Momentos urbanos suizos
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Para mĂ, la parte más placentera de viajar no es ver monumentos, sino mimetizarme con los locales.
Es aprender cĂłmo vive la gente en lugares ajenos al mĂo. Y uno de los mejores sitios para hacerlo en Lucerna es Seebad Luzern. Esta estructura de madera flotante es una de las más concurridas en verano por los locales para darse un chapuzĂłn en el lago.
Esta ingeniosa construcciĂłn tiene todo lo necesario para disfrutar del agua. Casetas para cambiarse, un bar y un restaurante para picar algo, una zona al descubierto para tomar el sol y una serie de escaleras de madera que conducen directamente al lago. ÂżEl coste? Seis francos, sin lĂmite de tiempo.
Durante los tres dĂas que estuvimos en Lucerna siempre acabamos el dĂa aquĂ y siempre fue difĂcil irse. Cuando baja el sol la gente se quita el bañador y Seebad Luzern se convierte en un bar. Un buen lugar para quitarse el uniforme de turista.


Han pasado 30 años desde que un grupo de activistas tomaron el control de esta antigua fábrica y lo convirtieron en el centro de la cultura alternativa de la ciudad.
Desde entonces, ha habido tensiones con las autoridades, pero el proyecto ha conseguido consolidarse.
Un total de 18 asociaciones comparten el espacio, programando mĂşsica en vivo, arte, cine independiente, serigrafia y talleres de trabajo.
L’Usine, junto con Rote Fabrik (Zúrich) y Reitschule (Berna), son los abanderados de la cultura autogestionada en Suiza. Los tres han conseguido apoyo gubernamental sin comprometer su independencia.


Robert Cappa decĂa que «si una foto no es suficientemente buena es porque no estabas suficientemente cerca».
Decidimos aplicarnos el cuento. Desde la calle no alcanzamos a captar el poderĂo de esta fachada, asĂ que decidimos acercarnos un poco más. El edificio de enfrente estaba abierto. Subimos las escaleras de emergencia hasta llegar al cuarto piso, abrimos la ventana y ¡zas! ¡Lo tenĂamos!


ÂżQuĂ© se estarĂan contando?
ÂżCĂłmo se conocieron? ÂżQuĂ© dice de ellos su lenguaje corporal? Desde el otro lado de la plaza contemplamos esta pelĂcula muda. El puerto de Ouchy está lleno de estas pequeñas escenas que se desarrollan a orillas del lago de Lemán.



DespuĂ©s de unos dĂas de sol, las nubes grisáceas se confabularon esa mañana para dar un aire de intriga al jardĂn botánico.
Entramos en uno de los invernaderos y un aspersor empezĂł a regar el ambiente con agua pulverizada, contribuyendo a remarcar la atmĂłsfera misteriosa. Las plantas empujaban contra los cristales empañados creando escenas que parecĂan sacadas de un cuadro impresionista. Mi primer impulso fue fotografiarlo todo. Pero desistĂ para no perderme muchas cosas.
El jardĂn botánico de Ginebra es un mundo natural miniaturizado. Un lugar en el que plantas de los seis continentes comparten espacio y vida. Uno de los lugares favoritos de los ginebrinos para sus citas, comer un bocadillo a mediodĂa o simplemente huir de la ciudad sin salir de ella.
Un viaje dentro de un viaje para ver las maravillas del mundo natural.


A veces, todo lo que necesitas para decidir sentarte en un lugar es un buen letrero de neĂłn.
Lo vimos desde la calle, en el fondo de una galerĂa comercial con aires modernistas, y no dudamos ni un minuto.
Nos acercamos a la entrada para pedir mesa. ¡Oh! Decepción. «Estamos llenos, lo sentimos mucho», nos informó el maitre en nuestra última noche en Berna.
Seguimos nuestro camino con la duda en el cuerpo. ÂżCĂłmo habrĂa sido nuestra experiencia si hubiesen tenido mesa? ÂżHabrĂa cambiado el rumbo de nuestro viaje? Una buena pregunta para debatir con Albert Einstein, que un siglo antes desarrollĂł la teorĂa de la relatividad en estas calles.
PD: Al dĂa siguiente descubrimos que nuestra intuiciĂłn no nos habĂa engañado. Es un local muy popular entre los autĂłctonos, y entre semana tiene un menĂş del dĂa por 20 francos, un chollo para Suiza.