Momentos urbanos suizos
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En una ciudad dominada por las cuestas, Lausana ha tenido que recurrir a numerosos puentes, túneles y metros para sortear el desnivel.
Debajo de uno de estos viaductos, un grupo de emprendedores tuvieron la brillante idea de instalar un bar aprovechando el espacio inutilizado. Lo llamaron Terasse des Grandes Roches y lo decoraron con sillas desparejadas y mesas de segunda mano. El público es estudiantil, con cero pretensiones, un buen sitio para tomar algo con calma.


Me gusta cuando los museos están planteados como una ruta.
Siempre es posible subvertirla. Puedes probar a hacerlo al revés. Pero en el museo de arte de Winterthur el viaje era demasiado placentero como para ir a contracorriente. Las primeras salas son auténticas maravillas de principios del XX, en las que no solo destacan las obras, sino la arquitectura que las acompaña.
Pero la ruta tomó un rumbo interesante cuando llegamos hasta el final del edificio original. Una puerta pequeña en la esquina llevaba a un pasillo. Y desde ese pasillo entramos, de pronto, a un edificio blanco, de techos altos y de aspecto completamente contemporáneo.
En unos pocos metros nos habíamos trasladado desde principios del siglo XX hasta el XXI. Fue un salto grande. Un contraste estimulante e intenso en el que el museo se convirtió en una máquina del tiempo. El viaje acabó en una sala amplia, casi vacía, con una escultura flotando en el ambiente.
¿Qué pensará la persona que vea esta misma escena que yo presenciaba ahora en 2120? ¿Le parecerá exótico? ¿Sentirá desapego o fascinación por algo que tiene más de un siglo de vida? ¿Habrá un tercer edificio para entonces que refleje los anhelos y deseos de la época? La imaginación me permitió seguir viajando por lo menos durante un siglo más.


Puede que el ‘streaming’ haya ganado la partida a las salas de cine, pero no ayuda que muchas salas parezcan cubos negros anodinos.
El Cinema Corso es uno de esos lugares que entendió desde el principio que el sitio donde se ve la película es tan importante cómo la película que se ve.
Construido en los años 50 por el arquitecto Rino Tami, el interior es una pieza exquisita de diseño de época, con poltronas rojas de terciopelo y un techo geométrico que intercala negro con blanco para crear un efecto óptico electrizante. Justificar una visita puede ser difícil si solo has venido a pasar el día, pero si tienes un poco más de tiempo, no hacerlo es delito.


No se puede huir del río Aar cuando uno está en Berna.
Allí donde miras hay fragmentos de las aguas verdiazules de este afluente, que abraza el casco histórico.
Durante siglos fue la mejor protección ante la amenaza de invasores. Hoy, impresionantes puentes sortean esa barrera natural y conectan el centro desnivelado con los alrededores. Esta foto fue tomada desde Münster Plattform, una plaza elevada que invita a quedarse en ella durante horas.


¿Es una galería o una gasolinera?
En realidad, es las dos cosas. En 2008, los galeristas Von Bartha se mudaron a este antiguo taller de reparaciones en busca de más espacio para mostrar sus colecciones. En la parte delantera de la fachada principal hay una gasolinera que sigue en funcionamiento y los responsables de Von Bartha tiraron de arquitectura ingeniosa para integrarla en su diseño.
Cada vez que alguien para allí a repostar, puede contemplar obras de arte en el escaparate incluido en el precio de llenar el tanque. Son estos pequeños detalles que muestran la vinculación profunda que tiene la ciudad con el arte y la arquitectura. Visita la galería pidiendo cita previa o acércate a cualquier hora para captar este interesante juego visual.


Hay rincones de Ginebra que no han cambiado nada en los últimos siglos.
Si obviamos la luz eléctrica y algún elemento más, esta foto se podría haber tomado en el siglo XIX.
¿Quién vivió aquí hace dos siglos? ¿Cómo se llamaba y qué ropa vestía?
La imaginación es un elemento imprescindible para hacer más inmersivos nuestros viajes. No olvidemos utilizarla de vez en cuando.