Momentos urbanos suizos
0
Prueba ajustar tu búsqueda eligiendo más de una ciudad, eliminando todos los filtros o seleccionando varias experiencias a la vez.
+ momentos

Un objeto esférico captó mi atención mientras el tranvía ralentizaba la marcha para hacer una parada
Lancé una señal a Lluís, el fotógrafo que me acompañó en este viaje, y nos bajamos rápidamente. No sabíamos exactamente qué era, pero decidimos seguir nuestra intuición.
A medida que nos acercamos nos dimos cuenta de que se trataba de una iglesia medio escondida en la esquina de un bloque de apartamentos.
Escudriñamos el edificio desde todos los ángulos posibles para recoger pistas. Las paredes estaban recubiertas de granito rosa y una fuente de agua rodeaba la entrada dando la sensación de estar contemplando un globo flotante.
Después de terminar nuestra investigación visual y hacer las fotos correspondientes, proseguimos nuestra marcha. Hay que estar dispuesto a alterar los planes, aunque no siempre encuentres lo que estás buscando. Sin improvisación no hay sorpresas ni nuevos descubrimientos.
Inaugurada en 1994, su arquitecto, Ugo Brunoni, lo describió así:
«El globo de 20 metros de diámetro está coronado por cuatro campanarios y una cruz, que recuerda, la silueta de la catedral en el casco antiguo. (…) Este centro de paz, aislado del trasiego del barrio, obtiene luz directamente del cielo a través de los lucernarios. (… ) De forma discreta, la iglesia de la Santísima Trinidad no da directamente a la rue de Lausanne, sino que está apartada del tráfico, parcialmente oculta y se revela al final del edificio principal».


Sentado en completo silencio me imaginé lo que debieron sentir los peregrinos que viajaban durante semanas para llegar aquí cuando entraban por la puerta.
O el monje que, ávido de conocimiento, caminaba valle tras valle para poder venir y consultar algunos tomos de la biblioteca.
El arquitecto que lo diseñó sabía que estaba creando una puesta en escena. Un paisaje interior de arcos y frescos intercalados para despertar la fe de sus visitantes. Cuando observamos esta iglesia en silencio estamos viendo también una foto fija del final de una época.
«La Abacial es uno de los últimos edificios religiosos monumentales del final del período barroco. Construida sobre una estructura simétrica, con una rotonda en el centro, está decorada en estilo rococó», cuenta el informe de la Unesco. Razones de peso que llevaron al organismo a inscribir la catedral y la abadía como Patrimonio de la Humanidad en 1983.
Hoy las iglesias se han convertido en uno de los últimos refugios del silencio. Un lugar para escuchar el silencio.


Aquí te hemos contado por qué merece la pena visitar el museo Tinguely.
Y con esta foto te mostramos por qué deberías parar a tomar algo en su café después de ver las obras del artista suizo más importante del siglo XX.


Si tienes ocasión de ver este Picasso en persona, una advertencia: no es como todos los demás.
Se llama ‘Arlequín sentado’ y fue pintado en 1923. Pero hay algo que lo hace más conmovedor todavía. Esta obra no estaría aquí si no fuese por el fervor que sienten los habitantes de Basilea por el arte.
En 1967 una quiebra repentina llevó al coleccionista y empresario Peter G. Staechelin a poner en venta los dos cuadros de Picasso que había prestado al Museo de Arte de Basilea (Kunstmuseum): uno era el Arlequín sentado; el otro, Los dos hermanos. Pidió 8,4 millones de francos por ambos. La sociedad civil, entonces, se movilizó para que se quedaran en la ciudad. Los empresarios locales consiguieron 2,4 millones y el Ayuntamiento decidió poner los 6 millones restantes. Pero un ciudadano afectado por la quiebra decidió impugnar esta decisión.
El Gobierno local respondió de la manera más suiza posible: convocó un referéndum para decidir si hacían la compra o no. La ciudad se llenó de carteles con el lema «All you Need is Pablo». En la votación, ganaron por goleada los partidarios de comprar las obras y las calles se llenaron de gente para celebrarlo. La historia llegó a oídos de Picasso, que a sus 86 años, seguía pintando cada día en su casa en el sur de Francia. Quedó tan conmovido que regaló dos cuadros más a la ciudad.
Ya te avisamos de que este no era solo un cuadro. Es el emblema de la devoción que siente Basilea por el arte.


Oblígate a parar o te perderás muchas cosas.
Suena contradictorio, pero no lo es. Ya no viajamos como en el pasado. Los tiempos son más cortos y se busca hacer lo máximo posible en el tiempo asignado. Es lógico.
Pero viajar no es solo moverse a toda velocidad o coleccionar cromos en Instagram Stories. Viajar también es reservarse un rato cada día para no hacer nada. Sentarse en un banco mirando al lago de Lucerna, levantar la mirada y asimilar lo que estamos viviendo.
Oblígate a parar para no perderte muchas cosas.



Las ciudades están llenas de no lugares.
Un concepto acuñado por el antropólogo Marc Augé y que se refiere a esos espacios que carecen de una identidad más allá del uso utilitario que se hace de ellos. Autopistas, aeropuertos, supermercados.
Cuando me sumergí en el túnel que pasa por debajo de la estación central de Lugano actúe como cualquier otro lo haría. Caminé sin pensar mucho en dónde estaba. Miré hacia adelante, buscando la luz al final del túnel que indicara la salida. De pronto, una serie de pantallas empezaron a moverse a medida que me acercaba a ellas. Me paré y durante unos minutos interactúe con esta instalación que me retaba a interrumpir mi paseo.
«Reproduce en tres dimensiones el cerebro, una gran red neuronal donde las pantallas LED representan las neuronas, mientras las cuerdas actúan como sinapsis que mueven los impulsos nerviosos de un lugar a otro», dicen los autores de la obra pública Alex Dorici y Luca María Gambardella. El no lugar, de pronto, se había convertido en algo más que un simple túnel.