Momentos urbanos suizos
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La urbanidad en Zúrich es relativa.
A cinco minutos de la zona más concurrida de la ciudad encuentras la calma más absoluta. El canal Schanzengraben rodea el centro histórico, pero es casi imperceptible si no lo conoces. Durante siglos se utilizó como foso de agua para proteger las murallas de la ciudad antigua. Hoy aísla del ruido de la urbe y actúa como zona de recreo. Es aquí donde encontramos uno de nuestros locales favoritos de Zúrich, el bar Rimini, que abre a partir de las 19.00 de la tarde.
Durante el día, cambia de uso y de nombre. Se convierte en Männerbad y es una zona de baño gratuita abierta solo para hombres (el nudismo está permitido). Los lunes el espacio se transforma en un mercadillo, popular entre la comunidad creativa de la ciudad.
En Zúrich, el uso inteligente del espacio está a la orden del día. Un mismo lugar puede tener muchas caras y eso permite visitarlo más de una vez sin repetir experiencia.


La vida brota bajo este viaducto mientras los trenes pasan por arriba.
En sus 56 arcos no falta de nada. Puedes tomar el aperitivo, dar clases de tango, comprar queso, hacer ejercicio, trabajar un rato en un coworking, comprar muebles, ver un concierto en directo.
Construido en 1894 con piedra tallada, anteriormente albergó talleres y almacenes antes de caer en el olvido. En Zúrich son unos verdaderos maestros del aprovechamiento del espacio y este es el enésimo ejemplo de ello.


Una de las mejores maneras de sentirse local en una ciudad ajena es repetir en un restaurante.
Volver al día siguiente es una señal para los camareros de que te gustó y hace que te traten mejor todavía que la primera vez.
«Vous etre la resistance» (sois la resistencia), le digo a la simpática mujer mayor que regenta el restaurante Le Thermometre, en referencia la localización de este bistró tradicional en una de las calles más comerciales de Ginebra, llena de tiendas de lujo y grandes multinacionales.
«¡Bien sur! Notre futur c’est garantie» (nuestro futuro está garantizado), me dice señalando a su nieto, que atiende una mesa a nuestro lado.
Las dos veces pedimos el ‘boeuf’ a la plancha, la especialidad de la casa, unos filetes de solomillo cortados finos, acompañados de una salsa que mezcla aceite de oliva, ajo, albahaca, y unas patatas fritas cortadas en rectángulos finísimos, un verdadero espectáculo gustativo. De primero, una ensalada verde bien aliñada. El triunfo de la sencillez.


Hay lugares que devuelven la fe en la humanidad.
Experimentos que demuestran que se pueden hacer las cosas de otra manera. Recobré esa esperanza en un pequeño barrio residencial llamado Halen Siedlung, a las afueras de Berna.
Construido entre 1956 y 1961, es un ejemplo de cómo diseñar barrios más sostenibles, vivibles y humanos.
«Halen no son solo casas adosadas rodeadas de un bosque. Es vivir de manera diferente y más social. La arquitectura está orientada a la convivencia. Hay una plaza del pueblo, una tienda e instalaciones comunitarias. Sin embargo, la privacidad es igual de importante. A pesar de haber sido construido de manera compacta, nadie puede ver la habitación del vecino».
Así es como Fritz Thormann describía la experiencia de habitar este barrio en una entrevista para el periódico Berner Zeitung. El veterano arquitecto hablaba con conocimiento de causa; participó en la construcción de la urbanización y lleva viviendo allí desde los inicios.
Pese a sus orígenes socialistas, la singularidad del barrio ha contribuido a que haya mucha demanda para vivir aquí con precios que superan los 800.000 francos suizos. Sin embargo, «rara vez salen al mercado inmobiliario. Los padres, a menudo, pasan la casa a sus hijos», según Thormann.
Pero no vale con describirlo de manera abstracta. Hay que vivirlo. Llegamos en un día muy caluroso. Caminamos por sus calles e hicimos fotos de forma discreta para no incomodar a los vecinos. Nos sentamos en la sombra durante un buen rato. Y nos fuimos por un camino de tierra que llevaba a un bosque frondoso para coger el bus de vuelta a la ciudad. Esa noche, de vuelta en el hotel, pensé que el mundo sería mucho mejor si hubiese miles de Halen Siedlung repartidos por el planeta.


«DNI, por favor», la agente uniformada no estaba para bromas ese día.
«Tenéis 20 minutos», nos informó con firmeza. Afortunadamente, fue la primera y última vez que nos pidieron la documentación en todo el viaje.
Nos encontrábamos en el interior del cuartel general de la policía de Zúrich y nuestra visita no tenía nada que ver con haber transgredido la ley. Estábamos aquí para ver los murales del artista Augusto Giacometti.
En 1922 el Ayuntamiento convocó un concurso para embellecer la entrada de este edificio, que anteriormente había sido un convento. El certamen lo ganó el pintor proveniente de la familia Giacometti, una estirpe de artistas legendarios en el imaginario suizo.
El trabajo mezcla motivos florales con escenas que ensalzan a la clase trabajadora. Una obra que merece una breve parada cronometrada por agentes de la ley.


No hay que ser religioso para imaginarse lo que debieron sentir aquellos devotos ciudadanos del siglo XVII cuando vieron este cuadro por primera vez.
Holbein, con gran destreza, nos lo presenta de la manera más cruda posible. Cristo aparece como cualquier otro ser humano después de la muerte. Un cuerpo inerte y lívido en proceso de descomposición. Está completamente solo. No hay santos a su alrededor beatificándolo. Tampoco destellos de luz que le den un aire místico.
El cuadro fascina por la forma en que ha sido compuesto. No es rectangular ni cuadrado, como de costumbre, sino que imita las dimensiones de un ataúd. Los historiadores del arte no han logrado averiguar con certeza por qué se hizo de esta manera, pero el efecto es revolucionario. El pintor nos deja entrar en un lugar donde no deberíamos estar y la escena es desoladora.
Desasosiego y fascinación es lo que sintió Fiodor Dostoievski cuando vió el cuadro por primera vez en 1867, en Basilea. El escritor ruso quedó tan hechizado por la pintura que le dedicó un espacio importante en su novela El idiota, en la que refleja lo que sintió a través de sus personajes.
El protagonista, el príncipe Myshkin, ve una réplica de la pintura y exclama: «¡Algunos perderán la fe tras ver este cuadro!». Otro personaje del libro, Ippolit Teréntiev, también acaba profundamente conmovido por la obra: «Si no me equivoco, los pintores tienen la costumbre de representar a Cristo sobre la cruz, con un reflejo de sobrenatural belleza dibujada sobre su rostro. Se esmeran porque esta belleza permanezca incólume incluso en medio de los momentos más atroces. No había nada de esta belleza en el cuadro (…); era la reproducción acabada de un cadáver humano que llevaba la impronta de los sufrimientos indecibles soportados incluso antes de la crucifixión. (…). Los hombres que rodean al muerto debieron sentir una angustia y una consternación horrorosa en esta noche que quebraba de un golpe todas sus esperanzas y casi su fe».