Momentos urbanos suizos
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Antes de que nos pusiéramos gafas para ver imágenes en 3D, había una tecnología que buscaba hacer lo mismo sin necesidad de usar pantallas ni electricidad.
Consistía en pintar escenas en edificios circulares y añadir elementos físicos para generar la sensación de estar viviendo una experiencia en tres dimensiones. A esas pinturas las llamaron panoramas.
Popularizados en el siglo XIX, uno de los pocos panoramas que quedan en el mundo se encuentra en Lucerna. La pintura tiene 112 metros de largo y se desarrolla a lo largo de un muro esférico. Muestra al ejército francés derrotado cruzando la frontera suiza tras el final de la Guerra Franco Prusiana.
El paisaje interminable está cubierto de nieve. Se masca la desolación que produce la guerra. Un alegato antibélico absolutamente conmovedor.


Antes de Tik Tok, Facebook, Twitter e Instagram, las redes sociales habitaban en lugares como el Café Odeón.
Por aquí pasaron una larga lista de intelectuales. James Joyce revisaba sus manuscritos a diario en una de sus esquinas; Einstein discutía sobre las leyes de la física con sus alumnos de la Universidad Politécnica de Zúrich; Lenin planificaba su asalto al poder unos meses antes de la revolución rusa y los dadaistas subvertían las reglas del encorsetado mundo del arte en sus salones llenos de humo.
¿Qué buscamos cuando vamos a lugares donde han ocurrido tantos acontecimientos históricos? Quizá empaparnos de algo del aura del pasado. Pero también la indiscutible belleza de estos espacios diseñados para ser disfrutados. La antítesis de muchos bares modernos que parecen estar hechos para que la gente consuma y se vaya en el menor tiempo posible.
Es posible que los intelectuales de hoy hayan reemplazado los cafés por twitter como lugares de discusión. Sin embargo, haríamos bien en recuperar algunos de los hábitos de nuestros antepasados. La cultura digital es maravillosa, pero discutir ideas acompañado de un café lo es también. Aquí tienes un sitio abierto desde 1911 para poder seguir haciéndolo. Una red social antes de que existiesen las redes sociales.


La vida brota bajo este viaducto mientras los trenes pasan por arriba.
En sus 56 arcos no falta de nada. Puedes tomar el aperitivo, dar clases de tango, comprar queso, hacer ejercicio, trabajar un rato en un coworking, comprar muebles, ver un concierto en directo.
Construido en 1894 con piedra tallada, anteriormente albergó talleres y almacenes antes de caer en el olvido. En Zúrich son unos verdaderos maestros del aprovechamiento del espacio y este es el enésimo ejemplo de ello.


De todos los lagos, ríos y piscinas naturales que probamos a lo largo de los 24 días que estuvimos en las ciudades de Suiza, hay uno que se nos ha quedado grabado a fuego.
El río Aar, en Berna. Un torrente de agua que nace en los glaciares de la región alpina del Bernese Oberland y llega a la capital con una velocidad media de dos metros por segundo.
Los locales han convertido su fuerte corriente en una fuente de desconexión y entretenimiento. Sentarse en la orilla del río Aar y ver pasar a la gente arrastrada por el agua es hipnótico. Antes de lanzarse al río conviene, al menos, saber nadar bien, seguir las indicaciones de los letreros y, si tenemos alguna duda, preguntar a un local.
Hay varias zonas para bañarse en el río. La mejor es Marzili, al ser la más preparada y habilitada para esta práctica. Desde este punto, situado a 10 minutos a pie del centro de Berna, caminamos durante un kilómetro por la orilla del río hasta llegar a un puente llamado Schönausteg. Nos tiramos al agua y nos dejamos llevar por la corriente. A nuestro alrededor, grupos de amigos, parejas y familias hacían lo mismo, convirtiendo el trayecto en una experiencia compartida. Casi todos llevan consigo unas bolsas impermeables que flotan, un artilugio ingenioso que permite a los nadadores guardar su ropa sin que se moje. Puro sentido común suizo.
A medida que nos acercábamos a la zona de Marzili, fue apareciendo el parlamento suizo en alto. En la orilla izquierda nos sujetamos a unas barandillas rojas, que usamos como trampolín para salir del agua. Y vuelta a empezar.


No es necesario gastarse grandes sumas de dinero para embellecer una ciudad.
A veces todo lo que necesitas es un poquito de imaginación y dar rienda suelta a las plantas. Esta estampa urbana me recordó a ‘Lo pequeño es hermoso’, un libro de los años 70 que abogaba por prestar más atención a lo pequeño como contrapunto a quienes siempre apuestan por el cuanto más grande, mejor. La belleza, frecuentemente, se encuentra en la suma de muchas cosas pequeñas.


Viajar es a veces confiar en la amabilidad de los extraños, pero esa amabilidad no suele llegar sola.
Hay que trabajársela, hay que salir a buscarla.
Cuando adquirimos nuestra entrada del Museo de Arte de Winterthur, la recepcionista reconoció que hablábamos castellano. Rápidamente entablamos una conversación y ella aprovechó para practicarlo. Podríamos habernos escaqueado lo más rápido posible, pero nos hubiésemos perdido algo, la oportunidad de hablar con alguien autóctono con un conocimiento, un bagaje y una historia que puede cambiar el rumbo de tu viaje.
En este caso concreto, la amabilidad del extraño nos recomendó entrar en una sala del museo donde los visitantes no suelen pasar. Un espacio de otra época que ese día estaba alumbrado por la cálida luz de la mañana, como refleja la foto que abre este texto.
Entre monumentos, museos, paseos y cafés, a veces se nos olvida que una ciudad es lo que es por sus personas. Solo alcanzarás a conocerlas si estás abierto a ello, si tomas la iniciativa y aprovechas las oportunidades que te va dando cada escenario del viaje. Ser amable y sonreír ayuda.