Momentos urbanos suizos
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La vida brota bajo este viaducto mientras los trenes pasan por arriba.
En sus 56 arcos no falta de nada. Puedes tomar el aperitivo, dar clases de tango, comprar queso, hacer ejercicio, trabajar un rato en un coworking, comprar muebles, ver un concierto en directo.
Construido en 1894 con piedra tallada, anteriormente albergó talleres y almacenes antes de caer en el olvido. En Zúrich son unos verdaderos maestros del aprovechamiento del espacio y este es el enésimo ejemplo de ello.


Esa tarde decidimos que nuestro único plan sería caminar.
Durante un paseo mañanero, pasamos por la puerta del Museo de Arte de Berna. Era sábado y un cartel anunciaba entrada gratuita.
Entramos sin pensarlo. Un Rothko, varios Kandinsky, Dalí, Klee, Rodin, Monet, Picasso. Cuadros de gran formato de Ferdinand Hodler que muestran escenas costumbristas de montañeros escalando rocas. Una exposición temporal dedicada al artista ghanés El Anatsui.
No había expectativas creadas ni lecturas previas que influyeran en nuestras percepciones. Alimentamos la mente paso a paso y de cuadro en cuadro.
No investigues de antemano todo lo que tienes pensado ver si no quieres perder la capacidad de sorprenderte. Deja momentos sin planificar. Espacios en los que lo único que te encontrarás es lo que se te cruza por el camino.


Tomar un café, admirar cuadros del Museo d’Arte della Svizzera Italiana, ver una obra de teatro, escuchar un concierto, asistir a una conferencia…
MASI Lugano es un edificio concebido para integrar todas las artes en un mismo espacio.
Inaugurado en 2014, el edificio se diseñó para integrarse plenamente en la ciudad. No hay apenas barreras entre la calle y el interior. Y el edificio principal se extiende hacia el lago, sujetado por unos pilares que permiten aprovechar el espacio inferior como una plaza pública.
Obra de Ivano Gianola, MASI Lugano es un exponente más de la escuela de arquitectura ticinesa, un movimiento que lleva desde los años 70 ganando prestigio en todo el mundo, abanderado por arquitectos como Mario Botta.
La colección de MASI cuenta con más de 14.000 obras de arte desde finales del siglo XV hasta la actualidad. No solo hay obras de artistas de Ticino, aunque sí constituyen su núcleo principal, sino también de otros artistas artistas suizos o internacionales que han tenido conexiones significativas con el italiano.



«Dios ha muerto», declaró Nietzsche en su libro Así habló Zaratustra en 1885.
Durante los años siguientes, muchos pensadores libraron una batalla en busca de nuevas creencias para suplir ese vacío. Uno de los más influyentes se llamaba Rudolf Steiner. El filósofo y arquitecto austriaco viajaba por las principales ciudades europeas para difundir sus ideas sobre la espiritualidad, la reencarnación, el karma y la ciencia, y se convirtió en una especie de gurú new age de la época.
Steiner renegaba de la obsesión por el materialismo y creía que adoptar valores espirituales de Oriente no bastaba a las sociedades occidentales. Por eso, sus seguidores y él desarrollaron un movimiento que llamaron Antroposofía y eligieron un pueblo tranquilo a 10 kilómetros de Basilea, llamado Dornach, para construir su sede. Allí uno de sus seguidores le cedió unos terrenos en 1913. Visitarlo es fácil: se tarda 10 minutos en tren desde la estación central de Basilea y otros 10 minutos a pie desde la estación de Dornach.
El edificio que vemos ahora fue inaugurado en 1928 (el primero se quemó en un incendio en 1922) y es un viaje fascinante al futuro visto por los ojos de Steiner. El pensador supervisó todos los detalles del diseño, desde el exterior hasta los muebles y las esculturas del interior. En esta construcción, en la que apenas hay líneas rectas, acabó creando una obra maestra de la arquitectura de la época.
Hoy Steiner es una figura que polariza. Sus detractores dicen que sus creencias promovieron la pseudociencia y sus seguidores defienden que su figura ha sido muy influyente: los colegios Steiner, la agricultura biodinámica y la banca ética son algunas de las corrientes que beben de sus ideas. Pero todo esto queda al margen de la experiencia cuasi religiosa de visitar el edificio más fotogénico de Basilea. En las calles aledañas hay algo que lo hace más interesante todavía: casas diseñadas por Steiner y sus seguidores, que imitan las formas sinuosas del edificio principal. Todo esto convierte la excursión en una viaje en el tiempo retrofuturista.


Si tienes ocasión de ver este Picasso en persona, una advertencia: no es como todos los demás.
Se llama ‘Arlequín sentado’ y fue pintado en 1923. Pero hay algo que lo hace más conmovedor todavía. Esta obra no estaría aquí si no fuese por el fervor que sienten los habitantes de Basilea por el arte.
En 1967 una quiebra repentina llevó al coleccionista y empresario Peter G. Staechelin a poner en venta los dos cuadros de Picasso que había prestado al Museo de Arte de Basilea (Kunstmuseum): uno era el Arlequín sentado; el otro, Los dos hermanos. Pidió 8,4 millones de francos por ambos. La sociedad civil, entonces, se movilizó para que se quedaran en la ciudad. Los empresarios locales consiguieron 2,4 millones y el Ayuntamiento decidió poner los 6 millones restantes. Pero un ciudadano afectado por la quiebra decidió impugnar esta decisión.
El Gobierno local respondió de la manera más suiza posible: convocó un referéndum para decidir si hacían la compra o no. La ciudad se llenó de carteles con el lema «All you Need is Pablo». En la votación, ganaron por goleada los partidarios de comprar las obras y las calles se llenaron de gente para celebrarlo. La historia llegó a oídos de Picasso, que a sus 86 años, seguía pintando cada día en su casa en el sur de Francia. Quedó tan conmovido que regaló dos cuadros más a la ciudad.
Ya te avisamos de que este no era solo un cuadro. Es el emblema de la devoción que siente Basilea por el arte.


«Cultivar la habilidad de prestar atención a las cosas que otros solo pasan por alto es crucial en cualquier proceso creativo», Rob Walker.
Uno de los libros que nos acompañó durante el viaje fue The Art of Noticing, de Rob Walker. Una obra en la que el periodista neoyorquino nos ayuda a trabajar la curiosidad en la era de la distracción.
«Mis ejercicios se basan en mirar por la ventana, sentarse en silencio durante unos minutos, hacer un mapa de sonidos del barrio y entrevistar a un desconocido», cuenta en el libro.
Aquella tarde, mientras caminábamos por el barrio de Les Grottes, decidimos seguir sus consejos. Uno de los juegos que más le gustan a Walker es caminar por la ciudad fijándose solo en las cámaras de seguridad. Cogiendo esta dinámica como inspiración, decidimos caminar durante dos horas buscando únicamente contenedores de basura. ¿Dónde suelen estar puestos? ¿Se esconden o están a la vista?
En esa exploración urbana llegamos a este callejón de salida lleno de grafitis. Un lugar que probablemente no habríamos encontrado de no haber sido por los ejercicios de Rob Walker.