Momentos urbanos suizos
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«Yo os recomendaría subir a Drei Weieren; son nuestros baños», nos contestó un camarero.
Pregunta siempre a un local que te recomiende algo de la ciudad donde estás. Es una regla básica que intento imponerme cuando viajo. Por mucho que investigues de antemano, siempre hay cosas que se te escaparán.
Y allí fuimos. Llegar fue fácil; un paseo breve, seguido de una subida igual de breve en funicular y un camino de 500 metros. Son tres piscinas naturales, una al lado de otra, sobre una colina con vistas a la ciudad. Entremedias, varias casetas se utilizan como vestuarios para los bañistas.
El espacio nunca se desaprovecha. En verano, medio St. Gallen se baña aquí. En invierno se usa como pista de patinaje. Y entremedias, la gente saca sus perros a pasear y recorre sus senderos. La naturaleza siempre está a mano en las ciudades suizas.


Hubo una época en la que el tranvía era un símbolo de modernidad en las ciudades occidentales.
Pero la obsesión por el coche privado a partir de los años 50 contribuyó a un lento declive, que en urbes como Barcelona y Madrid acabó con la supresión de su red de tranvías a principios de los 70.
Zúrich, por suerte para sus habitantes, ignoró esta tendencia. Hoy cuenta con la mejor red de tranvías del mundo. Un hecho que ha contribuido a que moverse por la ciudad sea un placer a bordo de estos vehículos.
Coger el tranvía es un acto completamente democrático en el que un banquero millonario comparte espacio con el inmigrante recién llegado. Todos saben que es la forma más rápida y cómoda de moverse por Zúrich. Solo el 4% de la población nunca coge el transporte público.
En contraposición al tranvía, el Ayuntamiento ha invertido mucho dinero en hacerle la vida imposible a los coches. El centro está diseñado de tal forma que moverse en un vehículo privado es incómodo y lento. Hay pocos aparcamientos (la construcción de nuevas plazas está congelada desde los años 90), y los tranvías son los reyes de la calle (sus conductores tienen la potestad de cambiar los semáforos según su conveniencia).
Hoy ciudades como Barcelona y Madrid empiezan a confiar de nuevo en el tranvía. De la experiencia de Zúrich podemos extraer una lección valiosa. A veces lo mejor es ignorar las modas y mirar a largo plazo.


Hace tiempo que aquí no se escucha el ruido de deportistas sudados levantando pesas ni de balones botando en el suelo.
Este antiguo gimnasio ahora alberga otro tipo de actividades. Conciertos, charlas, quedadas entre artistas. Además del simple acto de tomarse una cerveza entre amigos. Hablamos del Turnhalle, una institución en Berna. Un bar cultural que muda de piel a menudo.
Turnhalle habita dentro de Progr, una organización que ha transformado un antiguo colegio en un centro de trabajo para artistas y mentes creativas. Hay más de 150 integrantes que desarrollan proyectos en sus salas, desde diseñadores gráficos hasta directores de cine, pasando por coreógrafos.
La historia detrás de este proyecto, como muchos que tienen que ver con cultura urbana en Suiza, surge a partir de la lucha de unos creadores valientes por abrir espacios para desarrollar el arte.
Tras el cierre de la escuela en 2004, una agrupación cultural consiguió convencer al Ayuntamiento para quedarse con los espacios de forma temporal durante dos años, mientras se tomaba una decisión sobre su futuro uso.
El tiempo pasó y el arraigo del centro se hizo cada vez más profundo en la escena cultural bernesa. Ante la posible venta del inmueble, Berna recurrió a un recurso típicamente suizo: organizar un referéndum en 2009 para decidir su futuro.
Más del 60% de los habitantes de la ciudad votaron por mantenerlo en su estado actual hasta, al menos, 2039.
Como dicen los propios responsables de Turnhalle, «aquí puedes beber, comer, cotillear, hacer gimnasia, soñar, pensar, hablar, escuchar, mirar». ¿Qué más se puede pedir?


No es necesario gastarse grandes sumas de dinero para embellecer una ciudad.
A veces todo lo que necesitas es un poquito de imaginación y dar rienda suelta a las plantas. Esta estampa urbana me recordó a ‘Lo pequeño es hermoso’, un libro de los años 70 que abogaba por prestar más atención a lo pequeño como contrapunto a quienes siempre apuestan por el cuanto más grande, mejor. La belleza, frecuentemente, se encuentra en la suma de muchas cosas pequeñas.


En Lucerna la división entre la naturaleza y la ciudad está totalmente difuminada.
Allí donde miras hay una extensión de agua y montañas que hace que nunca tengas la sensación de estar en una urbe.
Lucerna mira de frente a la naturaleza que la rodea, la abraza y te anima constantemente a ir hacia ella. Y la mejor manera de hacerlo es, sin duda, en barco, a velocidad pausada, con una cámara o libreta en la mano, con la brisa acariciando la nuca.
Surcar el agua no podría ser más fácil. A unos cien metros de la estación central de Lucerna hay un pequeño puerto desde donde, cada hora, salen varias embarcaciones. Elige un destino y deja que el barco te abra camino.



Esta foto fue tomada a las 16:12:20 h, aunque no lo supe hasta más adelante.
Me llevó un rato entenderlo, como a muchos otros transeúntes que se pararon delante de este reloj a la entrada de la estación central de St. Gallen.
En el país que se ha labrado una fama internacional por la precisión de sus relojes, me pareció un buen chiste no poder descifrarlo con facilidad. Pero el objetivo de esta instalación nunca fue poner las cosas fáciles, sino hacernos pensar y ejercitar nuestras dotes de aritmética.
El reloj se presentó en 2018 tras el fin de un proceso de remodelación de la estación de St. Gallen. Una idea presentada por el artista Norbert Möslang, inspirada en el sistema binario, la forma de numeración que rige la computación moderna.
¿Cómo supe entonces la hora en la que fue tomada esta foto? Lo primero que hay que tener en cuenta es que está al revés. La foto fue tomada desde el interior de la estación en lugar del exterior. En el cuadro debajo hemos corregido esto.
Añadimos la serie numérica del sistema binario, clave para descifrar el reloj. 32, 16, 8, 4, 2, 1.

Hora: 16
Minutos: 8+4=12
Segundos: 16+4=20
16:12:20
¡Un despilfarro!
«Ha costado demasiado» (324.000 francos). «¡Es inaceptable!» (el reloj ha tenido varios problemas técnicos), son algunas de las críticas al proyecto que recogió el periódico ‘St. GallerTageblatt’.
Para otros, como el desarrollador Jan Göltenboth, se ha convertido en una pieza imprescindible del paisaje urbano de la ciudad. El programador es el creador de SBBinary, una app que ayuda a descifrar el reloj binario utilizando realidad aumentada.
Personalmente me veo muy reflejado en la tribuna que escribió la periodista local en ‘St. Galler Tageblatt’ para defender el proyecto. «Una obra de arte moderna tiene éxito si sorprende y contiene algo radicalmente nuevo. Todo lo demás se llama decoración (…) ¿Cuál hubiera sido la alternativa? ¿La estación de tren más aburrida de Suiza?».