Momentos urbanos suizos
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La región de Ginebra es una isla. Observa su situación en el mapa. Está completamente rodeada por Francia y a apenas 80 kilómetros de la frontera italiana. Una situación geográfica que ha marcado la personalidad de Carouge.
Este pueblo situado a unos pocos kilómetros del centro de Ginebra perteneció durante cuatro siglos al reino de Cerdeña. Ese hecho contribuyó a la arquitectura de ascendencia italiana que hoy domina sus calles. Durante la revolución francesa estuvo en manos de las fuerzas galas antes de pasar a formar parte de Ginebra, su gran rival.
Hoy es considerado un pueblo independiente pero integrado en la ciudad. Una zona con calles tranquilas, ateliers y talleres artesanos. El lugar ideal para ir a una brasserie los fines de semana en un entorno libre de franquicias.
Todos los sábados, los campesinos de la regiĂłn descienden a las plazas de Carouge para vender sus productos. Quesos, verduras, embutidos… Los ginebrinos dan mucha importancia al comercio de proximidad.
Y como muestra del ambiente relajado y distendido de Carouge, escogimos esta foto de un hombre de mediana edad leyendo el periĂłdico en la plaza del pueblo. Un digno representante de la buena vida italiana.


Han pasado 30 años desde que un grupo de activistas tomaron el control de esta antigua fábrica y lo convirtieron en el centro de la cultura alternativa de la ciudad.
Desde entonces, ha habido tensiones con las autoridades, pero el proyecto ha conseguido consolidarse.
Un total de 18 asociaciones comparten el espacio, programando mĂşsica en vivo, arte, cine independiente, serigrafia y talleres de trabajo.
L’Usine, junto con Rote Fabrik (Zúrich) y Reitschule (Berna), son los abanderados de la cultura autogestionada en Suiza. Los tres han conseguido apoyo gubernamental sin comprometer su independencia.



A la cima del monte Bré llegamos volando.
El gran mirador de Lugano está conectado con la ciudad con un funicular que llega a su destino con extrema facilidad.
Pero ¿por qué se ven destellos blancos en el margen derecho de esta foto?
Son pequeños errores producto de la fotografĂa analĂłgica, bellos fallos que dan la sensaciĂłn de estar contemplando un sueño o un recuerdo.
En la era de la fotografĂa digital, en la que no hay casi lĂmite de fotos que podemos hacer, trabajar con cámaras que usan carrete obliga a los fotĂłgrafos a tomar menos instantáneas. Es lo que hicimos en este viaje. Todas las imágenes que mostramos en esta guĂa están hechas con cámara analĂłgica.
«Tienes menos margen para equivocarte. Te obliga a pensar más antes de hacer la foto», explica LluĂs, el fotĂłgrafo que me acompaña en esta aventura. «Además, sigues contando con la cámara de tu mĂłvil, por si acaso».
Hay un elemento más que contribuye a la belleza de lo analĂłgico. El revelado. Cuando haces la foto, no tienes una pantalla para poder ver el resultado en tiempo real. Toca esperar hasta el final del viaje. EnvĂas los carretes a un laboratorio y en unos pocos dĂas recibes los resultados en un archivo digital. Un ejercicio de paciencia en la era de la impaciencia.


Nuestro viaje al interior del Rolex Learning Center fue un recorrido con un final incierto.
Cuando pensamos que habĂamos llegado a conocer todos los rincones de este edificio, de pronto se abrĂa un nuevo espacio que no habĂamos visto antes.
No habĂa ni una sola lĂnea recta, ni muros separadores ni escaleras. «Los humanos no nos movemos en lĂneas rectas, nos movemos en lĂneas curvas», dice Ryue Nishzawa, del estudio de arquitectura SANAA, quien diseñó el espacio.
Cada sala estaba interconectada por caminos que subĂan y bajaban de forma sinuosa. En cada zona habĂa patios interiores que dejaban entrar la luz, accesibles desde dentro y desde fuera del edificio. Esta porosidad hizo que nunca tuviĂ©semos la sensaciĂłn de estar en un inmueble de grandes dimensiones pese a que abarca más de 20.000 metros cuadrados.
El proyecto naciĂł a partir del deseo de la universidad politĂ©cnica de Lausana (EPFL), una de las más prestigiosas de Europa en ciencia y tecnologĂa, de dar un vuelco a su imagen.
Inaugurado en 2010, hoy es el buque insignia de la instituciĂłn. Un lugar en el centro del campus para ser habitado, con una biblioteca, cantina, zonas de trabajo y abierta al pĂşblico. Un sitio en el que hay libertad para que las ideas fluyan en perfecta comuniĂłn entre el interior y el exterior.
«Los cientĂficos y los artistas tienen mucho en comĂşn. Tienes que ser creativo para ser un buen cientĂfico. La arquitectura es una disciplina que une las dos cosas», decĂa Patrick Aebischer, presidente emĂ©rito de EPFL. «Y eso es lo que queremos transmitir a nuestros alumnos».



Las ciudades están llenas de no lugares.
Un concepto acuñado por el antropólogo Marc Augé y que se refiere a esos espacios que carecen de una identidad más allá del uso utilitario que se hace de ellos. Autopistas, aeropuertos, supermercados.
Cuando me sumergĂ en el tĂşnel que pasa por debajo de la estaciĂłn central de Lugano actĂşe como cualquier otro lo harĂa. CaminĂ© sin pensar mucho en dĂłnde estaba. MirĂ© hacia adelante, buscando la luz al final del tĂşnel que indicara la salida. De pronto, una serie de pantallas empezaron a moverse a medida que me acercaba a ellas. Me parĂ© y durante unos minutos interactĂşe con esta instalaciĂłn que me retaba a interrumpir mi paseo.
«Reproduce en tres dimensiones el cerebro, una gran red neuronal donde las pantallas LED representan las neuronas, mientras las cuerdas actĂşan como sinapsis que mueven los impulsos nerviosos de un lugar a otro», dicen los autores de la obra pĂşblica Alex Dorici y Luca MarĂa Gambardella. El no lugar, de pronto, se habĂa convertido en algo más que un simple tĂşnel.



100 segundos para llegar a una de las mejores panorámicas de Zúrich.
Es lo que tarda el funicular Polybahn en llegar a la Polyterrase, una plaza libre de obstáculos para contemplar la ciudad.
Aquà se encuentra también la sede monumental de la Universidad Politécnica de Zúrich (ETH, por sus siglas en alemán). Más de 21 premios Nobel (entre ellos Einstein) han pasado por este centro especializado en ciencias, que está entre las 10 mejores universidades del mundo. Sus graduados son tan codiciados que Google tiene una de sus oficinas más importantes del mundo en Zúrich, donde trabajan más de 2.000 personas.
Hoy, más que nunca, el coronavirus nos ha demostrado que una nación que no invierte en ciencia está condenada al fracaso. Algo que los suizos parecen tener muy claro. ETH cuenta con un presupuesto anual acorde a su importancia: 1.885 millones de francos.