Momentos urbanos suizos
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No tuve que coger un tren para encontrar este paisaje bucĂłlico.
Ni montarme en un tranvĂa para bañarme en estas aguas transparentes. Me alejĂ© 10 minutos a pie del centro de ZĂşrich hasta llegar a este pequeño embarcadero en el que una barquita de madera esperaba a su dueño.
Esto es Zúrich, la ciudad que vive en una perfecta simbiosis con el agua. Me quité la camiseta, levanté los brazos y me lancé al agua. Veinte minutos después estaba sentado en una terraza urbana comiendo un bratwurst. El placer de lo sencillo. El verdadero lujo es esto.



Antes de que nos pusiĂ©ramos gafas para ver imágenes en 3D, habĂa una tecnologĂa que buscaba hacer lo mismo sin necesidad de usar pantallas ni electricidad.
ConsistĂa en pintar escenas en edificios circulares y añadir elementos fĂsicos para generar la sensaciĂłn de estar viviendo una experiencia en tres dimensiones. A esas pinturas las llamaron panoramas.
Popularizados en el siglo XIX, uno de los pocos panoramas que quedan en el mundo se encuentra en Lucerna. La pintura tiene 112 metros de largo y se desarrolla a lo largo de un muro esférico. Muestra al ejército francés derrotado cruzando la frontera suiza tras el final de la Guerra Franco Prusiana.
El paisaje interminable está cubierto de nieve. Se masca la desolación que produce la guerra. Un alegato antibélico absolutamente conmovedor.

En los tres años que viviĂł en Berna (1903-1905), Albert Einstein desarrollĂł la teorĂa de la relatividad, una de las contribuciones más importantes del cientĂfico al destino de la humanidad.
Y dicen que uno de los elementos que más inspirĂł al fĂsico alemán fue Zytglogge, el gran reloj que domina el centro de Berna. Situado en la calle donde vivĂa con su primera mujer, Mileva Marić, fue aquĂ donde se dio cuenta de que el tiempo podĂa ir a distintas velocidades, dependiendo del movimiento de cada uno.
En palabras de la BBC, «Einstein escuchĂł la campana una tarde de mayo de 1905. (…) Cuando mirĂł a la torre, de pronto se imaginĂł una escena inimaginable. ÂżQuĂ© pasarĂa si un tranvĂa se alejara de la torre a la velocidad de la luz? Si Ă©l estuviera sentado en el tranvĂa, su reloj seguirĂa marcando el paso del tiempo. Pero si girase para ver la torre, el reloj estarĂa parado».


«ExistĂa la necesidad de explicar aquello que durante muchos años ha modificado el devenir del planeta», decĂa Charles-Henri Favrod (1927-2017), fundador del MusĂ©e de l’ElysĂ©e, en una entrevista con el historiador local Bernard Jeker.
Abrir un museo de fotografĂa en 1986 fue un acto revolucionario. No existĂa nada igual en toda Europa y Favrod habĂa convencido a las autoridades locales para convertir un palacete vacĂo a orillas del lago de Lemán en el lugar para ponerlo en marcha.
Retrospectiva tras retrospectiva, exposiciĂłn a exposiciĂłn, el museo fue convirtiĂ©ndose en uno de los más respetados en el ámbito de la fotografĂa.
Esa necesidad que sentĂa Favrod de explicar este arte sigue siendo más importante que nunca. La fotografĂa se ha convertido en un lenguaje casi tan importante como la palabra escrita o hablada. Cada dĂa generamos millones de imágenes, enviamos fotos por WhatsApp a nuestros amigos y lanzamos stories para enseñar lo que estamos haciendo.
En 2021 el edificio que desde 1986 ha albergado la colección cerrará al público. El museo se trasladará a Plateforme 10, una explanada cultural al lado de la estación central de Lausana.
Un proyecto en el que la ciudad ha invertido 180 millones de francos para concentrar el Museo de Bellas Artes (ya inaugurado), el Museo de Diseño y el MusĂ©e de l’ElysĂ©e en un solo lugar. El futuro ya no está separado por categorĂas. Todo converge.


No se puede huir del rĂo Aar cuando uno está en Berna.
AllĂ donde miras hay fragmentos de las aguas verdiazules de este afluente, que abraza el casco histĂłrico.
Durante siglos fue la mejor protecciĂłn ante la amenaza de invasores. Hoy, impresionantes puentes sortean esa barrera natural y conectan el centro desnivelado con los alrededores. Esta foto fue tomada desde MĂĽnster Plattform, una plaza elevada que invita a quedarse en ella durante horas.

En el verano estarás resguardado del sol y en invierno, protegido de la lluvia.
Los soportales de la ciudad cumplen su función a la perfección y hay más de seis kilómetros distribuidos por toda la urbe. El ser humano importa más que los coches en Berna.