Momentos urbanos suizos
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Lo primero que llama la atención al entrar al museo Tinguely es ver niños correteando y subidos a las obras.
Una niña de unos 8 años se acerca a una de las esculturas y pisa un botón. La escultura cobra vida y genera un maravilloso estruendo. Si Jean Tinguely estuviese vivo hoy, esta escena le hubiese gustado.
El artista suizo luchó toda la vida para quitar solemnidad al arte. El juego es una parte vital de la vida y buscaba que estuviera siempre presente en sus obras. Sus piezas son máquinas imperfectas construidas con una enorme variedad de objetos en desuso. Tinguely era capaz de juntar una cabeza de caballo, una noria, las cortinas antiguas de un teatro, una rueda de una bici y un tambor para generar esculturas en movimiento. Sus máquinas son como la vida misma: imperfectas, desordenadas, bellas, ruidosas, molestas.
El escultor disfrutaba también destruyendo algunas de sus obras y generando grandes performances que acababan con explosiones. Era su manera de recordarnos que las máquinas podían matarnos si caían en las manos equivocadas.
El tiempo tiende a olvidar y por eso este museo sigue siendo tan importante. Tinguely sigue siendo relevante para los tiempos en los que vivímos por la manera en que reflexionaba sobre la tecnología sin perder el sentido del humor. Un espíritu que lo guió hasta el final de su vida en 1991.
En lugar de una ceremonia sombría y triste, preparó un funeral en el que desfilaron varias de sus esculturas en movimiento. Más de 10.000 personas se despidieron del artista suizo más importante del siglo XX.



No tuve que coger un tren para encontrar este paisaje bucólico.
Ni montarme en un tranvía para bañarme en estas aguas transparentes. Me alejé 10 minutos a pie del centro de Zúrich hasta llegar a este pequeño embarcadero en el que una barquita de madera esperaba a su dueño.
Esto es Zúrich, la ciudad que vive en una perfecta simbiosis con el agua. Me quité la camiseta, levanté los brazos y me lancé al agua. Veinte minutos después estaba sentado en una terraza urbana comiendo un bratwurst. El placer de lo sencillo. El verdadero lujo es esto.


Café Portier. Qué buen nombre.
Lo vi, me acerqué y me senté. Sin pensarlo demasiado. Sin darle muchas vueltas.
La antigua guarida del portero es hoy un café sugerente para pasar la tarde. Con aires de los años 50, se sitúa en la entrada de Lagerplatz, una zona posindustrial a la que se le ha devuelto la vida con una mezcla de comercios, tiendas y talleres.
¿Cómo sería mi vida aquí? ¿A qué me dedicaría? Durante el tiempo que tardé en acabarme mi té me monté una vida paralela en Winterthur que empezaba todas las mañanas con tomar el desayuno en el Café Portier.


«¿Dónde está tomada esa foto?», le pregunté al señor de detrás del mostrador, señalando una imagen de una bodega llena de quesos.
«Aquí debajo», me contestó sonriendo, apuntando al subsuelo. «¿Os lo enseño?».
Salimos al exterior de la tienda y unas compuertas nos llevaron a un pasadizo subterráneo. A medida que bajamos los peldaños de la escalera, el olor a queso se volvió cada vez más intenso. «Aquí es donde ocurre la magia». Cada una de las salas abovedadas estaba llena de quesos redondos apilados en estanterías. «Los dejamos madurar entre 6 y 30 meses, dependiendo de la intensidad de sabor que buscamos».
La persona que nos atendió se llama Dominic Bärfuss y lleva seis años regentando el establecimiento junto con su hermano Patrick. Antes de su llegada, la tienda estuvo en manos de la misma familia desde 1894 hasta 2014, cuando el bisnieto del fundador, Dieter Heugel, decidió jubilarse.
Sin descendencia ni pareja, Heugel llegó a pensar que tendría que cerrar ante la imposibilidad de encontrar un sucesor adecuado, hasta que Patrick se cruzó en su camino. Bärfuss llevaba tiempo buscando un cambio de vida tras una carrera desarrollada en marketing y ventas. Los dos congeniaron y Heugel por fin encontró a alguien que pudiese tomar las riendas de su negocio.
Pese a estar en un emplazamiento turístico, Dominic nos contó que el 90% de su clientela es local. Además de los quesos que maduran en sus bodegas, recomiendan su mezcla casera para fondue. «Siempre dicen que es algo que se debe comer solo en invierno, pero yo creo que cualquier momento del año es bueno».



Después de unos días de sol, las nubes grisáceas se confabularon esa mañana para dar un aire de intriga al jardín botánico.
Entramos en uno de los invernaderos y un aspersor empezó a regar el ambiente con agua pulverizada, contribuyendo a remarcar la atmósfera misteriosa. Las plantas empujaban contra los cristales empañados creando escenas que parecían sacadas de un cuadro impresionista. Mi primer impulso fue fotografiarlo todo. Pero desistí para no perderme muchas cosas.
El jardín botánico de Ginebra es un mundo natural miniaturizado. Un lugar en el que plantas de los seis continentes comparten espacio y vida. Uno de los lugares favoritos de los ginebrinos para sus citas, comer un bocadillo a mediodía o simplemente huir de la ciudad sin salir de ella.
Un viaje dentro de un viaje para ver las maravillas del mundo natural.


«Soy el último librero de antiguo que queda en la ciudad. Bueno, yo y un compañero que tiene una tienda aquí cerca», cuenta Alexander Illi en el interior de su tienda Illibrairie, en el casco viejo de Ginebra.
«No me desanimo para nada. Me permite acceder a verdaderas joyas ya que apenas tengo competencia», dice mientras señala las estanterías llenas a rebosar de tomos centenarios.
Unos días antes descubrí la existencia de esta tienda en una entrevista sobre las librerías en la era del covid publicada en Le Temps, el diario más importante de la suiza francófona. «Mis libros han vivido la peste, el cólera, la gripe española», contestó Illi al periodista. Una respuesta así me convenció de que había que visitar la tienda.
El encuentro inicial con Illi es frío. Le cuento que estoy escribiendo una guía de las ciudades de Suiza y me gustaría incluir la tienda. «Voy a ser sincero. Mi experiencia últimamente con los turistas no está siendo buena. Entran, miran, hacen una foto y se van. Maltratan los libros y nunca compran nada. No se dan cuenta de que esto no es una biblioteca, es una librería viva, aunque los libros sean casi todos de gente muerta. No sé si me interesa, la verdad».
Le explico con calma que se trata de una guía cultural que busca poner en valor lugares como el suyo. Poco a poco vamos congeniando y cambiamos el escepticismo por una entrevista improvisada sobre su trabajo.
Antes de salir me fijo en un par de libros de un viajero francés que visitó Suiza a principios del XIX. Quiero poder comparar mi experiencia con la de alguien que recorrió el país 200 años antes. Decido comprarlo y me hace una rebaja: «Tiene algunos desperfectos que dejaron unos turistas ayer, así que te lo dejo más barato». Cerramos el trato y me preparo para pagar.
Le pregunto si acepta tarjeta: «Aunque mi negocio sean libros del siglo XIX, esta es una librería del siglo XXI», contesta sonriendo mientras saca el datáfono del cajón.