Momentos urbanos suizos
0
Prueba ajustar tu búsqueda eligiendo más de una ciudad, eliminando todos los filtros o seleccionando varias experiencias a la vez.
+ momentos

Han pasado 30 años desde que un grupo de activistas tomaron el control de esta antigua fábrica y lo convirtieron en el centro de la cultura alternativa de la ciudad.
Desde entonces, ha habido tensiones con las autoridades, pero el proyecto ha conseguido consolidarse.
Un total de 18 asociaciones comparten el espacio, programando música en vivo, arte, cine independiente, serigrafia y talleres de trabajo.
L’Usine, junto con Rote Fabrik (Zúrich) y Reitschule (Berna), son los abanderados de la cultura autogestionada en Suiza. Los tres han conseguido apoyo gubernamental sin comprometer su independencia.


Si tienes ocasión de ver este Picasso en persona, una advertencia: no es como todos los demás.
Se llama ‘Arlequín sentado’ y fue pintado en 1923. Pero hay algo que lo hace más conmovedor todavía. Esta obra no estaría aquí si no fuese por el fervor que sienten los habitantes de Basilea por el arte.
En 1967 una quiebra repentina llevó al coleccionista y empresario Peter G. Staechelin a poner en venta los dos cuadros de Picasso que había prestado al Museo de Arte de Basilea (Kunstmuseum): uno era el Arlequín sentado; el otro, Los dos hermanos. Pidió 8,4 millones de francos por ambos. La sociedad civil, entonces, se movilizó para que se quedaran en la ciudad. Los empresarios locales consiguieron 2,4 millones y el Ayuntamiento decidió poner los 6 millones restantes. Pero un ciudadano afectado por la quiebra decidió impugnar esta decisión.
El Gobierno local respondió de la manera más suiza posible: convocó un referéndum para decidir si hacían la compra o no. La ciudad se llenó de carteles con el lema «All you Need is Pablo». En la votación, ganaron por goleada los partidarios de comprar las obras y las calles se llenaron de gente para celebrarlo. La historia llegó a oídos de Picasso, que a sus 86 años, seguía pintando cada día en su casa en el sur de Francia. Quedó tan conmovido que regaló dos cuadros más a la ciudad.
Ya te avisamos de que este no era solo un cuadro. Es el emblema de la devoción que siente Basilea por el arte.


¿Cómo no dignificar con una fotografía el trabajo de los artesanos que hicieron posible esta fachada?
La Farmacia Luganese es uno de esos comercios clásicos que luchan contra las franquicias. Una tienda que entiende la importancia de la tipografía para presentarse ante los viandantes. Me hubiera gustado tener un ligero catarro para poder entrar a comprar algo.


En Lucerna la división entre la naturaleza y la ciudad está totalmente difuminada.
Allí donde miras hay una extensión de agua y montañas que hace que nunca tengas la sensación de estar en una urbe.
Lucerna mira de frente a la naturaleza que la rodea, la abraza y te anima constantemente a ir hacia ella. Y la mejor manera de hacerlo es, sin duda, en barco, a velocidad pausada, con una cámara o libreta en la mano, con la brisa acariciando la nuca.
Surcar el agua no podría ser más fácil. A unos cien metros de la estación central de Lucerna hay un pequeño puerto desde donde, cada hora, salen varias embarcaciones. Elige un destino y deja que el barco te abra camino.



A la cima del monte Bré llegamos volando.
El gran mirador de Lugano está conectado con la ciudad con un funicular que llega a su destino con extrema facilidad.
Pero ¿por qué se ven destellos blancos en el margen derecho de esta foto?
Son pequeños errores producto de la fotografía analógica, bellos fallos que dan la sensación de estar contemplando un sueño o un recuerdo.
En la era de la fotografía digital, en la que no hay casi límite de fotos que podemos hacer, trabajar con cámaras que usan carrete obliga a los fotógrafos a tomar menos instantáneas. Es lo que hicimos en este viaje. Todas las imágenes que mostramos en esta guía están hechas con cámara analógica.
«Tienes menos margen para equivocarte. Te obliga a pensar más antes de hacer la foto», explica Lluís, el fotógrafo que me acompaña en esta aventura. «Además, sigues contando con la cámara de tu móvil, por si acaso».
Hay un elemento más que contribuye a la belleza de lo analógico. El revelado. Cuando haces la foto, no tienes una pantalla para poder ver el resultado en tiempo real. Toca esperar hasta el final del viaje. Envías los carretes a un laboratorio y en unos pocos días recibes los resultados en un archivo digital. Un ejercicio de paciencia en la era de la impaciencia.


Desde este mirador situado en la Place de la Cathédrale, el lago de Lemán parece un océano.
No se ve el final.
¿Cuántas personas se habrán sentado en este mismo banco a lo largo de los siglos?
Una chica se levanta y aprovecho para sentarme. Mi cerebro se impacienta y me pide levantarme. Me resisto a hacerlo. Hoy parece que lo más difícil es parar.
La inmensidad del horizonte ayuda a relativizar los malos pensamientos. Todo se vuelve más pequeño e insignificante. Los problemas se difuminan en los techos de los edificios.
Tolón, tolón, tolón, tolón.
La campana de la catedral me despierta de la ensoñación. Me levanto y sigo mi camino. Un adolescente aprovecha mi marcha para sentarse en el banco. Y así sucesivamente, hasta la eternidad.