Momentos urbanos suizos
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Antes de que la información se guardase en discos duros y centros de datos accesibles para todos, el conocimiento era un bien tan preciado y escaso que se almacenaba en palacios del saber.
Lugares como la biblioteca de la abadía de St. Gallen, que lleva más de un milenio custodiando la historia intelectual de nuestros antepasados.
Entre los ejemplares más preciados hay manuscritos elaborados a mano. Esto era antes de la invención de la imprenta, cuando el cuero de vaca se utilizaba para la cubierta y la piel de oveja, para las páginas. Escribir cada folio era un proceso tan lento que se podía tardar 90 minutos en llenar una página entera.
Cuando entramos al edificio, no solo estamos viendo un tesoro arquitectónico con relieves tallados exquisitos, frescos pintados en los techos y globos terráqueos centenarios.
Estamos viendo una parte de nosotros mismos. Nosotros somos el producto del conocimiento que se ha ido desarrollando en los libros que llenan sus estanterías.
Poder observar la biblioteca en tan buen estado es también un milagro en un continente en el que muchos lugares similares se han destruido a causa de las guerras. Es el producto de la estabilidad que ha gozado Suiza durante siglos.
En la entrada de la biblioteca hay una frase escrita en griego antiguo que nunca dejará de ser relevante. «Farmacia del alma». Da igual en qué siglo vivas, el conocimiento siempre va a ser el mejor remedio contra el populismo y la sinrazón.


Cuando unes a un escultor, a un escenógrafo y a un arquitecto ocurren estas maravillas.
Que estas escaleras hayan tomado esta forma no es fruto de la casualidad. Refleja la filosofía de Werkraum Warteck, un espacio con más de 30 talleres donde conviven diseñadores de títeres, artistas, arquitectos, músicos, modistas. Las escaleras, realizadas por miembros de este lugar, se construyeron en 2014 y promueven la colaboración entre ellos.
Durante un siglo, el edificio fue una fábrica de cervezas hasta su cierre en los años 80. Se especuló que acabaría siendo reemplazado por un inmueble más moderno, pero el empuje de un visionario agitador cultural llamado Jakob Tschopp lo salvó de la piqueta. Durante años, Tschopp se erigió como defensor de los espacios de trabajo alternativos en Basilea y echó mano de su experiencia para conseguir que el lugar se destinase a estos fines. Una propuesta que se sometió a referéndum en 1994 y fue aprobada por los habitantes de la ciudad.
Subir las escaleras hasta la cima del edificio tiene premio. En la azotea hay un restaurante bar con vistas a toda la ciudad. A pie de calle está la cantina Don Camilo, un restaurante especializado en platos vegetarianos mediterráneos con muy buena aceptación entre los locales.



Esta foto fue tomada a las 16:12:20 h, aunque no lo supe hasta más adelante.
Me llevó un rato entenderlo, como a muchos otros transeúntes que se pararon delante de este reloj a la entrada de la estación central de St. Gallen.
En el país que se ha labrado una fama internacional por la precisión de sus relojes, me pareció un buen chiste no poder descifrarlo con facilidad. Pero el objetivo de esta instalación nunca fue poner las cosas fáciles, sino hacernos pensar y ejercitar nuestras dotes de aritmética.
El reloj se presentó en 2018 tras el fin de un proceso de remodelación de la estación de St. Gallen. Una idea presentada por el artista Norbert Möslang, inspirada en el sistema binario, la forma de numeración que rige la computación moderna.
¿Cómo supe entonces la hora en la que fue tomada esta foto? Lo primero que hay que tener en cuenta es que está al revés. La foto fue tomada desde el interior de la estación en lugar del exterior. En el cuadro debajo hemos corregido esto.
Añadimos la serie numérica del sistema binario, clave para descifrar el reloj. 32, 16, 8, 4, 2, 1.

Hora: 16
Minutos: 8+4=12
Segundos: 16+4=20
16:12:20
¡Un despilfarro!
«Ha costado demasiado» (324.000 francos). «¡Es inaceptable!» (el reloj ha tenido varios problemas técnicos), son algunas de las críticas al proyecto que recogió el periódico ‘St. GallerTageblatt’.
Para otros, como el desarrollador Jan Göltenboth, se ha convertido en una pieza imprescindible del paisaje urbano de la ciudad. El programador es el creador de SBBinary, una app que ayuda a descifrar el reloj binario utilizando realidad aumentada.
Personalmente me veo muy reflejado en la tribuna que escribió la periodista local en ‘St. Galler Tageblatt’ para defender el proyecto. «Una obra de arte moderna tiene éxito si sorprende y contiene algo radicalmente nuevo. Todo lo demás se llama decoración (…) ¿Cuál hubiera sido la alternativa? ¿La estación de tren más aburrida de Suiza?».



Después de unos días de sol, las nubes grisáceas se confabularon esa mañana para dar un aire de intriga al jardín botánico.
Entramos en uno de los invernaderos y un aspersor empezó a regar el ambiente con agua pulverizada, contribuyendo a remarcar la atmósfera misteriosa. Las plantas empujaban contra los cristales empañados creando escenas que parecían sacadas de un cuadro impresionista. Mi primer impulso fue fotografiarlo todo. Pero desistí para no perderme muchas cosas.
El jardín botánico de Ginebra es un mundo natural miniaturizado. Un lugar en el que plantas de los seis continentes comparten espacio y vida. Uno de los lugares favoritos de los ginebrinos para sus citas, comer un bocadillo a mediodía o simplemente huir de la ciudad sin salir de ella.
Un viaje dentro de un viaje para ver las maravillas del mundo natural.


Todo tiempo es poco a bordo del M.N Ceresio.
Esta embarcación de los años 30 navega por las aguas del lago de Lugano con una silueta inconfundible. Alargada, fina y estilizada, fue el barco que nos acompañó durante los múltiples trayectos que hicimos (todos incluidos en el precio de nuestra Swiss Travel Pass).
«El motor ha sido totalmente restaurado para cumplir con las normas medioambientales actuales, pero el interior sigue siendo completamente original», me explicó el simpático revisor de billetes.
Su polo azul marino llevaba el emblema de la Società Navigazione del Lago di Lugano, la empresa que lleva desde 1848 transportando viajeros por estas aguas.
No es la forma más rápida de moverse por Lugano, pero ¿para qué viajar si viajas con prisa?


En el Cementerio de los Reyes, el más importante de Ginebra, descansan los restos de Jorge Luis Borges desde 1986.
«En Ginebra me siento extrañamente feliz. Eso nada tiene que ver con el culto de mis mayores y con el esencial amor a la patria. Me parece extraño que alguien no comprenda y respete esta decisión de un hombre que ha tomado (…) la determinación de ser un hombre invisible», decía el escritor, que pasó los últimos meses de su vida en la ciudad en busca de una tranquilidad y anonimato que sabía que no podía tener en su Argentina natal.
Era un cierre de círculo para el creador que había vivido su adolescencia en Ginebra entre 1914 y 1919. Años que recordaba como algunos de los más felices de su vida.
«En Suiza había aprendido la tolerancia. Él vio cómo recibían a los refugiados de la Primera Guerra Mundial en Ginebra y eso le marcó para toda la vida. Digamos que su último libro Los conjurados es como su testamento literario para la humanidad, como él mismo decía», recordaba María Kodama, la viuda de Borges en una entrevista para SWI.
Durante esos últimos meses, Borges pasó parte de su tiempo preparando su lápida. Amante del simbolismo, lo llenó de mensajes ocultos en inglés antiguo y el lenguaje de los vikingos. Hay tantos que el investigador Martín Hadis dedicó un libro a desentrañarlos:
Los siete guerreros de la tumba de Borges fueron tomados de una lápida del siglo IX hallada en Inglaterra, y la imagen conmemora un ataque vikingo a un monasterio en la isla de Lindisfarne (Nortumbria) en 793.
En su anverso, la lápida de Borges también contiene el nombre grabado del escritor y una frase en inglés antiguo, extraída de un poema sajón sobre la Batalla de Maldon, traducida como «y que no temieran», una alusión al coraje que el escritor tanto admiraba como cualidad en otras personas.
También en el anverso de la lápida hay una cruz celta, que remite a la cruz de Gosforth, erigida en Inglaterra en el siglo X por descendientes de vikingos, y que en su columna, de cuatro metros, contiene grabadas escenas de tradiciones paganas y cristianas.
En el reverso de la lápida están grabadas dos frases y un barco vikingo. Una de las frases está escrita en escandinavo antiguo y, traducida, dice: «Él toma la espada Gram y la coloca entre ellos desenvainada», extraída de la Volsunga Saga, texto islandés de finales del siglo XIII que relata la historia del héroe germánico Sigurd y que Borges menciona en su obra.
‘La misteriosa tumba de Borges’, Natalia Kidd, 2011