Momentos urbanos suizos
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Si tienes ocasión de ver este Picasso en persona, una advertencia: no es como todos los demás.
Se llama ‘Arlequín sentado’ y fue pintado en 1923. Pero hay algo que lo hace más conmovedor todavía. Esta obra no estaría aquí si no fuese por el fervor que sienten los habitantes de Basilea por el arte.
En 1967 una quiebra repentina llevó al coleccionista y empresario Peter G. Staechelin a poner en venta los dos cuadros de Picasso que había prestado al Museo de Arte de Basilea (Kunstmuseum): uno era el Arlequín sentado; el otro, Los dos hermanos. Pidió 8,4 millones de francos por ambos. La sociedad civil, entonces, se movilizó para que se quedaran en la ciudad. Los empresarios locales consiguieron 2,4 millones y el Ayuntamiento decidió poner los 6 millones restantes. Pero un ciudadano afectado por la quiebra decidió impugnar esta decisión.
El Gobierno local respondió de la manera más suiza posible: convocó un referéndum para decidir si hacían la compra o no. La ciudad se llenó de carteles con el lema «All you Need is Pablo». En la votación, ganaron por goleada los partidarios de comprar las obras y las calles se llenaron de gente para celebrarlo. La historia llegó a oídos de Picasso, que a sus 86 años, seguía pintando cada día en su casa en el sur de Francia. Quedó tan conmovido que regaló dos cuadros más a la ciudad.
Ya te avisamos de que este no era solo un cuadro. Es el emblema de la devoción que siente Basilea por el arte.


Robert Cappa decía que «si una foto no es suficientemente buena es porque no estabas suficientemente cerca».
Decidimos aplicarnos el cuento. Desde la calle no alcanzamos a captar el poderío de esta fachada, así que decidimos acercarnos un poco más. El edificio de enfrente estaba abierto. Subimos las escaleras de emergencia hasta llegar al cuarto piso, abrimos la ventana y ¡zas! ¡Lo teníamos!


Brutalismo delicado. Parece un oxímoron.
Los prejuicios han llevado a que muchos piensen que el brutalismo, un estilo arquitectónico popularizado entre los 60 y 70, no puede ser sensible por el uso indiscriminado que hace del hormigón. Esta obra, diseñada por Jack Bertoli en 1975, rompe este mito. El edificio imita las formas de una flor, lo que le ha valido el apodo de La Tulipe (el tulipán). Una pequeña joya que merece ser fotografiada.


—Buscamos la piscina —informamos al encargado del local.
—¡Seguidme! —contestó sin pensarlo dos veces.
Nos guio por unas escaleras, sacó un juego de llaves, las metió en la puerta y ¡zas! Allí estaba. Una piscina interior gigante completamente vacía.
—Hemos hecho de todo aquí. Películas, presentaciones, exposiciones, fiestas, representaciones teatrales —nos explicó visiblemente emocionado por las posibilidades de este enorme cubo rectangular— ¡Ah, que no me he presentado! Me llamo Dominic, por cierto.
En cuestión de segundos habíamos llegado al corazón de Neubad, uno de los centros culturales más punteros de Suiza.
Desde 2013, las antiguas instalaciones deportivas han sido transformadas en salas de trabajo y un café restaurante muy concurrido por los hípsteres locales. Pero el verdadero centro gravitacional de Neubad es, y siempre será, la piscina.
Dominic dice estar tan entusiasmado como el primer día con el proyecto pese a las dificultades de sacarlo adelante. «No pagamos alquiler al Ayuntamiento bajo la condición de no costarle ni un franco a las arcas públicas. Eso nos obliga a no estar quietos nunca; siempre nos inventamos cosas para darle vida a esto».


Es difícil rellenar un vacío tan grande como el que dejó el cierre de las fábricas de Sulzer AG en Winterthur.
No ocurrió de la noche a la mañana, pero el golpe de gracia llegó en los años 80, cuando el conglomerado industrial dejó vacío Sulzer Areal, un espacio de 150.000 m² en las inmediaciones de la estación central. Para poner en contexto el agujero, el espacio equivalía al tamaño del centro histórico de Winterthur.
Se barajaron todo tipo de opciones. Entre ellas, arrasar los edificios por completo. Pero, poco a poco, los ciudadanos empezaron a ver que, lejos de ser un incordio, estaban ante una gran oportunidad.
El siguiente paso fue convocar un concurso internacional de ideas en 1992, que ganó el arquitecto francés Jean Nouvel. Un proyecto llamado Megalou que prometía transformar el barrio a lo grande.
Mientras las autoridades y empresas privadas volcaron su energía en reunir los fondos para hacerlo posible, algo interesante empezó a ocurrir. Llegaron pequeños proyectos a la zona. Una discoteca por aquí, una tienda por allá, unas oficinas. Todas con licencia de uso temporal.
En 2001 el gran proyecto de Nouvel se abandonó por falta de fondos y tocó cambiar de estrategia. Esos negocios que vinieron de manera temporal se convirtieron en permanentes. Se buscó primar proyectos más pequeños y una visión más descentralizada del desarrollo de la zona. La apuesta resultó ser un éxito.
Hoy Sulzer Areal es uno de los motores de la ciudad. Aquí puedes aparcar en una antigua sala de fundición, estudiar arquitectura en lo que antes fue una sala de motores, comprar vinilos, cenar en un antiguo tranvía, bailar electrónica hasta altas horas de la madrugada, montar una start-up e incluso vivir en fábricas reconvertidas en apartamentos.
El éxito del proyecto ha revelado algunas grandes verdades para una ciudad pequeña como Winterthur:


En el Cementerio de los Reyes, el más importante de Ginebra, descansan los restos de Jorge Luis Borges desde 1986.
«En Ginebra me siento extrañamente feliz. Eso nada tiene que ver con el culto de mis mayores y con el esencial amor a la patria. Me parece extraño que alguien no comprenda y respete esta decisión de un hombre que ha tomado (…) la determinación de ser un hombre invisible», decía el escritor, que pasó los últimos meses de su vida en la ciudad en busca de una tranquilidad y anonimato que sabía que no podía tener en su Argentina natal.
Era un cierre de círculo para el creador que había vivido su adolescencia en Ginebra entre 1914 y 1919. Años que recordaba como algunos de los más felices de su vida.
«En Suiza había aprendido la tolerancia. Él vio cómo recibían a los refugiados de la Primera Guerra Mundial en Ginebra y eso le marcó para toda la vida. Digamos que su último libro Los conjurados es como su testamento literario para la humanidad, como él mismo decía», recordaba María Kodama, la viuda de Borges en una entrevista para SWI.
Durante esos últimos meses, Borges pasó parte de su tiempo preparando su lápida. Amante del simbolismo, lo llenó de mensajes ocultos en inglés antiguo y el lenguaje de los vikingos. Hay tantos que el investigador Martín Hadis dedicó un libro a desentrañarlos:
Los siete guerreros de la tumba de Borges fueron tomados de una lápida del siglo IX hallada en Inglaterra, y la imagen conmemora un ataque vikingo a un monasterio en la isla de Lindisfarne (Nortumbria) en 793.
En su anverso, la lápida de Borges también contiene el nombre grabado del escritor y una frase en inglés antiguo, extraída de un poema sajón sobre la Batalla de Maldon, traducida como «y que no temieran», una alusión al coraje que el escritor tanto admiraba como cualidad en otras personas.
También en el anverso de la lápida hay una cruz celta, que remite a la cruz de Gosforth, erigida en Inglaterra en el siglo X por descendientes de vikingos, y que en su columna, de cuatro metros, contiene grabadas escenas de tradiciones paganas y cristianas.
En el reverso de la lápida están grabadas dos frases y un barco vikingo. Una de las frases está escrita en escandinavo antiguo y, traducida, dice: «Él toma la espada Gram y la coloca entre ellos desenvainada», extraída de la Volsunga Saga, texto islandés de finales del siglo XIII que relata la historia del héroe germánico Sigurd y que Borges menciona en su obra.
‘La misteriosa tumba de Borges’, Natalia Kidd, 2011