Momentos urbanos suizos
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Nuestro viaje al interior del Rolex Learning Center fue un recorrido con un final incierto.
Cuando pensamos que habíamos llegado a conocer todos los rincones de este edificio, de pronto se abría un nuevo espacio que no habíamos visto antes.
No había ni una sola línea recta, ni muros separadores ni escaleras. «Los humanos no nos movemos en líneas rectas, nos movemos en líneas curvas», dice Ryue Nishzawa, del estudio de arquitectura SANAA, quien diseñó el espacio.
Cada sala estaba interconectada por caminos que subían y bajaban de forma sinuosa. En cada zona había patios interiores que dejaban entrar la luz, accesibles desde dentro y desde fuera del edificio. Esta porosidad hizo que nunca tuviésemos la sensación de estar en un inmueble de grandes dimensiones pese a que abarca más de 20.000 metros cuadrados.
El proyecto nació a partir del deseo de la universidad politécnica de Lausana (EPFL), una de las más prestigiosas de Europa en ciencia y tecnología, de dar un vuelco a su imagen.
Inaugurado en 2010, hoy es el buque insignia de la institución. Un lugar en el centro del campus para ser habitado, con una biblioteca, cantina, zonas de trabajo y abierta al público. Un sitio en el que hay libertad para que las ideas fluyan en perfecta comunión entre el interior y el exterior.
«Los científicos y los artistas tienen mucho en común. Tienes que ser creativo para ser un buen científico. La arquitectura es una disciplina que une las dos cosas», decía Patrick Aebischer, presidente emérito de EPFL. «Y eso es lo que queremos transmitir a nuestros alumnos».


Antes de que Jimmy Wales pusiera en marcha la Wikipedia, ya había personas obsesionadas con recopilar todo el conocimiento de la humanidad.
Gente como Martin Bodmer (1899-1971), que dedicó su vida a coleccionar más de 150.000 libros y objetos.
La wikipedia analógica de Bodmer se encuentra en el barrio de Cologny. Sus salas subterráneas muestran primeras ediciones de libros como la Biblia de Gutenberg, las noventa y cinco tesis de Lutero, ‘Principia Mathematica’, de Newton, el manuscrito original de ‘Los 120 días de Sodoma’, el Papiro 66, bocetos de Mozart, la ‘Comedia’, de Dante y ‘Fausto’, de Goethe, escrito a mano.
Originario de Zúrich, Bodmer heredó una gran fortuna en 1916 y empleó su dinero en adquirir libros de manera metódica, con gran discreción, durante el resto de su vida.
En sus últimos años antes de morir creó la Fundación Martin Bodmer con el fin de salvaguardar la colección. Las obras se guardan bajo tierra en un espacio diseñado de manera magistral por el arquitecto Mario Botta para no alterar el paisaje de Cologny.
Además de la conservación y digitalización de la biblioteca, hoy la entidad invierte mucha energía en organizar exposiciones que mantienen vivo el espíritu de Bodmer.
El bibliófilo salvó muchas obras de la destrucción de las guerras mundiales. Hoy, en la época de las ‘fake news’, cuando leemos información de primera, segunda y tercera mano, nunca se volvió más importante conservar las fuentes primarias.


En Lugano, la presencia del lago es tan envolvente que a veces te olvidas de que estás en una ciudad.
Pero hay días en los que apetece un poco más de urbanidad. Si nos quedamos únicamente con lo más bello de una ciudad, nos llevaremos un relato incompleto. Para llegar al Bar Oops hay que caminar hacia el interior de Lugano y alejarse de las zonas más monumentales.
Llegamos justo cuando cae el sol. El bar está a rebosar. Se concentran una mezcla de estudiantes y profesionales liberales, que charlan animadamente con esa gesticulación tan vivaz que caracteriza a los italoparlantes. Las mesas son largas y se comparten aumentando las posibilidades de acabar conociendo a un local. Aunque no se sirve comida, los dueños te permiten comprar una pizza en el local de enfrente y comértela allí dentro.
Durante la hora que estuvimos en este bar, fue fácil imaginarse como un luganés más disfrutando de una cerveza tras finalizar una jornada de trabajo. La atracción de lo cotidiano.


Me gusta cuando los museos están planteados como una ruta.
Siempre es posible subvertirla. Puedes probar a hacerlo al revés. Pero en el museo de arte de Winterthur el viaje era demasiado placentero como para ir a contracorriente. Las primeras salas son auténticas maravillas de principios del XX, en las que no solo destacan las obras, sino la arquitectura que las acompaña.
Pero la ruta tomó un rumbo interesante cuando llegamos hasta el final del edificio original. Una puerta pequeña en la esquina llevaba a un pasillo. Y desde ese pasillo entramos, de pronto, a un edificio blanco, de techos altos y de aspecto completamente contemporáneo.
En unos pocos metros nos habíamos trasladado desde principios del siglo XX hasta el XXI. Fue un salto grande. Un contraste estimulante e intenso en el que el museo se convirtió en una máquina del tiempo. El viaje acabó en una sala amplia, casi vacía, con una escultura flotando en el ambiente.
¿Qué pensará la persona que vea esta misma escena que yo presenciaba ahora en 2120? ¿Le parecerá exótico? ¿Sentirá desapego o fascinación por algo que tiene más de un siglo de vida? ¿Habrá un tercer edificio para entonces que refleje los anhelos y deseos de la época? La imaginación me permitió seguir viajando por lo menos durante un siglo más.


«DNI, por favor», la agente uniformada no estaba para bromas ese día.
«Tenéis 20 minutos», nos informó con firmeza. Afortunadamente, fue la primera y última vez que nos pidieron la documentación en todo el viaje.
Nos encontrábamos en el interior del cuartel general de la policía de Zúrich y nuestra visita no tenía nada que ver con haber transgredido la ley. Estábamos aquí para ver los murales del artista Augusto Giacometti.
En 1922 el Ayuntamiento convocó un concurso para embellecer la entrada de este edificio, que anteriormente había sido un convento. El certamen lo ganó el pintor proveniente de la familia Giacometti, una estirpe de artistas legendarios en el imaginario suizo.
El trabajo mezcla motivos florales con escenas que ensalzan a la clase trabajadora. Una obra que merece una breve parada cronometrada por agentes de la ley.



Esta foto fue tomada a las 16:12:20 h, aunque no lo supe hasta más adelante.
Me llevó un rato entenderlo, como a muchos otros transeúntes que se pararon delante de este reloj a la entrada de la estación central de St. Gallen.
En el país que se ha labrado una fama internacional por la precisión de sus relojes, me pareció un buen chiste no poder descifrarlo con facilidad. Pero el objetivo de esta instalación nunca fue poner las cosas fáciles, sino hacernos pensar y ejercitar nuestras dotes de aritmética.
El reloj se presentó en 2018 tras el fin de un proceso de remodelación de la estación de St. Gallen. Una idea presentada por el artista Norbert Möslang, inspirada en el sistema binario, la forma de numeración que rige la computación moderna.
¿Cómo supe entonces la hora en la que fue tomada esta foto? Lo primero que hay que tener en cuenta es que está al revés. La foto fue tomada desde el interior de la estación en lugar del exterior. En el cuadro debajo hemos corregido esto.
Añadimos la serie numérica del sistema binario, clave para descifrar el reloj. 32, 16, 8, 4, 2, 1.

Hora: 16
Minutos: 8+4=12
Segundos: 16+4=20
16:12:20
¡Un despilfarro!
«Ha costado demasiado» (324.000 francos). «¡Es inaceptable!» (el reloj ha tenido varios problemas técnicos), son algunas de las críticas al proyecto que recogió el periódico ‘St. GallerTageblatt’.
Para otros, como el desarrollador Jan Göltenboth, se ha convertido en una pieza imprescindible del paisaje urbano de la ciudad. El programador es el creador de SBBinary, una app que ayuda a descifrar el reloj binario utilizando realidad aumentada.
Personalmente me veo muy reflejado en la tribuna que escribió la periodista local en ‘St. Galler Tageblatt’ para defender el proyecto. «Una obra de arte moderna tiene éxito si sorprende y contiene algo radicalmente nuevo. Todo lo demás se llama decoración (…) ¿Cuál hubiera sido la alternativa? ¿La estación de tren más aburrida de Suiza?».