Momentos urbanos suizos
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En el Cementerio de los Reyes, el más importante de Ginebra, descansan los restos de Jorge Luis Borges desde 1986.
«En Ginebra me siento extrañamente feliz. Eso nada tiene que ver con el culto de mis mayores y con el esencial amor a la patria. Me parece extraño que alguien no comprenda y respete esta decisión de un hombre que ha tomado (…) la determinación de ser un hombre invisible», decía el escritor, que pasó los últimos meses de su vida en la ciudad en busca de una tranquilidad y anonimato que sabía que no podía tener en su Argentina natal.
Era un cierre de círculo para el creador que había vivido su adolescencia en Ginebra entre 1914 y 1919. Años que recordaba como algunos de los más felices de su vida.
«En Suiza había aprendido la tolerancia. Él vio cómo recibían a los refugiados de la Primera Guerra Mundial en Ginebra y eso le marcó para toda la vida. Digamos que su último libro Los conjurados es como su testamento literario para la humanidad, como él mismo decía», recordaba María Kodama, la viuda de Borges en una entrevista para SWI.
Durante esos últimos meses, Borges pasó parte de su tiempo preparando su lápida. Amante del simbolismo, lo llenó de mensajes ocultos en inglés antiguo y el lenguaje de los vikingos. Hay tantos que el investigador Martín Hadis dedicó un libro a desentrañarlos:
Los siete guerreros de la tumba de Borges fueron tomados de una lápida del siglo IX hallada en Inglaterra, y la imagen conmemora un ataque vikingo a un monasterio en la isla de Lindisfarne (Nortumbria) en 793.
En su anverso, la lápida de Borges también contiene el nombre grabado del escritor y una frase en inglés antiguo, extraída de un poema sajón sobre la Batalla de Maldon, traducida como «y que no temieran», una alusión al coraje que el escritor tanto admiraba como cualidad en otras personas.
También en el anverso de la lápida hay una cruz celta, que remite a la cruz de Gosforth, erigida en Inglaterra en el siglo X por descendientes de vikingos, y que en su columna, de cuatro metros, contiene grabadas escenas de tradiciones paganas y cristianas.
En el reverso de la lápida están grabadas dos frases y un barco vikingo. Una de las frases está escrita en escandinavo antiguo y, traducida, dice: «Él toma la espada Gram y la coloca entre ellos desenvainada», extraída de la Volsunga Saga, texto islandés de finales del siglo XIII que relata la historia del héroe germánico Sigurd y que Borges menciona en su obra.
‘La misteriosa tumba de Borges’, Natalia Kidd, 2011


¿Dónde acaba y dónde empieza la naturaleza en Lugano?
El portón de hierro forjado que aparece en esta foto lo define a la perfección. Esta separación no existe.
Estamos en el Parco Ciani, el cinturón verde que envuelve el centro de la ciudad. Una antigua casa señorial que el Ayuntamiento abrió al público en 1911.
Sus caminos están rodeados de bancos rojos. El parque es también un museo de escultura al aire libre, con una mezcla de obras clásicas y contemporáneas.
En la punta más alejada de la ciudad hay una pequeña playa para darse un baño.



«Dios ha muerto», declaró Nietzsche en su libro Así habló Zaratustra en 1885.
Durante los años siguientes, muchos pensadores libraron una batalla en busca de nuevas creencias para suplir ese vacío. Uno de los más influyentes se llamaba Rudolf Steiner. El filósofo y arquitecto austriaco viajaba por las principales ciudades europeas para difundir sus ideas sobre la espiritualidad, la reencarnación, el karma y la ciencia, y se convirtió en una especie de gurú new age de la época.
Steiner renegaba de la obsesión por el materialismo y creía que adoptar valores espirituales de Oriente no bastaba a las sociedades occidentales. Por eso, sus seguidores y él desarrollaron un movimiento que llamaron Antroposofía y eligieron un pueblo tranquilo a 10 kilómetros de Basilea, llamado Dornach, para construir su sede. Allí uno de sus seguidores le cedió unos terrenos en 1913. Visitarlo es fácil: se tarda 10 minutos en tren desde la estación central de Basilea y otros 10 minutos a pie desde la estación de Dornach.
El edificio que vemos ahora fue inaugurado en 1928 (el primero se quemó en un incendio en 1922) y es un viaje fascinante al futuro visto por los ojos de Steiner. El pensador supervisó todos los detalles del diseño, desde el exterior hasta los muebles y las esculturas del interior. En esta construcción, en la que apenas hay líneas rectas, acabó creando una obra maestra de la arquitectura de la época.
Hoy Steiner es una figura que polariza. Sus detractores dicen que sus creencias promovieron la pseudociencia y sus seguidores defienden que su figura ha sido muy influyente: los colegios Steiner, la agricultura biodinámica y la banca ética son algunas de las corrientes que beben de sus ideas. Pero todo esto queda al margen de la experiencia cuasi religiosa de visitar el edificio más fotogénico de Basilea. En las calles aledañas hay algo que lo hace más interesante todavía: casas diseñadas por Steiner y sus seguidores, que imitan las formas sinuosas del edificio principal. Todo esto convierte la excursión en una viaje en el tiempo retrofuturista.


Bajo los arcos de Berna se ubica un reducto que sigue abogando por elaborar el chocolate de manera artesanal.
Confiserie Tschirren es la abanderada de este movimiento en la capital suiza. Fundada en 1919, la confitería lleva un siglo provocando cosquilleos de placer en los paladares de los berneses que cruzan su puerta de madera. Mirar los bombones desde el escaparate crea la ilusión de dominar tus impulsos. Una vez dentro, controlarse se vuelve imposible.


Desde este mirador situado en la Place de la Cathédrale, el lago de Lemán parece un océano.
No se ve el final.
¿Cuántas personas se habrán sentado en este mismo banco a lo largo de los siglos?
Una chica se levanta y aprovecho para sentarme. Mi cerebro se impacienta y me pide levantarme. Me resisto a hacerlo. Hoy parece que lo más difícil es parar.
La inmensidad del horizonte ayuda a relativizar los malos pensamientos. Todo se vuelve más pequeño e insignificante. Los problemas se difuminan en los techos de los edificios.
Tolón, tolón, tolón, tolón.
La campana de la catedral me despierta de la ensoñación. Me levanto y sigo mi camino. Un adolescente aprovecha mi marcha para sentarse en el banco. Y así sucesivamente, hasta la eternidad.



100 segundos para llegar a una de las mejores panorámicas de Zúrich.
Es lo que tarda el funicular Polybahn en llegar a la Polyterrase, una plaza libre de obstáculos para contemplar la ciudad.
Aquí se encuentra también la sede monumental de la Universidad Politécnica de Zúrich (ETH, por sus siglas en alemán). Más de 21 premios Nobel (entre ellos Einstein) han pasado por este centro especializado en ciencias, que está entre las 10 mejores universidades del mundo. Sus graduados son tan codiciados que Google tiene una de sus oficinas más importantes del mundo en Zúrich, donde trabajan más de 2.000 personas.
Hoy, más que nunca, el coronavirus nos ha demostrado que una nación que no invierte en ciencia está condenada al fracaso. Algo que los suizos parecen tener muy claro. ETH cuenta con un presupuesto anual acorde a su importancia: 1.885 millones de francos.