Momentos urbanos suizos
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Cuando visitamos ciudades históricas, es común escuchar historias de arquitectos de siglos pasados que dejaron su impronta en la ciudad.
En Basilea, en cambio, los arquitectos que más han contribuido a su paisaje urbano siguen vivos y activos. El estudio Herzog & de Meuron ha construido más de 50 proyectos en la ciudad y alrededores desde sus inicios en 1978. Sus fundadores, Jacques Herzog y Pierre de Meuron, cumplieron 70 años este año y siguen transformando Basilea. Roche Tower (178 m), la torre más alta de Basilea, lleva su firma. Y ya están construyendo un edificio que será más alto todavía, Building 2 (205 m), también para la farmacéutica Roche. De lo micro a lo macro, su sello se encuentra en toda la ciudad.
Quizá lo más interesante de este estudio de arquitectura es el intento de no repetirse jamás. A diferencia de otros arquitectos que buscan reproducir su sello una y otra vez sin importar el lugar donde se encuentra, ellos siempre buscan huir de la estandarización. Para los interesados en una mirada más profunda sobre su contribución a la ciudad recomendamos el libro ‘From Basel, Herzog & de Meuron’, de Jean-François Chevrier.


Un objeto esférico captó mi atención mientras el tranvía ralentizaba la marcha para hacer una parada
Lancé una señal a Lluís, el fotógrafo que me acompañó en este viaje, y nos bajamos rápidamente. No sabíamos exactamente qué era, pero decidimos seguir nuestra intuición.
A medida que nos acercamos nos dimos cuenta de que se trataba de una iglesia medio escondida en la esquina de un bloque de apartamentos.
Escudriñamos el edificio desde todos los ángulos posibles para recoger pistas. Las paredes estaban recubiertas de granito rosa y una fuente de agua rodeaba la entrada dando la sensación de estar contemplando un globo flotante.
Después de terminar nuestra investigación visual y hacer las fotos correspondientes, proseguimos nuestra marcha. Hay que estar dispuesto a alterar los planes, aunque no siempre encuentres lo que estás buscando. Sin improvisación no hay sorpresas ni nuevos descubrimientos.
Inaugurada en 1994, su arquitecto, Ugo Brunoni, lo describió así:
«El globo de 20 metros de diámetro está coronado por cuatro campanarios y una cruz, que recuerda, la silueta de la catedral en el casco antiguo. (…) Este centro de paz, aislado del trasiego del barrio, obtiene luz directamente del cielo a través de los lucernarios. (… ) De forma discreta, la iglesia de la Santísima Trinidad no da directamente a la rue de Lausanne, sino que está apartada del tráfico, parcialmente oculta y se revela al final del edificio principal».


El arte no siempre fue accesible para todos. Antes de estar expuesto en museos, la práctica totalidad de las obras colgaban en estancias privadas para disfrute de unos pocos.
En 1661 el Ayuntamiento de Basilea compró una colección del pintor Hans Holbein y, poco después, la expuso públicamente para que los habitantes de la ciudad pudiesen disfrutarla. Un acto revolucionario que rompió la barrera que impedía acercar el arte al gran público. A partir de entonces, la relación entre las élites de la ciudad y el Kunstmuseum Basel ha sido de profunda implicación mutua. El museo es el espejo de los anhelos y gustos de sus habitantes más potentados durante los últimos cuatro siglos. Un hecho que ha contribuido a que la colección esté entre las más importantes del mundo.
Nosotros despejamos una mañana entera para ver la colección aunque se puede echar el día fácilmente. La primera planta está dedicada a los grandes maestros centroeuropeos del renacimiento. Fue aquí donde encontramos una de las obras más impresionantes de toda la colección. Se llama ‘La anunciación después de Tiziano’, y es una serie de cinco cuadros del pintor alemán Gerhard Richter que reinterpretan la obra de Tiziano en secuencia.
El segundo piso alberga cuadros de los siglos XIX y XX. Además de los impresionistas archiconocidos, dale una oportunidad a Ferdinand Hodler, un artista suizo del simbolismo que estuvo activo hasta 1918. Otro cuadro que nos dejó una impronta fue La isla de los muertos, de Arnold Böcklin. Y cuando ya piensas que no queda más por ver, un pasadizo subterráneo te lleva a un ala moderna inaugurada en 2016 que exhibe obras contemporáneas y exposiciones temporales.


Hay muchas maneras de ver el Museo de Arte e Historia de Ginebra.
Yo me quedo con la forma en la que los artistas expuestos en sus salas han interactuado con el paisaje a lo largo de los siglos. Basta ver el horizonte lleno de agua y montañas que se abre cuando hace un día de sol en Ginebra para entender esta fascinación.
Cada forma de representar un paisaje es el reflejo de la época en la que fue creado. En los siglos XVI y XVII se mezcla con motivos religiosos. En el siglo XVIII y XIX adquiere tintes más realistas. Y a principios del XX, pintores como Ferdinand Hodler lo pasan por el filtro de la imaginación.
Los cuadros de Hodler ya no están obsesionados con resaltar la realidad. «Toman el concepto del paralelismo, un término que acuñó para explicar su manera de abordar el arte. Se refiere a su proceso de simplificación, simetría, la repetición de elementos en los que busca aislar y extraer las cualidades esenciales de la naturaleza. Hodler percibía que había un orden en el universo y su trabajo como artista era revelarlo», según el crítico de arte Martin Oldham en la revista Apollo.
Comparar los cuadros de distintas épocas es observar las verdades de cada época.


Los cafés antiguos son el mejor antídoto contra las ciudades fotocopia.
Por el precio de un café tienes un asiento con vistas a la vida de las personas que las habitan, mientras te rodean las reliquias que dejaron otros que las poblaron en vidas anteriores.
En el caso de Confiserie Schiesser, ese café o chocolate caliente merece ir acompañado de sus legendarios bollos y tartas. Fundado en 1870, sigue en manos de la misma familia, que lleva cinco generaciones endulzando la vida de los basilienses.
Para tomarse algo, hay que cruzar la tienda que se sitúa a pie de calle y subir unas escaleras que dan entrada a un salón espacioso revestido de madera. En la esquina, un hombre elegante de unos 70 años con sombrero lee el periódico como en los viejos tiempos, mientras grupos de mujeres charlan animadamente.
Escogemos una mesa pegada a la ventana. Es el mejor sitio para estudiar los movimientos de los ciudadanos que circulan por la plaza, abajo, sin perder la posibilidad de observar también a la gente sentada en el interior del café.
Unas amables y risueñas camareras españolas nos invitan a levantarnos para escoger la comida. Todo entra por los ojos y dejamos que sean ellos quienes guíen nuestra decisión. Pedimos un poco de todo y a echar la tarde.


¿Qué tiene más valor? ¿Pavarotti cantando ‘Tosca’ o Kurt Cobain gritando ‘Smells Like Teen Spirit’?
La pregunta tiene trampa y la respuesta es totalmente subjetiva. Lo único que puedo decir con certeza es que ambas cosas pasaron en Zúrich.
Pavarrotti cantó en la ópera de esta ciudad suiza en 1981. Y en el otro lado del lago, Cobain dio un concierto en el centro Rote Fabrik en 1989, cuando aún no era famoso.
Dos culturas totalmente distintas. Una, elitista y cara. Otra, independiente y alternativa. Una preserva el pasado. Otra acoge lo que está por venir.
El ejemplo de la ópera viene a cuento porque fue la decisión de remodelar este espacio, con un presupuesto de 60 millones de francos a principios de los 80, la que desencadenó una serie de protestas que acabarían cambiando totalmente la cultura de la ciudad.
Grupos anarquistas vieron esta decisión como la enésima afrenta de un sistema que, según ellos, primaba la cultura elitista por encima de la cultura independiente.
Las protestas llevaron al Ayuntamiento a reconocer la Rote Fabrik y a dotarla con una financiación adecuada, aunque sigue siendo una entidad independiente y gestionada de forma cooperativa.
Gracias a lugares como Rote Fabrik la cultura no se limita a preservar el pasado.