Momentos urbanos suizos
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Por mucha intención que pongas a una foto, esta siempre te sorprende para bien o para mal.
Para mal cuando no sale cómo te la habías imaginado; y para bien cuando sale mejor de lo pensado.
Trabajar con cámara analógica te da estas sorpresas. No puedes ver el resultado en tiempo real. No tienes una pantalla para comprobarlo. Toca esperar al revelado al acabar el viaje. Y toca revivir y recordar escenas como estas de las que te habías olvidado. Una nube de vapor flotante sobre un lago tranquilo y un barco blanco de la ‘belle époque’. Escenas que solo te puedes encontrar en el lago Leman.


¿Cómo no dignificar con una fotografía el trabajo de los artesanos que hicieron posible esta fachada?
La Farmacia Luganese es uno de esos comercios clásicos que luchan contra las franquicias. Una tienda que entiende la importancia de la tipografía para presentarse ante los viandantes. Me hubiera gustado tener un ligero catarro para poder entrar a comprar algo.


Café Portier. Qué buen nombre.
Lo vi, me acerqué y me senté. Sin pensarlo demasiado. Sin darle muchas vueltas.
La antigua guarida del portero es hoy un café sugerente para pasar la tarde. Con aires de los años 50, se sitúa en la entrada de Lagerplatz, una zona posindustrial a la que se le ha devuelto la vida con una mezcla de comercios, tiendas y talleres.
¿Cómo sería mi vida aquí? ¿A qué me dedicaría? Durante el tiempo que tardé en acabarme mi té me monté una vida paralela en Winterthur que empezaba todas las mañanas con tomar el desayuno en el Café Portier.


Hace tiempo que aquí no se escucha el ruido de deportistas sudados levantando pesas ni de balones botando en el suelo.
Este antiguo gimnasio ahora alberga otro tipo de actividades. Conciertos, charlas, quedadas entre artistas. Además del simple acto de tomarse una cerveza entre amigos. Hablamos del Turnhalle, una institución en Berna. Un bar cultural que muda de piel a menudo.
Turnhalle habita dentro de Progr, una organización que ha transformado un antiguo colegio en un centro de trabajo para artistas y mentes creativas. Hay más de 150 integrantes que desarrollan proyectos en sus salas, desde diseñadores gráficos hasta directores de cine, pasando por coreógrafos.
La historia detrás de este proyecto, como muchos que tienen que ver con cultura urbana en Suiza, surge a partir de la lucha de unos creadores valientes por abrir espacios para desarrollar el arte.
Tras el cierre de la escuela en 2004, una agrupación cultural consiguió convencer al Ayuntamiento para quedarse con los espacios de forma temporal durante dos años, mientras se tomaba una decisión sobre su futuro uso.
El tiempo pasó y el arraigo del centro se hizo cada vez más profundo en la escena cultural bernesa. Ante la posible venta del inmueble, Berna recurrió a un recurso típicamente suizo: organizar un referéndum en 2009 para decidir su futuro.
Más del 60% de los habitantes de la ciudad votaron por mantenerlo en su estado actual hasta, al menos, 2039.
Como dicen los propios responsables de Turnhalle, «aquí puedes beber, comer, cotillear, hacer gimnasia, soñar, pensar, hablar, escuchar, mirar». ¿Qué más se puede pedir?


Hubo una época en la que el tranvía era un símbolo de modernidad en las ciudades occidentales.
Pero la obsesión por el coche privado a partir de los años 50 contribuyó a un lento declive, que en urbes como Barcelona y Madrid acabó con la supresión de su red de tranvías a principios de los 70.
Zúrich, por suerte para sus habitantes, ignoró esta tendencia. Hoy cuenta con la mejor red de tranvías del mundo. Un hecho que ha contribuido a que moverse por la ciudad sea un placer a bordo de estos vehículos.
Coger el tranvía es un acto completamente democrático en el que un banquero millonario comparte espacio con el inmigrante recién llegado. Todos saben que es la forma más rápida y cómoda de moverse por Zúrich. Solo el 4% de la población nunca coge el transporte público.
En contraposición al tranvía, el Ayuntamiento ha invertido mucho dinero en hacerle la vida imposible a los coches. El centro está diseñado de tal forma que moverse en un vehículo privado es incómodo y lento. Hay pocos aparcamientos (la construcción de nuevas plazas está congelada desde los años 90), y los tranvías son los reyes de la calle (sus conductores tienen la potestad de cambiar los semáforos según su conveniencia).
Hoy ciudades como Barcelona y Madrid empiezan a confiar de nuevo en el tranvía. De la experiencia de Zúrich podemos extraer una lección valiosa. A veces lo mejor es ignorar las modas y mirar a largo plazo.


Para conocer mejor una ciudad hay que rascar y no quedarnos en la superficie.
Y eso exige un poquito de osadía. Hay que meterse en lugares donde no acostumbra estar el turista, y uno de esos sitios es el restaurante Kunsthalle. Desde la calle hay pocos elementos que sugieren que se trata de un local abierto al público. La entrada es discreta y los que entran saben a lo que van. Tras cruzar las dos puertas que lo separan del exterior, aparece una sala grande con techos abovedados pintados.
Christian Berzins, periodista del periódico ‘Neue Zürcher Zeitung’, lo define así: «El Kunsthalle, en Basilea, es uno de esos restaurantes donde realmente no importa lo que se come. Al igual que en la ópera, el enfoque no está en las notas altas individuales, sino en la experiencia general. La mejor recomendación, de todos modos, es tomarse el plato del día, que aquí llaman el plat du jour».
En verano el restaurante cambia de aspecto y se vuelca más hacia la calle, con mesas y sillas y una coctelería Campari Bar, considerada de las mejores de la ciudad. Un buen sitio para comer rodeado de las élites de Basilea y constatar que la ostentación brilla por su ausencia. Se respira elegancia, pero reina la discreción, marca de la casa de Basilea.