Momentos urbanos suizos
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Rolf Fehlbaum es un hombre que, a sus 79 años, sigue perdidamente enamorado de las sillas.
No solo ha convertido Vitra en uno de los fabricantes de muebles más prestigioso del mundo, sino que lleva décadas coleccionándolas. El Vitra Shaudepot es un espacio construido a medida para albergar su colección, que cuenta con más de 7.000 muebles, entre ellos 400 sillas expuestas al público.
«Puedes reconocer y entender una época –sus estructuras sociales, sus materiales, técnicas y modas– a través de sus sillas», cuenta el presidente de Vitra.
La exposición permanente recorre 200 años de diseño de sillas cuidadosamente seleccionadas para mostrar su evolución. «Todas las sillas hacen esencialmente lo mismo, invitarte a tomar asiento, pero ningún objeto cotidiano es tan polifacético», afirma Fehlbaum con rotundidad.


Para conocer mejor una ciudad hay que rascar y no quedarnos en la superficie.
Y eso exige un poquito de osadía. Hay que meterse en lugares donde no acostumbra estar el turista, y uno de esos sitios es el restaurante Kunsthalle. Desde la calle hay pocos elementos que sugieren que se trata de un local abierto al público. La entrada es discreta y los que entran saben a lo que van. Tras cruzar las dos puertas que lo separan del exterior, aparece una sala grande con techos abovedados pintados.
Christian Berzins, periodista del periódico ‘Neue Zürcher Zeitung’, lo define así: «El Kunsthalle, en Basilea, es uno de esos restaurantes donde realmente no importa lo que se come. Al igual que en la ópera, el enfoque no está en las notas altas individuales, sino en la experiencia general. La mejor recomendación, de todos modos, es tomarse el plato del día, que aquí llaman el plat du jour».
En verano el restaurante cambia de aspecto y se vuelca más hacia la calle, con mesas y sillas y una coctelería Campari Bar, considerada de las mejores de la ciudad. Un buen sitio para comer rodeado de las élites de Basilea y constatar que la ostentación brilla por su ausencia. Se respira elegancia, pero reina la discreción, marca de la casa de Basilea.


El rugido delicado del barco resonaba en nuestros oídos.
Hacía solo media hora antes estaba tomando un ‘capuccino’ en el centro de Lugano, y ahora estaba en un pequeño pueblo rodeado de bosques y agua. Los barcos que surcan el lago de Lugano tienen esa capacidad de teletransporte.
La vuelta a la ciudad la hicimos por el sendero de los olivos. Un camino que empieza en el pueblo de Gandria, una localidad que cuenta con una conexión histórica con Madrid. Aquí nació y murió Virgilio Rabaglio, el arquitecto que fue maestro de obras del Palacio Real de Madrid en el siglo XVIII y que posteriormente proyectó el palacio de Riofrío, en Segovia.


«Soy el último librero de antiguo que queda en la ciudad. Bueno, yo y un compañero que tiene una tienda aquí cerca», cuenta Alexander Illi en el interior de su tienda Illibrairie, en el casco viejo de Ginebra.
«No me desanimo para nada. Me permite acceder a verdaderas joyas ya que apenas tengo competencia», dice mientras señala las estanterías llenas a rebosar de tomos centenarios.
Unos días antes descubrí la existencia de esta tienda en una entrevista sobre las librerías en la era del covid publicada en Le Temps, el diario más importante de la suiza francófona. «Mis libros han vivido la peste, el cólera, la gripe española», contestó Illi al periodista. Una respuesta así me convenció de que había que visitar la tienda.
El encuentro inicial con Illi es frío. Le cuento que estoy escribiendo una guía de las ciudades de Suiza y me gustaría incluir la tienda. «Voy a ser sincero. Mi experiencia últimamente con los turistas no está siendo buena. Entran, miran, hacen una foto y se van. Maltratan los libros y nunca compran nada. No se dan cuenta de que esto no es una biblioteca, es una librería viva, aunque los libros sean casi todos de gente muerta. No sé si me interesa, la verdad».
Le explico con calma que se trata de una guía cultural que busca poner en valor lugares como el suyo. Poco a poco vamos congeniando y cambiamos el escepticismo por una entrevista improvisada sobre su trabajo.
Antes de salir me fijo en un par de libros de un viajero francés que visitó Suiza a principios del XIX. Quiero poder comparar mi experiencia con la de alguien que recorrió el país 200 años antes. Decido comprarlo y me hace una rebaja: «Tiene algunos desperfectos que dejaron unos turistas ayer, así que te lo dejo más barato». Cerramos el trato y me preparo para pagar.
Le pregunto si acepta tarjeta: «Aunque mi negocio sean libros del siglo XIX, esta es una librería del siglo XXI», contesta sonriendo mientras saca el datáfono del cajón.


La región de Ginebra es una isla. Observa su situación en el mapa. Está completamente rodeada por Francia y a apenas 80 kilómetros de la frontera italiana. Una situación geográfica que ha marcado la personalidad de Carouge.
Este pueblo situado a unos pocos kilómetros del centro de Ginebra perteneció durante cuatro siglos al reino de Cerdeña. Ese hecho contribuyó a la arquitectura de ascendencia italiana que hoy domina sus calles. Durante la revolución francesa estuvo en manos de las fuerzas galas antes de pasar a formar parte de Ginebra, su gran rival.
Hoy es considerado un pueblo independiente pero integrado en la ciudad. Una zona con calles tranquilas, ateliers y talleres artesanos. El lugar ideal para ir a una brasserie los fines de semana en un entorno libre de franquicias.
Todos los sábados, los campesinos de la región descienden a las plazas de Carouge para vender sus productos. Quesos, verduras, embutidos… Los ginebrinos dan mucha importancia al comercio de proximidad.
Y como muestra del ambiente relajado y distendido de Carouge, escogimos esta foto de un hombre de mediana edad leyendo el periódico en la plaza del pueblo. Un digno representante de la buena vida italiana.

En el verano estarás resguardado del sol y en invierno, protegido de la lluvia.
Los soportales de la ciudad cumplen su función a la perfección y hay más de seis kilómetros distribuidos por toda la urbe. El ser humano importa más que los coches en Berna.