Momentos urbanos suizos
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El ser más poderoso del reino animal yace moribundo, consciente del poco tiempo que le queda.
Una daga clavada en el cuerpo le está dejando sin vida. La escultura se inauguró en 1821 para homenajear a los 760 mercenarios de la Guardia Suiza que murieron protegiendo a Luis XVI durante la Revolución francesa.
Pero el mensaje del león moribundo es tan universal que trasciende la razón por la que fue esculpido. Su mirada nos recuerda la necesidad de sentir empatía hacia los demás.
Mark Twain lo describió como «el trozo de piedra más triste, conmovedor y contundente del mundo». Hay lugares turísticos a los que uno llega y difícilmente entiende la fama que tienen. Este no es uno de ellos.


Un objeto esférico captó mi atención mientras el tranvía ralentizaba la marcha para hacer una parada
Lancé una señal a Lluís, el fotógrafo que me acompañó en este viaje, y nos bajamos rápidamente. No sabíamos exactamente qué era, pero decidimos seguir nuestra intuición.
A medida que nos acercamos nos dimos cuenta de que se trataba de una iglesia medio escondida en la esquina de un bloque de apartamentos.
Escudriñamos el edificio desde todos los ángulos posibles para recoger pistas. Las paredes estaban recubiertas de granito rosa y una fuente de agua rodeaba la entrada dando la sensación de estar contemplando un globo flotante.
Después de terminar nuestra investigación visual y hacer las fotos correspondientes, proseguimos nuestra marcha. Hay que estar dispuesto a alterar los planes, aunque no siempre encuentres lo que estás buscando. Sin improvisación no hay sorpresas ni nuevos descubrimientos.
Inaugurada en 1994, su arquitecto, Ugo Brunoni, lo describió así:
«El globo de 20 metros de diámetro está coronado por cuatro campanarios y una cruz, que recuerda, la silueta de la catedral en el casco antiguo. (…) Este centro de paz, aislado del trasiego del barrio, obtiene luz directamente del cielo a través de los lucernarios. (… ) De forma discreta, la iglesia de la Santísima Trinidad no da directamente a la rue de Lausanne, sino que está apartada del tráfico, parcialmente oculta y se revela al final del edificio principal».


Robert Cappa decía que «si una foto no es suficientemente buena es porque no estabas suficientemente cerca».
Decidimos aplicarnos el cuento. Desde la calle no alcanzamos a captar el poderío de esta fachada, así que decidimos acercarnos un poco más. El edificio de enfrente estaba abierto. Subimos las escaleras de emergencia hasta llegar al cuarto piso, abrimos la ventana y ¡zas! ¡Lo teníamos!


En Lucerna la división entre la naturaleza y la ciudad está totalmente difuminada.
Allí donde miras hay una extensión de agua y montañas que hace que nunca tengas la sensación de estar en una urbe.
Lucerna mira de frente a la naturaleza que la rodea, la abraza y te anima constantemente a ir hacia ella. Y la mejor manera de hacerlo es, sin duda, en barco, a velocidad pausada, con una cámara o libreta en la mano, con la brisa acariciando la nuca.
Surcar el agua no podría ser más fácil. A unos cien metros de la estación central de Lucerna hay un pequeño puerto desde donde, cada hora, salen varias embarcaciones. Elige un destino y deja que el barco te abra camino.


Hay rincones de Ginebra que no han cambiado nada en los últimos siglos.
Si obviamos la luz eléctrica y algún elemento más, esta foto se podría haber tomado en el siglo XIX.
¿Quién vivió aquí hace dos siglos? ¿Cómo se llamaba y qué ropa vestía?
La imaginación es un elemento imprescindible para hacer más inmersivos nuestros viajes. No olvidemos utilizarla de vez en cuando.


Antes de Tik Tok, Facebook, Twitter e Instagram, las redes sociales habitaban en lugares como el Café Odeón.
Por aquí pasaron una larga lista de intelectuales. James Joyce revisaba sus manuscritos a diario en una de sus esquinas; Einstein discutía sobre las leyes de la física con sus alumnos de la Universidad Politécnica de Zúrich; Lenin planificaba su asalto al poder unos meses antes de la revolución rusa y los dadaistas subvertían las reglas del encorsetado mundo del arte en sus salones llenos de humo.
¿Qué buscamos cuando vamos a lugares donde han ocurrido tantos acontecimientos históricos? Quizá empaparnos de algo del aura del pasado. Pero también la indiscutible belleza de estos espacios diseñados para ser disfrutados. La antítesis de muchos bares modernos que parecen estar hechos para que la gente consuma y se vaya en el menor tiempo posible.
Es posible que los intelectuales de hoy hayan reemplazado los cafés por twitter como lugares de discusión. Sin embargo, haríamos bien en recuperar algunos de los hábitos de nuestros antepasados. La cultura digital es maravillosa, pero discutir ideas acompañado de un café lo es también. Aquí tienes un sitio abierto desde 1911 para poder seguir haciéndolo. Una red social antes de que existiesen las redes sociales.