Momentos urbanos suizos
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Antes de que la información se guardase en discos duros y centros de datos accesibles para todos, el conocimiento era un bien tan preciado y escaso que se almacenaba en palacios del saber.
Lugares como la biblioteca de la abadía de St. Gallen, que lleva más de un milenio custodiando la historia intelectual de nuestros antepasados.
Entre los ejemplares más preciados hay manuscritos elaborados a mano. Esto era antes de la invención de la imprenta, cuando el cuero de vaca se utilizaba para la cubierta y la piel de oveja, para las páginas. Escribir cada folio era un proceso tan lento que se podía tardar 90 minutos en llenar una página entera.
Cuando entramos al edificio, no solo estamos viendo un tesoro arquitectónico con relieves tallados exquisitos, frescos pintados en los techos y globos terráqueos centenarios.
Estamos viendo una parte de nosotros mismos. Nosotros somos el producto del conocimiento que se ha ido desarrollando en los libros que llenan sus estanterías.
Poder observar la biblioteca en tan buen estado es también un milagro en un continente en el que muchos lugares similares se han destruido a causa de las guerras. Es el producto de la estabilidad que ha gozado Suiza durante siglos.
En la entrada de la biblioteca hay una frase escrita en griego antiguo que nunca dejará de ser relevante. «Farmacia del alma». Da igual en qué siglo vivas, el conocimiento siempre va a ser el mejor remedio contra el populismo y la sinrazón.



La mejor forma de llegar a una ciudad es en barco. Es una llegada a cámara lenta. Un cuadro que empieza siendo abstracto y difuminado cuando el destino es aún lejano, y que se va haciendo más nítido a medida que nos vamos acercando
Aquel día, el barco entró a puerto y sonó la sirena. El motor de vapor empezó a reducir sus revoluciones. Las gaviotas se volvieron cada vez más ruidosas y agitadas, contribuyendo a la expectación de la llegada. El cielo se fue anaranjado a medida que el sol preparaba su despedida. Los bañistas agitaban sus manos para darnos la bienvenida. El capitán encendió su micrófono y anunció. «Hemos llegado a Ginebra, último destino».


Hay quien solo ve Suiza como un lugar de vacas felices pastando en prados verdes, picos nevados y trenes que llegan siempre a la hora.
Esa Suiza existe, pero es una visión parcial e incompleta.
La cara B del país, el lado más combativo y alternativo, vive en lugares como Reitschule, un centro cultural okupado abierto a todos.
Todo empezó en 1982, cuando un grupo de anarquistas y activistas tomaron el control de esta antigua escuela de equitación. Reclamaban más espacio para la cultura y lo hicieron suyo, llenándolo de proyecciones de cine, conciertos y debates.
Después llegaron cinco años de luchas constantes con las autoridades. Un juego del gato y el ratón en el que la policía expulsaba a los okupas, y pocos días después estos volvían a ocuparlo.
Con el tiempo, el centro se volvió cada vez más integrado en la cultura de la ciudad y el Ayuntamiento optó por rebajar los conflictos sociales con subvenciones y exenciones de alquiler.
Hoy una mayoría de berneses lo consideran una pieza clave en el tejido cultural de la ciudad. Una opinión que dejaron bien clara en el referéndum celebrado en 2010, convocado por la oposición, que pedía cerrar y vender el Reitschule. El 68,4% de la población rechazó la propuesta.


Lluís tomó esta foto desde la proa del barco M.N Ceresio.
La hizo cuando nos íbamos. Un recuerdo fijado de una tarde pasada en Morcote. Una despedida a cámara lenta.
Morcote es un pueblo pequeño cuyos habitantes siempre han soñado a lo grande. Ningún edificio está fuera de lugar. Ningún elemento de sus calles sobra. Siglos de prueba y error.
Este apego por lo bello contaminó también a los que venían de fuera. Hermann Arthur Scherrer escogió Morcote en los años 30 para crear un jardín botánico. El empresario compró una hectárea de terrenos y los llenó de paisajes indo asiáticos y mediterráneos. Hoy este parque está abierto al público.
En Morcote experimentamos la disonancia cognitiva de estar en un pueblo mediterráneo en un país sin salida al mar.


Para mí, la parte más placentera de viajar no es ver monumentos, sino mimetizarme con los locales.
Es aprender cómo vive la gente en lugares ajenos al mío. Y uno de los mejores sitios para hacerlo en Lucerna es Seebad Luzern. Esta estructura de madera flotante es una de las más concurridas en verano por los locales para darse un chapuzón en el lago.
Esta ingeniosa construcción tiene todo lo necesario para disfrutar del agua. Casetas para cambiarse, un bar y un restaurante para picar algo, una zona al descubierto para tomar el sol y una serie de escaleras de madera que conducen directamente al lago. ¿El coste? Seis francos, sin límite de tiempo.
Durante los tres días que estuvimos en Lucerna siempre acabamos el día aquí y siempre fue difícil irse. Cuando baja el sol la gente se quita el bañador y Seebad Luzern se convierte en un bar. Un buen lugar para quitarse el uniforme de turista.



El Museo de la Cruz Roja se ha adelantado al futuro. La mayoría de museos se limitan a mostrar objetos o cuadros, manteniendo una distancia entre el espectador y la obra. Aquí es todo lo contrario
El museo convierte la historia de la Cruz Roja en una experiencia multisensorial e inmersiva. Allí conversamos de tú a tú con víctimas de guerras; aprendemos sobre los orígenes de la organización y sobre la importancia del derecho internacional para proteger a personas vulnerables en todo el mundo.
Al final del recorrido llegamos a una exposición temporal que nos dejó boquiabiertos. Una muestra de carteles publicitarios rescatados del archivo de la Cruz Roja. Campañas ingeniosas de salud pública que han salvado muchas vidas. Una de las grandes sorpresas del viaje.