Momentos urbanos suizos
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Rolf Fehlbaum es un hombre que, a sus 79 años, sigue perdidamente enamorado de las sillas.
No solo ha convertido Vitra en uno de los fabricantes de muebles más prestigioso del mundo, sino que lleva décadas coleccionándolas. El Vitra Shaudepot es un espacio construido a medida para albergar su colección, que cuenta con más de 7.000 muebles, entre ellos 400 sillas expuestas al público.
«Puedes reconocer y entender una época –sus estructuras sociales, sus materiales, técnicas y modas– a través de sus sillas», cuenta el presidente de Vitra.
La exposición permanente recorre 200 años de diseño de sillas cuidadosamente seleccionadas para mostrar su evolución. «Todas las sillas hacen esencialmente lo mismo, invitarte a tomar asiento, pero ningún objeto cotidiano es tan polifacético», afirma Fehlbaum con rotundidad.


«ExistĂa la necesidad de explicar aquello que durante muchos años ha modificado el devenir del planeta», decĂa Charles-Henri Favrod (1927-2017), fundador del MusĂ©e de l’ElysĂ©e, en una entrevista con el historiador local Bernard Jeker.
Abrir un museo de fotografĂa en 1986 fue un acto revolucionario. No existĂa nada igual en toda Europa y Favrod habĂa convencido a las autoridades locales para convertir un palacete vacĂo a orillas del lago de Lemán en el lugar para ponerlo en marcha.
Retrospectiva tras retrospectiva, exposiciĂłn a exposiciĂłn, el museo fue convirtiĂ©ndose en uno de los más respetados en el ámbito de la fotografĂa.
Esa necesidad que sentĂa Favrod de explicar este arte sigue siendo más importante que nunca. La fotografĂa se ha convertido en un lenguaje casi tan importante como la palabra escrita o hablada. Cada dĂa generamos millones de imágenes, enviamos fotos por WhatsApp a nuestros amigos y lanzamos stories para enseñar lo que estamos haciendo.
En 2021 el edificio que desde 1986 ha albergado la colección cerrará al público. El museo se trasladará a Plateforme 10, una explanada cultural al lado de la estación central de Lausana.
Un proyecto en el que la ciudad ha invertido 180 millones de francos para concentrar el Museo de Bellas Artes (ya inaugurado), el Museo de Diseño y el MusĂ©e de l’ElysĂ©e en un solo lugar. El futuro ya no está separado por categorĂas. Todo converge.


«DNI, por favor», la agente uniformada no estaba para bromas ese dĂa.
«Tenéis 20 minutos», nos informó con firmeza. Afortunadamente, fue la primera y última vez que nos pidieron la documentación en todo el viaje.
Nos encontrábamos en el interior del cuartel general de la policĂa de ZĂşrich y nuestra visita no tenĂa nada que ver con haber transgredido la ley. Estábamos aquĂ para ver los murales del artista Augusto Giacometti.
En 1922 el Ayuntamiento convocĂł un concurso para embellecer la entrada de este edificio, que anteriormente habĂa sido un convento. El certamen lo ganĂł el pintor proveniente de la familia Giacometti, una estirpe de artistas legendarios en el imaginario suizo.
El trabajo mezcla motivos florales con escenas que ensalzan a la clase trabajadora. Una obra que merece una breve parada cronometrada por agentes de la ley.


El buen diseño no es solo lo que se ve, sino lo que no se ve, y Suiza, muchas veces, se caracteriza por este tipo de diseño.
El reloj mĂtico que cuelga en todas sus estaciones de trenes tiene esta caracterĂstica. Usa lo mĂnimo necesario para decirte la hora. Y no por ello es peor. Al contrario, ofrece una experiencia más limpia y más equilibrada.
En Suiza se inventaron tipografĂas mundialmente conocidas, como la Helvetica y Univers; sus diseñadores se guiaron siempre por el «menos es más», una caracterĂstica que ya se da en su inconfundible bandera.
El diseño de carteles es algo que se toma muy en serio en el paĂs, como puede verse en cuentas de Instagram como @swissposters.
Esta cultura tiene su hogar en el Museum für Gestaltung, que cada año organiza entre cinco y siete exposiciones. Un museo y centro de investigación que almacena más de 500.000 objetos relacionados con la cultura visual.


OblĂgate a parar o te perderás muchas cosas.
Suena contradictorio, pero no lo es. Ya no viajamos como en el pasado. Los tiempos son más cortos y se busca hacer lo máximo posible en el tiempo asignado. Es lógico.
Pero viajar no es solo moverse a toda velocidad o coleccionar cromos en Instagram Stories. Viajar tambiĂ©n es reservarse un rato cada dĂa para no hacer nada. Sentarse en un banco mirando al lago de Lucerna, levantar la mirada y asimilar lo que estamos viviendo.
OblĂgate a parar para no perderte muchas cosas.


«¿Dónde está tomada esa foto?», le pregunté al señor de detrás del mostrador, señalando una imagen de una bodega llena de quesos.
«Aquà debajo», me contestó sonriendo, apuntando al subsuelo. «¿Os lo enseño?».
Salimos al exterior de la tienda y unas compuertas nos llevaron a un pasadizo subterráneo. A medida que bajamos los peldaños de la escalera, el olor a queso se volviĂł cada vez más intenso. «AquĂ es donde ocurre la magia». Cada una de las salas abovedadas estaba llena de quesos redondos apilados en estanterĂas. «Los dejamos madurar entre 6 y 30 meses, dependiendo de la intensidad de sabor que buscamos».
La persona que nos atendió se llama Dominic Bärfuss y lleva seis años regentando el establecimiento junto con su hermano Patrick. Antes de su llegada, la tienda estuvo en manos de la misma familia desde 1894 hasta 2014, cuando el bisnieto del fundador, Dieter Heugel, decidió jubilarse.
Sin descendencia ni pareja, Heugel llegĂł a pensar que tendrĂa que cerrar ante la imposibilidad de encontrar un sucesor adecuado, hasta que Patrick se cruzĂł en su camino. Bärfuss llevaba tiempo buscando un cambio de vida tras una carrera desarrollada en marketing y ventas. Los dos congeniaron y Heugel por fin encontrĂł a alguien que pudiese tomar las riendas de su negocio.
Pese a estar en un emplazamiento turĂstico, Dominic nos contĂł que el 90% de su clientela es local. Además de los quesos que maduran en sus bodegas, recomiendan su mezcla casera para fondue. «Siempre dicen que es algo que se debe comer solo en invierno, pero yo creo que cualquier momento del año es bueno».