Momentos urbanos suizos
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Todo tiempo es poco a bordo del M.N Ceresio.
Esta embarcación de los años 30 navega por las aguas del lago de Lugano con una silueta inconfundible. Alargada, fina y estilizada, fue el barco que nos acompañó durante los múltiples trayectos que hicimos (todos incluidos en el precio de nuestra Swiss Travel Pass).
«El motor ha sido totalmente restaurado para cumplir con las normas medioambientales actuales, pero el interior sigue siendo completamente original», me explicó el simpático revisor de billetes.
Su polo azul marino llevaba el emblema de la Società Navigazione del Lago di Lugano, la empresa que lleva desde 1848 transportando viajeros por estas aguas.
No es la forma más rápida de moverse por Lugano, pero ¿para qué viajar si viajas con prisa?


Brutalismo delicado. Parece un oxímoron.
Los prejuicios han llevado a que muchos piensen que el brutalismo, un estilo arquitectónico popularizado entre los 60 y 70, no puede ser sensible por el uso indiscriminado que hace del hormigón. Esta obra, diseñada por Jack Bertoli en 1975, rompe este mito. El edificio imita las formas de una flor, lo que le ha valido el apodo de La Tulipe (el tulipán). Una pequeña joya que merece ser fotografiada.



La mejor forma de llegar a una ciudad es en barco. Es una llegada a cámara lenta. Un cuadro que empieza siendo abstracto y difuminado cuando el destino es aún lejano, y que se va haciendo más nítido a medida que nos vamos acercando
Aquel día, el barco entró a puerto y sonó la sirena. El motor de vapor empezó a reducir sus revoluciones. Las gaviotas se volvieron cada vez más ruidosas y agitadas, contribuyendo a la expectación de la llegada. El cielo se fue anaranjado a medida que el sol preparaba su despedida. Los bañistas agitaban sus manos para darnos la bienvenida. El capitán encendió su micrófono y anunció. «Hemos llegado a Ginebra, último destino».



El Art Brut no fue creado para ser expuesto.
No fue concebido para venderse. Ni para hacerse famoso, ni para distinguirse de los demás. Es arte creado por el mero hecho de crear. La pulsión más primaria del ser humano. La misma que llevó a nuestros antepasados a dejar la huella de su mano en las cuevas de Altamira. Y uno de los hogares espirituales de este movimiento se encuentra en Lausana.
La collection de L’Art Brut alberga la colección más completa de obras de este género, legadas a la ciudad por Jean Debuffet.
El francés se empezó a interesar por el Art Brut tras descubrir el libro Expresiones de la locura, de Hanz Prinzhorn. Un médico alemán que puso en valor las obras de arte de los locos que se encontraba en los psiquiátricos donde trabajaba durante los años 20. Debuffet acabaría llamando Art Brut (arte bruto) a este género en 1945, en honor a su crudeza y pureza artística.
Pero el artista francés no quiso reducirlo únicamente a la etiqueta del arte de los locos. Buscaba piezas insólitas de presos, gente solitaria, inadaptados, ancianos, místicos, anarquistas y rebeldes. Gente que tenía una cosa en común: la ausencia de una formación artística tradicional. El arte de los desamparados, marginados y olvidados.
Tras exponer sus piezas en el Museo de Artes Decorativas en París en 1967, el francés empezó a contactar con distintas instituciones para encontrar un hogar para su colección. Ante la falta de interés en su país de origen, llegó a un acuerdo con el Ayuntamiento de Lausana, que le ofreció un edificio para salvaguardar sus obras. La Collection de L’Art Brut se inauguró en 1976.
«El verdadero arte siempre está donde no se le espera. Allí donde nadie piensa en él ni pronuncia su nombre. El arte odia ser reconocido y saludado por su nombre. (…) El arte es un personaje apasionadamente enamorado del incógnito. En cuanto alguien lo descubre, lo señala con el dedo, entonces se escapa, dejando en su lugar un figurante laureado que lleva sobre sus hombros una gran pancarta en la que pone ARTE, que todo el mundo rocía enseguida con champaña», decía Jean Debuffet.
El Art Brut es una llamada a todos para crear sin esperar a tener el permiso de los demás. A confiar en nuestra intuición. A no dejar que anulen el potencial creativo que todos llevamos dentro.


Declive y resurrección. La historia del Quartier des Bains es un relato de transformación a través del arte.
Durante décadas sus edificios estuvieron ocupados por talleres y pequeñas fábricas de relojería. Industrias que poco a poco se fueron trasladando fuera de la ciudad. El primero en aprovechar los espacios que se iban quedando vacíos fue el Centre d’Art Contemporain allá por los años 80, pero el verdadero revulsivo llegó con la apertura de MAMCO en 1994.
Instalado en una antigua fábrica de 3.500 m2, el Museo de Arte Moderno se convirtió en un imán para galerías e instituciones, que empezaron a instalarse en sus alrededores. Las exposiciones temporales de MAMCO contribuyeron a atraer al barrio a cada vez más personas.
En 2004 se constituyó la asociación Quartier des Bains para agrupar las 17 galerías e instituciones que se han instalado en esta zona. Algunas de ellas, como Médiathèque du FMAC, cuentan con una de las colecciones de videoarte más extensas del mundo.
Visitar MAMCO no es solo ver exposiciones. Es el punto de partida para explorar un barrio transformado por el arte.


Me gusta cuando los museos están planteados como una ruta.
Siempre es posible subvertirla. Puedes probar a hacerlo al revés. Pero en el museo de arte de Winterthur el viaje era demasiado placentero como para ir a contracorriente. Las primeras salas son auténticas maravillas de principios del XX, en las que no solo destacan las obras, sino la arquitectura que las acompaña.
Pero la ruta tomó un rumbo interesante cuando llegamos hasta el final del edificio original. Una puerta pequeña en la esquina llevaba a un pasillo. Y desde ese pasillo entramos, de pronto, a un edificio blanco, de techos altos y de aspecto completamente contemporáneo.
En unos pocos metros nos habíamos trasladado desde principios del siglo XX hasta el XXI. Fue un salto grande. Un contraste estimulante e intenso en el que el museo se convirtió en una máquina del tiempo. El viaje acabó en una sala amplia, casi vacía, con una escultura flotando en el ambiente.
¿Qué pensará la persona que vea esta misma escena que yo presenciaba ahora en 2120? ¿Le parecerá exótico? ¿Sentirá desapego o fascinación por algo que tiene más de un siglo de vida? ¿Habrá un tercer edificio para entonces que refleje los anhelos y deseos de la época? La imaginación me permitió seguir viajando por lo menos durante un siglo más.