Momentos urbanos suizos
0
Prueba ajustar tu búsqueda eligiendo más de una ciudad, eliminando todos los filtros o seleccionando varias experiencias a la vez.
+ momentos

Cuando nos bajamos del autobús, lo primero que pensé es que me había equivocado de sitio.
Vinimos en busca de una iglesia y nos encontramos con un cubo blanco anodino sin ventanas. Rodeamos el costado izquierdo del edificio hasta llegar a la parte trasera y una puerta se abrió automáticamente.
Cruzamos el umbral cegados por la luz del sol, y la atmósfera se transformó por completo. El ambiente era oscuro pero bañado en una luminosidad suave. Los muros desprendían una luz anaranjada que resaltaba los contornos de la piedra. El arquitecto, Franz Füeg, consiguió este efecto forrando el muro con 888 losas de mármol griego de 20 mm de ancho.
No había cuadros ni símbolos, ni falta que hacía. El choque de los rayos del sol con la piedra generó una energía celestial, independientemente de si uno es creyente o no.
Contemplamos esta maravilla durante 20 minutos en silencio y en soledad. Las ciudades tienen estas recompensas para quien está dispuesto a salirse de las zonas monumentales. Y aquel día encontramos nuestro premio en en Meggen, un pueblo junto a Lucerna.


El último edificio de Le Corbusier no estaría en Zúrich de no ser por Heidi Weber.
Una mujer que, con apenas 30 años, arriesgó su patrimonio y reputación personal para construirlo.
Apasionada del creador de origen suizo, acabó acumulando la colección más completa de sus cuadros, que aún hoy mantiene a sus 94 años.
Pero Weber quería más. Era el año 1960 y había un solar a orillas del lago de Zúrich que ella pensó que sería idóneo para levantar un pabellón en honor al Le Corbusier. Estaba tan convencida de ello que invitó al arquitecto a pasar unos días en la ciudad para que pudiese verlo con sus propios ojos. Tras presenciar «su perseverancia, voluntad de sacrificio y entusiasmo», como él la definía, acabó aceptando el encargo.
El edificio se convirtió en un ejemplo paradigmático de lo que los alemanes llaman ‘Gesamtkunstwerk’, una obra en la que todo, el espacio, los muebles y los cuadros, está concebido como una obra de arte conjunta. Algo solo al alcance de alguien tan versátil como Le Corbusier.
La obra representó, además, un cambio en la elección de materiales del arquitecto. El hormigón, que tanto había dominado en sus anteriores edificios, esta vez se reemplazó por el acero y el cristal.
Durante la construcción, Weber tuvo que lidiar con la muerte de Le Corbusier en 1965 y las dificultades de ejecutar un edificio muy experimental para la época. Barreras que casi la llevaron a la bancarrota.
Tras la inauguración en 1967, el espacio pasó a llamarse Heidi Weber Foundation–Centre Le Corbusier. El ayuntamiento aceptó además cederle el espacio libre de alquiler durante 50 años.
En 2014 ese acuerdo llegó a su fin y el Consistorio decidió quedarse con el edificio, cambiando el nombre a Pavillon Le Corbusier. La decisión no gustó a Weber y llevó al Ayuntamiento a los tribunales. En junio de 2020, un juez falló a favor de la ciudad.
De esta historia extraemos una lección valiosa. Hay muchos edificios que conocemos solo por sus arquitectos. Pero muchas veces olvidamos a las personas que trabajaron detrás del telón para ponerlos en pie.



Este mirador tobogán es para adultos que siguen sintiéndose niños o niños que no quieren dejar de serlo.
Desde arriba se ve todo el ‘skyline’ de Basilea en el horizonte y directamente debajo, la piezas arquitectónicas que forman el Vitra Campus.
La cima se alcanza a pie. La vuelta a tierra se realiza deslizándote rápidamente por el interior de un tobogán. Su creador, Carsten Höller, es un artista alemán con una especial predilección por este medio de transporte, que ha instalado en varios museos del mundo.
«Un tobogán es un trabajo escultural con un elemento pragmático, una escultura que te permite viajar por su interior. (…) Es un elemento singular para experimentar un estado emocional único entre el deleite y la locura».


Me gusta cuando los museos están planteados como una ruta.
Siempre es posible subvertirla. Puedes probar a hacerlo al revés. Pero en el museo de arte de Winterthur el viaje era demasiado placentero como para ir a contracorriente. Las primeras salas son auténticas maravillas de principios del XX, en las que no solo destacan las obras, sino la arquitectura que las acompaña.
Pero la ruta tomó un rumbo interesante cuando llegamos hasta el final del edificio original. Una puerta pequeña en la esquina llevaba a un pasillo. Y desde ese pasillo entramos, de pronto, a un edificio blanco, de techos altos y de aspecto completamente contemporáneo.
En unos pocos metros nos habíamos trasladado desde principios del siglo XX hasta el XXI. Fue un salto grande. Un contraste estimulante e intenso en el que el museo se convirtió en una máquina del tiempo. El viaje acabó en una sala amplia, casi vacía, con una escultura flotando en el ambiente.
¿Qué pensará la persona que vea esta misma escena que yo presenciaba ahora en 2120? ¿Le parecerá exótico? ¿Sentirá desapego o fascinación por algo que tiene más de un siglo de vida? ¿Habrá un tercer edificio para entonces que refleje los anhelos y deseos de la época? La imaginación me permitió seguir viajando por lo menos durante un siglo más.


El buen diseño no es solo lo que se ve, sino lo que no se ve, y Suiza, muchas veces, se caracteriza por este tipo de diseño.
El reloj mítico que cuelga en todas sus estaciones de trenes tiene esta característica. Usa lo mínimo necesario para decirte la hora. Y no por ello es peor. Al contrario, ofrece una experiencia más limpia y más equilibrada.
En Suiza se inventaron tipografías mundialmente conocidas, como la Helvetica y Univers; sus diseñadores se guiaron siempre por el «menos es más», una característica que ya se da en su inconfundible bandera.
El diseño de carteles es algo que se toma muy en serio en el país, como puede verse en cuentas de Instagram como @swissposters.
Esta cultura tiene su hogar en el Museum für Gestaltung, que cada año organiza entre cinco y siete exposiciones. Un museo y centro de investigación que almacena más de 500.000 objetos relacionados con la cultura visual.


Antes de Tik Tok, Facebook, Twitter e Instagram, las redes sociales habitaban en lugares como el Café Odeón.
Por aquí pasaron una larga lista de intelectuales. James Joyce revisaba sus manuscritos a diario en una de sus esquinas; Einstein discutía sobre las leyes de la física con sus alumnos de la Universidad Politécnica de Zúrich; Lenin planificaba su asalto al poder unos meses antes de la revolución rusa y los dadaistas subvertían las reglas del encorsetado mundo del arte en sus salones llenos de humo.
¿Qué buscamos cuando vamos a lugares donde han ocurrido tantos acontecimientos históricos? Quizá empaparnos de algo del aura del pasado. Pero también la indiscutible belleza de estos espacios diseñados para ser disfrutados. La antítesis de muchos bares modernos que parecen estar hechos para que la gente consuma y se vaya en el menor tiempo posible.
Es posible que los intelectuales de hoy hayan reemplazado los cafés por twitter como lugares de discusión. Sin embargo, haríamos bien en recuperar algunos de los hábitos de nuestros antepasados. La cultura digital es maravillosa, pero discutir ideas acompañado de un café lo es también. Aquí tienes un sitio abierto desde 1911 para poder seguir haciéndolo. Una red social antes de que existiesen las redes sociales.