Momentos urbanos suizos
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En los tres años que vivió en Berna (1903-1905), Albert Einstein desarrolló la teoría de la relatividad, una de las contribuciones más importantes del científico al destino de la humanidad.
Y dicen que uno de los elementos que más inspiró al físico alemán fue Zytglogge, el gran reloj que domina el centro de Berna. Situado en la calle donde vivía con su primera mujer, Mileva Marić, fue aquí donde se dio cuenta de que el tiempo podía ir a distintas velocidades, dependiendo del movimiento de cada uno.
En palabras de la BBC, «Einstein escuchó la campana una tarde de mayo de 1905. (…) Cuando miró a la torre, de pronto se imaginó una escena inimaginable. ¿Qué pasaría si un tranvía se alejara de la torre a la velocidad de la luz? Si él estuviera sentado en el tranvía, su reloj seguiría marcando el paso del tiempo. Pero si girase para ver la torre, el reloj estaría parado».


En verano las opciones para tomar algo en Zúrich aumentan de forma exponencial.
Una de las más acogedoras es la isla de Bauschänzli, situada en pleno centro histórico. Durante los meses más calurosos se transforma en una terraza sin pretensiones donde tomar algo. Desde aquí hay una vista privilegiada de Quaibrücke, el puente más concurrido de la ciudad, por el que pasan tranvías y ciclistas constantemente. Un buen panorama para descansar la vista.


«DNI, por favor», la agente uniformada no estaba para bromas ese día.
«Tenéis 20 minutos», nos informó con firmeza. Afortunadamente, fue la primera y última vez que nos pidieron la documentación en todo el viaje.
Nos encontrábamos en el interior del cuartel general de la policía de Zúrich y nuestra visita no tenía nada que ver con haber transgredido la ley. Estábamos aquí para ver los murales del artista Augusto Giacometti.
En 1922 el Ayuntamiento convocó un concurso para embellecer la entrada de este edificio, que anteriormente había sido un convento. El certamen lo ganó el pintor proveniente de la familia Giacometti, una estirpe de artistas legendarios en el imaginario suizo.
El trabajo mezcla motivos florales con escenas que ensalzan a la clase trabajadora. Una obra que merece una breve parada cronometrada por agentes de la ley.


Hay muchas maneras de ver el Museo de Arte e Historia de Ginebra.
Yo me quedo con la forma en la que los artistas expuestos en sus salas han interactuado con el paisaje a lo largo de los siglos. Basta ver el horizonte lleno de agua y montañas que se abre cuando hace un día de sol en Ginebra para entender esta fascinación.
Cada forma de representar un paisaje es el reflejo de la época en la que fue creado. En los siglos XVI y XVII se mezcla con motivos religiosos. En el siglo XVIII y XIX adquiere tintes más realistas. Y a principios del XX, pintores como Ferdinand Hodler lo pasan por el filtro de la imaginación.
Los cuadros de Hodler ya no están obsesionados con resaltar la realidad. «Toman el concepto del paralelismo, un término que acuñó para explicar su manera de abordar el arte. Se refiere a su proceso de simplificación, simetría, la repetición de elementos en los que busca aislar y extraer las cualidades esenciales de la naturaleza. Hodler percibía que había un orden en el universo y su trabajo como artista era revelarlo», según el crítico de arte Martin Oldham en la revista Apollo.
Comparar los cuadros de distintas épocas es observar las verdades de cada época.


Hace tiempo que aquí no se escucha el ruido de deportistas sudados levantando pesas ni de balones botando en el suelo.
Este antiguo gimnasio ahora alberga otro tipo de actividades. Conciertos, charlas, quedadas entre artistas. Además del simple acto de tomarse una cerveza entre amigos. Hablamos del Turnhalle, una institución en Berna. Un bar cultural que muda de piel a menudo.
Turnhalle habita dentro de Progr, una organización que ha transformado un antiguo colegio en un centro de trabajo para artistas y mentes creativas. Hay más de 150 integrantes que desarrollan proyectos en sus salas, desde diseñadores gráficos hasta directores de cine, pasando por coreógrafos.
La historia detrás de este proyecto, como muchos que tienen que ver con cultura urbana en Suiza, surge a partir de la lucha de unos creadores valientes por abrir espacios para desarrollar el arte.
Tras el cierre de la escuela en 2004, una agrupación cultural consiguió convencer al Ayuntamiento para quedarse con los espacios de forma temporal durante dos años, mientras se tomaba una decisión sobre su futuro uso.
El tiempo pasó y el arraigo del centro se hizo cada vez más profundo en la escena cultural bernesa. Ante la posible venta del inmueble, Berna recurrió a un recurso típicamente suizo: organizar un referéndum en 2009 para decidir su futuro.
Más del 60% de los habitantes de la ciudad votaron por mantenerlo en su estado actual hasta, al menos, 2039.
Como dicen los propios responsables de Turnhalle, «aquí puedes beber, comer, cotillear, hacer gimnasia, soñar, pensar, hablar, escuchar, mirar». ¿Qué más se puede pedir?



En una época en la que los centros de las ciudades corren el peligro de convertirse en centros comerciales al aire libre, la Plaza Roja de St. Gallen es una necesaria llamada a los ciudadanos para que vuelvan a ocupar las plazas públicas.
Inaugurada en 2005, la artista local Pipilotti Rist desarrolló esta solución ingeniosa para crear la sensación de estar en un salón al aire libre. Junto con el arquitecto Carlos Martínez, emplearon granulado rojo para crear un mar carmesí en toda la plaza. El mismo material esponjoso y agradable al tacto que se usa para las pistas de atletismo.
El paso del tiempo ha ido decolorando la plaza, un hecho que ha obligado al Ayuntamiento a iniciar un proceso de restauración del espacio en 2020. Durante la renovación, varios políticos locales han protestado por el uso de un material que consideran poco ecológico. Pero incluso los más críticos aceptaron en declaraciones al periódico local ‘St. GallerTagblatt’ que el proyecto se ha convertido en un activo imprescindible para la ciudad.
«Además del valor artístico de la Plaza Roja, también ayuda a construir comunidad: aquí, la gente disfruta de su café antes del trabajo, los niños juegan con los objetos y recientemente escuché a una mujer mayor decir que el plástico bota muy bien al caminar». ¿No es ese el fin último del espacio público?