Momentos urbanos suizos
0
Prueba ajustar tu búsqueda eligiendo más de una ciudad, eliminando todos los filtros o seleccionando varias experiencias a la vez.
+ momentos

Recomendar a un turista ir a un sitio que no es turístico, aun a riesgo de convertirlo en turístico.
El dilema siempre existe antes de incluirlo en una guía. Este riesgo no parece existir en Alpenrose. Primero, porque su localización está alejada pero no lejos del Zúrich más concurrido por foráneos (en Zúrich nada está realmente lejos gracias a sus tranvías supereficientes). Segundo, porque no siempre es fácil conseguir mesa debido a la gran demanda que tiene entre los locales.
«Yo lo definiría como el sitio adonde te llevaría un amigo suizo si vienes a Zúrich a visitarlo. No servimos ni fondue ni raclette; eso proviene de las montañas. Aquí la comida de nuestra infancia es otra y por eso casi toda nuestra clientela es local», cuenta el maitre de Alpenrose, un restaurante tradicional situado en el barrio posindustrial de Zúrich West.
Las recetas en el menú no nos suenan de nada y eso lo hace aún más apetecible.
Gilliertes Flanksteack von Rind aus Ennetürger mit Krauterbutter
Suhre Mocke mit Schmorgemüse so wie früher
Optamos por el especial del día. Carne de cerdo cocinada a fuego lento durante 26 horas que se derrite en la boca. Antes, una sopa fría de pepino.
Durante 22 años este negocio perteneció a Tine Giacobbo y Katharina Sinniger, dos entrañables mujeres que lo convirtieron en un lugar mítico. Antes de eso fue un pub restaurante durante casi un siglo. En 2016, tras la retirada de las patronas, un grupo de restauración compró el local y lo reformó respetando el nombre y todos los elementos que habían convertido el sitio en legendario.
La compañía se llama Work Chain Foundation y una de sus características es que la mitad de sus empleados tienen algún tipo de discapacidad o están en riesgo de exclusión social.
Su compromiso para crear una experiencia auténticamente suiza incluye los productos. «Todo es de aquí. Bueno, todo menos el limón y la naranja. Pongo la mano en el fuego».



Ginebra es la ciudad más diversa y cosmopolita de toda Suiza (el 37% de la población es extranjera). Pero si hay un sitio donde las diferencias sociales se difuminan, es en los baños de Paquis, el lugar predilecto de los ginebrinos para poner el cuerpo a remojo durante el verano.
El espacio sigue manteniendo su espíritu popular y accesible gracias a un grupo de activistas locales, que se movilizaron en 1987. Aquel año el Ayuntamiento presentó un proyecto para renovar completamente los baños.
Temerosos de perder la personalidad del espacio, un grupo de activistas constituyeron una asociación llamada l’Association d’usagers des Bains des Pâquis (AUBP) y consiguieron firmas para someter el plan a referendum. El 25 de septiembre de 1988, más de 17.000 personas votaron en contra, obligando al Ayuntamiento a abandonar el proyecto.
A partir de esa victoria de la democracia directa, la gestión del espacio ha estado en manos de la AUBP, que sigue velando por la integridad de los baños.
En invierno, existe la tradición de venir aquí a tomar fondue en su restaurante. Pero en verano es cuando el espacio encuentra su verdadera razón de ser, acogiendo a gente de todas las edades y clases sociales. Una razón de ser por la que merece la pena luchar.


Hay un edificio sobre el lago de Lucerna que se distingue de todos los demás.
No solo por lo que se ve, sino por lo que deja ver. Por la manera en que dialoga con el agua y las montañas en el horizonte.
El KKL es el centro cultural más importante de la ciudad. Es el primer gran edificio que uno se encuentra al salir de la estación de trenes de Lucerna y se ha convertido en el icono contemporáneo de la ciudad.
El agua siempre está presente en su interior. Desde los ventanales, que te recuerdan constantemente la presencia del lago, hasta los canales de agua que atraviesan el interior del edificio.
Construido entre 1995 y 2000, el KKL ha sido un revulsivo para una ciudad histórica y tradicional. «Realmente fue un deseo de la ciudad y eso no siempre ocurre con mis obras», reflexionaba su arquitecto Jean Nouvel en una entrevista en 2015. «Es un reflejo de una era. El paso del siglo XX al siglo XXI».


A veces, todo lo que necesitas para decidir sentarte en un lugar es un buen letrero de neón.
Lo vimos desde la calle, en el fondo de una galería comercial con aires modernistas, y no dudamos ni un minuto.
Nos acercamos a la entrada para pedir mesa. ¡Oh! Decepción. «Estamos llenos, lo sentimos mucho», nos informó el maitre en nuestra última noche en Berna.
Seguimos nuestro camino con la duda en el cuerpo. ¿Cómo habría sido nuestra experiencia si hubiesen tenido mesa? ¿Habría cambiado el rumbo de nuestro viaje? Una buena pregunta para debatir con Albert Einstein, que un siglo antes desarrolló la teoría de la relatividad en estas calles.
PD: Al día siguiente descubrimos que nuestra intuición no nos había engañado. Es un local muy popular entre los autóctonos, y entre semana tiene un menú del día por 20 francos, un chollo para Suiza.


Oblígate a parar o te perderás muchas cosas.
Suena contradictorio, pero no lo es. Ya no viajamos como en el pasado. Los tiempos son más cortos y se busca hacer lo máximo posible en el tiempo asignado. Es lógico.
Pero viajar no es solo moverse a toda velocidad o coleccionar cromos en Instagram Stories. Viajar también es reservarse un rato cada día para no hacer nada. Sentarse en un banco mirando al lago de Lucerna, levantar la mirada y asimilar lo que estamos viviendo.
Oblígate a parar para no perderte muchas cosas.


Charles de Gaulle se quejaba con cierta ironía de que era muy difícil gobernar un país con 246 tipos de quesos.
Lo que quizá no sabía el expresidente francés era que Suiza tiene 460 variedades, con una octava parte de la población, uno por cada 19.000 habitantes. Ticino, el cantón dónde se encuentra Lugano, no se queda atrás. La asociación de catadores de queso de la región contabiliza 40 variedades con denominación de origen, con nombres tan evocadores como Piora, Rompiago o Fümègna. Cuando pruebas estos quesos estás tomando un producto que nace de la leche de vaca y de cabras que pastan en prados ticineses situados entre 1.500 y 2.400 metros de altitud.
Gabbani es el lugar donde el trabajo de los valientes granjeros que trabajan de sol a sol para sostener este método de producción artesanal está recompensado. Esta tienda delicatessen lleva desde los años 30 surtiendo a los habitantes de Lugano con productos exquisitos. Empezó siendo una carnicería y hoy es un minimperio que ocupa una plazuela entera en el centro de la ciudad, con un restaurante, un hotel, una panadería artesanal, comida para llevar y embutidos. La visita a Gabbani desencadenó una compra de quesos malolientes que llenaron mi maleta de vuelta a España.