Momentos urbanos suizos
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+ momentos

Lluís tomó esta foto desde la proa del barco M.N Ceresio.
La hizo cuando nos íbamos. Un recuerdo fijado de una tarde pasada en Morcote. Una despedida a cámara lenta.
Morcote es un pueblo pequeño cuyos habitantes siempre han soñado a lo grande. Ningún edificio está fuera de lugar. Ningún elemento de sus calles sobra. Siglos de prueba y error.
Este apego por lo bello contaminó también a los que venían de fuera. Hermann Arthur Scherrer escogió Morcote en los años 30 para crear un jardín botánico. El empresario compró una hectárea de terrenos y los llenó de paisajes indo asiáticos y mediterráneos. Hoy este parque está abierto al público.
En Morcote experimentamos la disonancia cognitiva de estar en un pueblo mediterráneo en un país sin salida al mar.



La mejor forma de llegar a una ciudad es en barco. Es una llegada a cámara lenta. Un cuadro que empieza siendo abstracto y difuminado cuando el destino es aún lejano, y que se va haciendo más nítido a medida que nos vamos acercando
Aquel día, el barco entró a puerto y sonó la sirena. El motor de vapor empezó a reducir sus revoluciones. Las gaviotas se volvieron cada vez más ruidosas y agitadas, contribuyendo a la expectación de la llegada. El cielo se fue anaranjado a medida que el sol preparaba su despedida. Los bañistas agitaban sus manos para darnos la bienvenida. El capitán encendió su micrófono y anunció. «Hemos llegado a Ginebra, último destino».


Oblígate a parar o te perderás muchas cosas.
Suena contradictorio, pero no lo es. Ya no viajamos como en el pasado. Los tiempos son más cortos y se busca hacer lo máximo posible en el tiempo asignado. Es lógico.
Pero viajar no es solo moverse a toda velocidad o coleccionar cromos en Instagram Stories. Viajar también es reservarse un rato cada día para no hacer nada. Sentarse en un banco mirando al lago de Lucerna, levantar la mirada y asimilar lo que estamos viviendo.
Oblígate a parar para no perderte muchas cosas.


¿Qué se estarían contando?
¿Cómo se conocieron? ¿Qué dice de ellos su lenguaje corporal? Desde el otro lado de la plaza contemplamos esta película muda. El puerto de Ouchy está lleno de estas pequeñas escenas que se desarrollan a orillas del lago de Lemán.


Pacquis es un barrio en el que se practica el teletransporte. En un kilómetro a la redonda puedes viajar de Eritrea a Tailandia con parada en Portugal.
Tras pasar una hora zigzagueando por sus calles, la decisión estaba tomada. Nuestro destino sería Líbano.
Parfums de Beyrouth es de esos sitios en los que sabes que todo estará bueno antes de entrar por la puerta. Lleno a rebosar, los camareros se mueven de manera frenética para atender las distintas peticiones de los comensales.
«Es como si alguien hubiese desmontado un restaurante de comida rápida en Beirut piedra por piedra y lo hubiese transportado a las calles de Ginebra», comenta Lluís, el fotógrafo que me acompaña en este viaje. Sabe de lo que habla. Ha pasado largas temporadas en la capital libanesa.
La clientela es tan variada como la demografía ginebrina, de la que el 37% de la población es extranjera. Una pareja vestida con ropa de marca y relojes caros comparte el salón con hippies y obreros de la construcción.
30 segundos después de entrar por la puerta se libera una mesa. Pedimos dos shawarma, hummus y mutabal. Cinco minutos después, ya está en nuestra mesa preparada por un ejército de cocineros expertos en envolver carne recién cocinada en pan de pita a toda velocidad.
La comida es exquisita. El precio lo hace más interesante todavía. 30 francos para dos.
Probablemente la mejor relación calidad-precio de toda Suiza, con un viaje a Beirut incluido.



Las ciudades están llenas de no lugares.
Un concepto acuñado por el antropólogo Marc Augé y que se refiere a esos espacios que carecen de una identidad más allá del uso utilitario que se hace de ellos. Autopistas, aeropuertos, supermercados.
Cuando me sumergí en el túnel que pasa por debajo de la estación central de Lugano actúe como cualquier otro lo haría. Caminé sin pensar mucho en dónde estaba. Miré hacia adelante, buscando la luz al final del túnel que indicara la salida. De pronto, una serie de pantallas empezaron a moverse a medida que me acercaba a ellas. Me paré y durante unos minutos interactúe con esta instalación que me retaba a interrumpir mi paseo.
«Reproduce en tres dimensiones el cerebro, una gran red neuronal donde las pantallas LED representan las neuronas, mientras las cuerdas actúan como sinapsis que mueven los impulsos nerviosos de un lugar a otro», dicen los autores de la obra pública Alex Dorici y Luca María Gambardella. El no lugar, de pronto, se había convertido en algo más que un simple túnel.