Momentos urbanos suizos
0
Prueba ajustar tu búsqueda eligiendo más de una ciudad, eliminando todos los filtros o seleccionando varias experiencias a la vez.
+ momentos

Cuando nos bajamos del autobĂşs, lo primero que pensĂ© es que me habĂa equivocado de sitio.
Vinimos en busca de una iglesia y nos encontramos con un cubo blanco anodino sin ventanas. Rodeamos el costado izquierdo del edificio hasta llegar a la parte trasera y una puerta se abrió automáticamente.
Cruzamos el umbral cegados por la luz del sol, y la atmĂłsfera se transformĂł por completo. El ambiente era oscuro pero bañado en una luminosidad suave. Los muros desprendĂan una luz anaranjada que resaltaba los contornos de la piedra. El arquitecto, Franz FĂĽeg, consiguiĂł este efecto forrando el muro con 888 losas de mármol griego de 20 mm de ancho.
No habĂa cuadros ni sĂmbolos, ni falta que hacĂa. El choque de los rayos del sol con la piedra generĂł una energĂa celestial, independientemente de si uno es creyente o no.
Contemplamos esta maravilla durante 20 minutos en silencio y en soledad. Las ciudades tienen estas recompensas para quien está dispuesto a salirse de las zonas monumentales. Y aquel dĂa encontramos nuestro premio en en Meggen, un pueblo junto a Lucerna.


Pacquis es un barrio en el que se practica el teletransporte. En un kilĂłmetro a la redonda puedes viajar de Eritrea a Tailandia con parada en Portugal.
Tras pasar una hora zigzagueando por sus calles, la decisiĂłn estaba tomada. Nuestro destino serĂa LĂbano.
Parfums de Beyrouth es de esos sitios en los que sabes que todo estará bueno antes de entrar por la puerta. Lleno a rebosar, los camareros se mueven de manera frenética para atender las distintas peticiones de los comensales.
«Es como si alguien hubiese desmontado un restaurante de comida rápida en Beirut piedra por piedra y lo hubiese transportado a las calles de Ginebra», comenta LluĂs, el fotĂłgrafo que me acompaña en este viaje. Sabe de lo que habla. Ha pasado largas temporadas en la capital libanesa.
La clientela es tan variada como la demografĂa ginebrina, de la que el 37% de la poblaciĂłn es extranjera. Una pareja vestida con ropa de marca y relojes caros comparte el salĂłn con hippies y obreros de la construcciĂłn.
30 segundos después de entrar por la puerta se libera una mesa. Pedimos dos shawarma, hummus y mutabal. Cinco minutos después, ya está en nuestra mesa preparada por un ejército de cocineros expertos en envolver carne recién cocinada en pan de pita a toda velocidad.
La comida es exquisita. El precio lo hace más interesante todavĂa. 30 francos para dos.
Probablemente la mejor relaciĂłn calidad-precio de toda Suiza, con un viaje a Beirut incluido.



DespuĂ©s de unos dĂas de sol, las nubes grisáceas se confabularon esa mañana para dar un aire de intriga al jardĂn botánico.
Entramos en uno de los invernaderos y un aspersor empezĂł a regar el ambiente con agua pulverizada, contribuyendo a remarcar la atmĂłsfera misteriosa. Las plantas empujaban contra los cristales empañados creando escenas que parecĂan sacadas de un cuadro impresionista. Mi primer impulso fue fotografiarlo todo. Pero desistĂ para no perderme muchas cosas.
El jardĂn botánico de Ginebra es un mundo natural miniaturizado. Un lugar en el que plantas de los seis continentes comparten espacio y vida. Uno de los lugares favoritos de los ginebrinos para sus citas, comer un bocadillo a mediodĂa o simplemente huir de la ciudad sin salir de ella.
Un viaje dentro de un viaje para ver las maravillas del mundo natural.


Rolf Fehlbaum es un hombre que, a sus 79 años, sigue perdidamente enamorado de las sillas.
No solo ha convertido Vitra en uno de los fabricantes de muebles más prestigioso del mundo, sino que lleva décadas coleccionándolas. El Vitra Shaudepot es un espacio construido a medida para albergar su colección, que cuenta con más de 7.000 muebles, entre ellos 400 sillas expuestas al público.
«Puedes reconocer y entender una época –sus estructuras sociales, sus materiales, técnicas y modas– a través de sus sillas», cuenta el presidente de Vitra.
La exposición permanente recorre 200 años de diseño de sillas cuidadosamente seleccionadas para mostrar su evolución. «Todas las sillas hacen esencialmente lo mismo, invitarte a tomar asiento, pero ningún objeto cotidiano es tan polifacético», afirma Fehlbaum con rotundidad.



«Yo os recomendarĂa subir a Drei Weieren; son nuestros baños», nos contestĂł un camarero.
Pregunta siempre a un local que te recomiende algo de la ciudad donde estás. Es una regla básica que intento imponerme cuando viajo. Por mucho que investigues de antemano, siempre hay cosas que se te escaparán.
Y allà fuimos. Llegar fue fácil; un paseo breve, seguido de una subida igual de breve en funicular y un camino de 500 metros. Son tres piscinas naturales, una al lado de otra, sobre una colina con vistas a la ciudad. Entremedias, varias casetas se utilizan como vestuarios para los bañistas.
El espacio nunca se desaprovecha. En verano, medio St. Gallen se baña aquĂ. En invierno se usa como pista de patinaje. Y entremedias, la gente saca sus perros a pasear y recorre sus senderos. La naturaleza siempre está a mano en las ciudades suizas.


En verano las opciones para tomar algo en ZĂşrich aumentan de forma exponencial.
Una de las más acogedoras es la isla de Bauschänzli, situada en pleno centro histĂłrico. Durante los meses más calurosos se transforma en una terraza sin pretensiones donde tomar algo. Desde aquĂ hay una vista privilegiada de QuaibrĂĽcke, el puente más concurrido de la ciudad, por el que pasan tranvĂas y ciclistas constantemente. Un buen panorama para descansar la vista.