Momentos urbanos suizos
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«Dios ha muerto», declaró Nietzsche en su libro Así habló Zaratustra en 1885.
Durante los años siguientes, muchos pensadores libraron una batalla en busca de nuevas creencias para suplir ese vacío. Uno de los más influyentes se llamaba Rudolf Steiner. El filósofo y arquitecto austriaco viajaba por las principales ciudades europeas para difundir sus ideas sobre la espiritualidad, la reencarnación, el karma y la ciencia, y se convirtió en una especie de gurú new age de la época.
Steiner renegaba de la obsesión por el materialismo y creía que adoptar valores espirituales de Oriente no bastaba a las sociedades occidentales. Por eso, sus seguidores y él desarrollaron un movimiento que llamaron Antroposofía y eligieron un pueblo tranquilo a 10 kilómetros de Basilea, llamado Dornach, para construir su sede. Allí uno de sus seguidores le cedió unos terrenos en 1913. Visitarlo es fácil: se tarda 10 minutos en tren desde la estación central de Basilea y otros 10 minutos a pie desde la estación de Dornach.
El edificio que vemos ahora fue inaugurado en 1928 (el primero se quemó en un incendio en 1922) y es un viaje fascinante al futuro visto por los ojos de Steiner. El pensador supervisó todos los detalles del diseño, desde el exterior hasta los muebles y las esculturas del interior. En esta construcción, en la que apenas hay líneas rectas, acabó creando una obra maestra de la arquitectura de la época.
Hoy Steiner es una figura que polariza. Sus detractores dicen que sus creencias promovieron la pseudociencia y sus seguidores defienden que su figura ha sido muy influyente: los colegios Steiner, la agricultura biodinámica y la banca ética son algunas de las corrientes que beben de sus ideas. Pero todo esto queda al margen de la experiencia cuasi religiosa de visitar el edificio más fotogénico de Basilea. En las calles aledañas hay algo que lo hace más interesante todavía: casas diseñadas por Steiner y sus seguidores, que imitan las formas sinuosas del edificio principal. Todo esto convierte la excursión en una viaje en el tiempo retrofuturista.


En Lugano, la presencia del lago es tan envolvente que a veces te olvidas de que estás en una ciudad.
Pero hay días en los que apetece un poco más de urbanidad. Si nos quedamos únicamente con lo más bello de una ciudad, nos llevaremos un relato incompleto. Para llegar al Bar Oops hay que caminar hacia el interior de Lugano y alejarse de las zonas más monumentales.
Llegamos justo cuando cae el sol. El bar está a rebosar. Se concentran una mezcla de estudiantes y profesionales liberales, que charlan animadamente con esa gesticulación tan vivaz que caracteriza a los italoparlantes. Las mesas son largas y se comparten aumentando las posibilidades de acabar conociendo a un local. Aunque no se sirve comida, los dueños te permiten comprar una pizza en el local de enfrente y comértela allí dentro.
Durante la hora que estuvimos en este bar, fue fácil imaginarse como un luganés más disfrutando de una cerveza tras finalizar una jornada de trabajo. La atracción de lo cotidiano.


¿Dónde acaba y dónde empieza la naturaleza en Lugano?
El portón de hierro forjado que aparece en esta foto lo define a la perfección. Esta separación no existe.
Estamos en el Parco Ciani, el cinturón verde que envuelve el centro de la ciudad. Una antigua casa señorial que el Ayuntamiento abrió al público en 1911.
Sus caminos están rodeados de bancos rojos. El parque es también un museo de escultura al aire libre, con una mezcla de obras clásicas y contemporáneas.
En la punta más alejada de la ciudad hay una pequeña playa para darse un baño.


Han pasado 30 años desde que un grupo de activistas tomaron el control de esta antigua fábrica y lo convirtieron en el centro de la cultura alternativa de la ciudad.
Desde entonces, ha habido tensiones con las autoridades, pero el proyecto ha conseguido consolidarse.
Un total de 18 asociaciones comparten el espacio, programando música en vivo, arte, cine independiente, serigrafia y talleres de trabajo.
L’Usine, junto con Rote Fabrik (Zúrich) y Reitschule (Berna), son los abanderados de la cultura autogestionada en Suiza. Los tres han conseguido apoyo gubernamental sin comprometer su independencia.


La vida brota bajo este viaducto mientras los trenes pasan por arriba.
En sus 56 arcos no falta de nada. Puedes tomar el aperitivo, dar clases de tango, comprar queso, hacer ejercicio, trabajar un rato en un coworking, comprar muebles, ver un concierto en directo.
Construido en 1894 con piedra tallada, anteriormente albergó talleres y almacenes antes de caer en el olvido. En Zúrich son unos verdaderos maestros del aprovechamiento del espacio y este es el enésimo ejemplo de ello.


Para conocer mejor una ciudad hay que rascar y no quedarnos en la superficie.
Y eso exige un poquito de osadía. Hay que meterse en lugares donde no acostumbra estar el turista, y uno de esos sitios es el restaurante Kunsthalle. Desde la calle hay pocos elementos que sugieren que se trata de un local abierto al público. La entrada es discreta y los que entran saben a lo que van. Tras cruzar las dos puertas que lo separan del exterior, aparece una sala grande con techos abovedados pintados.
Christian Berzins, periodista del periódico ‘Neue Zürcher Zeitung’, lo define así: «El Kunsthalle, en Basilea, es uno de esos restaurantes donde realmente no importa lo que se come. Al igual que en la ópera, el enfoque no está en las notas altas individuales, sino en la experiencia general. La mejor recomendación, de todos modos, es tomarse el plato del día, que aquí llaman el plat du jour».
En verano el restaurante cambia de aspecto y se vuelca más hacia la calle, con mesas y sillas y una coctelería Campari Bar, considerada de las mejores de la ciudad. Un buen sitio para comer rodeado de las élites de Basilea y constatar que la ostentación brilla por su ausencia. Se respira elegancia, pero reina la discreción, marca de la casa de Basilea.