Momentos urbanos suizos
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No se puede huir del río Aar cuando uno está en Berna.
Allí donde miras hay fragmentos de las aguas verdiazules de este afluente, que abraza el casco histórico.
Durante siglos fue la mejor protección ante la amenaza de invasores. Hoy, impresionantes puentes sortean esa barrera natural y conectan el centro desnivelado con los alrededores. Esta foto fue tomada desde Münster Plattform, una plaza elevada que invita a quedarse en ella durante horas.



La mejor forma de llegar a una ciudad es en barco. Es una llegada a cámara lenta. Un cuadro que empieza siendo abstracto y difuminado cuando el destino es aún lejano, y que se va haciendo más nítido a medida que nos vamos acercando
Aquel día, el barco entró a puerto y sonó la sirena. El motor de vapor empezó a reducir sus revoluciones. Las gaviotas se volvieron cada vez más ruidosas y agitadas, contribuyendo a la expectación de la llegada. El cielo se fue anaranjado a medida que el sol preparaba su despedida. Los bañistas agitaban sus manos para darnos la bienvenida. El capitán encendió su micrófono y anunció. «Hemos llegado a Ginebra, último destino».


La vida brota bajo este viaducto mientras los trenes pasan por arriba.
En sus 56 arcos no falta de nada. Puedes tomar el aperitivo, dar clases de tango, comprar queso, hacer ejercicio, trabajar un rato en un coworking, comprar muebles, ver un concierto en directo.
Construido en 1894 con piedra tallada, anteriormente albergó talleres y almacenes antes de caer en el olvido. En Zúrich son unos verdaderos maestros del aprovechamiento del espacio y este es el enésimo ejemplo de ello.


El ser más poderoso del reino animal yace moribundo, consciente del poco tiempo que le queda.
Una daga clavada en el cuerpo le está dejando sin vida. La escultura se inauguró en 1821 para homenajear a los 760 mercenarios de la Guardia Suiza que murieron protegiendo a Luis XVI durante la Revolución francesa.
Pero el mensaje del león moribundo es tan universal que trasciende la razón por la que fue esculpido. Su mirada nos recuerda la necesidad de sentir empatía hacia los demás.
Mark Twain lo describió como «el trozo de piedra más triste, conmovedor y contundente del mundo». Hay lugares turísticos a los que uno llega y difícilmente entiende la fama que tienen. Este no es uno de ellos.


Esta historia empieza con un incendio en 1981.
El fuego reduce a escombros la principal fábrica de la marca de muebles Vitra, situada a las afueras de Basilea. Su dueño, Rolf Fehlbaum, convierte la tragedia en una oportunidad para empezar de nuevo. Contacta con el arquitecto británico Nicholas Grimshaw para encargarle el nuevo edificio. Y a partir de ahí, Fehlbaum le coge el gusto a trabajar con las mejores mentes para ir desarrollando el campus. Unos años después entra en contacto con Frank Gehry, un arquitecto estadounidense prácticamente desconocido fuera de su país, para encargarle una nueva ala de su fábrica. La colaboración funciona tan bien que vuelve a trabajar con él para edificar un museo que albergue su colección de muebles.
El empresario suizo se revela como un ojeador de talento arquitectónico nato. A principios de los 90, acude al japonés Tadao Ando para encargarle el proyecto de unas salas de conferencias. Será este el primer encargo que recibe el arquitecto fuera de Japón. En paralelo, quiere diseñar también una sala de bomberos y decide arriesgarse confiando para ello en una desconocida Zaha Hadid. Será el primer encargo que recibe la arquitecta de origen iraquí.
Los trabajos que estos arquitectos realizaron aquí dieron un importante impulso a sus carreras: hoy se consideran superestrellas de la arquitectura. Pero la fascinación por la buena arquitectura aún no ha acabado; el campus es un espacio en continua evolución. Desde entonces, también han dejado su impronta Álvaro Siza, Herzog & de Meuron y SANAA.
Visitar el Vitra Campus requiere cruzar la frontera con Alemania. El tranvía número 8 lleva a la estación de Weil am Rhein. Desde allí hay un paseo de 15 mins hasta llegar al campus. Pero nuestra manera favorita de llegar es haciendo el paseo 24 Steps desde la fundación Beyeler.

Sentado en un banco del parque de Los Bastiones me encontré cara a cara con estos cuatro gigantes que nos miraban con extrema severidad
Guillaume Farel, Juan Calvino, Teodoro de Beza y John Knox (de izquierda a derecha) fueron grandes figuras de la Reforma, la época entre 1517 y 1648 en la que países de toda Europa se separaron de la Iglesia católica.
Aunque se considera a Lutero como el gran precursor de este movimiento, cada país acabó adoptando su propia versión de la Reforma. En Suiza, Juan Calvino fue la figura clave, un predicador francés que desarrolló gran parte de su actividad en Ginebra.
De forma muy resumida, la Reforma se liberó de una Iglesia católica a la que consideraba corrupta. Apostó por la frugalidad en contraposición a la ostentación de Roma y sus satélites. Y abogó por volver a la Biblia como el único texto válido para regir nuestras vidas en oposición a la interpretación tergiversada del papa y sus sacerdotes.
Hoy muchas de sus acciones, como destruir la iconografía en las iglesias, serían vistas como propias de extremistas. Pero tampoco hay que perder de vista los efectos positivos que tuvo al promover la descentralización del poder.
¿Esta explicación te ha sabido a poco? Ginebra cuenta con un museo en el centro histórico dedicado a contar la historia de la Reforma en profundidad.