Momentos urbanos suizos
0
Prueba ajustar tu búsqueda eligiendo más de una ciudad, eliminando todos los filtros o seleccionando varias experiencias a la vez.
+ momentos

«No alterar bajo ningún concepto el diseño. No mover los cuadros».
El testamento de Gustav Zumsteg (1915-2005) dejó instrucciones muy claras para salvaguardar la identidad de Kronenhalle, uno de los restaurantes con más solera de Suiza. ¿Pero qué es lo que le hace tan especial?
Empecemos por los cuadros. Miró, Picasso, Chagall, Braque, Kandinsky, Klee. Nombres de pintores que solo encuentras en los mejores museos del mundo tienen obras originales colgadas en la pared del restaurante. Zumsteg fue acumulando una colección valiosísima a lo largo de su vida y prefirió compartirlo con sus clientes en lugar de guardarlo bajo llave en su apartamento, situado encima de su negocio.
Continuemos con el ambiente. Camareros con chaquetilla blanca que llevan décadas trabajando allí. Trato amable y cercano. Clientela muy variopinta. Excéntricos millonarios, alta sociedad local, extranjeros de paso que buscan una experiencia auténtica.
¿Y la comida? Muchos críticos dicen que es lo menos interesante del local. Afirman que lo que realmente destaca es el ambiente. Nuestra experiencia, en cambio, fue notable. Es comida centroeuropea dominada por la carne y las salsas pesadas. Las porciones son de festín. Quizá influye el hecho de que los platos son muy distintos a lo que acostumbramos a comer en España, pero la especialidad de la casa, ternera en salsa y rösti, nos pareció exquisita.
¿El precio? Caro. Muy caro. Pero todo viaje merece un homenaje, y comer en un lugar histórico rodeado de cuadros de los artistas más importantes del siglo XX fue suficiente para convencerme de abrir la billetera. Ya habrá otros días para ahorrar.
A los pocos minutos de sentarnos a la mesa, el sol empezó a filtrarse por las ventanas translúcidas del restaurante. Los rayos de sol alumbraron el cuadro de Chagall que colgaba en la pared, que recreaba también una puesta de sol. Lluís, el fotógrafo que me acompañó en este viaje, inmediatamente se anticipó a lo que estaba ocurriendo. Sacó su cámara, se levantó, apuntó y disparó, todo en pocos segundos. Y fue capaz de resumir en una sola imagen lo que hace tan especial al restaurante. Algo que los romanos llamaban el genius loci. El alma de un lugar.
Pero los encantos de Kronenhalle no terminan con su restaurante. Una puerta discreta de madera conduce a un bar del mismo nombre, que es igual o más impresionante. Forrado de madera, tiene una atmósfera cálida y acogedora. Sus muros también están decorados con obras de pintores como Picasso y Miró. Y los cócteles son un verdadero manjar de los dioses. Si prefieres ahorrarte la comida, no escatimes a la hora de tomar una copa en el bar de Kronenhalle.


Mis prejuicios me dijeron que un restaurante en un tranvía corría el riesgo de ser una turistada.
Mis prejuicios estaban totalmente equivocados. Les Wagons es un lugar con solera en el que puedes tomar un café o cenar en el interior de un vehículo de los años 20 exquisitamente restaurado. Los mismos vagones que hace un siglo transportaban a los ciudadanos de Zúrich hasta el Uetliberg, el gran mirador de la ciudad vecina, fueron rescatados para darles este nuevo propósito.
Abierto en 2015, los interiores y exteriores han sido renovados con una atención al detalle espectacular. Son el fruto del empeño de dos emprendedores locales, Anja Holenstein y Florian Moser-Dubs, que apostaron todo a este proyecto situado en el distrito posindustrial de Lagerplatz.


«Existía la necesidad de explicar aquello que durante muchos años ha modificado el devenir del planeta», decía Charles-Henri Favrod (1927-2017), fundador del Musée de l’Elysée, en una entrevista con el historiador local Bernard Jeker.
Abrir un museo de fotografía en 1986 fue un acto revolucionario. No existía nada igual en toda Europa y Favrod había convencido a las autoridades locales para convertir un palacete vacío a orillas del lago de Lemán en el lugar para ponerlo en marcha.
Retrospectiva tras retrospectiva, exposición a exposición, el museo fue convirtiéndose en uno de los más respetados en el ámbito de la fotografía.
Esa necesidad que sentía Favrod de explicar este arte sigue siendo más importante que nunca. La fotografía se ha convertido en un lenguaje casi tan importante como la palabra escrita o hablada. Cada día generamos millones de imágenes, enviamos fotos por WhatsApp a nuestros amigos y lanzamos stories para enseñar lo que estamos haciendo.
En 2021 el edificio que desde 1986 ha albergado la colección cerrará al público. El museo se trasladará a Plateforme 10, una explanada cultural al lado de la estación central de Lausana.
Un proyecto en el que la ciudad ha invertido 180 millones de francos para concentrar el Museo de Bellas Artes (ya inaugurado), el Museo de Diseño y el Musée de l’Elysée en un solo lugar. El futuro ya no está separado por categorías. Todo converge.


El Kapellbrücke representa para Lucerna lo mismo que el Coliseo para Roma o la Torre Eiffel para París.
Es el símbolo de la ciudad. Un puente de madera de más de 200 metros de longitud que tiene sus orígenes en el siglo XIX.
El puente está totalmente techado y la parte superior está recubierta de pinturas en formato triangular que te acompañan durante el paseo. Las barandillas están recubiertas de flores rojas, que suavizan las formas de la estructura.
En 1993 un incendio destruyó dos terceras partes de Kapellbrücke, pero si no te lo dicen antes, no te darás cuenta. Tal es la calidad de la reconstrucción.


Para conocer mejor una ciudad hay que rascar y no quedarnos en la superficie.
Y eso exige un poquito de osadía. Hay que meterse en lugares donde no acostumbra estar el turista, y uno de esos sitios es el restaurante Kunsthalle. Desde la calle hay pocos elementos que sugieren que se trata de un local abierto al público. La entrada es discreta y los que entran saben a lo que van. Tras cruzar las dos puertas que lo separan del exterior, aparece una sala grande con techos abovedados pintados.
Christian Berzins, periodista del periódico ‘Neue Zürcher Zeitung’, lo define así: «El Kunsthalle, en Basilea, es uno de esos restaurantes donde realmente no importa lo que se come. Al igual que en la ópera, el enfoque no está en las notas altas individuales, sino en la experiencia general. La mejor recomendación, de todos modos, es tomarse el plato del día, que aquí llaman el plat du jour».
En verano el restaurante cambia de aspecto y se vuelca más hacia la calle, con mesas y sillas y una coctelería Campari Bar, considerada de las mejores de la ciudad. Un buen sitio para comer rodeado de las élites de Basilea y constatar que la ostentación brilla por su ausencia. Se respira elegancia, pero reina la discreción, marca de la casa de Basilea.


Sentado en completo silencio me imaginé lo que debieron sentir los peregrinos que viajaban durante semanas para llegar aquí cuando entraban por la puerta.
O el monje que, ávido de conocimiento, caminaba valle tras valle para poder venir y consultar algunos tomos de la biblioteca.
El arquitecto que lo diseñó sabía que estaba creando una puesta en escena. Un paisaje interior de arcos y frescos intercalados para despertar la fe de sus visitantes. Cuando observamos esta iglesia en silencio estamos viendo también una foto fija del final de una época.
«La Abacial es uno de los últimos edificios religiosos monumentales del final del período barroco. Construida sobre una estructura simétrica, con una rotonda en el centro, está decorada en estilo rococó», cuenta el informe de la Unesco. Razones de peso que llevaron al organismo a inscribir la catedral y la abadía como Patrimonio de la Humanidad en 1983.
Hoy las iglesias se han convertido en uno de los últimos refugios del silencio. Un lugar para escuchar el silencio.