Momentos urbanos suizos
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Después de unos días de sol, las nubes grisáceas se confabularon esa mañana para dar un aire de intriga al jardín botánico.
Entramos en uno de los invernaderos y un aspersor empezó a regar el ambiente con agua pulverizada, contribuyendo a remarcar la atmósfera misteriosa. Las plantas empujaban contra los cristales empañados creando escenas que parecían sacadas de un cuadro impresionista. Mi primer impulso fue fotografiarlo todo. Pero desistí para no perderme muchas cosas.
El jardín botánico de Ginebra es un mundo natural miniaturizado. Un lugar en el que plantas de los seis continentes comparten espacio y vida. Uno de los lugares favoritos de los ginebrinos para sus citas, comer un bocadillo a mediodía o simplemente huir de la ciudad sin salir de ella.
Un viaje dentro de un viaje para ver las maravillas del mundo natural.



175 kilómetros de carriles bici convierten a Winterthur en la mejor ciudad de Suiza para ir en bici.
Casi todo lo importante se puede alcanzar a pie, pero si tienes poco tiempo, ¡alquilate una!


Antes de que Jimmy Wales pusiera en marcha la Wikipedia, ya había personas obsesionadas con recopilar todo el conocimiento de la humanidad.
Gente como Martin Bodmer (1899-1971), que dedicó su vida a coleccionar más de 150.000 libros y objetos.
La wikipedia analógica de Bodmer se encuentra en el barrio de Cologny. Sus salas subterráneas muestran primeras ediciones de libros como la Biblia de Gutenberg, las noventa y cinco tesis de Lutero, ‘Principia Mathematica’, de Newton, el manuscrito original de ‘Los 120 días de Sodoma’, el Papiro 66, bocetos de Mozart, la ‘Comedia’, de Dante y ‘Fausto’, de Goethe, escrito a mano.
Originario de Zúrich, Bodmer heredó una gran fortuna en 1916 y empleó su dinero en adquirir libros de manera metódica, con gran discreción, durante el resto de su vida.
En sus últimos años antes de morir creó la Fundación Martin Bodmer con el fin de salvaguardar la colección. Las obras se guardan bajo tierra en un espacio diseñado de manera magistral por el arquitecto Mario Botta para no alterar el paisaje de Cologny.
Además de la conservación y digitalización de la biblioteca, hoy la entidad invierte mucha energía en organizar exposiciones que mantienen vivo el espíritu de Bodmer.
El bibliófilo salvó muchas obras de la destrucción de las guerras mundiales. Hoy, en la época de las ‘fake news’, cuando leemos información de primera, segunda y tercera mano, nunca se volvió más importante conservar las fuentes primarias.


«¿Dónde está tomada esa foto?», le pregunté al señor de detrás del mostrador, señalando una imagen de una bodega llena de quesos.
«Aquí debajo», me contestó sonriendo, apuntando al subsuelo. «¿Os lo enseño?».
Salimos al exterior de la tienda y unas compuertas nos llevaron a un pasadizo subterráneo. A medida que bajamos los peldaños de la escalera, el olor a queso se volvió cada vez más intenso. «Aquí es donde ocurre la magia». Cada una de las salas abovedadas estaba llena de quesos redondos apilados en estanterías. «Los dejamos madurar entre 6 y 30 meses, dependiendo de la intensidad de sabor que buscamos».
La persona que nos atendió se llama Dominic Bärfuss y lleva seis años regentando el establecimiento junto con su hermano Patrick. Antes de su llegada, la tienda estuvo en manos de la misma familia desde 1894 hasta 2014, cuando el bisnieto del fundador, Dieter Heugel, decidió jubilarse.
Sin descendencia ni pareja, Heugel llegó a pensar que tendría que cerrar ante la imposibilidad de encontrar un sucesor adecuado, hasta que Patrick se cruzó en su camino. Bärfuss llevaba tiempo buscando un cambio de vida tras una carrera desarrollada en marketing y ventas. Los dos congeniaron y Heugel por fin encontró a alguien que pudiese tomar las riendas de su negocio.
Pese a estar en un emplazamiento turístico, Dominic nos contó que el 90% de su clientela es local. Además de los quesos que maduran en sus bodegas, recomiendan su mezcla casera para fondue. «Siempre dicen que es algo que se debe comer solo en invierno, pero yo creo que cualquier momento del año es bueno».


Cuando nos bajamos del autobús, lo primero que pensé es que me había equivocado de sitio.
Vinimos en busca de una iglesia y nos encontramos con un cubo blanco anodino sin ventanas. Rodeamos el costado izquierdo del edificio hasta llegar a la parte trasera y una puerta se abrió automáticamente.
Cruzamos el umbral cegados por la luz del sol, y la atmósfera se transformó por completo. El ambiente era oscuro pero bañado en una luminosidad suave. Los muros desprendían una luz anaranjada que resaltaba los contornos de la piedra. El arquitecto, Franz Füeg, consiguió este efecto forrando el muro con 888 losas de mármol griego de 20 mm de ancho.
No había cuadros ni símbolos, ni falta que hacía. El choque de los rayos del sol con la piedra generó una energía celestial, independientemente de si uno es creyente o no.
Contemplamos esta maravilla durante 20 minutos en silencio y en soledad. Las ciudades tienen estas recompensas para quien está dispuesto a salirse de las zonas monumentales. Y aquel día encontramos nuestro premio en en Meggen, un pueblo junto a Lucerna.



Ginebra es la ciudad más diversa y cosmopolita de toda Suiza (el 37% de la población es extranjera). Pero si hay un sitio donde las diferencias sociales se difuminan, es en los baños de Paquis, el lugar predilecto de los ginebrinos para poner el cuerpo a remojo durante el verano.
El espacio sigue manteniendo su espíritu popular y accesible gracias a un grupo de activistas locales, que se movilizaron en 1987. Aquel año el Ayuntamiento presentó un proyecto para renovar completamente los baños.
Temerosos de perder la personalidad del espacio, un grupo de activistas constituyeron una asociación llamada l’Association d’usagers des Bains des Pâquis (AUBP) y consiguieron firmas para someter el plan a referendum. El 25 de septiembre de 1988, más de 17.000 personas votaron en contra, obligando al Ayuntamiento a abandonar el proyecto.
A partir de esa victoria de la democracia directa, la gestión del espacio ha estado en manos de la AUBP, que sigue velando por la integridad de los baños.
En invierno, existe la tradición de venir aquí a tomar fondue en su restaurante. Pero en verano es cuando el espacio encuentra su verdadera razón de ser, acogiendo a gente de todas las edades y clases sociales. Una razón de ser por la que merece la pena luchar.