Momentos urbanos suizos
0
Prueba ajustar tu búsqueda eligiendo más de una ciudad, eliminando todos los filtros o seleccionando varias experiencias a la vez.
+ momentos

Aquà te hemos contado por qué merece la pena visitar el museo Tinguely.
Y con esta foto te mostramos por quĂ© deberĂas parar a tomar algo en su cafĂ© despuĂ©s de ver las obras del artista suizo más importante del siglo XX.


AllĂ arriba, en lo más alto de la ciudad, me quedĂ© traspuesto por un árbol, una haya llorona cuyas ramas tocaban el suelo, contribuyendo a su aire de melancolĂa.
Es posiblemente el árbol más preciado de todo Lausanne en una ciudad que se toma muy en serio el cuidado de sus espacios verdes. El Ayuntamiento ha catalogado más de 20.000 árboles, y su equipo de jardineros presta especial atenciĂłn a especies como esta, que tienen más de un siglo de vida. Una polĂtica que busca no solo dar una vida digna a los árboles más ancianos, sino asegurarles una muerte lo más respetuosa posible sin talas indiscriminadas.
Esta haya llorona se encuentra en el interior del parque de L’Hermitage, un espacio verde paradisĂaco a 10 minutos del centro histĂłrico. Y en el centro de todo, la Fondation L’Hermitage, que organiza exposiciones temporales de arte. El mejor sitio para escapar de la ciudad sin salir de ella.


VivĂmos en la era de la estĂ©tica; de lo visual y lo instagrameable.
Los demás sentidos acaban siendo olvidados e ignorados. Pero en la sala de conciertos del KKL Luzern es al revĂ©s. Lo que se escucha tiene muchĂsima más importancia que lo que se ve.
Este templo del sonido está custodiado por tres pesadas puertas. Cada una de ellas filtra y bloquea cualquier interferencia sonora del exterior. Escondido en el suelo, el sistema de ventilaciĂłn bombea aire tan silencioso que es imperceptible al oĂdo humano.
Todo está medido al milĂmetro para que nada se interponga entre la mĂşsica y el espectador. Cincuenta compuertas se abren y cierran segĂşn el tipo de concierto. El control absoluto de las ondas hace que el rebote de las notas en la pared se amortigĂĽe, evitando ecos molestos para los mĂşsicos.
El responsable de esta obra maestra de la mĂşsica fue Russell Johnson (1923-2007), contratado por el arquitecto Jean Nouvel para velar por la acĂşstica de la sala. El francĂ©s definiĂł la experiencia como «una verdadera aventura en la que inventamos algo nuevo». Nouvel quedĂł tan impresionado por la sabidurĂa de Johnson que lo acabĂł apodando «el guardián del oĂdo».


«Soy el último librero de antiguo que queda en la ciudad. Bueno, yo y un compañero que tiene una tienda aquà cerca», cuenta Alexander Illi en el interior de su tienda Illibrairie, en el casco viejo de Ginebra.
«No me desanimo para nada. Me permite acceder a verdaderas joyas ya que apenas tengo competencia», dice mientras señala las estanterĂas llenas a rebosar de tomos centenarios.
Unos dĂas antes descubrĂ la existencia de esta tienda en una entrevista sobre las librerĂas en la era del covid publicada en Le Temps, el diario más importante de la suiza francĂłfona. «Mis libros han vivido la peste, el cĂłlera, la gripe española», contestĂł Illi al periodista. Una respuesta asĂ me convenciĂł de que habĂa que visitar la tienda.
El encuentro inicial con Illi es frĂo. Le cuento que estoy escribiendo una guĂa de las ciudades de Suiza y me gustarĂa incluir la tienda. «Voy a ser sincero. Mi experiencia Ăşltimamente con los turistas no está siendo buena. Entran, miran, hacen una foto y se van. Maltratan los libros y nunca compran nada. No se dan cuenta de que esto no es una biblioteca, es una librerĂa viva, aunque los libros sean casi todos de gente muerta. No sĂ© si me interesa, la verdad».
Le explico con calma que se trata de una guĂa cultural que busca poner en valor lugares como el suyo. Poco a poco vamos congeniando y cambiamos el escepticismo por una entrevista improvisada sobre su trabajo.
Antes de salir me fijo en un par de libros de un viajero francĂ©s que visitĂł Suiza a principios del XIX. Quiero poder comparar mi experiencia con la de alguien que recorriĂł el paĂs 200 años antes. Decido comprarlo y me hace una rebaja: «Tiene algunos desperfectos que dejaron unos turistas ayer, asĂ que te lo dejo más barato». Cerramos el trato y me preparo para pagar.
Le pregunto si acepta tarjeta: «Aunque mi negocio sean libros del siglo XIX, esta es una librerĂa del siglo XXI», contesta sonriendo mientras saca el datáfono del cajĂłn.



Las ciudades están llenas de no lugares.
Un concepto acuñado por el antropólogo Marc Augé y que se refiere a esos espacios que carecen de una identidad más allá del uso utilitario que se hace de ellos. Autopistas, aeropuertos, supermercados.
Cuando me sumergĂ en el tĂşnel que pasa por debajo de la estaciĂłn central de Lugano actĂşe como cualquier otro lo harĂa. CaminĂ© sin pensar mucho en dĂłnde estaba. MirĂ© hacia adelante, buscando la luz al final del tĂşnel que indicara la salida. De pronto, una serie de pantallas empezaron a moverse a medida que me acercaba a ellas. Me parĂ© y durante unos minutos interactĂşe con esta instalaciĂłn que me retaba a interrumpir mi paseo.
«Reproduce en tres dimensiones el cerebro, una gran red neuronal donde las pantallas LED representan las neuronas, mientras las cuerdas actĂşan como sinapsis que mueven los impulsos nerviosos de un lugar a otro», dicen los autores de la obra pĂşblica Alex Dorici y Luca MarĂa Gambardella. El no lugar, de pronto, se habĂa convertido en algo más que un simple tĂşnel.



100 segundos para llegar a una de las mejores panorámicas de Zúrich.
Es lo que tarda el funicular Polybahn en llegar a la Polyterrase, una plaza libre de obstáculos para contemplar la ciudad.
Aquà se encuentra también la sede monumental de la Universidad Politécnica de Zúrich (ETH, por sus siglas en alemán). Más de 21 premios Nobel (entre ellos Einstein) han pasado por este centro especializado en ciencias, que está entre las 10 mejores universidades del mundo. Sus graduados son tan codiciados que Google tiene una de sus oficinas más importantes del mundo en Zúrich, donde trabajan más de 2.000 personas.
Hoy, más que nunca, el coronavirus nos ha demostrado que una nación que no invierte en ciencia está condenada al fracaso. Algo que los suizos parecen tener muy claro. ETH cuenta con un presupuesto anual acorde a su importancia: 1.885 millones de francos.