Momentos urbanos suizos
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A la cima del monte Bré llegamos volando.
El gran mirador de Lugano está conectado con la ciudad con un funicular que llega a su destino con extrema facilidad.
Pero ¿por qué se ven destellos blancos en el margen derecho de esta foto?
Son pequeños errores producto de la fotografía analógica, bellos fallos que dan la sensación de estar contemplando un sueño o un recuerdo.
En la era de la fotografía digital, en la que no hay casi límite de fotos que podemos hacer, trabajar con cámaras que usan carrete obliga a los fotógrafos a tomar menos instantáneas. Es lo que hicimos en este viaje. Todas las imágenes que mostramos en esta guía están hechas con cámara analógica.
«Tienes menos margen para equivocarte. Te obliga a pensar más antes de hacer la foto», explica Lluís, el fotógrafo que me acompaña en esta aventura. «Además, sigues contando con la cámara de tu móvil, por si acaso».
Hay un elemento más que contribuye a la belleza de lo analógico. El revelado. Cuando haces la foto, no tienes una pantalla para poder ver el resultado en tiempo real. Toca esperar hasta el final del viaje. Envías los carretes a un laboratorio y en unos pocos días recibes los resultados en un archivo digital. Un ejercicio de paciencia en la era de la impaciencia.



«Dios ha muerto», declaró Nietzsche en su libro Así habló Zaratustra en 1885.
Durante los años siguientes, muchos pensadores libraron una batalla en busca de nuevas creencias para suplir ese vacío. Uno de los más influyentes se llamaba Rudolf Steiner. El filósofo y arquitecto austriaco viajaba por las principales ciudades europeas para difundir sus ideas sobre la espiritualidad, la reencarnación, el karma y la ciencia, y se convirtió en una especie de gurú new age de la época.
Steiner renegaba de la obsesión por el materialismo y creía que adoptar valores espirituales de Oriente no bastaba a las sociedades occidentales. Por eso, sus seguidores y él desarrollaron un movimiento que llamaron Antroposofía y eligieron un pueblo tranquilo a 10 kilómetros de Basilea, llamado Dornach, para construir su sede. Allí uno de sus seguidores le cedió unos terrenos en 1913. Visitarlo es fácil: se tarda 10 minutos en tren desde la estación central de Basilea y otros 10 minutos a pie desde la estación de Dornach.
El edificio que vemos ahora fue inaugurado en 1928 (el primero se quemó en un incendio en 1922) y es un viaje fascinante al futuro visto por los ojos de Steiner. El pensador supervisó todos los detalles del diseño, desde el exterior hasta los muebles y las esculturas del interior. En esta construcción, en la que apenas hay líneas rectas, acabó creando una obra maestra de la arquitectura de la época.
Hoy Steiner es una figura que polariza. Sus detractores dicen que sus creencias promovieron la pseudociencia y sus seguidores defienden que su figura ha sido muy influyente: los colegios Steiner, la agricultura biodinámica y la banca ética son algunas de las corrientes que beben de sus ideas. Pero todo esto queda al margen de la experiencia cuasi religiosa de visitar el edificio más fotogénico de Basilea. En las calles aledañas hay algo que lo hace más interesante todavía: casas diseñadas por Steiner y sus seguidores, que imitan las formas sinuosas del edificio principal. Todo esto convierte la excursión en una viaje en el tiempo retrofuturista.


Cuando nos bajamos del autobús, lo primero que pensé es que me había equivocado de sitio.
Vinimos en busca de una iglesia y nos encontramos con un cubo blanco anodino sin ventanas. Rodeamos el costado izquierdo del edificio hasta llegar a la parte trasera y una puerta se abrió automáticamente.
Cruzamos el umbral cegados por la luz del sol, y la atmósfera se transformó por completo. El ambiente era oscuro pero bañado en una luminosidad suave. Los muros desprendían una luz anaranjada que resaltaba los contornos de la piedra. El arquitecto, Franz Füeg, consiguió este efecto forrando el muro con 888 losas de mármol griego de 20 mm de ancho.
No había cuadros ni símbolos, ni falta que hacía. El choque de los rayos del sol con la piedra generó una energía celestial, independientemente de si uno es creyente o no.
Contemplamos esta maravilla durante 20 minutos en silencio y en soledad. Las ciudades tienen estas recompensas para quien está dispuesto a salirse de las zonas monumentales. Y aquel día encontramos nuestro premio en en Meggen, un pueblo junto a Lucerna.


En verano las opciones para tomar algo en Zúrich aumentan de forma exponencial.
Una de las más acogedoras es la isla de Bauschänzli, situada en pleno centro histórico. Durante los meses más calurosos se transforma en una terraza sin pretensiones donde tomar algo. Desde aquí hay una vista privilegiada de Quaibrücke, el puente más concurrido de la ciudad, por el que pasan tranvías y ciclistas constantemente. Un buen panorama para descansar la vista.


Vivimos sometidos a la dictadura del algoritmo.
De la personalización de nuestros ‘feeds’, del intento constante de condicionar nuestros gustos. Hechos que hacen más importante que nunca mantener vivas las miradas independientes de museos como el Kunstmuseum de St. Gallen.
Estas instituciones no lo tienen fácil para atraer nuestra atención. Estar expuestos a centenares de imágenes cada día crea la falsa sensación de que lo conocemos todo. De que lo que vemos en el mundo físico recuerda a algo que ya hemos visto en Twitter e Instagram. Pero esta sensación es frecuentemente superficial. Ver mucho no significa conocerlo.
En una de las salas del museo de arte de St. Gallen experimentamos la importancia de estas instituciones. Descubrimos a una escultora de El Cairo que vive en Berlín, en una ciudad al noreste de Suiza. Se llama Iman Issa y reinterpreta monumentos arqueológicos milenarios. Conseguimos un grado de profundidad imposible de conseguir en redes sociales. El producto de un comisario y un equipo profesional que decidió que esto merecía la pena ser mostrado.
Y aquí topamos también con otra desventaja de la sobreinformación. Solo porque tenemos toda la información al alcance de nuestra mano no significa que debamos consultarla en todo momento. Existe la tentación de destriparlo todo de antemano. De aprovechar Google Street View para ver los interiores y exteriores del lugar desde el ordenador de casa. No lo hagas si lo puedes evitar. La experiencia perderá el encanto de la novedad. El impacto de lo nuevo.
La tecnología es maravillosa. Pero, a veces, conviene crear estrategias para liberarse de la esclavitud del algoritmo y la sobreinformación. No hagas spoiler a tu propia película.



Después de unos días de sol, las nubes grisáceas se confabularon esa mañana para dar un aire de intriga al jardín botánico.
Entramos en uno de los invernaderos y un aspersor empezó a regar el ambiente con agua pulverizada, contribuyendo a remarcar la atmósfera misteriosa. Las plantas empujaban contra los cristales empañados creando escenas que parecían sacadas de un cuadro impresionista. Mi primer impulso fue fotografiarlo todo. Pero desistí para no perderme muchas cosas.
El jardín botánico de Ginebra es un mundo natural miniaturizado. Un lugar en el que plantas de los seis continentes comparten espacio y vida. Uno de los lugares favoritos de los ginebrinos para sus citas, comer un bocadillo a mediodía o simplemente huir de la ciudad sin salir de ella.
Un viaje dentro de un viaje para ver las maravillas del mundo natural.