Momentos urbanos suizos
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Una de las mejores maneras de sentirse local en una ciudad ajena es repetir en un restaurante.
Volver al día siguiente es una señal para los camareros de que te gustó y hace que te traten mejor todavía que la primera vez.
«Vous etre la resistance» (sois la resistencia), le digo a la simpática mujer mayor que regenta el restaurante Le Thermometre, en referencia la localización de este bistró tradicional en una de las calles más comerciales de Ginebra, llena de tiendas de lujo y grandes multinacionales.
«¡Bien sur! Notre futur c’est garantie» (nuestro futuro está garantizado), me dice señalando a su nieto, que atiende una mesa a nuestro lado.
Las dos veces pedimos el ‘boeuf’ a la plancha, la especialidad de la casa, unos filetes de solomillo cortados finos, acompañados de una salsa que mezcla aceite de oliva, ajo, albahaca, y unas patatas fritas cortadas en rectángulos finísimos, un verdadero espectáculo gustativo. De primero, una ensalada verde bien aliñada. El triunfo de la sencillez.



175 kilómetros de carriles bici convierten a Winterthur en la mejor ciudad de Suiza para ir en bici.
Casi todo lo importante se puede alcanzar a pie, pero si tienes poco tiempo, ¡alquilate una!


No se puede huir del río Aar cuando uno está en Berna.
Allí donde miras hay fragmentos de las aguas verdiazules de este afluente, que abraza el casco histórico.
Durante siglos fue la mejor protección ante la amenaza de invasores. Hoy, impresionantes puentes sortean esa barrera natural y conectan el centro desnivelado con los alrededores. Esta foto fue tomada desde Münster Plattform, una plaza elevada que invita a quedarse en ella durante horas.


Cuando nos bajamos del autobús, lo primero que pensé es que me había equivocado de sitio.
Vinimos en busca de una iglesia y nos encontramos con un cubo blanco anodino sin ventanas. Rodeamos el costado izquierdo del edificio hasta llegar a la parte trasera y una puerta se abrió automáticamente.
Cruzamos el umbral cegados por la luz del sol, y la atmósfera se transformó por completo. El ambiente era oscuro pero bañado en una luminosidad suave. Los muros desprendían una luz anaranjada que resaltaba los contornos de la piedra. El arquitecto, Franz Füeg, consiguió este efecto forrando el muro con 888 losas de mármol griego de 20 mm de ancho.
No había cuadros ni símbolos, ni falta que hacía. El choque de los rayos del sol con la piedra generó una energía celestial, independientemente de si uno es creyente o no.
Contemplamos esta maravilla durante 20 minutos en silencio y en soledad. Las ciudades tienen estas recompensas para quien está dispuesto a salirse de las zonas monumentales. Y aquel día encontramos nuestro premio en en Meggen, un pueblo junto a Lucerna.


El buen diseño no es solo lo que se ve, sino lo que no se ve, y Suiza, muchas veces, se caracteriza por este tipo de diseño.
El reloj mítico que cuelga en todas sus estaciones de trenes tiene esta característica. Usa lo mínimo necesario para decirte la hora. Y no por ello es peor. Al contrario, ofrece una experiencia más limpia y más equilibrada.
En Suiza se inventaron tipografías mundialmente conocidas, como la Helvetica y Univers; sus diseñadores se guiaron siempre por el «menos es más», una característica que ya se da en su inconfundible bandera.
El diseño de carteles es algo que se toma muy en serio en el país, como puede verse en cuentas de Instagram como @swissposters.
Esta cultura tiene su hogar en el Museum für Gestaltung, que cada año organiza entre cinco y siete exposiciones. Un museo y centro de investigación que almacena más de 500.000 objetos relacionados con la cultura visual.


Hay quien solo ve Suiza como un lugar de vacas felices pastando en prados verdes, picos nevados y trenes que llegan siempre a la hora.
Esa Suiza existe, pero es una visión parcial e incompleta.
La cara B del país, el lado más combativo y alternativo, vive en lugares como Reitschule, un centro cultural okupado abierto a todos.
Todo empezó en 1982, cuando un grupo de anarquistas y activistas tomaron el control de esta antigua escuela de equitación. Reclamaban más espacio para la cultura y lo hicieron suyo, llenándolo de proyecciones de cine, conciertos y debates.
Después llegaron cinco años de luchas constantes con las autoridades. Un juego del gato y el ratón en el que la policía expulsaba a los okupas, y pocos días después estos volvían a ocuparlo.
Con el tiempo, el centro se volvió cada vez más integrado en la cultura de la ciudad y el Ayuntamiento optó por rebajar los conflictos sociales con subvenciones y exenciones de alquiler.
Hoy una mayoría de berneses lo consideran una pieza clave en el tejido cultural de la ciudad. Una opinión que dejaron bien clara en el referéndum celebrado en 2010, convocado por la oposición, que pedía cerrar y vender el Reitschule. El 68,4% de la población rechazó la propuesta.