren que se trata de un local abierto al público. La entrada es discreta y los que entran saben a lo que van. Tras cruzar las dos puertas que lo separan del exterior, aparece una sala grande con techos abovedados pintados.
Christian Berzins, periodista del periódico ‘Neue Zürcher Zeitung’, lo define así: «El Kunsthalle, en Basilea, es uno de esos restaurantes donde realmente no importa lo que se come. Al igual que en la ópera, el enfoque no está en las notas altas individuales, sino en la experiencia general. La mejor recomendación, de todos modos, es tomarse el plato del día, que aquí llaman el plat du jour».
En verano el restaurante cambia de aspecto y se vuelca más hacia la calle, con mesas y sillas y una coctelería Campari Bar, considerada de las mejores de la ciudad. Un buen sitio para comer rodeado de las élites de Basilea y constatar que la ostentación brilla por su ausencia. Se respira elegancia, pero reina la discreción, marca de la casa de Basilea.

En los tres años que vivió en Berna (1903-1905), Albert Einstein desarrolló la teoría de la relatividad, una de las contribuciones más importantes del científico al destino de la humanidad.
Y dicen que uno de los elementos que más inspiró al físico alemán fue Zytglogge, el gran reloj que domina el centro de Berna. Situado en la calle donde vivía con su primera mujer, Mileva Marić, fue aquí donde se dio cuenta de que el tiempo podía ir a distintas velocidades, dependiendo del movimiento de cada uno.
En palabras de la BBC, «Einstein escuchó la campana una tarde de mayo de 1905. (…) Cuando miró a la torre, de pronto se imaginó una escena inimaginable. ¿Qué pasaría si un tranvía se alejara de la torre a la velocidad de la luz? Si él estuviera sentado en el tranvía, su reloj seguiría marcando el paso del tiempo. Pero si girase para ver la torre, el reloj estaría parado».


Desde este mirador situado en la Place de la Cathédrale, el lago de Lemán parece un océano.
No se ve el final.
¿Cuántas personas se habrán sentado en este mismo banco a lo largo de los siglos?
Una chica se levanta y aprovecho para sentarme. Mi cerebro se impacienta y me pide levantarme. Me resisto a hacerlo. Hoy parece que lo más difícil es parar.
La inmensidad del horizonte ayuda a relativizar los malos pensamientos. Todo se vuelve más pequeño e insignificante. Los problemas se difuminan en los techos de los edificios.
Tolón, tolón, tolón, tolón.
La campana de la catedral me despierta de la ensoñación. Me levanto y sigo mi camino. Un adolescente aprovecha mi marcha para sentarse en el banco. Y así sucesivamente, hasta la eternidad.


Esta es la historia de un rico heredero desencantado de los negocios que dedicó su vida a coleccionar obras de arte.
«Una compensación necesaria para la desolación espiritual de mi entorno diario». Un relato que ayuda a explicar por qué una ciudad de 100.000 habitantes tiene una colección de arte que no se encuentra en muchas ciudades que superan el millón.
Se llamaba Oskar Reinhart (1885-1965), nació en Winterthur y pronto se dio cuenta de que lo suyo no era llevar una empresa. Pero tuvo el buen juicio de mantener sus acciones y enseguida empezó a invertir los beneficios que recibía cada año en comprar cuadros.
No lo hacía al azar, ni tampoco le interesaba ser marchante. Lo suyo fue un proceso metódico de recopilación que le llevó a tener una de las colecciones de arte más importantes de Suiza. Más de 600 pinturas que incluyen nombres como Delacroix, Courbet, Degas, Pissarro, Sisley, Renoir y Van Gogh, además de una notable colección de pinturas alemanas románticas.
Aquella mañana nos dirigimos al centro de operaciones de Reinhart. Una villa llamada Am Römerholz que encargó construir en 1915 en una colina con vistas a Winterthur.
Aquí, el joven Reinhart supervisaba la compra de obras. Un artículo de Neue Zürcher Zeitung publicado sobre su vida en 2015 lo describe como una persona disciplinada con los gastos que intentaba no perder el juicio cuando le ofrecían cuadros de pintores famosos. No quería caer en la tentación de comprar un cuadro de segunda de un artista de primera.
El gran beneficiado de su buen ojo fue Winterthur. Desde muy pronto, el heredero tomó la decisión de legar su colección a la ciudad. Obras que hoy se dividen entre la villa y el museo Reinhart am Stadtgarten, en el centro de la ciudad.
Desde el primer momento que cruzamos la puerta de entrada de la villa notamos el buen gusto de este mecenas. Un jardín frondoso rodeaba la casa, con una mezcla variopinta de especies naturales.
En la parte delantera de la casa nos esperaba una terraza acogedora regentada por una simpática camarera dicharachera, que le quitó solemnidad a la villa. No hablaba apenas inglés y nosotros apenas unas pocas palabras de alemán. Recurrimos al lenguaje universal de los signos para hacernos entender.


En una explanada frente a la estación central se está gestando uno de los proyectos culturales más ambiciosos de la historia reciente de Lausana.
En total, 180 millones de francos han sido asignados a este proyecto que empezó con la inauguración del nuevo Museo de Bellas
Artes en 2019.
El edificio, diseñado por el estudio barcelonés Barozzi Veiga, se construyó en terrenos ocupados anteriormente por talleres de reparación de trenes. El interior es amplio y está planteado como un recorrido con un comienzo y un final. La colección es notable, con cuadros de Valloton, Twombly, Klee y Courbet.
Próximamente se irán añadiendo los museos de diseño (Mudac) y fotografía (Musée Elysee) al complejo. Todos tendrán su propio edificio bajo el mismo paraguas: Plateforme 10.


Siempre me ha gustado visitar iglesias cuando están vacías.
Sé que el fin último de un lugar así es que esté lleno de vida, pero prefiero recorrerlos por la mañana, en un día de diario, sin gente.
Uno de los elementos en los que siempre me fijo es el órgano. «El instrumento que ha utilizado el ser humano para intentar recrear lo místico y metafísico más allá del día a día», en palabras de Christopher Nolan.
Junto con el compositor Hans Zimmer, el director de cine británico convirtió este instrumento milenario en el protagonista de su película de ciencia ficción futurista Interstellar. «Es muy humano. Necesita aire para sonar y para ello necesita respirar. En cada nota escuchas la respiración y la exhalación», dice Zimmer. «Es una tecnología que se inventó para servir a la música. Ciencia utilizada para servir al arte».
Nolan nos demuestra que el pasado está lleno de ideas para ser redescubiertas.