Momentos urbanos suizos
0
Prueba ajustar tu búsqueda eligiendo más de una ciudad, eliminando todos los filtros o seleccionando varias experiencias a la vez.
+ momentos

Los interiores de las iglesias suizas suelen ser austeras, parcas, frías e imponentes.
El producto de la reforma protestante que destruyó muchas obras de arte para imponer una visión más rigorista del cristianismo. Una revolución que no llegó a Lugano, que conservó su identidad católica. Esto ha permitido salvaguardar la obra de arte más importante del Renacimiento que se conserva en Suiza, la ‘Pasión y crucifixión de Cristo’. Pintado por Bernardino Luini en 1532, fue una de las últimas obras de este discípulo de Leonardo da Vinci antes de su muerte.
Cuando observamos este fresco, no estamos viendo una pintura que congela un momento fijo en el tiempo. Es más bien un cómic del siglo XVI que relata la pasión, muerte y resurrección de Cristo en siete episodios interconectados. Una serie de viñetas que cuentan una historia.


En el Cementerio de los Reyes, el más importante de Ginebra, descansan los restos de Jorge Luis Borges desde 1986.
«En Ginebra me siento extrañamente feliz. Eso nada tiene que ver con el culto de mis mayores y con el esencial amor a la patria. Me parece extraño que alguien no comprenda y respete esta decisión de un hombre que ha tomado (…) la determinación de ser un hombre invisible», decía el escritor, que pasó los últimos meses de su vida en la ciudad en busca de una tranquilidad y anonimato que sabía que no podía tener en su Argentina natal.
Era un cierre de círculo para el creador que había vivido su adolescencia en Ginebra entre 1914 y 1919. Años que recordaba como algunos de los más felices de su vida.
«En Suiza había aprendido la tolerancia. Él vio cómo recibían a los refugiados de la Primera Guerra Mundial en Ginebra y eso le marcó para toda la vida. Digamos que su último libro Los conjurados es como su testamento literario para la humanidad, como él mismo decía», recordaba María Kodama, la viuda de Borges en una entrevista para SWI.
Durante esos últimos meses, Borges pasó parte de su tiempo preparando su lápida. Amante del simbolismo, lo llenó de mensajes ocultos en inglés antiguo y el lenguaje de los vikingos. Hay tantos que el investigador Martín Hadis dedicó un libro a desentrañarlos:
Los siete guerreros de la tumba de Borges fueron tomados de una lápida del siglo IX hallada en Inglaterra, y la imagen conmemora un ataque vikingo a un monasterio en la isla de Lindisfarne (Nortumbria) en 793.
En su anverso, la lápida de Borges también contiene el nombre grabado del escritor y una frase en inglés antiguo, extraída de un poema sajón sobre la Batalla de Maldon, traducida como «y que no temieran», una alusión al coraje que el escritor tanto admiraba como cualidad en otras personas.
También en el anverso de la lápida hay una cruz celta, que remite a la cruz de Gosforth, erigida en Inglaterra en el siglo X por descendientes de vikingos, y que en su columna, de cuatro metros, contiene grabadas escenas de tradiciones paganas y cristianas.
En el reverso de la lápida están grabadas dos frases y un barco vikingo. Una de las frases está escrita en escandinavo antiguo y, traducida, dice: «Él toma la espada Gram y la coloca entre ellos desenvainada», extraída de la Volsunga Saga, texto islandés de finales del siglo XIII que relata la historia del héroe germánico Sigurd y que Borges menciona en su obra.
‘La misteriosa tumba de Borges’, Natalia Kidd, 2011


Cualquier banda alternativa e independiente que viaja por centroeuropa suele hacer un hueco en su agenda para tocar en el Cinema Palace.
Una sala que ha tenido buen ojo para atraer bandas como The XX, Caribou o Mac deMarco antes de que su fama les llevase a llenar recintos grandes.
Cinema Palace es un modelo a seguir también para todos esos cines que han acabado sus días transformados en tiendas de ropa u hoteles.
Cuando los amplis se apagan y los micrófonos se guardan en la furgoneta, el espacio se usa para montar noches de baile y desenfreno. Es también la sede de una universidad alternativa que organiza conferencias y debates sobre temas alejados del ‘mainstream’.


Propongo un juego. Para participar necesitas, mínimo, un acompañante.
Elige una zona acotada y date 30 minutos para fotografiarla por separado. Ponte un límite: lo ideal es 10 o 15 fotos, te obligará a pensar más antes de pulsar el gatillo. Cuando se acabe el tiempo, sentaos en un café y comparad el resultado.
Algunos se fijarán más en paisajes, otros más en detalles. Algunos estarán más interesados en ver cómo interactúa la gente con el espacio, otros preferirán estampas sin personas. Cada mirada es personal. Convierte la conversación en una oportunidad para aprender de la mirada del otro.
La fotografía tiene esa capacidad de encuadrar tu propia realidad. Aprovéchala.



Ginebra es la ciudad más diversa y cosmopolita de toda Suiza (el 37% de la población es extranjera). Pero si hay un sitio donde las diferencias sociales se difuminan, es en los baños de Paquis, el lugar predilecto de los ginebrinos para poner el cuerpo a remojo durante el verano.
El espacio sigue manteniendo su espíritu popular y accesible gracias a un grupo de activistas locales, que se movilizaron en 1987. Aquel año el Ayuntamiento presentó un proyecto para renovar completamente los baños.
Temerosos de perder la personalidad del espacio, un grupo de activistas constituyeron una asociación llamada l’Association d’usagers des Bains des Pâquis (AUBP) y consiguieron firmas para someter el plan a referendum. El 25 de septiembre de 1988, más de 17.000 personas votaron en contra, obligando al Ayuntamiento a abandonar el proyecto.
A partir de esa victoria de la democracia directa, la gestión del espacio ha estado en manos de la AUBP, que sigue velando por la integridad de los baños.
En invierno, existe la tradición de venir aquí a tomar fondue en su restaurante. Pero en verano es cuando el espacio encuentra su verdadera razón de ser, acogiendo a gente de todas las edades y clases sociales. Una razón de ser por la que merece la pena luchar.


Hay quien no sale nunca de las zonas turísticas.
Arrastramos inercias que nos llevan solo a los lugares que han sido preparados para ser vistos. Pero siempre merece la pena reservarse un rato para ver cosas más cotidianas. Caminar por un barrio residencial, por ejemplo, como hicimos en St. Gallen.
Allí donde acababa el casco viejo encontramos unas calle empinadas que llevaban a una casas señoriales custodiadas por árboles gigantes. ¿Cómo se construyen? ¿Qué tipo de coches hay aparcados? ¿La gente se saluda por la calle? Entrena la mirada para fijarte en lo cotidiano. No puedes juzgar una ciudad únicamente por su centro histórico.