Momentos urbanos suizos
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Las ciudades están llenas de no lugares.
Un concepto acuñado por el antropólogo Marc Augé y que se refiere a esos espacios que carecen de una identidad más allá del uso utilitario que se hace de ellos. Autopistas, aeropuertos, supermercados.
Cuando me sumergĂ en el tĂşnel que pasa por debajo de la estaciĂłn central de Lugano actĂşe como cualquier otro lo harĂa. CaminĂ© sin pensar mucho en dĂłnde estaba. MirĂ© hacia adelante, buscando la luz al final del tĂşnel que indicara la salida. De pronto, una serie de pantallas empezaron a moverse a medida que me acercaba a ellas. Me parĂ© y durante unos minutos interactĂşe con esta instalaciĂłn que me retaba a interrumpir mi paseo.
«Reproduce en tres dimensiones el cerebro, una gran red neuronal donde las pantallas LED representan las neuronas, mientras las cuerdas actĂşan como sinapsis que mueven los impulsos nerviosos de un lugar a otro», dicen los autores de la obra pĂşblica Alex Dorici y Luca MarĂa Gambardella. El no lugar, de pronto, se habĂa convertido en algo más que un simple tĂşnel.


Nuestro viaje al interior del Rolex Learning Center fue un recorrido con un final incierto.
Cuando pensamos que habĂamos llegado a conocer todos los rincones de este edificio, de pronto se abrĂa un nuevo espacio que no habĂamos visto antes.
No habĂa ni una sola lĂnea recta, ni muros separadores ni escaleras. «Los humanos no nos movemos en lĂneas rectas, nos movemos en lĂneas curvas», dice Ryue Nishzawa, del estudio de arquitectura SANAA, quien diseñó el espacio.
Cada sala estaba interconectada por caminos que subĂan y bajaban de forma sinuosa. En cada zona habĂa patios interiores que dejaban entrar la luz, accesibles desde dentro y desde fuera del edificio. Esta porosidad hizo que nunca tuviĂ©semos la sensaciĂłn de estar en un inmueble de grandes dimensiones pese a que abarca más de 20.000 metros cuadrados.
El proyecto naciĂł a partir del deseo de la universidad politĂ©cnica de Lausana (EPFL), una de las más prestigiosas de Europa en ciencia y tecnologĂa, de dar un vuelco a su imagen.
Inaugurado en 2010, hoy es el buque insignia de la instituciĂłn. Un lugar en el centro del campus para ser habitado, con una biblioteca, cantina, zonas de trabajo y abierta al pĂşblico. Un sitio en el que hay libertad para que las ideas fluyan en perfecta comuniĂłn entre el interior y el exterior.
«Los cientĂficos y los artistas tienen mucho en comĂşn. Tienes que ser creativo para ser un buen cientĂfico. La arquitectura es una disciplina que une las dos cosas», decĂa Patrick Aebischer, presidente emĂ©rito de EPFL. «Y eso es lo que queremos transmitir a nuestros alumnos».


De todos los lagos, rĂos y piscinas naturales que probamos a lo largo de los 24 dĂas que estuvimos en las ciudades de Suiza, hay uno que se nos ha quedado grabado a fuego.
El rĂo Aar, en Berna. Un torrente de agua que nace en los glaciares de la regiĂłn alpina del Bernese Oberland y llega a la capital con una velocidad media de dos metros por segundo.
Los locales han convertido su fuerte corriente en una fuente de desconexiĂłn y entretenimiento. Sentarse en la orilla del rĂo Aar y ver pasar a la gente arrastrada por el agua es hipnĂłtico. Antes de lanzarse al rĂo conviene, al menos, saber nadar bien, seguir las indicaciones de los letreros y, si tenemos alguna duda, preguntar a un local.
Hay varias zonas para bañarse en el rĂo. La mejor es Marzili, al ser la más preparada y habilitada para esta práctica. Desde este punto, situado a 10 minutos a pie del centro de Berna, caminamos durante un kilĂłmetro por la orilla del rĂo hasta llegar a un puente llamado Schönausteg. Nos tiramos al agua y nos dejamos llevar por la corriente. A nuestro alrededor, grupos de amigos, parejas y familias hacĂan lo mismo, convirtiendo el trayecto en una experiencia compartida. Casi todos llevan consigo unas bolsas impermeables que flotan, un artilugio ingenioso que permite a los nadadores guardar su ropa sin que se moje. Puro sentido comĂşn suizo.
A medida que nos acercábamos a la zona de Marzili, fue apareciendo el parlamento suizo en alto. En la orilla izquierda nos sujetamos a unas barandillas rojas, que usamos como trampolĂn para salir del agua. Y vuelta a empezar.



«Yo os recomendarĂa subir a Drei Weieren; son nuestros baños», nos contestĂł un camarero.
Pregunta siempre a un local que te recomiende algo de la ciudad donde estás. Es una regla básica que intento imponerme cuando viajo. Por mucho que investigues de antemano, siempre hay cosas que se te escaparán.
Y allà fuimos. Llegar fue fácil; un paseo breve, seguido de una subida igual de breve en funicular y un camino de 500 metros. Son tres piscinas naturales, una al lado de otra, sobre una colina con vistas a la ciudad. Entremedias, varias casetas se utilizan como vestuarios para los bañistas.
El espacio nunca se desaprovecha. En verano, medio St. Gallen se baña aquĂ. En invierno se usa como pista de patinaje. Y entremedias, la gente saca sus perros a pasear y recorre sus senderos. La naturaleza siempre está a mano en las ciudades suizas.


Un huerto en el casco antiguo.
Caminar sin rumbo por el centro histĂłrico de Berna regala este tipo de caramelos visuales. Entrena la mirada. DĂ©jate llevar por el instinto. No te obsesiones con sacar fotos en cada momento. Cuando algo te llame la atenciĂłn, imagĂnate el encuadre. Cuando te guste lo que ves, acerca el ojo a la mirilla de la cámara y ¡clic!


Cuando nos bajamos del autobĂşs, lo primero que pensĂ© es que me habĂa equivocado de sitio.
Vinimos en busca de una iglesia y nos encontramos con un cubo blanco anodino sin ventanas. Rodeamos el costado izquierdo del edificio hasta llegar a la parte trasera y una puerta se abrió automáticamente.
Cruzamos el umbral cegados por la luz del sol, y la atmĂłsfera se transformĂł por completo. El ambiente era oscuro pero bañado en una luminosidad suave. Los muros desprendĂan una luz anaranjada que resaltaba los contornos de la piedra. El arquitecto, Franz FĂĽeg, consiguiĂł este efecto forrando el muro con 888 losas de mármol griego de 20 mm de ancho.
No habĂa cuadros ni sĂmbolos, ni falta que hacĂa. El choque de los rayos del sol con la piedra generĂł una energĂa celestial, independientemente de si uno es creyente o no.
Contemplamos esta maravilla durante 20 minutos en silencio y en soledad. Las ciudades tienen estas recompensas para quien está dispuesto a salirse de las zonas monumentales. Y aquel dĂa encontramos nuestro premio en en Meggen, un pueblo junto a Lucerna.