Momentos urbanos suizos
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Una de las mejores maneras de sentirse local en una ciudad ajena es repetir en un restaurante.
Volver al día siguiente es una señal para los camareros de que te gustó y hace que te traten mejor todavía que la primera vez.
«Vous etre la resistance» (sois la resistencia), le digo a la simpática mujer mayor que regenta el restaurante Le Thermometre, en referencia la localización de este bistró tradicional en una de las calles más comerciales de Ginebra, llena de tiendas de lujo y grandes multinacionales.
«¡Bien sur! Notre futur c’est garantie» (nuestro futuro está garantizado), me dice señalando a su nieto, que atiende una mesa a nuestro lado.
Las dos veces pedimos el ‘boeuf’ a la plancha, la especialidad de la casa, unos filetes de solomillo cortados finos, acompañados de una salsa que mezcla aceite de oliva, ajo, albahaca, y unas patatas fritas cortadas en rectángulos finísimos, un verdadero espectáculo gustativo. De primero, una ensalada verde bien aliñada. El triunfo de la sencillez.


Bajo los arcos de Berna se ubica un reducto que sigue abogando por elaborar el chocolate de manera artesanal.
Confiserie Tschirren es la abanderada de este movimiento en la capital suiza. Fundada en 1919, la confitería lleva un siglo provocando cosquilleos de placer en los paladares de los berneses que cruzan su puerta de madera. Mirar los bombones desde el escaparate crea la ilusión de dominar tus impulsos. Una vez dentro, controlarse se vuelve imposible.


Café Portier. Qué buen nombre.
Lo vi, me acerqué y me senté. Sin pensarlo demasiado. Sin darle muchas vueltas.
La antigua guarida del portero es hoy un café sugerente para pasar la tarde. Con aires de los años 50, se sitúa en la entrada de Lagerplatz, una zona posindustrial a la que se le ha devuelto la vida con una mezcla de comercios, tiendas y talleres.
¿Cómo sería mi vida aquí? ¿A qué me dedicaría? Durante el tiempo que tardé en acabarme mi té me monté una vida paralela en Winterthur que empezaba todas las mañanas con tomar el desayuno en el Café Portier.


¿Cómo no dignificar con una fotografía el trabajo de los artesanos que hicieron posible esta fachada?
La Farmacia Luganese es uno de esos comercios clásicos que luchan contra las franquicias. Una tienda que entiende la importancia de la tipografía para presentarse ante los viandantes. Me hubiera gustado tener un ligero catarro para poder entrar a comprar algo.



No vale con tener un espacio público espectacular.
Hay que habitarlo. Hay que usarlo, cuidarlo y vivirlo. Y en eso los ciudadanos de Zúrich son verdaderos expertos.
En verano, el verde se funde con el azul del lago. La hora de la comida se convierte en una oportunidad para tirarse al agua. Cuando llega el fin de semana, la interacción con el lago se vuelve más intensa todavía.
Habita Zúrich como otro ciudadano más. Aprovecha las ventajas de ser un outsider. Convierte lo ajeno en propio. Consigue una entrada al teatrillo de la ciudad. ¡Es gratis!


Un huerto en el casco antiguo.
Caminar sin rumbo por el centro histórico de Berna regala este tipo de caramelos visuales. Entrena la mirada. Déjate llevar por el instinto. No te obsesiones con sacar fotos en cada momento. Cuando algo te llame la atención, imagínate el encuadre. Cuando te guste lo que ves, acerca el ojo a la mirilla de la cámara y ¡clic!