Momentos urbanos suizos
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Declive y resurrección. La historia del Quartier des Bains es un relato de transformación a través del arte.
Durante décadas sus edificios estuvieron ocupados por talleres y pequeñas fábricas de relojería. Industrias que poco a poco se fueron trasladando fuera de la ciudad. El primero en aprovechar los espacios que se iban quedando vacíos fue el Centre d’Art Contemporain allá por los años 80, pero el verdadero revulsivo llegó con la apertura de MAMCO en 1994.
Instalado en una antigua fábrica de 3.500 m2, el Museo de Arte Moderno se convirtió en un imán para galerías e instituciones, que empezaron a instalarse en sus alrededores. Las exposiciones temporales de MAMCO contribuyeron a atraer al barrio a cada vez más personas.
En 2004 se constituyó la asociación Quartier des Bains para agrupar las 17 galerías e instituciones que se han instalado en esta zona. Algunas de ellas, como Médiathèque du FMAC, cuentan con una de las colecciones de videoarte más extensas del mundo.
Visitar MAMCO no es solo ver exposiciones. Es el punto de partida para explorar un barrio transformado por el arte.



Podría haber estado allí todo el día.
Sentado en el puerto de Ouchy vi entrar y salir media docena de barcos en el espacio de una hora. Pero no eran barcos cualesquiera. Todos funcionaban con vapor, y tenían más de un siglo de vida. La posición de Lausana, situada en el centro del lago Leman, la convierte en un lugar de mucho trasiego para estas embarcaciones.
Que estos barcos monumentales sigan siendo los reyes del lago tiene mucho que ver con el compromiso de CGN, un consorcio público privado que lleva desde el siglo XIX transportando pasajeros por el lago de Lemán.
Lo conseguido por la región es único en el mundo: mantener vivos y en perfectas condiciones barcos de vapor centenarios. Un regalo para quienes tenemos la buena fortuna de subirnos a ellos (todos los trayectos están incluidos en el precio del Swiss Travel Pass).
Los trayectos a bordo de estas joyas son principalmente viajes de placer. No se busca atajar ni ganar tiempo. Lo importante es el recorrido.


Viajar es a veces confiar en la amabilidad de los extraños, pero esa amabilidad no suele llegar sola.
Hay que trabajársela, hay que salir a buscarla.
Cuando adquirimos nuestra entrada del Museo de Arte de Winterthur, la recepcionista reconoció que hablábamos castellano. Rápidamente entablamos una conversación y ella aprovechó para practicarlo. Podríamos habernos escaqueado lo más rápido posible, pero nos hubiésemos perdido algo, la oportunidad de hablar con alguien autóctono con un conocimiento, un bagaje y una historia que puede cambiar el rumbo de tu viaje.
En este caso concreto, la amabilidad del extraño nos recomendó entrar en una sala del museo donde los visitantes no suelen pasar. Un espacio de otra época que ese día estaba alumbrado por la cálida luz de la mañana, como refleja la foto que abre este texto.
Entre monumentos, museos, paseos y cafés, a veces se nos olvida que una ciudad es lo que es por sus personas. Solo alcanzarás a conocerlas si estás abierto a ello, si tomas la iniciativa y aprovechas las oportunidades que te va dando cada escenario del viaje. Ser amable y sonreír ayuda.


Recomendar a un turista ir a un sitio que no es turístico, aun a riesgo de convertirlo en turístico.
El dilema siempre existe antes de incluirlo en una guía. Este riesgo no parece existir en Alpenrose. Primero, porque su localización está alejada pero no lejos del Zúrich más concurrido por foráneos (en Zúrich nada está realmente lejos gracias a sus tranvías supereficientes). Segundo, porque no siempre es fácil conseguir mesa debido a la gran demanda que tiene entre los locales.
«Yo lo definiría como el sitio adonde te llevaría un amigo suizo si vienes a Zúrich a visitarlo. No servimos ni fondue ni raclette; eso proviene de las montañas. Aquí la comida de nuestra infancia es otra y por eso casi toda nuestra clientela es local», cuenta el maitre de Alpenrose, un restaurante tradicional situado en el barrio posindustrial de Zúrich West.
Las recetas en el menú no nos suenan de nada y eso lo hace aún más apetecible.
Gilliertes Flanksteack von Rind aus Ennetürger mit Krauterbutter
Suhre Mocke mit Schmorgemüse so wie früher
Optamos por el especial del día. Carne de cerdo cocinada a fuego lento durante 26 horas que se derrite en la boca. Antes, una sopa fría de pepino.
Durante 22 años este negocio perteneció a Tine Giacobbo y Katharina Sinniger, dos entrañables mujeres que lo convirtieron en un lugar mítico. Antes de eso fue un pub restaurante durante casi un siglo. En 2016, tras la retirada de las patronas, un grupo de restauración compró el local y lo reformó respetando el nombre y todos los elementos que habían convertido el sitio en legendario.
La compañía se llama Work Chain Foundation y una de sus características es que la mitad de sus empleados tienen algún tipo de discapacidad o están en riesgo de exclusión social.
Su compromiso para crear una experiencia auténticamente suiza incluye los productos. «Todo es de aquí. Bueno, todo menos el limón y la naranja. Pongo la mano en el fuego».


Esta historia empieza con un incendio en 1981.
El fuego reduce a escombros la principal fábrica de la marca de muebles Vitra, situada a las afueras de Basilea. Su dueño, Rolf Fehlbaum, convierte la tragedia en una oportunidad para empezar de nuevo. Contacta con el arquitecto británico Nicholas Grimshaw para encargarle el nuevo edificio. Y a partir de ahí, Fehlbaum le coge el gusto a trabajar con las mejores mentes para ir desarrollando el campus. Unos años después entra en contacto con Frank Gehry, un arquitecto estadounidense prácticamente desconocido fuera de su país, para encargarle una nueva ala de su fábrica. La colaboración funciona tan bien que vuelve a trabajar con él para edificar un museo que albergue su colección de muebles.
El empresario suizo se revela como un ojeador de talento arquitectónico nato. A principios de los 90, acude al japonés Tadao Ando para encargarle el proyecto de unas salas de conferencias. Será este el primer encargo que recibe el arquitecto fuera de Japón. En paralelo, quiere diseñar también una sala de bomberos y decide arriesgarse confiando para ello en una desconocida Zaha Hadid. Será el primer encargo que recibe la arquitecta de origen iraquí.
Los trabajos que estos arquitectos realizaron aquí dieron un importante impulso a sus carreras: hoy se consideran superestrellas de la arquitectura. Pero la fascinación por la buena arquitectura aún no ha acabado; el campus es un espacio en continua evolución. Desde entonces, también han dejado su impronta Álvaro Siza, Herzog & de Meuron y SANAA.
Visitar el Vitra Campus requiere cruzar la frontera con Alemania. El tranvía número 8 lleva a la estación de Weil am Rhein. Desde allí hay un paseo de 15 mins hasta llegar al campus. Pero nuestra manera favorita de llegar es haciendo el paseo 24 Steps desde la fundación Beyeler.

En el verano estarás resguardado del sol y en invierno, protegido de la lluvia.
Los soportales de la ciudad cumplen su función a la perfección y hay más de seis kilómetros distribuidos por toda la urbe. El ser humano importa más que los coches en Berna.