Momentos urbanos suizos
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Para conocer mejor una ciudad hay que rascar y no quedarnos en la superficie.
Y eso exige un poquito de osadía. Hay que meterse en lugares donde no acostumbra estar el turista, y uno de esos sitios es el restaurante Kunsthalle. Desde la calle hay pocos elementos que sugieren que se trata de un local abierto al público. La entrada es discreta y los que entran saben a lo que van. Tras cruzar las dos puertas que lo separan del exterior, aparece una sala grande con techos abovedados pintados.
Christian Berzins, periodista del periódico ‘Neue Zürcher Zeitung’, lo define así: «El Kunsthalle, en Basilea, es uno de esos restaurantes donde realmente no importa lo que se come. Al igual que en la ópera, el enfoque no está en las notas altas individuales, sino en la experiencia general. La mejor recomendación, de todos modos, es tomarse el plato del día, que aquí llaman el plat du jour».
En verano el restaurante cambia de aspecto y se vuelca más hacia la calle, con mesas y sillas y una coctelería Campari Bar, considerada de las mejores de la ciudad. Un buen sitio para comer rodeado de las élites de Basilea y constatar que la ostentación brilla por su ausencia. Se respira elegancia, pero reina la discreción, marca de la casa de Basilea.


¿Cómo no dignificar con una fotografía el trabajo de los artesanos que hicieron posible esta fachada?
La Farmacia Luganese es uno de esos comercios clásicos que luchan contra las franquicias. Una tienda que entiende la importancia de la tipografía para presentarse ante los viandantes. Me hubiera gustado tener un ligero catarro para poder entrar a comprar algo.



¿Qué entendemos por comida tradicional en una ciudad en la que el 37% de la población es extranjera?
Markthalle es el lugar al que hay que acudir para descubrirlo. Situado a cinco minutos caminando desde la estación central, la visitamos a mediodía para comer algo rápido y nos encontramos un ambiente distendido y relajado.
Oficinistas y profesionales liberales hacen cola en unos cuarenta puestos que ofrecen comida de todo el mundo. Teriyaki japonés, hummus israelí, dumplings cantoneses, pad thai tailandés, souvlaki griego. Comida afgana, etíope, india, cubana, venezolana, argentina. Las opciones son inabarcables y el hecho de que cada local se especialice en unos pocos platos hace que la calidad-precio sea notable.
Abierto en 1929, el mercado entró en declive a principios de los 2000 antes de ser rescatado por un grupo de promotores que consiguieron reinventarlo. Otro detalle a tener en cuenta: aquí se celebran mercados de pulgas los fines de semana.



A la cima del monte Bré llegamos volando.
El gran mirador de Lugano está conectado con la ciudad con un funicular que llega a su destino con extrema facilidad.
Pero ¿por qué se ven destellos blancos en el margen derecho de esta foto?
Son pequeños errores producto de la fotografía analógica, bellos fallos que dan la sensación de estar contemplando un sueño o un recuerdo.
En la era de la fotografía digital, en la que no hay casi límite de fotos que podemos hacer, trabajar con cámaras que usan carrete obliga a los fotógrafos a tomar menos instantáneas. Es lo que hicimos en este viaje. Todas las imágenes que mostramos en esta guía están hechas con cámara analógica.
«Tienes menos margen para equivocarte. Te obliga a pensar más antes de hacer la foto», explica Lluís, el fotógrafo que me acompaña en esta aventura. «Además, sigues contando con la cámara de tu móvil, por si acaso».
Hay un elemento más que contribuye a la belleza de lo analógico. El revelado. Cuando haces la foto, no tienes una pantalla para poder ver el resultado en tiempo real. Toca esperar hasta el final del viaje. Envías los carretes a un laboratorio y en unos pocos días recibes los resultados en un archivo digital. Un ejercicio de paciencia en la era de la impaciencia.


En cuestión de minutos se había quedado completamente vacía.
Llegamos justo cuando acababa una misa y los feligreses estaban de partida. Desde la calle no había nada que reclamase nuestra atención. Era como si no quisieran que entrara nadie: una fachada apagada y un ventanal que no deja ver hacia adentro. Una estructura que imita las formas de una fábrica. Pero lo que la hace interesante es que no es previsible. Todo cambia cuando abres la puerta de entrada. De pronto, reina el silencio seguido del éxtasis por la espectacularidad de este espacio.
Construido entre 1925 y 1927 por el arquitecto Karl Moser, es una de las primeras iglesias construidas en su totalidad con hormigón armado. El edificio es, además, un símbolo de la capacidad de evolución que tenemos los seres humanos. A menos de dos kilómetros de ahí hay otra iglesia llamada St Paul’s, construida también por Moser treinta años antes. Es de estilo clásico. Muy distinta a la iglesia de San Antonio. Otro lugar que hay que explorar.


Siempre me ha gustado visitar iglesias cuando están vacías.
Sé que el fin último de un lugar así es que esté lleno de vida, pero prefiero recorrerlos por la mañana, en un día de diario, sin gente.
Uno de los elementos en los que siempre me fijo es el órgano. «El instrumento que ha utilizado el ser humano para intentar recrear lo místico y metafísico más allá del día a día», en palabras de Christopher Nolan.
Junto con el compositor Hans Zimmer, el director de cine británico convirtió este instrumento milenario en el protagonista de su película de ciencia ficción futurista Interstellar. «Es muy humano. Necesita aire para sonar y para ello necesita respirar. En cada nota escuchas la respiración y la exhalación», dice Zimmer. «Es una tecnología que se inventó para servir a la música. Ciencia utilizada para servir al arte».
Nolan nos demuestra que el pasado está lleno de ideas para ser redescubiertas.