Momentos urbanos suizos
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En una ciudad dominada por las cuestas, Lausana ha tenido que recurrir a numerosos puentes, túneles y metros para sortear el desnivel.
Debajo de uno de estos viaductos, un grupo de emprendedores tuvieron la brillante idea de instalar un bar aprovechando el espacio inutilizado. Lo llamaron Terasse des Grandes Roches y lo decoraron con sillas desparejadas y mesas de segunda mano. El público es estudiantil, con cero pretensiones, un buen sitio para tomar algo con calma.



El Art Brut no fue creado para ser expuesto.
No fue concebido para venderse. Ni para hacerse famoso, ni para distinguirse de los demás. Es arte creado por el mero hecho de crear. La pulsión más primaria del ser humano. La misma que llevó a nuestros antepasados a dejar la huella de su mano en las cuevas de Altamira. Y uno de los hogares espirituales de este movimiento se encuentra en Lausana.
La collection de L’Art Brut alberga la colección más completa de obras de este género, legadas a la ciudad por Jean Debuffet.
El francés se empezó a interesar por el Art Brut tras descubrir el libro Expresiones de la locura, de Hanz Prinzhorn. Un médico alemán que puso en valor las obras de arte de los locos que se encontraba en los psiquiátricos donde trabajaba durante los años 20. Debuffet acabaría llamando Art Brut (arte bruto) a este género en 1945, en honor a su crudeza y pureza artística.
Pero el artista francés no quiso reducirlo únicamente a la etiqueta del arte de los locos. Buscaba piezas insólitas de presos, gente solitaria, inadaptados, ancianos, místicos, anarquistas y rebeldes. Gente que tenía una cosa en común: la ausencia de una formación artística tradicional. El arte de los desamparados, marginados y olvidados.
Tras exponer sus piezas en el Museo de Artes Decorativas en París en 1967, el francés empezó a contactar con distintas instituciones para encontrar un hogar para su colección. Ante la falta de interés en su país de origen, llegó a un acuerdo con el Ayuntamiento de Lausana, que le ofreció un edificio para salvaguardar sus obras. La Collection de L’Art Brut se inauguró en 1976.
«El verdadero arte siempre está donde no se le espera. Allí donde nadie piensa en él ni pronuncia su nombre. El arte odia ser reconocido y saludado por su nombre. (…) El arte es un personaje apasionadamente enamorado del incógnito. En cuanto alguien lo descubre, lo señala con el dedo, entonces se escapa, dejando en su lugar un figurante laureado que lleva sobre sus hombros una gran pancarta en la que pone ARTE, que todo el mundo rocía enseguida con champaña», decía Jean Debuffet.
El Art Brut es una llamada a todos para crear sin esperar a tener el permiso de los demás. A confiar en nuestra intuición. A no dejar que anulen el potencial creativo que todos llevamos dentro.


Sentado en completo silencio me imaginé lo que debieron sentir los peregrinos que viajaban durante semanas para llegar aquí cuando entraban por la puerta.
O el monje que, ávido de conocimiento, caminaba valle tras valle para poder venir y consultar algunos tomos de la biblioteca.
El arquitecto que lo diseñó sabía que estaba creando una puesta en escena. Un paisaje interior de arcos y frescos intercalados para despertar la fe de sus visitantes. Cuando observamos esta iglesia en silencio estamos viendo también una foto fija del final de una época.
«La Abacial es uno de los últimos edificios religiosos monumentales del final del período barroco. Construida sobre una estructura simétrica, con una rotonda en el centro, está decorada en estilo rococó», cuenta el informe de la Unesco. Razones de peso que llevaron al organismo a inscribir la catedral y la abadía como Patrimonio de la Humanidad en 1983.
Hoy las iglesias se han convertido en uno de los últimos refugios del silencio. Un lugar para escuchar el silencio.


Me gusta cuando los museos están planteados como una ruta.
Siempre es posible subvertirla. Puedes probar a hacerlo al revés. Pero en el museo de arte de Winterthur el viaje era demasiado placentero como para ir a contracorriente. Las primeras salas son auténticas maravillas de principios del XX, en las que no solo destacan las obras, sino la arquitectura que las acompaña.
Pero la ruta tomó un rumbo interesante cuando llegamos hasta el final del edificio original. Una puerta pequeña en la esquina llevaba a un pasillo. Y desde ese pasillo entramos, de pronto, a un edificio blanco, de techos altos y de aspecto completamente contemporáneo.
En unos pocos metros nos habíamos trasladado desde principios del siglo XX hasta el XXI. Fue un salto grande. Un contraste estimulante e intenso en el que el museo se convirtió en una máquina del tiempo. El viaje acabó en una sala amplia, casi vacía, con una escultura flotando en el ambiente.
¿Qué pensará la persona que vea esta misma escena que yo presenciaba ahora en 2120? ¿Le parecerá exótico? ¿Sentirá desapego o fascinación por algo que tiene más de un siglo de vida? ¿Habrá un tercer edificio para entonces que refleje los anhelos y deseos de la época? La imaginación me permitió seguir viajando por lo menos durante un siglo más.


Siempre me ha gustado visitar iglesias cuando están vacías.
Sé que el fin último de un lugar así es que esté lleno de vida, pero prefiero recorrerlos por la mañana, en un día de diario, sin gente.
Uno de los elementos en los que siempre me fijo es el órgano. «El instrumento que ha utilizado el ser humano para intentar recrear lo místico y metafísico más allá del día a día», en palabras de Christopher Nolan.
Junto con el compositor Hans Zimmer, el director de cine británico convirtió este instrumento milenario en el protagonista de su película de ciencia ficción futurista Interstellar. «Es muy humano. Necesita aire para sonar y para ello necesita respirar. En cada nota escuchas la respiración y la exhalación», dice Zimmer. «Es una tecnología que se inventó para servir a la música. Ciencia utilizada para servir al arte».
Nolan nos demuestra que el pasado está lleno de ideas para ser redescubiertas.


Hace tiempo que aquí no se escucha el ruido de deportistas sudados levantando pesas ni de balones botando en el suelo.
Este antiguo gimnasio ahora alberga otro tipo de actividades. Conciertos, charlas, quedadas entre artistas. Además del simple acto de tomarse una cerveza entre amigos. Hablamos del Turnhalle, una institución en Berna. Un bar cultural que muda de piel a menudo.
Turnhalle habita dentro de Progr, una organización que ha transformado un antiguo colegio en un centro de trabajo para artistas y mentes creativas. Hay más de 150 integrantes que desarrollan proyectos en sus salas, desde diseñadores gráficos hasta directores de cine, pasando por coreógrafos.
La historia detrás de este proyecto, como muchos que tienen que ver con cultura urbana en Suiza, surge a partir de la lucha de unos creadores valientes por abrir espacios para desarrollar el arte.
Tras el cierre de la escuela en 2004, una agrupación cultural consiguió convencer al Ayuntamiento para quedarse con los espacios de forma temporal durante dos años, mientras se tomaba una decisión sobre su futuro uso.
El tiempo pasó y el arraigo del centro se hizo cada vez más profundo en la escena cultural bernesa. Ante la posible venta del inmueble, Berna recurrió a un recurso típicamente suizo: organizar un referéndum en 2009 para decidir su futuro.
Más del 60% de los habitantes de la ciudad votaron por mantenerlo en su estado actual hasta, al menos, 2039.
Como dicen los propios responsables de Turnhalle, «aquí puedes beber, comer, cotillear, hacer gimnasia, soñar, pensar, hablar, escuchar, mirar». ¿Qué más se puede pedir?