Momentos urbanos suizos
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Hay un museo de arte en St. Gallen en el que no hay que pagar entrada.
La visita consiste en colarse en los pasillos y exteriores de un campus universitario.
Murales gigantes de Joan Mirò pintados sobre las cornisas de las puertas; esculturas de Hans Arp y Alicia Penalba en los patios interiores; móviles de Calder que cuelgan de los tragaluces; brochazos de Tàpies adheridos a las paredes. Los afortunados estudiantes de la Universität St.Gallen se encuentran con estas obras a diario.
Es el resultado de una política iniciada por el rectorado en los años 60 para inspirar a sus estudiantes. Las obras se fueron encargando a la vez que los edificios para estar completamente integradas en el paisaje del campus, una visión más viva del arte, que normalmente exige visitar un museo para ser apreciado.
La vinculación de los estudiantes con las obras es tal que un grupo de alumnos han montado una asociación llamada proARTE, encargada de organizar visitas guiadas por las instalaciones.
Nosotros optamos por explorar el mejor no-museo de arte de Suiza a nuestro aire.


Cada vez que cierra un comercio histórico en una ciudad, se pierde una parte de su personalidad y de su historia.
Lausana amaneció consternada en junio de 2017, cuando empezó a circular la noticia de que la Brasserie La Bavaria había cerrado sus puertas para siempre. Los camareros acababan de recibir su carta de despido y los inquilinos del edificio donde se encontraba el restaurante fueron informados de que no se renovaría su alquiler.
Un rumor que pronto se convirtió en noticia destacada en el periódico local 24 Heures.
Por suerte, al poco tiempo se aclaró todo. El fondo de inversión que se quedó con el edificio decidió darle un nuevo soplo de vida al restaurante, y durante los siguientes dos años se procedió a realizar una restauración profunda del local. La Bavaria no se iba a ninguna parte, simplemente se había tomado un tiempo para renovarse. Y así fue. A mediados de 2019 volvió a abrir sus puertas liderado por dos chefs jóvenes, Geoffrey Romeas y Camille Lecointre.
El interior está exquisitamente restaurado y los platos siguen siendo fieles a sus orígenes alemanes (el restaurante abrió sus puertas en 1881 para dar servicio al número creciente de teutones que se mudaban a la ciudad para trabajar en la industria). La especialidad de la casa es el chucrut.
Llegamos a mediodía y tomamos el menú del día por 22 francos. La comida, notable; los camareros, cercanos y amables. Las patatas fritas, cortadas en trozos finísimos, sublimes.
La Bavaria sigue la tradición de las brasseries francesas con un horario continuo de 7 h a 23 h, y ofrece más de 50 cervezas. Un lugar bello pero informal. Una institución que, por suerte, ha sobrevivido a la modernidad.


Lluís tomó esta foto desde la proa del barco M.N Ceresio.
La hizo cuando nos íbamos. Un recuerdo fijado de una tarde pasada en Morcote. Una despedida a cámara lenta.
Morcote es un pueblo pequeño cuyos habitantes siempre han soñado a lo grande. Ningún edificio está fuera de lugar. Ningún elemento de sus calles sobra. Siglos de prueba y error.
Este apego por lo bello contaminó también a los que venían de fuera. Hermann Arthur Scherrer escogió Morcote en los años 30 para crear un jardín botánico. El empresario compró una hectárea de terrenos y los llenó de paisajes indo asiáticos y mediterráneos. Hoy este parque está abierto al público.
En Morcote experimentamos la disonancia cognitiva de estar en un pueblo mediterráneo en un país sin salida al mar.


¿Cómo se rinde tributo a la vida y obra de Paul Klee, uno de los artistas suizos más importantes del siglo XX?
Construyendo un museo en su honor. Pero no cualquier museo. Aquí no hay una exposición permanente. Todas son temporales y cada una busca destacar elementos nuevos y desconocidos de Klee.
Cuando lo visitamos, había una muestra temporal sobre los paralelismos entre Klee, Charlie Chaplin y el caricaturista Sonderegger. La colección cuenta con 4.000 obras que rotan constantemente según la temática elegida.
Pero el placer de visitar el museo no se limita a ver cuadros. El edificio es una obra maestra de la arquitectura contemporánea. Las tres olas que dominan la estructura hunden sus cimientos en el pasto verde que lo rodea. Una parte importante del interior está construido bajo tierra, contribuyendo a crear una perfecta armonía con el entorno.
En palabras de Renzo Piano, el arquitecto de este edificio, «Klee no merece un museo, sino un paisaje. Cuando conocí el lugar lo entendí como una escultura de tierra. Por eso debía trabajar en ella como un campesino».


Nuestro viaje al interior del Rolex Learning Center fue un recorrido con un final incierto.
Cuando pensamos que habíamos llegado a conocer todos los rincones de este edificio, de pronto se abría un nuevo espacio que no habíamos visto antes.
No había ni una sola línea recta, ni muros separadores ni escaleras. «Los humanos no nos movemos en líneas rectas, nos movemos en líneas curvas», dice Ryue Nishzawa, del estudio de arquitectura SANAA, quien diseñó el espacio.
Cada sala estaba interconectada por caminos que subían y bajaban de forma sinuosa. En cada zona había patios interiores que dejaban entrar la luz, accesibles desde dentro y desde fuera del edificio. Esta porosidad hizo que nunca tuviésemos la sensación de estar en un inmueble de grandes dimensiones pese a que abarca más de 20.000 metros cuadrados.
El proyecto nació a partir del deseo de la universidad politécnica de Lausana (EPFL), una de las más prestigiosas de Europa en ciencia y tecnología, de dar un vuelco a su imagen.
Inaugurado en 2010, hoy es el buque insignia de la institución. Un lugar en el centro del campus para ser habitado, con una biblioteca, cantina, zonas de trabajo y abierta al público. Un sitio en el que hay libertad para que las ideas fluyan en perfecta comunión entre el interior y el exterior.
«Los científicos y los artistas tienen mucho en común. Tienes que ser creativo para ser un buen científico. La arquitectura es una disciplina que une las dos cosas», decía Patrick Aebischer, presidente emérito de EPFL. «Y eso es lo que queremos transmitir a nuestros alumnos».



Fue en este paseo frente al lago, flanqueado por columnas y palmeras, cuando entendi la fascinación que sienten los suizos por Lugano.
No hace falta viajar a la costa italiana o francesa para vivir el estilo de vida mediterráneo. Lo tienen a unas pocas horas en tren, sin coger un avión ni cruzar fronteras.
El monte que se ve en el horizonte se llama San Salvatore y es uno de los mejores miradores de la ciudad. Una digna copia del pan de azúcar en Río de Janeiro. O igual es al revés.