Momentos urbanos suizos
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Un huerto en el casco antiguo.
Caminar sin rumbo por el centro histórico de Berna regala este tipo de caramelos visuales. Entrena la mirada. Déjate llevar por el instinto. No te obsesiones con sacar fotos en cada momento. Cuando algo te llame la atención, imagínate el encuadre. Cuando te guste lo que ves, acerca el ojo a la mirilla de la cámara y ¡clic!


Hay un museo de arte en St. Gallen en el que no hay que pagar entrada.
La visita consiste en colarse en los pasillos y exteriores de un campus universitario.
Murales gigantes de Joan Mirò pintados sobre las cornisas de las puertas; esculturas de Hans Arp y Alicia Penalba en los patios interiores; móviles de Calder que cuelgan de los tragaluces; brochazos de Tàpies adheridos a las paredes. Los afortunados estudiantes de la Universität St.Gallen se encuentran con estas obras a diario.
Es el resultado de una política iniciada por el rectorado en los años 60 para inspirar a sus estudiantes. Las obras se fueron encargando a la vez que los edificios para estar completamente integradas en el paisaje del campus, una visión más viva del arte, que normalmente exige visitar un museo para ser apreciado.
La vinculación de los estudiantes con las obras es tal que un grupo de alumnos han montado una asociación llamada proARTE, encargada de organizar visitas guiadas por las instalaciones.
Nosotros optamos por explorar el mejor no-museo de arte de Suiza a nuestro aire.


Antes de Tik Tok, Facebook, Twitter e Instagram, las redes sociales habitaban en lugares como el Café Odeón.
Por aquí pasaron una larga lista de intelectuales. James Joyce revisaba sus manuscritos a diario en una de sus esquinas; Einstein discutía sobre las leyes de la física con sus alumnos de la Universidad Politécnica de Zúrich; Lenin planificaba su asalto al poder unos meses antes de la revolución rusa y los dadaistas subvertían las reglas del encorsetado mundo del arte en sus salones llenos de humo.
¿Qué buscamos cuando vamos a lugares donde han ocurrido tantos acontecimientos históricos? Quizá empaparnos de algo del aura del pasado. Pero también la indiscutible belleza de estos espacios diseñados para ser disfrutados. La antítesis de muchos bares modernos que parecen estar hechos para que la gente consuma y se vaya en el menor tiempo posible.
Es posible que los intelectuales de hoy hayan reemplazado los cafés por twitter como lugares de discusión. Sin embargo, haríamos bien en recuperar algunos de los hábitos de nuestros antepasados. La cultura digital es maravillosa, pero discutir ideas acompañado de un café lo es también. Aquí tienes un sitio abierto desde 1911 para poder seguir haciéndolo. Una red social antes de que existiesen las redes sociales.


¿Qué se estarían contando?
¿Cómo se conocieron? ¿Qué dice de ellos su lenguaje corporal? Desde el otro lado de la plaza contemplamos esta película muda. El puerto de Ouchy está lleno de estas pequeñas escenas que se desarrollan a orillas del lago de Lemán.


Rolf Fehlbaum es un hombre que, a sus 79 años, sigue perdidamente enamorado de las sillas.
No solo ha convertido Vitra en uno de los fabricantes de muebles más prestigioso del mundo, sino que lleva décadas coleccionándolas. El Vitra Shaudepot es un espacio construido a medida para albergar su colección, que cuenta con más de 7.000 muebles, entre ellos 400 sillas expuestas al público.
«Puedes reconocer y entender una época –sus estructuras sociales, sus materiales, técnicas y modas– a través de sus sillas», cuenta el presidente de Vitra.
La exposición permanente recorre 200 años de diseño de sillas cuidadosamente seleccionadas para mostrar su evolución. «Todas las sillas hacen esencialmente lo mismo, invitarte a tomar asiento, pero ningún objeto cotidiano es tan polifacético», afirma Fehlbaum con rotundidad.


Una de las mejores maneras de sentirse local en una ciudad ajena es repetir en un restaurante.
Volver al día siguiente es una señal para los camareros de que te gustó y hace que te traten mejor todavía que la primera vez.
«Vous etre la resistance» (sois la resistencia), le digo a la simpática mujer mayor que regenta el restaurante Le Thermometre, en referencia la localización de este bistró tradicional en una de las calles más comerciales de Ginebra, llena de tiendas de lujo y grandes multinacionales.
«¡Bien sur! Notre futur c’est garantie» (nuestro futuro está garantizado), me dice señalando a su nieto, que atiende una mesa a nuestro lado.
Las dos veces pedimos el ‘boeuf’ a la plancha, la especialidad de la casa, unos filetes de solomillo cortados finos, acompañados de una salsa que mezcla aceite de oliva, ajo, albahaca, y unas patatas fritas cortadas en rectángulos finísimos, un verdadero espectáculo gustativo. De primero, una ensalada verde bien aliñada. El triunfo de la sencillez.