Momentos urbanos suizos
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Cualquier banda alternativa e independiente que viaja por centroeuropa suele hacer un hueco en su agenda para tocar en el Cinema Palace.
Una sala que ha tenido buen ojo para atraer bandas como The XX, Caribou o Mac deMarco antes de que su fama les llevase a llenar recintos grandes.
Cinema Palace es un modelo a seguir también para todos esos cines que han acabado sus días transformados en tiendas de ropa u hoteles.
Cuando los amplis se apagan y los micrófonos se guardan en la furgoneta, el espacio se usa para montar noches de baile y desenfreno. Es también la sede de una universidad alternativa que organiza conferencias y debates sobre temas alejados del ‘mainstream’.


Hay quien solo ve Suiza como un lugar de vacas felices pastando en prados verdes, picos nevados y trenes que llegan siempre a la hora.
Esa Suiza existe, pero es una visión parcial e incompleta.
La cara B del país, el lado más combativo y alternativo, vive en lugares como Reitschule, un centro cultural okupado abierto a todos.
Todo empezó en 1982, cuando un grupo de anarquistas y activistas tomaron el control de esta antigua escuela de equitación. Reclamaban más espacio para la cultura y lo hicieron suyo, llenándolo de proyecciones de cine, conciertos y debates.
Después llegaron cinco años de luchas constantes con las autoridades. Un juego del gato y el ratón en el que la policía expulsaba a los okupas, y pocos días después estos volvían a ocuparlo.
Con el tiempo, el centro se volvió cada vez más integrado en la cultura de la ciudad y el Ayuntamiento optó por rebajar los conflictos sociales con subvenciones y exenciones de alquiler.
Hoy una mayoría de berneses lo consideran una pieza clave en el tejido cultural de la ciudad. Una opinión que dejaron bien clara en el referéndum celebrado en 2010, convocado por la oposición, que pedía cerrar y vender el Reitschule. El 68,4% de la población rechazó la propuesta.


Mientras los asistentes hacían cola para la exposición temporal de Hopper, nosotros nos alejamos del barullo dirigiéndonos a las habitaciones situadas en el extremo opuesto de la fundación Beyeler.
De pronto, llegamos a una pequeña sala escondida de todas las demás. En su interior reinaba el silencio y había cuatro cuadros, todos de Mark Rothko. En el centro, un banco solitario nos invitaba a tomar asiento.
«Si solo te fijas en el color, te acabarás perdiendo algo. Me interesa expresar solo las emociones humanas más básicas», decía el artista. Para él, el espacio donde se veía el cuadro era tan importante como el cuadro en sí mismo. Elegía lienzos grandes para que la obra te envolviese. «¡Estas dentro de él, es algo que controlas tú!», afirmaba Rothko. «La gente que llora ante mis obras están teniendo la misma experiencia religiosa que cuando los pinté».
Durante esos 10 minutos que permanecimos en la sala sentimos a Rothko como nunca lo habíamos sentido. No era un cuadro que nos pidiese viajar a otro lugar. Todo lo que tenía que decir estaba allí en el momento presente.


No se puede huir del río Aar cuando uno está en Berna.
Allí donde miras hay fragmentos de las aguas verdiazules de este afluente, que abraza el casco histórico.
Durante siglos fue la mejor protección ante la amenaza de invasores. Hoy, impresionantes puentes sortean esa barrera natural y conectan el centro desnivelado con los alrededores. Esta foto fue tomada desde Münster Plattform, una plaza elevada que invita a quedarse en ella durante horas.


El último edificio de Le Corbusier no estaría en Zúrich de no ser por Heidi Weber.
Una mujer que, con apenas 30 años, arriesgó su patrimonio y reputación personal para construirlo.
Apasionada del creador de origen suizo, acabó acumulando la colección más completa de sus cuadros, que aún hoy mantiene a sus 94 años.
Pero Weber quería más. Era el año 1960 y había un solar a orillas del lago de Zúrich que ella pensó que sería idóneo para levantar un pabellón en honor al Le Corbusier. Estaba tan convencida de ello que invitó al arquitecto a pasar unos días en la ciudad para que pudiese verlo con sus propios ojos. Tras presenciar «su perseverancia, voluntad de sacrificio y entusiasmo», como él la definía, acabó aceptando el encargo.
El edificio se convirtió en un ejemplo paradigmático de lo que los alemanes llaman ‘Gesamtkunstwerk’, una obra en la que todo, el espacio, los muebles y los cuadros, está concebido como una obra de arte conjunta. Algo solo al alcance de alguien tan versátil como Le Corbusier.
La obra representó, además, un cambio en la elección de materiales del arquitecto. El hormigón, que tanto había dominado en sus anteriores edificios, esta vez se reemplazó por el acero y el cristal.
Durante la construcción, Weber tuvo que lidiar con la muerte de Le Corbusier en 1965 y las dificultades de ejecutar un edificio muy experimental para la época. Barreras que casi la llevaron a la bancarrota.
Tras la inauguración en 1967, el espacio pasó a llamarse Heidi Weber Foundation–Centre Le Corbusier. El ayuntamiento aceptó además cederle el espacio libre de alquiler durante 50 años.
En 2014 ese acuerdo llegó a su fin y el Consistorio decidió quedarse con el edificio, cambiando el nombre a Pavillon Le Corbusier. La decisión no gustó a Weber y llevó al Ayuntamiento a los tribunales. En junio de 2020, un juez falló a favor de la ciudad.
De esta historia extraemos una lección valiosa. Hay muchos edificios que conocemos solo por sus arquitectos. Pero muchas veces olvidamos a las personas que trabajaron detrás del telón para ponerlos en pie.


Si viajas algún día a Lugano, es posible que el Spazio Morel ya no esté aquí.
Este espacio cultural nació con fecha de caducidad. Sus fundadores tomaron el control de este antiguo concesionario en 2012 con el propósito de usarlo hasta 2019, año en que volvería a manos de los propietarios del solar, que buscan demolerlo para construir un edificio nuevo.
Pero en 2020, el Spazio Morel sigue en funcionamiento y todavía no se ha aclarado su futuro. ¿Conseguirán mantenerlo abierto, como ha ocurrido con otros proyectos en Suiza que lo consiguieron después de muchas luchas vecinales?
Entretanto, el espacio se ha consolidado como un referente programando música en directo, exposiciones de arte contemporáneo y espacios de trabajo colaborativos. Un complemento a la cultura oficial que se programa en LAC, el centro de artes del Ayuntamiento, situado a apenas 200 metros.