Momentos urbanos suizos
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Todo tiempo es poco a bordo del M.N Ceresio.
Esta embarcación de los años 30 navega por las aguas del lago de Lugano con una silueta inconfundible. Alargada, fina y estilizada, fue el barco que nos acompañó durante los múltiples trayectos que hicimos (todos incluidos en el precio de nuestra Swiss Travel Pass).
«El motor ha sido totalmente restaurado para cumplir con las normas medioambientales actuales, pero el interior sigue siendo completamente original», me explicó el simpático revisor de billetes.
Su polo azul marino llevaba el emblema de la Società Navigazione del Lago di Lugano, la empresa que lleva desde 1848 transportando viajeros por estas aguas.
No es la forma más rápida de moverse por Lugano, pero ¿para qué viajar si viajas con prisa?


Los cafés antiguos son el mejor antídoto contra las ciudades fotocopia.
Por el precio de un café tienes un asiento con vistas a la vida de las personas que las habitan, mientras te rodean las reliquias que dejaron otros que las poblaron en vidas anteriores.
En el caso de Confiserie Schiesser, ese café o chocolate caliente merece ir acompañado de sus legendarios bollos y tartas. Fundado en 1870, sigue en manos de la misma familia, que lleva cinco generaciones endulzando la vida de los basilienses.
Para tomarse algo, hay que cruzar la tienda que se sitúa a pie de calle y subir unas escaleras que dan entrada a un salón espacioso revestido de madera. En la esquina, un hombre elegante de unos 70 años con sombrero lee el periódico como en los viejos tiempos, mientras grupos de mujeres charlan animadamente.
Escogemos una mesa pegada a la ventana. Es el mejor sitio para estudiar los movimientos de los ciudadanos que circulan por la plaza, abajo, sin perder la posibilidad de observar también a la gente sentada en el interior del café.
Unas amables y risueñas camareras españolas nos invitan a levantarnos para escoger la comida. Todo entra por los ojos y dejamos que sean ellos quienes guíen nuestra decisión. Pedimos un poco de todo y a echar la tarde.

En el verano estarás resguardado del sol y en invierno, protegido de la lluvia.
Los soportales de la ciudad cumplen su función a la perfección y hay más de seis kilómetros distribuidos por toda la urbe. El ser humano importa más que los coches en Berna.


Cada vez que cierra un comercio histórico en una ciudad, se pierde una parte de su personalidad y de su historia.
Lausana amaneció consternada en junio de 2017, cuando empezó a circular la noticia de que la Brasserie La Bavaria había cerrado sus puertas para siempre. Los camareros acababan de recibir su carta de despido y los inquilinos del edificio donde se encontraba el restaurante fueron informados de que no se renovaría su alquiler.
Un rumor que pronto se convirtió en noticia destacada en el periódico local 24 Heures.
Por suerte, al poco tiempo se aclaró todo. El fondo de inversión que se quedó con el edificio decidió darle un nuevo soplo de vida al restaurante, y durante los siguientes dos años se procedió a realizar una restauración profunda del local. La Bavaria no se iba a ninguna parte, simplemente se había tomado un tiempo para renovarse. Y así fue. A mediados de 2019 volvió a abrir sus puertas liderado por dos chefs jóvenes, Geoffrey Romeas y Camille Lecointre.
El interior está exquisitamente restaurado y los platos siguen siendo fieles a sus orígenes alemanes (el restaurante abrió sus puertas en 1881 para dar servicio al número creciente de teutones que se mudaban a la ciudad para trabajar en la industria). La especialidad de la casa es el chucrut.
Llegamos a mediodía y tomamos el menú del día por 22 francos. La comida, notable; los camareros, cercanos y amables. Las patatas fritas, cortadas en trozos finísimos, sublimes.
La Bavaria sigue la tradición de las brasseries francesas con un horario continuo de 7 h a 23 h, y ofrece más de 50 cervezas. Un lugar bello pero informal. Una institución que, por suerte, ha sobrevivido a la modernidad.


«Siéntate en el lado izquierdo del tren», le digo a Lluís, el fotógrafo que me acompaña en esta aventura.
Me pregunta por qué pero prefiero decirle que espere. Estamos saliendo de la estación de Berna y en poco más de una hora esperamos llegar a Lausana.
El viaje es agradable, pero desde la ventana no se contemplan esas estampas que uno suele asociar con Suiza. Apenas vemos montañas ni lagos, más bien campos agrícolas y bosques.
A medida que el tren se acerca a Lausana, el paisaje pega un vuelco. Estamos de pronto en lo alto de una colina. Debajo aparece una ristra de viñedos en terrazas sobre un lago que parece no acabar nunca.
Lluís se mueve por el vagón del tren intentando exprimir cada ángulo posible con su cámara. Está tan absorto por intentar capturar el paisaje que no le da tiempo a disfrutarlo. La ventana del tren enmarcaba el panorama.
Estábamos volando por encima de las terrazas de Lavaux. Viñedos que llevan un milenio produciendo vino. Un paisaje reconocido por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.


Recomendar a un turista ir a un sitio que no es turístico, aun a riesgo de convertirlo en turístico.
El dilema siempre existe antes de incluirlo en una guía. Este riesgo no parece existir en Alpenrose. Primero, porque su localización está alejada pero no lejos del Zúrich más concurrido por foráneos (en Zúrich nada está realmente lejos gracias a sus tranvías supereficientes). Segundo, porque no siempre es fácil conseguir mesa debido a la gran demanda que tiene entre los locales.
«Yo lo definiría como el sitio adonde te llevaría un amigo suizo si vienes a Zúrich a visitarlo. No servimos ni fondue ni raclette; eso proviene de las montañas. Aquí la comida de nuestra infancia es otra y por eso casi toda nuestra clientela es local», cuenta el maitre de Alpenrose, un restaurante tradicional situado en el barrio posindustrial de Zúrich West.
Las recetas en el menú no nos suenan de nada y eso lo hace aún más apetecible.
Gilliertes Flanksteack von Rind aus Ennetürger mit Krauterbutter
Suhre Mocke mit Schmorgemüse so wie früher
Optamos por el especial del día. Carne de cerdo cocinada a fuego lento durante 26 horas que se derrite en la boca. Antes, una sopa fría de pepino.
Durante 22 años este negocio perteneció a Tine Giacobbo y Katharina Sinniger, dos entrañables mujeres que lo convirtieron en un lugar mítico. Antes de eso fue un pub restaurante durante casi un siglo. En 2016, tras la retirada de las patronas, un grupo de restauración compró el local y lo reformó respetando el nombre y todos los elementos que habían convertido el sitio en legendario.
La compañía se llama Work Chain Foundation y una de sus características es que la mitad de sus empleados tienen algún tipo de discapacidad o están en riesgo de exclusión social.
Su compromiso para crear una experiencia auténticamente suiza incluye los productos. «Todo es de aquí. Bueno, todo menos el limón y la naranja. Pongo la mano en el fuego».