Momentos urbanos suizos
0
Prueba ajustar tu búsqueda eligiendo más de una ciudad, eliminando todos los filtros o seleccionando varias experiencias a la vez.
+ momentos

Hay lugares que devuelven la fe en la humanidad.
Experimentos que demuestran que se pueden hacer las cosas de otra manera. Recobré esa esperanza en un pequeño barrio residencial llamado Halen Siedlung, a las afueras de Berna.
Construido entre 1956 y 1961, es un ejemplo de cómo diseñar barrios más sostenibles, vivibles y humanos.
«Halen no son solo casas adosadas rodeadas de un bosque. Es vivir de manera diferente y más social. La arquitectura está orientada a la convivencia. Hay una plaza del pueblo, una tienda e instalaciones comunitarias. Sin embargo, la privacidad es igual de importante. A pesar de haber sido construido de manera compacta, nadie puede ver la habitación del vecino».
Así es como Fritz Thormann describía la experiencia de habitar este barrio en una entrevista para el periódico Berner Zeitung. El veterano arquitecto hablaba con conocimiento de causa; participó en la construcción de la urbanización y lleva viviendo allí desde los inicios.
Pese a sus orígenes socialistas, la singularidad del barrio ha contribuido a que haya mucha demanda para vivir aquí con precios que superan los 800.000 francos suizos. Sin embargo, «rara vez salen al mercado inmobiliario. Los padres, a menudo, pasan la casa a sus hijos», según Thormann.
Pero no vale con describirlo de manera abstracta. Hay que vivirlo. Llegamos en un día muy caluroso. Caminamos por sus calles e hicimos fotos de forma discreta para no incomodar a los vecinos. Nos sentamos en la sombra durante un buen rato. Y nos fuimos por un camino de tierra que llevaba a un bosque frondoso para coger el bus de vuelta a la ciudad. Esa noche, de vuelta en el hotel, pensé que el mundo sería mucho mejor si hubiese miles de Halen Siedlung repartidos por el planeta.


«Soy el último librero de antiguo que queda en la ciudad. Bueno, yo y un compañero que tiene una tienda aquí cerca», cuenta Alexander Illi en el interior de su tienda Illibrairie, en el casco viejo de Ginebra.
«No me desanimo para nada. Me permite acceder a verdaderas joyas ya que apenas tengo competencia», dice mientras señala las estanterías llenas a rebosar de tomos centenarios.
Unos días antes descubrí la existencia de esta tienda en una entrevista sobre las librerías en la era del covid publicada en Le Temps, el diario más importante de la suiza francófona. «Mis libros han vivido la peste, el cólera, la gripe española», contestó Illi al periodista. Una respuesta así me convenció de que había que visitar la tienda.
El encuentro inicial con Illi es frío. Le cuento que estoy escribiendo una guía de las ciudades de Suiza y me gustaría incluir la tienda. «Voy a ser sincero. Mi experiencia últimamente con los turistas no está siendo buena. Entran, miran, hacen una foto y se van. Maltratan los libros y nunca compran nada. No se dan cuenta de que esto no es una biblioteca, es una librería viva, aunque los libros sean casi todos de gente muerta. No sé si me interesa, la verdad».
Le explico con calma que se trata de una guía cultural que busca poner en valor lugares como el suyo. Poco a poco vamos congeniando y cambiamos el escepticismo por una entrevista improvisada sobre su trabajo.
Antes de salir me fijo en un par de libros de un viajero francés que visitó Suiza a principios del XIX. Quiero poder comparar mi experiencia con la de alguien que recorrió el país 200 años antes. Decido comprarlo y me hace una rebaja: «Tiene algunos desperfectos que dejaron unos turistas ayer, así que te lo dejo más barato». Cerramos el trato y me preparo para pagar.
Le pregunto si acepta tarjeta: «Aunque mi negocio sean libros del siglo XIX, esta es una librería del siglo XXI», contesta sonriendo mientras saca el datáfono del cajón.


En Lugano, la presencia del lago es tan envolvente que a veces te olvidas de que estás en una ciudad.
Pero hay días en los que apetece un poco más de urbanidad. Si nos quedamos únicamente con lo más bello de una ciudad, nos llevaremos un relato incompleto. Para llegar al Bar Oops hay que caminar hacia el interior de Lugano y alejarse de las zonas más monumentales.
Llegamos justo cuando cae el sol. El bar está a rebosar. Se concentran una mezcla de estudiantes y profesionales liberales, que charlan animadamente con esa gesticulación tan vivaz que caracteriza a los italoparlantes. Las mesas son largas y se comparten aumentando las posibilidades de acabar conociendo a un local. Aunque no se sirve comida, los dueños te permiten comprar una pizza en el local de enfrente y comértela allí dentro.
Durante la hora que estuvimos en este bar, fue fácil imaginarse como un luganés más disfrutando de una cerveza tras finalizar una jornada de trabajo. La atracción de lo cotidiano.


Allí arriba, en lo más alto de la ciudad, me quedé traspuesto por un árbol, una haya llorona cuyas ramas tocaban el suelo, contribuyendo a su aire de melancolía.
Es posiblemente el árbol más preciado de todo Lausanne en una ciudad que se toma muy en serio el cuidado de sus espacios verdes. El Ayuntamiento ha catalogado más de 20.000 árboles, y su equipo de jardineros presta especial atención a especies como esta, que tienen más de un siglo de vida. Una política que busca no solo dar una vida digna a los árboles más ancianos, sino asegurarles una muerte lo más respetuosa posible sin talas indiscriminadas.
Esta haya llorona se encuentra en el interior del parque de L’Hermitage, un espacio verde paradisíaco a 10 minutos del centro histórico. Y en el centro de todo, la Fondation L’Hermitage, que organiza exposiciones temporales de arte. El mejor sitio para escapar de la ciudad sin salir de ella.


«Cultivar la habilidad de prestar atención a las cosas que otros solo pasan por alto es crucial en cualquier proceso creativo», Rob Walker.
Uno de los libros que nos acompañó durante el viaje fue The Art of Noticing, de Rob Walker. Una obra en la que el periodista neoyorquino nos ayuda a trabajar la curiosidad en la era de la distracción.
«Mis ejercicios se basan en mirar por la ventana, sentarse en silencio durante unos minutos, hacer un mapa de sonidos del barrio y entrevistar a un desconocido», cuenta en el libro.
Aquella tarde, mientras caminábamos por el barrio de Les Grottes, decidimos seguir sus consejos. Uno de los juegos que más le gustan a Walker es caminar por la ciudad fijándose solo en las cámaras de seguridad. Cogiendo esta dinámica como inspiración, decidimos caminar durante dos horas buscando únicamente contenedores de basura. ¿Dónde suelen estar puestos? ¿Se esconden o están a la vista?
En esa exploración urbana llegamos a este callejón de salida lleno de grafitis. Un lugar que probablemente no habríamos encontrado de no haber sido por los ejercicios de Rob Walker.


Hay quien solo ve Suiza como un lugar de vacas felices pastando en prados verdes, picos nevados y trenes que llegan siempre a la hora.
Esa Suiza existe, pero es una visión parcial e incompleta.
La cara B del país, el lado más combativo y alternativo, vive en lugares como Reitschule, un centro cultural okupado abierto a todos.
Todo empezó en 1982, cuando un grupo de anarquistas y activistas tomaron el control de esta antigua escuela de equitación. Reclamaban más espacio para la cultura y lo hicieron suyo, llenándolo de proyecciones de cine, conciertos y debates.
Después llegaron cinco años de luchas constantes con las autoridades. Un juego del gato y el ratón en el que la policía expulsaba a los okupas, y pocos días después estos volvían a ocuparlo.
Con el tiempo, el centro se volvió cada vez más integrado en la cultura de la ciudad y el Ayuntamiento optó por rebajar los conflictos sociales con subvenciones y exenciones de alquiler.
Hoy una mayoría de berneses lo consideran una pieza clave en el tejido cultural de la ciudad. Una opinión que dejaron bien clara en el referéndum celebrado en 2010, convocado por la oposición, que pedía cerrar y vender el Reitschule. El 68,4% de la población rechazó la propuesta.