Momentos urbanos suizos
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Ernst Beyeler dedicó media vida a construir una de las colecciones privadas de arte moderno más completas del mundo.
Y cuando lo consiguió, dedicó lo que le quedaba de vida, junto a su mujer Hildy, a crear una fundación para que cualquier pudiese disfrutarla.
Picasso, Monet, Matisse, Rothko… La lista de grandes nombres presentes en el museo es extensa, muchos de ellos amigos personales de Beyeler. Pero incluso aunque no tuviese ningún cuadro conocido, merecería la pena visitarlo por la singular arquitectura del edificio que lo alberga. Proyectado por el arquitecto Renzo Piano, la fundación se diseñó para potenciar la presencia de la luz natural a petición del propio Beyeler. Era la mejor manera de disfrutar las obras, según el coleccionista. Para ello el arquitecto instaló unos cristales especiales que dejan entrar la luz, pero que, a la vez, filtran los rayos uva más fuertes para evitar dañar las obras. Los ventanales hacen innecesario el uso de luz artificial y permiten contemplar los prados verdes que rodean el edificio.
La fundación organiza, además, exposiciones temporales de altísimo nivel. Durante nuestra visita hubo una retrospectiva dedicada a Hopper.
Beyeler también fue una pieza clave en la consolidación de Basilea como uno de los grandes centros del arte. Tuvo un papel fundamental en los años 70 en la creación de Art Basel, que hoy es la feria de arte contemporáneo más influyente del planeta.


Esta foto se tomó en Berna, pero podría haberse tomado en cualquier ciudad helvética.
Las fuentes urbanas en Suiza tienen un doble propósito: decorar el paisaje urbano y ofrecer agua potable, que fluye de manera constante.
La capital tiene una en cada esquina. Zúrich tiene más de 1.200.
Escucha el sonido hipnotizador que produce el agua cuando cae de las fuentes. Utilízalas como recordatorios para parar y descansar. No la compres embotellada; es un sinsentido cuando se tiene acceso a agua que probablemente se originó en un glaciar suizo.


El Kapellbrücke representa para Lucerna lo mismo que el Coliseo para Roma o la Torre Eiffel para París.
Es el símbolo de la ciudad. Un puente de madera de más de 200 metros de longitud que tiene sus orígenes en el siglo XIX.
El puente está totalmente techado y la parte superior está recubierta de pinturas en formato triangular que te acompañan durante el paseo. Las barandillas están recubiertas de flores rojas, que suavizan las formas de la estructura.
En 1993 un incendio destruyó dos terceras partes de Kapellbrücke, pero si no te lo dicen antes, no te darás cuenta. Tal es la calidad de la reconstrucción.



¿Qué entendemos por comida tradicional en una ciudad en la que el 37% de la población es extranjera?
Markthalle es el lugar al que hay que acudir para descubrirlo. Situado a cinco minutos caminando desde la estación central, la visitamos a mediodía para comer algo rápido y nos encontramos un ambiente distendido y relajado.
Oficinistas y profesionales liberales hacen cola en unos cuarenta puestos que ofrecen comida de todo el mundo. Teriyaki japonés, hummus israelí, dumplings cantoneses, pad thai tailandés, souvlaki griego. Comida afgana, etíope, india, cubana, venezolana, argentina. Las opciones son inabarcables y el hecho de que cada local se especialice en unos pocos platos hace que la calidad-precio sea notable.
Abierto en 1929, el mercado entró en declive a principios de los 2000 antes de ser rescatado por un grupo de promotores que consiguieron reinventarlo. Otro detalle a tener en cuenta: aquí se celebran mercados de pulgas los fines de semana.

En los tres años que vivió en Berna (1903-1905), Albert Einstein desarrolló la teoría de la relatividad, una de las contribuciones más importantes del científico al destino de la humanidad.
Y dicen que uno de los elementos que más inspiró al físico alemán fue Zytglogge, el gran reloj que domina el centro de Berna. Situado en la calle donde vivía con su primera mujer, Mileva Marić, fue aquí donde se dio cuenta de que el tiempo podía ir a distintas velocidades, dependiendo del movimiento de cada uno.
En palabras de la BBC, «Einstein escuchó la campana una tarde de mayo de 1905. (…) Cuando miró a la torre, de pronto se imaginó una escena inimaginable. ¿Qué pasaría si un tranvía se alejara de la torre a la velocidad de la luz? Si él estuviera sentado en el tranvía, su reloj seguiría marcando el paso del tiempo. Pero si girase para ver la torre, el reloj estaría parado».


Rolf Fehlbaum es un hombre que, a sus 79 años, sigue perdidamente enamorado de las sillas.
No solo ha convertido Vitra en uno de los fabricantes de muebles más prestigioso del mundo, sino que lleva décadas coleccionándolas. El Vitra Shaudepot es un espacio construido a medida para albergar su colección, que cuenta con más de 7.000 muebles, entre ellos 400 sillas expuestas al público.
«Puedes reconocer y entender una época –sus estructuras sociales, sus materiales, técnicas y modas– a través de sus sillas», cuenta el presidente de Vitra.
La exposición permanente recorre 200 años de diseño de sillas cuidadosamente seleccionadas para mostrar su evolución. «Todas las sillas hacen esencialmente lo mismo, invitarte a tomar asiento, pero ningún objeto cotidiano es tan polifacético», afirma Fehlbaum con rotundidad.