Momentos urbanos suizos
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Desde este mirador situado en la Place de la Cathédrale, el lago de Lemán parece un océano.
No se ve el final.
¿Cuántas personas se habrán sentado en este mismo banco a lo largo de los siglos?
Una chica se levanta y aprovecho para sentarme. Mi cerebro se impacienta y me pide levantarme. Me resisto a hacerlo. Hoy parece que lo más difícil es parar.
La inmensidad del horizonte ayuda a relativizar los malos pensamientos. Todo se vuelve más pequeño e insignificante. Los problemas se difuminan en los techos de los edificios.
Tolón, tolón, tolón, tolón.
La campana de la catedral me despierta de la ensoñación. Me levanto y sigo mi camino. Un adolescente aprovecha mi marcha para sentarse en el banco. Y así sucesivamente, hasta la eternidad.


Un huerto en el casco antiguo.
Caminar sin rumbo por el centro histórico de Berna regala este tipo de caramelos visuales. Entrena la mirada. Déjate llevar por el instinto. No te obsesiones con sacar fotos en cada momento. Cuando algo te llame la atención, imagínate el encuadre. Cuando te guste lo que ves, acerca el ojo a la mirilla de la cámara y ¡clic!


No hay que ser religioso para imaginarse lo que debieron sentir aquellos devotos ciudadanos del siglo XVII cuando vieron este cuadro por primera vez.
Holbein, con gran destreza, nos lo presenta de la manera más cruda posible. Cristo aparece como cualquier otro ser humano después de la muerte. Un cuerpo inerte y lívido en proceso de descomposición. Está completamente solo. No hay santos a su alrededor beatificándolo. Tampoco destellos de luz que le den un aire místico.
El cuadro fascina por la forma en que ha sido compuesto. No es rectangular ni cuadrado, como de costumbre, sino que imita las dimensiones de un ataúd. Los historiadores del arte no han logrado averiguar con certeza por qué se hizo de esta manera, pero el efecto es revolucionario. El pintor nos deja entrar en un lugar donde no deberíamos estar y la escena es desoladora.
Desasosiego y fascinación es lo que sintió Fiodor Dostoievski cuando vió el cuadro por primera vez en 1867, en Basilea. El escritor ruso quedó tan hechizado por la pintura que le dedicó un espacio importante en su novela El idiota, en la que refleja lo que sintió a través de sus personajes.
El protagonista, el príncipe Myshkin, ve una réplica de la pintura y exclama: «¡Algunos perderán la fe tras ver este cuadro!». Otro personaje del libro, Ippolit Teréntiev, también acaba profundamente conmovido por la obra: «Si no me equivoco, los pintores tienen la costumbre de representar a Cristo sobre la cruz, con un reflejo de sobrenatural belleza dibujada sobre su rostro. Se esmeran porque esta belleza permanezca incólume incluso en medio de los momentos más atroces. No había nada de esta belleza en el cuadro (…); era la reproducción acabada de un cadáver humano que llevaba la impronta de los sufrimientos indecibles soportados incluso antes de la crucifixión. (…). Los hombres que rodean al muerto debieron sentir una angustia y una consternación horrorosa en esta noche que quebraba de un golpe todas sus esperanzas y casi su fe».


Cualquier banda alternativa e independiente que viaja por centroeuropa suele hacer un hueco en su agenda para tocar en el Cinema Palace.
Una sala que ha tenido buen ojo para atraer bandas como The XX, Caribou o Mac deMarco antes de que su fama les llevase a llenar recintos grandes.
Cinema Palace es un modelo a seguir también para todos esos cines que han acabado sus días transformados en tiendas de ropa u hoteles.
Cuando los amplis se apagan y los micrófonos se guardan en la furgoneta, el espacio se usa para montar noches de baile y desenfreno. Es también la sede de una universidad alternativa que organiza conferencias y debates sobre temas alejados del ‘mainstream’.


«No alterar bajo ningún concepto el diseño. No mover los cuadros».
El testamento de Gustav Zumsteg (1915-2005) dejó instrucciones muy claras para salvaguardar la identidad de Kronenhalle, uno de los restaurantes con más solera de Suiza. ¿Pero qué es lo que le hace tan especial?
Empecemos por los cuadros. Miró, Picasso, Chagall, Braque, Kandinsky, Klee. Nombres de pintores que solo encuentras en los mejores museos del mundo tienen obras originales colgadas en la pared del restaurante. Zumsteg fue acumulando una colección valiosísima a lo largo de su vida y prefirió compartirlo con sus clientes en lugar de guardarlo bajo llave en su apartamento, situado encima de su negocio.
Continuemos con el ambiente. Camareros con chaquetilla blanca que llevan décadas trabajando allí. Trato amable y cercano. Clientela muy variopinta. Excéntricos millonarios, alta sociedad local, extranjeros de paso que buscan una experiencia auténtica.
¿Y la comida? Muchos críticos dicen que es lo menos interesante del local. Afirman que lo que realmente destaca es el ambiente. Nuestra experiencia, en cambio, fue notable. Es comida centroeuropea dominada por la carne y las salsas pesadas. Las porciones son de festín. Quizá influye el hecho de que los platos son muy distintos a lo que acostumbramos a comer en España, pero la especialidad de la casa, ternera en salsa y rösti, nos pareció exquisita.
¿El precio? Caro. Muy caro. Pero todo viaje merece un homenaje, y comer en un lugar histórico rodeado de cuadros de los artistas más importantes del siglo XX fue suficiente para convencerme de abrir la billetera. Ya habrá otros días para ahorrar.
A los pocos minutos de sentarnos a la mesa, el sol empezó a filtrarse por las ventanas translúcidas del restaurante. Los rayos de sol alumbraron el cuadro de Chagall que colgaba en la pared, que recreaba también una puesta de sol. Lluís, el fotógrafo que me acompañó en este viaje, inmediatamente se anticipó a lo que estaba ocurriendo. Sacó su cámara, se levantó, apuntó y disparó, todo en pocos segundos. Y fue capaz de resumir en una sola imagen lo que hace tan especial al restaurante. Algo que los romanos llamaban el genius loci. El alma de un lugar.
Pero los encantos de Kronenhalle no terminan con su restaurante. Una puerta discreta de madera conduce a un bar del mismo nombre, que es igual o más impresionante. Forrado de madera, tiene una atmósfera cálida y acogedora. Sus muros también están decorados con obras de pintores como Picasso y Miró. Y los cócteles son un verdadero manjar de los dioses. Si prefieres ahorrarte la comida, no escatimes a la hora de tomar una copa en el bar de Kronenhalle.


«Soy el último librero de antiguo que queda en la ciudad. Bueno, yo y un compañero que tiene una tienda aquí cerca», cuenta Alexander Illi en el interior de su tienda Illibrairie, en el casco viejo de Ginebra.
«No me desanimo para nada. Me permite acceder a verdaderas joyas ya que apenas tengo competencia», dice mientras señala las estanterías llenas a rebosar de tomos centenarios.
Unos días antes descubrí la existencia de esta tienda en una entrevista sobre las librerías en la era del covid publicada en Le Temps, el diario más importante de la suiza francófona. «Mis libros han vivido la peste, el cólera, la gripe española», contestó Illi al periodista. Una respuesta así me convenció de que había que visitar la tienda.
El encuentro inicial con Illi es frío. Le cuento que estoy escribiendo una guía de las ciudades de Suiza y me gustaría incluir la tienda. «Voy a ser sincero. Mi experiencia últimamente con los turistas no está siendo buena. Entran, miran, hacen una foto y se van. Maltratan los libros y nunca compran nada. No se dan cuenta de que esto no es una biblioteca, es una librería viva, aunque los libros sean casi todos de gente muerta. No sé si me interesa, la verdad».
Le explico con calma que se trata de una guía cultural que busca poner en valor lugares como el suyo. Poco a poco vamos congeniando y cambiamos el escepticismo por una entrevista improvisada sobre su trabajo.
Antes de salir me fijo en un par de libros de un viajero francés que visitó Suiza a principios del XIX. Quiero poder comparar mi experiencia con la de alguien que recorrió el país 200 años antes. Decido comprarlo y me hace una rebaja: «Tiene algunos desperfectos que dejaron unos turistas ayer, así que te lo dejo más barato». Cerramos el trato y me preparo para pagar.
Le pregunto si acepta tarjeta: «Aunque mi negocio sean libros del siglo XIX, esta es una librería del siglo XXI», contesta sonriendo mientras saca el datáfono del cajón.