Momentos urbanos suizos
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175 kilómetros de carriles bici convierten a Winterthur en la mejor ciudad de Suiza para ir en bici.
Casi todo lo importante se puede alcanzar a pie, pero si tienes poco tiempo, ¡alquilate una!


Hace tiempo que aquí no se escucha el ruido de deportistas sudados levantando pesas ni de balones botando en el suelo.
Este antiguo gimnasio ahora alberga otro tipo de actividades. Conciertos, charlas, quedadas entre artistas. Además del simple acto de tomarse una cerveza entre amigos. Hablamos del Turnhalle, una institución en Berna. Un bar cultural que muda de piel a menudo.
Turnhalle habita dentro de Progr, una organización que ha transformado un antiguo colegio en un centro de trabajo para artistas y mentes creativas. Hay más de 150 integrantes que desarrollan proyectos en sus salas, desde diseñadores gráficos hasta directores de cine, pasando por coreógrafos.
La historia detrás de este proyecto, como muchos que tienen que ver con cultura urbana en Suiza, surge a partir de la lucha de unos creadores valientes por abrir espacios para desarrollar el arte.
Tras el cierre de la escuela en 2004, una agrupación cultural consiguió convencer al Ayuntamiento para quedarse con los espacios de forma temporal durante dos años, mientras se tomaba una decisión sobre su futuro uso.
El tiempo pasó y el arraigo del centro se hizo cada vez más profundo en la escena cultural bernesa. Ante la posible venta del inmueble, Berna recurrió a un recurso típicamente suizo: organizar un referéndum en 2009 para decidir su futuro.
Más del 60% de los habitantes de la ciudad votaron por mantenerlo en su estado actual hasta, al menos, 2039.
Como dicen los propios responsables de Turnhalle, «aquí puedes beber, comer, cotillear, hacer gimnasia, soñar, pensar, hablar, escuchar, mirar». ¿Qué más se puede pedir?



El punto azul de Google Maps se ha convertido en la brújula que alumbra el camino de media humanidad.
Pero el resultado es que, a menudo, acabamos más pendientes de la pantalla del móvil que del lugar donde estamos. El paseo Rehberger está diseñado de tal modo que permite poner el móvil en modo avión y dejarse guiar por las 24 obras de arte instaladas a lo largo de este camino trazado por el artista alemán Thomas Rehberger.
La sensación al recorrerlo recuerda a los peregrinos que seguían las señales de piedras, estrellas y símbolos pintados en los árboles para no perderse por el camino.
Comenzamos el paseo en la Fundación Beyeler. Las primeras obras se encuentran en una gran pradera que acaba repentinamente con un río caudaloso. Cruzamos un puente y, de pronto, un paso fronterizo. En el otro lado está Alemania, pero no hay nadie controlando el paso. Es una muestra de que Basilea tiene tan interiorizado su papel de ciudad transfronteriza que cruzar es tan normal como salir a comprar el pan.
El último tramo atraviesa una colina llena de viñedos. Aquí las obras se vuelven más entretenidas. Unos prismáticos púrpura permiten mirar a lo lejos con mayor nitidez. Debajo aparece el Vitra Campus, el destino final de este camino que termina con la obra número 24, situada justo enfrente del Museo de diseño de Vitra. Una obra de Frank Gehry construida en 1989, antes de que se convirtiera en la superestrella de la arquitectura que es hoy.

En el verano estarás resguardado del sol y en invierno, protegido de la lluvia.
Los soportales de la ciudad cumplen su función a la perfección y hay más de seis kilómetros distribuidos por toda la urbe. El ser humano importa más que los coches en Berna.


A veces, todo lo que necesitas para decidir sentarte en un lugar es un buen letrero de neón.
Lo vimos desde la calle, en el fondo de una galería comercial con aires modernistas, y no dudamos ni un minuto.
Nos acercamos a la entrada para pedir mesa. ¡Oh! Decepción. «Estamos llenos, lo sentimos mucho», nos informó el maitre en nuestra última noche en Berna.
Seguimos nuestro camino con la duda en el cuerpo. ¿Cómo habría sido nuestra experiencia si hubiesen tenido mesa? ¿Habría cambiado el rumbo de nuestro viaje? Una buena pregunta para debatir con Albert Einstein, que un siglo antes desarrolló la teoría de la relatividad en estas calles.
PD: Al día siguiente descubrimos que nuestra intuición no nos había engañado. Es un local muy popular entre los autóctonos, y entre semana tiene un menú del día por 20 francos, un chollo para Suiza.



Las ciudades están llenas de no lugares.
Un concepto acuñado por el antropólogo Marc Augé y que se refiere a esos espacios que carecen de una identidad más allá del uso utilitario que se hace de ellos. Autopistas, aeropuertos, supermercados.
Cuando me sumergí en el túnel que pasa por debajo de la estación central de Lugano actúe como cualquier otro lo haría. Caminé sin pensar mucho en dónde estaba. Miré hacia adelante, buscando la luz al final del túnel que indicara la salida. De pronto, una serie de pantallas empezaron a moverse a medida que me acercaba a ellas. Me paré y durante unos minutos interactúe con esta instalación que me retaba a interrumpir mi paseo.
«Reproduce en tres dimensiones el cerebro, una gran red neuronal donde las pantallas LED representan las neuronas, mientras las cuerdas actúan como sinapsis que mueven los impulsos nerviosos de un lugar a otro», dicen los autores de la obra pública Alex Dorici y Luca María Gambardella. El no lugar, de pronto, se había convertido en algo más que un simple túnel.