Momentos urbanos suizos
0
Prueba ajustar tu búsqueda eligiendo más de una ciudad, eliminando todos los filtros o seleccionando varias experiencias a la vez.
+ momentos

Hay muchas maneras de ver el Museo de Arte e Historia de Ginebra.
Yo me quedo con la forma en la que los artistas expuestos en sus salas han interactuado con el paisaje a lo largo de los siglos. Basta ver el horizonte lleno de agua y montañas que se abre cuando hace un día de sol en Ginebra para entender esta fascinación.
Cada forma de representar un paisaje es el reflejo de la época en la que fue creado. En los siglos XVI y XVII se mezcla con motivos religiosos. En el siglo XVIII y XIX adquiere tintes más realistas. Y a principios del XX, pintores como Ferdinand Hodler lo pasan por el filtro de la imaginación.
Los cuadros de Hodler ya no están obsesionados con resaltar la realidad. «Toman el concepto del paralelismo, un término que acuñó para explicar su manera de abordar el arte. Se refiere a su proceso de simplificación, simetría, la repetición de elementos en los que busca aislar y extraer las cualidades esenciales de la naturaleza. Hodler percibía que había un orden en el universo y su trabajo como artista era revelarlo», según el crítico de arte Martin Oldham en la revista Apollo.
Comparar los cuadros de distintas épocas es observar las verdades de cada época.


Por mucha intención que pongas a una foto, esta siempre te sorprende para bien o para mal.
Para mal cuando no sale cómo te la habías imaginado; y para bien cuando sale mejor de lo pensado.
Trabajar con cámara analógica te da estas sorpresas. No puedes ver el resultado en tiempo real. No tienes una pantalla para comprobarlo. Toca esperar al revelado al acabar el viaje. Y toca revivir y recordar escenas como estas de las que te habías olvidado. Una nube de vapor flotante sobre un lago tranquilo y un barco blanco de la ‘belle époque’. Escenas que solo te puedes encontrar en el lago Leman.


Robert Cappa decía que «si una foto no es suficientemente buena es porque no estabas suficientemente cerca».
Decidimos aplicarnos el cuento. Desde la calle no alcanzamos a captar el poderío de esta fachada, así que decidimos acercarnos un poco más. El edificio de enfrente estaba abierto. Subimos las escaleras de emergencia hasta llegar al cuarto piso, abrimos la ventana y ¡zas! ¡Lo teníamos!


Viajar es a veces confiar en la amabilidad de los extraños, pero esa amabilidad no suele llegar sola.
Hay que trabajársela, hay que salir a buscarla.
Cuando adquirimos nuestra entrada del Museo de Arte de Winterthur, la recepcionista reconoció que hablábamos castellano. Rápidamente entablamos una conversación y ella aprovechó para practicarlo. Podríamos habernos escaqueado lo más rápido posible, pero nos hubiésemos perdido algo, la oportunidad de hablar con alguien autóctono con un conocimiento, un bagaje y una historia que puede cambiar el rumbo de tu viaje.
En este caso concreto, la amabilidad del extraño nos recomendó entrar en una sala del museo donde los visitantes no suelen pasar. Un espacio de otra época que ese día estaba alumbrado por la cálida luz de la mañana, como refleja la foto que abre este texto.
Entre monumentos, museos, paseos y cafés, a veces se nos olvida que una ciudad es lo que es por sus personas. Solo alcanzarás a conocerlas si estás abierto a ello, si tomas la iniciativa y aprovechas las oportunidades que te va dando cada escenario del viaje. Ser amable y sonreír ayuda.


Rodin y Monet fueron grandes amigos y dejaron constancia de ello en numerosas cartas.
«El mismo sentimiento de fraternidad, el mismo amor por el arte, ha hecho que seamos amigos para siempre […]», le escribió el escultor al pintor en 1897. «De modo que sigo teniendo siempre la misma admiración por el artista que me ha ayudado a comprender la luz, las nubes, el mar, las catedrales que tanto me gustaban».
Esta cercanía hace más especial todavía la disposición de la sala principal del museo de arte de Winterthur. En ella vemos una escultura de Rodin de espaldas a una pintura de Monet. La primera es una recreación de Pierre de Wissent, uno de los integrantes de los burgueses de Calais que dieron su vida para salvar la ciudad en la guerra de los Cien Años (1337-1453). La segunda es una de las 250 pinturas que Monet dedicó a recrear escenas de nenúfares, plantas acuáticas que estaban muy en boga en aquella época.
Con este simple diálogo entre las dos obras, el Museo de Arte de Winterthur ha conseguido mantener viva la amistad de los dos.

En los tres años que vivió en Berna (1903-1905), Albert Einstein desarrolló la teoría de la relatividad, una de las contribuciones más importantes del científico al destino de la humanidad.
Y dicen que uno de los elementos que más inspiró al físico alemán fue Zytglogge, el gran reloj que domina el centro de Berna. Situado en la calle donde vivía con su primera mujer, Mileva Marić, fue aquí donde se dio cuenta de que el tiempo podía ir a distintas velocidades, dependiendo del movimiento de cada uno.
En palabras de la BBC, «Einstein escuchó la campana una tarde de mayo de 1905. (…) Cuando miró a la torre, de pronto se imaginó una escena inimaginable. ¿Qué pasaría si un tranvía se alejara de la torre a la velocidad de la luz? Si él estuviera sentado en el tranvía, su reloj seguiría marcando el paso del tiempo. Pero si girase para ver la torre, el reloj estaría parado».