Momentos urbanos suizos
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Hace tiempo que aquí no se escucha el ruido de deportistas sudados levantando pesas ni de balones botando en el suelo.
Este antiguo gimnasio ahora alberga otro tipo de actividades. Conciertos, charlas, quedadas entre artistas. Además del simple acto de tomarse una cerveza entre amigos. Hablamos del Turnhalle, una institución en Berna. Un bar cultural que muda de piel a menudo.
Turnhalle habita dentro de Progr, una organización que ha transformado un antiguo colegio en un centro de trabajo para artistas y mentes creativas. Hay más de 150 integrantes que desarrollan proyectos en sus salas, desde diseñadores gráficos hasta directores de cine, pasando por coreógrafos.
La historia detrás de este proyecto, como muchos que tienen que ver con cultura urbana en Suiza, surge a partir de la lucha de unos creadores valientes por abrir espacios para desarrollar el arte.
Tras el cierre de la escuela en 2004, una agrupación cultural consiguió convencer al Ayuntamiento para quedarse con los espacios de forma temporal durante dos años, mientras se tomaba una decisión sobre su futuro uso.
El tiempo pasó y el arraigo del centro se hizo cada vez más profundo en la escena cultural bernesa. Ante la posible venta del inmueble, Berna recurrió a un recurso típicamente suizo: organizar un referéndum en 2009 para decidir su futuro.
Más del 60% de los habitantes de la ciudad votaron por mantenerlo en su estado actual hasta, al menos, 2039.
Como dicen los propios responsables de Turnhalle, «aquí puedes beber, comer, cotillear, hacer gimnasia, soñar, pensar, hablar, escuchar, mirar». ¿Qué más se puede pedir?



Este mirador tobogán es para adultos que siguen sintiéndose niños o niños que no quieren dejar de serlo.
Desde arriba se ve todo el ‘skyline’ de Basilea en el horizonte y directamente debajo, la piezas arquitectónicas que forman el Vitra Campus.
La cima se alcanza a pie. La vuelta a tierra se realiza deslizándote rápidamente por el interior de un tobogán. Su creador, Carsten Höller, es un artista alemán con una especial predilección por este medio de transporte, que ha instalado en varios museos del mundo.
«Un tobogán es un trabajo escultural con un elemento pragmático, una escultura que te permite viajar por su interior. (…) Es un elemento singular para experimentar un estado emocional único entre el deleite y la locura».


Aquí es dónde el arte viene a mancharse las manos.
En esta zona de antiguas fábricas textiles a las afueras de St. Gallen se encuentra uno de los centros de producción de esculturas más prestigiosos del país helvético.
Un proyecto que empezó con la creación de Kunstgiesserei en 1983, un centro de fundición especializado en llevar a la práctica cualquier idea de un artista que tenga que ver con la escultura.
Un ejemplo: el gallo azul gigante que ocupó uno de los pedestales de la plaza de Trafalgar en Londres durante 2013 salió de los hornos de esta fábrica de ideas. Un trabajo que la escultora alemana Katarina Fritsch confío a Kunstgiesserei.
Pero la labor de este espacio no acaba aquí. En el mismo complejo se encuentra Sitterwerk y Kesselhaus Hans Josephsohn.
El primero es una fundación y librería dedicada a la promoción del arte (sitterwerk ofrece, además, varias residencias anuales para artistas). Cuenta con una biblioteca con más de 25.000 libros de arte. Cada ejemplar tiene un sistema de rastreo inalámbrico que consigue que siempre estén localizables en las estanterías. Esto permite que la colección esté organizada de forma más aleatoria.
El segundo es una exposición permanente de esculturas del artista Hans Josephsohn (1920-2012). Un lugar dedicado a su memoria.
En ocasiones los museos acaban siendo tan pulcros que se convierten en cementerios del pasado. Aquí es todo lo contrario, el futuro se cuece en sus hornos de fundición.


La urbanidad en Zúrich es relativa.
A cinco minutos de la zona más concurrida de la ciudad encuentras la calma más absoluta. El canal Schanzengraben rodea el centro histórico, pero es casi imperceptible si no lo conoces. Durante siglos se utilizó como foso de agua para proteger las murallas de la ciudad antigua. Hoy aísla del ruido de la urbe y actúa como zona de recreo. Es aquí donde encontramos uno de nuestros locales favoritos de Zúrich, el bar Rimini, que abre a partir de las 19.00 de la tarde.
Durante el día, cambia de uso y de nombre. Se convierte en Männerbad y es una zona de baño gratuita abierta solo para hombres (el nudismo está permitido). Los lunes el espacio se transforma en un mercadillo, popular entre la comunidad creativa de la ciudad.
En Zúrich, el uso inteligente del espacio está a la orden del día. Un mismo lugar puede tener muchas caras y eso permite visitarlo más de una vez sin repetir experiencia.


Charles de Gaulle se quejaba con cierta ironía de que era muy difícil gobernar un país con 246 tipos de quesos.
Lo que quizá no sabía el expresidente francés era que Suiza tiene 460 variedades, con una octava parte de la población, uno por cada 19.000 habitantes. Ticino, el cantón dónde se encuentra Lugano, no se queda atrás. La asociación de catadores de queso de la región contabiliza 40 variedades con denominación de origen, con nombres tan evocadores como Piora, Rompiago o Fümègna. Cuando pruebas estos quesos estás tomando un producto que nace de la leche de vaca y de cabras que pastan en prados ticineses situados entre 1.500 y 2.400 metros de altitud.
Gabbani es el lugar donde el trabajo de los valientes granjeros que trabajan de sol a sol para sostener este método de producción artesanal está recompensado. Esta tienda delicatessen lleva desde los años 30 surtiendo a los habitantes de Lugano con productos exquisitos. Empezó siendo una carnicería y hoy es un minimperio que ocupa una plazuela entera en el centro de la ciudad, con un restaurante, un hotel, una panadería artesanal, comida para llevar y embutidos. La visita a Gabbani desencadenó una compra de quesos malolientes que llenaron mi maleta de vuelta a España.

En los tres años que vivió en Berna (1903-1905), Albert Einstein desarrolló la teoría de la relatividad, una de las contribuciones más importantes del científico al destino de la humanidad.
Y dicen que uno de los elementos que más inspiró al físico alemán fue Zytglogge, el gran reloj que domina el centro de Berna. Situado en la calle donde vivía con su primera mujer, Mileva Marić, fue aquí donde se dio cuenta de que el tiempo podía ir a distintas velocidades, dependiendo del movimiento de cada uno.
En palabras de la BBC, «Einstein escuchó la campana una tarde de mayo de 1905. (…) Cuando miró a la torre, de pronto se imaginó una escena inimaginable. ¿Qué pasaría si un tranvía se alejara de la torre a la velocidad de la luz? Si él estuviera sentado en el tranvía, su reloj seguiría marcando el paso del tiempo. Pero si girase para ver la torre, el reloj estaría parado».