Momentos urbanos suizos
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Desde aquel día puedo decir con seguridad que he subido al cielo en ascensor.
Para alcanzarlo, tuve que coger un barco, seguido de un funicular, seguido de un camino rodeado de árboles inmensos sobre una ladera casi vertical.
Para conocer los orígenes de esta alocada idea hay que viajar a finales del siglo XIX. Franz Joseph Bucher-Durrer era un empresario que había construido un pequeño imperio hotelero de gran lujo en Bürgenstock, un monte con vistas al lago de Lucerna.
La exigencia de sus clientes lo llevó a abrir un sendero en la ladera de la montaña para que pudiesen salir a caminar. A medida que avanzaba el camino, la pendiente era tan empinada que acabó siendo imposible llevarles hasta la cima. Pero Bucher-Durrer no era una persona que se rindiera fácilmente. Inspirado por las formas de la Torre Eiffel, encargó la construcción de un ascensor de 165 metros que elevaría a sus visitantes al cielo. Tras cinco años de trabajo arduo liderado por mineros italianos y austriacos, el elevador fue inaugurado en 1905, convirtiéndose en una gran atracción.
Aquel día, al llegar a la cima en ascensor, se abrieron las puertas y apareció una vista casi interminable de los Alpes. Fue en ese momento cuando entendí por qué Bucher-Durrer insistió tanto en construir lo que probablemente muchos tildaron de majadería en su día.



¿Qué entendemos por comida tradicional en una ciudad en la que el 37% de la población es extranjera?
Markthalle es el lugar al que hay que acudir para descubrirlo. Situado a cinco minutos caminando desde la estación central, la visitamos a mediodía para comer algo rápido y nos encontramos un ambiente distendido y relajado.
Oficinistas y profesionales liberales hacen cola en unos cuarenta puestos que ofrecen comida de todo el mundo. Teriyaki japonés, hummus israelí, dumplings cantoneses, pad thai tailandés, souvlaki griego. Comida afgana, etíope, india, cubana, venezolana, argentina. Las opciones son inabarcables y el hecho de que cada local se especialice en unos pocos platos hace que la calidad-precio sea notable.
Abierto en 1929, el mercado entró en declive a principios de los 2000 antes de ser rescatado por un grupo de promotores que consiguieron reinventarlo. Otro detalle a tener en cuenta: aquí se celebran mercados de pulgas los fines de semana.


El arte no siempre fue accesible para todos. Antes de estar expuesto en museos, la práctica totalidad de las obras colgaban en estancias privadas para disfrute de unos pocos.
En 1661 el Ayuntamiento de Basilea compró una colección del pintor Hans Holbein y, poco después, la expuso públicamente para que los habitantes de la ciudad pudiesen disfrutarla. Un acto revolucionario que rompió la barrera que impedía acercar el arte al gran público. A partir de entonces, la relación entre las élites de la ciudad y el Kunstmuseum Basel ha sido de profunda implicación mutua. El museo es el espejo de los anhelos y gustos de sus habitantes más potentados durante los últimos cuatro siglos. Un hecho que ha contribuido a que la colección esté entre las más importantes del mundo.
Nosotros despejamos una mañana entera para ver la colección aunque se puede echar el día fácilmente. La primera planta está dedicada a los grandes maestros centroeuropeos del renacimiento. Fue aquí donde encontramos una de las obras más impresionantes de toda la colección. Se llama ‘La anunciación después de Tiziano’, y es una serie de cinco cuadros del pintor alemán Gerhard Richter que reinterpretan la obra de Tiziano en secuencia.
El segundo piso alberga cuadros de los siglos XIX y XX. Además de los impresionistas archiconocidos, dale una oportunidad a Ferdinand Hodler, un artista suizo del simbolismo que estuvo activo hasta 1918. Otro cuadro que nos dejó una impronta fue La isla de los muertos, de Arnold Böcklin. Y cuando ya piensas que no queda más por ver, un pasadizo subterráneo te lleva a un ala moderna inaugurada en 2016 que exhibe obras contemporáneas y exposiciones temporales.


¿Qué sentido tiene tener un museo de fotografía si todos tenemos la capacidad de hacer fotos?
La realidad nos muestra que nunca fue más importante contar con centros como el Fotomuseum Winterthur para ayudarnos a desarrollar una mirada crítica. El lenguaje hace tiempo que dejó de estar dominado únicamente por la palabra hablada y escrita. El verdadero idioma del siglo XXI son las imágenes que vemos a diario. Y la mejor manera de estar preparados para entender e interpretar la realidad es ejercitarnos.
«La política de ver y ser visto, observar y ser observado y ser reconocido siempre están relacionados con intereses de poder que modifican nuestra realidad social. En la imagen fotográfica, una multitud de miradas no solo se encuentran a sí mismas, nunca son neutrales. Especificaciones técnicas de la cámara, la cultura y mentalidad del fotógrafo y sus espectadores, pero también las instituciones y corporaciones que controlan y filtran lo que se puede ver y el valor que se le asigna a ello y lo que, a su vez, debe mantenerse oculto. Bajo la influencia de los algoritmos y las imágenes en red, las dinámicas vuelven a cambiar».
La introducción de la exposición ‘SITUATIONS/El derecho a mirar’ que nos encontramos durante nuestra visita demuestra que esto es algo que Fotomuseum Winterthur se toma muy en serio.
Fundado en 1993, la fundación navega por el delicado proceso de preservar el pasado y el presente de la fotografía. Prepararnos para un mundo en el que tener una dieta visual sana es tan importante como comer bien o ejercitar el cuerpo.



Ginebra es la ciudad más diversa y cosmopolita de toda Suiza (el 37% de la población es extranjera). Pero si hay un sitio donde las diferencias sociales se difuminan, es en los baños de Paquis, el lugar predilecto de los ginebrinos para poner el cuerpo a remojo durante el verano.
El espacio sigue manteniendo su espíritu popular y accesible gracias a un grupo de activistas locales, que se movilizaron en 1987. Aquel año el Ayuntamiento presentó un proyecto para renovar completamente los baños.
Temerosos de perder la personalidad del espacio, un grupo de activistas constituyeron una asociación llamada l’Association d’usagers des Bains des Pâquis (AUBP) y consiguieron firmas para someter el plan a referendum. El 25 de septiembre de 1988, más de 17.000 personas votaron en contra, obligando al Ayuntamiento a abandonar el proyecto.
A partir de esa victoria de la democracia directa, la gestión del espacio ha estado en manos de la AUBP, que sigue velando por la integridad de los baños.
En invierno, existe la tradición de venir aquí a tomar fondue en su restaurante. Pero en verano es cuando el espacio encuentra su verdadera razón de ser, acogiendo a gente de todas las edades y clases sociales. Una razón de ser por la que merece la pena luchar.


Lo más fácil hubiese sido borrar el pasado.
Lo sencillo hubiese sido construir algo nuevo y más práctico. Pero, por suerte, esto no ocurrió.
Hablamos de Lokremise, un edificio industrial que desde 2010 une teatro, danza, cine, arte y un restaurante bajo el mismo techo. Lo hace en un lugar que durante 80 años sirvió como centro de mantenimiento para locomotoras de vapor. Un espacio singular, diseñado en semicírculo, con una entrada decorada con motivos modernistas.
Los ferrocarriles eléctricos poco a poco hicieron obsoletas sus instalaciones y corrió el peligro de acabar bajo la piqueta en los años 80.
Después de unos años de abandono, el Ayuntamiento puso en marcha su maquinaria para convencer a SBB (la Renfe Suiza), los dueños del terreno, de convertirlo en un centro cultural.
Se presupuestaron 22 millones de francos para el proyecto, y en 2008 se organizó un referéndum para refrendar la decisión. La mayoría votó sí.
El edificio está lleno de huellas que homenajean su historia. Un pasado tratado con respeto para poder divulgar la cultura del futuro.