Momentos urbanos suizos
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¿Qué entendemos por comida tradicional en una ciudad en la que el 37% de la población es extranjera?
Markthalle es el lugar al que hay que acudir para descubrirlo. Situado a cinco minutos caminando desde la estación central, la visitamos a mediodía para comer algo rápido y nos encontramos un ambiente distendido y relajado.
Oficinistas y profesionales liberales hacen cola en unos cuarenta puestos que ofrecen comida de todo el mundo. Teriyaki japonés, hummus israelí, dumplings cantoneses, pad thai tailandés, souvlaki griego. Comida afgana, etíope, india, cubana, venezolana, argentina. Las opciones son inabarcables y el hecho de que cada local se especialice en unos pocos platos hace que la calidad-precio sea notable.
Abierto en 1929, el mercado entró en declive a principios de los 2000 antes de ser rescatado por un grupo de promotores que consiguieron reinventarlo. Otro detalle a tener en cuenta: aquí se celebran mercados de pulgas los fines de semana.


Antes de que la información se guardase en discos duros y centros de datos accesibles para todos, el conocimiento era un bien tan preciado y escaso que se almacenaba en palacios del saber.
Lugares como la biblioteca de la abadía de St. Gallen, que lleva más de un milenio custodiando la historia intelectual de nuestros antepasados.
Entre los ejemplares más preciados hay manuscritos elaborados a mano. Esto era antes de la invención de la imprenta, cuando el cuero de vaca se utilizaba para la cubierta y la piel de oveja, para las páginas. Escribir cada folio era un proceso tan lento que se podía tardar 90 minutos en llenar una página entera.
Cuando entramos al edificio, no solo estamos viendo un tesoro arquitectónico con relieves tallados exquisitos, frescos pintados en los techos y globos terráqueos centenarios.
Estamos viendo una parte de nosotros mismos. Nosotros somos el producto del conocimiento que se ha ido desarrollando en los libros que llenan sus estanterías.
Poder observar la biblioteca en tan buen estado es también un milagro en un continente en el que muchos lugares similares se han destruido a causa de las guerras. Es el producto de la estabilidad que ha gozado Suiza durante siglos.
En la entrada de la biblioteca hay una frase escrita en griego antiguo que nunca dejará de ser relevante. «Farmacia del alma». Da igual en qué siglo vivas, el conocimiento siempre va a ser el mejor remedio contra el populismo y la sinrazón.


Esta historia empieza con un incendio en 1981.
El fuego reduce a escombros la principal fábrica de la marca de muebles Vitra, situada a las afueras de Basilea. Su dueño, Rolf Fehlbaum, convierte la tragedia en una oportunidad para empezar de nuevo. Contacta con el arquitecto británico Nicholas Grimshaw para encargarle el nuevo edificio. Y a partir de ahí, Fehlbaum le coge el gusto a trabajar con las mejores mentes para ir desarrollando el campus. Unos años después entra en contacto con Frank Gehry, un arquitecto estadounidense prácticamente desconocido fuera de su país, para encargarle una nueva ala de su fábrica. La colaboración funciona tan bien que vuelve a trabajar con él para edificar un museo que albergue su colección de muebles.
El empresario suizo se revela como un ojeador de talento arquitectónico nato. A principios de los 90, acude al japonés Tadao Ando para encargarle el proyecto de unas salas de conferencias. Será este el primer encargo que recibe el arquitecto fuera de Japón. En paralelo, quiere diseñar también una sala de bomberos y decide arriesgarse confiando para ello en una desconocida Zaha Hadid. Será el primer encargo que recibe la arquitecta de origen iraquí.
Los trabajos que estos arquitectos realizaron aquí dieron un importante impulso a sus carreras: hoy se consideran superestrellas de la arquitectura. Pero la fascinación por la buena arquitectura aún no ha acabado; el campus es un espacio en continua evolución. Desde entonces, también han dejado su impronta Álvaro Siza, Herzog & de Meuron y SANAA.
Visitar el Vitra Campus requiere cruzar la frontera con Alemania. El tranvía número 8 lleva a la estación de Weil am Rhein. Desde allí hay un paseo de 15 mins hasta llegar al campus. Pero nuestra manera favorita de llegar es haciendo el paseo 24 Steps desde la fundación Beyeler.



175 kilómetros de carriles bici convierten a Winterthur en la mejor ciudad de Suiza para ir en bici.
Casi todo lo importante se puede alcanzar a pie, pero si tienes poco tiempo, ¡alquilate una!


¿Dónde acaba y dónde empieza la naturaleza en Lugano?
El portón de hierro forjado que aparece en esta foto lo define a la perfección. Esta separación no existe.
Estamos en el Parco Ciani, el cinturón verde que envuelve el centro de la ciudad. Una antigua casa señorial que el Ayuntamiento abrió al público en 1911.
Sus caminos están rodeados de bancos rojos. El parque es también un museo de escultura al aire libre, con una mezcla de obras clásicas y contemporáneas.
En la punta más alejada de la ciudad hay una pequeña playa para darse un baño.


La vida brota bajo este viaducto mientras los trenes pasan por arriba.
En sus 56 arcos no falta de nada. Puedes tomar el aperitivo, dar clases de tango, comprar queso, hacer ejercicio, trabajar un rato en un coworking, comprar muebles, ver un concierto en directo.
Construido en 1894 con piedra tallada, anteriormente albergó talleres y almacenes antes de caer en el olvido. En Zúrich son unos verdaderos maestros del aprovechamiento del espacio y este es el enésimo ejemplo de ello.