Momentos urbanos suizos
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Puede que el ‘streaming’ haya ganado la partida a las salas de cine, pero no ayuda que muchas salas parezcan cubos negros anodinos.
El Cinema Corso es uno de esos lugares que entendió desde el principio que el sitio donde se ve la película es tan importante cómo la película que se ve.
Construido en los años 50 por el arquitecto Rino Tami, el interior es una pieza exquisita de diseño de época, con poltronas rojas de terciopelo y un techo geométrico que intercala negro con blanco para crear un efecto óptico electrizante. Justificar una visita puede ser difícil si solo has venido a pasar el día, pero si tienes un poco más de tiempo, no hacerlo es delito.


Para alcanzar los tesoros de Morcote hay que sudar la gota gorda.
El pueblo es una sucesión de escalinatas empinadísimas que conectan sus distintas áreas.
De pronto, silencio, sombra y frescor. Habíamos alcanzado la iglesia de Santa María del Sasso. El cansancio se desvaneció. Lluís se fue hacia la única ventana dónde entraba un poco de luminosidad y captó estos rayos de luz chocando con este cuadro sombrío y negro.
La expectación se había cumplido. Ahora quedaba la tranquilidad de haberlo alcanzado.


En el Cementerio de los Reyes, el más importante de Ginebra, descansan los restos de Jorge Luis Borges desde 1986.
«En Ginebra me siento extrañamente feliz. Eso nada tiene que ver con el culto de mis mayores y con el esencial amor a la patria. Me parece extraño que alguien no comprenda y respete esta decisión de un hombre que ha tomado (…) la determinación de ser un hombre invisible», decía el escritor, que pasó los últimos meses de su vida en la ciudad en busca de una tranquilidad y anonimato que sabía que no podía tener en su Argentina natal.
Era un cierre de círculo para el creador que había vivido su adolescencia en Ginebra entre 1914 y 1919. Años que recordaba como algunos de los más felices de su vida.
«En Suiza había aprendido la tolerancia. Él vio cómo recibían a los refugiados de la Primera Guerra Mundial en Ginebra y eso le marcó para toda la vida. Digamos que su último libro Los conjurados es como su testamento literario para la humanidad, como él mismo decía», recordaba María Kodama, la viuda de Borges en una entrevista para SWI.
Durante esos últimos meses, Borges pasó parte de su tiempo preparando su lápida. Amante del simbolismo, lo llenó de mensajes ocultos en inglés antiguo y el lenguaje de los vikingos. Hay tantos que el investigador Martín Hadis dedicó un libro a desentrañarlos:
Los siete guerreros de la tumba de Borges fueron tomados de una lápida del siglo IX hallada en Inglaterra, y la imagen conmemora un ataque vikingo a un monasterio en la isla de Lindisfarne (Nortumbria) en 793.
En su anverso, la lápida de Borges también contiene el nombre grabado del escritor y una frase en inglés antiguo, extraída de un poema sajón sobre la Batalla de Maldon, traducida como «y que no temieran», una alusión al coraje que el escritor tanto admiraba como cualidad en otras personas.
También en el anverso de la lápida hay una cruz celta, que remite a la cruz de Gosforth, erigida en Inglaterra en el siglo X por descendientes de vikingos, y que en su columna, de cuatro metros, contiene grabadas escenas de tradiciones paganas y cristianas.
En el reverso de la lápida están grabadas dos frases y un barco vikingo. Una de las frases está escrita en escandinavo antiguo y, traducida, dice: «Él toma la espada Gram y la coloca entre ellos desenvainada», extraída de la Volsunga Saga, texto islandés de finales del siglo XIII que relata la historia del héroe germánico Sigurd y que Borges menciona en su obra.
‘La misteriosa tumba de Borges’, Natalia Kidd, 2011


¿Qué tiene más valor? ¿Pavarotti cantando ‘Tosca’ o Kurt Cobain gritando ‘Smells Like Teen Spirit’?
La pregunta tiene trampa y la respuesta es totalmente subjetiva. Lo único que puedo decir con certeza es que ambas cosas pasaron en Zúrich.
Pavarrotti cantó en la ópera de esta ciudad suiza en 1981. Y en el otro lado del lago, Cobain dio un concierto en el centro Rote Fabrik en 1989, cuando aún no era famoso.
Dos culturas totalmente distintas. Una, elitista y cara. Otra, independiente y alternativa. Una preserva el pasado. Otra acoge lo que está por venir.
El ejemplo de la ópera viene a cuento porque fue la decisión de remodelar este espacio, con un presupuesto de 60 millones de francos a principios de los 80, la que desencadenó una serie de protestas que acabarían cambiando totalmente la cultura de la ciudad.
Grupos anarquistas vieron esta decisión como la enésima afrenta de un sistema que, según ellos, primaba la cultura elitista por encima de la cultura independiente.
Las protestas llevaron al Ayuntamiento a reconocer la Rote Fabrik y a dotarla con una financiación adecuada, aunque sigue siendo una entidad independiente y gestionada de forma cooperativa.
Gracias a lugares como Rote Fabrik la cultura no se limita a preservar el pasado.



No vale con tener un espacio público espectacular.
Hay que habitarlo. Hay que usarlo, cuidarlo y vivirlo. Y en eso los ciudadanos de Zúrich son verdaderos expertos.
En verano, el verde se funde con el azul del lago. La hora de la comida se convierte en una oportunidad para tirarse al agua. Cuando llega el fin de semana, la interacción con el lago se vuelve más intensa todavía.
Habita Zúrich como otro ciudadano más. Aprovecha las ventajas de ser un outsider. Convierte lo ajeno en propio. Consigue una entrada al teatrillo de la ciudad. ¡Es gratis!


¿Cómo se rinde tributo a la vida y obra de Paul Klee, uno de los artistas suizos más importantes del siglo XX?
Construyendo un museo en su honor. Pero no cualquier museo. Aquí no hay una exposición permanente. Todas son temporales y cada una busca destacar elementos nuevos y desconocidos de Klee.
Cuando lo visitamos, había una muestra temporal sobre los paralelismos entre Klee, Charlie Chaplin y el caricaturista Sonderegger. La colección cuenta con 4.000 obras que rotan constantemente según la temática elegida.
Pero el placer de visitar el museo no se limita a ver cuadros. El edificio es una obra maestra de la arquitectura contemporánea. Las tres olas que dominan la estructura hunden sus cimientos en el pasto verde que lo rodea. Una parte importante del interior está construido bajo tierra, contribuyendo a crear una perfecta armonía con el entorno.
En palabras de Renzo Piano, el arquitecto de este edificio, «Klee no merece un museo, sino un paisaje. Cuando conocí el lugar lo entendí como una escultura de tierra. Por eso debía trabajar en ella como un campesino».