Momentos urbanos suizos
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+ momentos

Rodin y Monet fueron grandes amigos y dejaron constancia de ello en numerosas cartas.
«El mismo sentimiento de fraternidad, el mismo amor por el arte, ha hecho que seamos amigos para siempre […]», le escribió el escultor al pintor en 1897. «De modo que sigo teniendo siempre la misma admiración por el artista que me ha ayudado a comprender la luz, las nubes, el mar, las catedrales que tanto me gustaban».
Esta cercanĂa hace más especial todavĂa la disposiciĂłn de la sala principal del museo de arte de Winterthur. En ella vemos una escultura de Rodin de espaldas a una pintura de Monet. La primera es una recreaciĂłn de Pierre de Wissent, uno de los integrantes de los burgueses de Calais que dieron su vida para salvar la ciudad en la guerra de los Cien Años (1337-1453). La segunda es una de las 250 pinturas que Monet dedicĂł a recrear escenas de nenĂşfares, plantas acuáticas que estaban muy en boga en aquella Ă©poca.
Con este simple diálogo entre las dos obras, el Museo de Arte de Winterthur ha conseguido mantener viva la amistad de los dos.


Cuando nos bajamos del autobĂşs, lo primero que pensĂ© es que me habĂa equivocado de sitio.
Vinimos en busca de una iglesia y nos encontramos con un cubo blanco anodino sin ventanas. Rodeamos el costado izquierdo del edificio hasta llegar a la parte trasera y una puerta se abrió automáticamente.
Cruzamos el umbral cegados por la luz del sol, y la atmĂłsfera se transformĂł por completo. El ambiente era oscuro pero bañado en una luminosidad suave. Los muros desprendĂan una luz anaranjada que resaltaba los contornos de la piedra. El arquitecto, Franz FĂĽeg, consiguiĂł este efecto forrando el muro con 888 losas de mármol griego de 20 mm de ancho.
No habĂa cuadros ni sĂmbolos, ni falta que hacĂa. El choque de los rayos del sol con la piedra generĂł una energĂa celestial, independientemente de si uno es creyente o no.
Contemplamos esta maravilla durante 20 minutos en silencio y en soledad. Las ciudades tienen estas recompensas para quien está dispuesto a salirse de las zonas monumentales. Y aquel dĂa encontramos nuestro premio en en Meggen, un pueblo junto a Lucerna.


Han pasado 30 años desde que un grupo de activistas tomaron el control de esta antigua fábrica y lo convirtieron en el centro de la cultura alternativa de la ciudad.
Desde entonces, ha habido tensiones con las autoridades, pero el proyecto ha conseguido consolidarse.
Un total de 18 asociaciones comparten el espacio, programando mĂşsica en vivo, arte, cine independiente, serigrafia y talleres de trabajo.
L’Usine, junto con Rote Fabrik (Zúrich) y Reitschule (Berna), son los abanderados de la cultura autogestionada en Suiza. Los tres han conseguido apoyo gubernamental sin comprometer su independencia.


No se puede huir del rĂo Aar cuando uno está en Berna.
AllĂ donde miras hay fragmentos de las aguas verdiazules de este afluente, que abraza el casco histĂłrico.
Durante siglos fue la mejor protecciĂłn ante la amenaza de invasores. Hoy, impresionantes puentes sortean esa barrera natural y conectan el centro desnivelado con los alrededores. Esta foto fue tomada desde MĂĽnster Plattform, una plaza elevada que invita a quedarse en ella durante horas.


Para mĂ, la parte más placentera de viajar no es ver monumentos, sino mimetizarme con los locales.
Es aprender cĂłmo vive la gente en lugares ajenos al mĂo. Y uno de los mejores sitios para hacerlo en Lucerna es Seebad Luzern. Esta estructura de madera flotante es una de las más concurridas en verano por los locales para darse un chapuzĂłn en el lago.
Esta ingeniosa construcciĂłn tiene todo lo necesario para disfrutar del agua. Casetas para cambiarse, un bar y un restaurante para picar algo, una zona al descubierto para tomar el sol y una serie de escaleras de madera que conducen directamente al lago. ÂżEl coste? Seis francos, sin lĂmite de tiempo.
Durante los tres dĂas que estuvimos en Lucerna siempre acabamos el dĂa aquĂ y siempre fue difĂcil irse. Cuando baja el sol la gente se quita el bañador y Seebad Luzern se convierte en un bar. Un buen lugar para quitarse el uniforme de turista.


Esa tarde decidimos que nuestro Ăşnico plan serĂa caminar.
Durante un paseo mañanero, pasamos por la puerta del Museo de Arte de Berna. Era sábado y un cartel anunciaba entrada gratuita.
Entramos sin pensarlo. Un Rothko, varios Kandinsky, DalĂ, Klee, Rodin, Monet, Picasso. Cuadros de gran formato de Ferdinand Hodler que muestran escenas costumbristas de montañeros escalando rocas. Una exposiciĂłn temporal dedicada al artista ghanĂ©s El Anatsui.
No habĂa expectativas creadas ni lecturas previas que influyeran en nuestras percepciones. Alimentamos la mente paso a paso y de cuadro en cuadro.
No investigues de antemano todo lo que tienes pensado ver si no quieres perder la capacidad de sorprenderte. Deja momentos sin planificar. Espacios en los que lo único que te encontrarás es lo que se te cruza por el camino.