Momentos urbanos suizos
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Hay un edificio sobre el lago de Lucerna que se distingue de todos los demás.
No solo por lo que se ve, sino por lo que deja ver. Por la manera en que dialoga con el agua y las montañas en el horizonte.
El KKL es el centro cultural más importante de la ciudad. Es el primer gran edificio que uno se encuentra al salir de la estación de trenes de Lucerna y se ha convertido en el icono contemporáneo de la ciudad.
El agua siempre está presente en su interior. Desde los ventanales, que te recuerdan constantemente la presencia del lago, hasta los canales de agua que atraviesan el interior del edificio.
Construido entre 1995 y 2000, el KKL ha sido un revulsivo para una ciudad histórica y tradicional. «Realmente fue un deseo de la ciudad y eso no siempre ocurre con mis obras», reflexionaba su arquitecto Jean Nouvel en una entrevista en 2015. «Es un reflejo de una era. El paso del siglo XX al siglo XXI».


«¿Dónde está tomada esa foto?», le pregunté al señor de detrás del mostrador, señalando una imagen de una bodega llena de quesos.
«Aquà debajo», me contestó sonriendo, apuntando al subsuelo. «¿Os lo enseño?».
Salimos al exterior de la tienda y unas compuertas nos llevaron a un pasadizo subterráneo. A medida que bajamos los peldaños de la escalera, el olor a queso se volviĂł cada vez más intenso. «AquĂ es donde ocurre la magia». Cada una de las salas abovedadas estaba llena de quesos redondos apilados en estanterĂas. «Los dejamos madurar entre 6 y 30 meses, dependiendo de la intensidad de sabor que buscamos».
La persona que nos atendió se llama Dominic Bärfuss y lleva seis años regentando el establecimiento junto con su hermano Patrick. Antes de su llegada, la tienda estuvo en manos de la misma familia desde 1894 hasta 2014, cuando el bisnieto del fundador, Dieter Heugel, decidió jubilarse.
Sin descendencia ni pareja, Heugel llegĂł a pensar que tendrĂa que cerrar ante la imposibilidad de encontrar un sucesor adecuado, hasta que Patrick se cruzĂł en su camino. Bärfuss llevaba tiempo buscando un cambio de vida tras una carrera desarrollada en marketing y ventas. Los dos congeniaron y Heugel por fin encontrĂł a alguien que pudiese tomar las riendas de su negocio.
Pese a estar en un emplazamiento turĂstico, Dominic nos contĂł que el 90% de su clientela es local. Además de los quesos que maduran en sus bodegas, recomiendan su mezcla casera para fondue. «Siempre dicen que es algo que se debe comer solo en invierno, pero yo creo que cualquier momento del año es bueno».


Brutalismo delicado. Parece un oxĂmoron.
Los prejuicios han llevado a que muchos piensen que el brutalismo, un estilo arquitectónico popularizado entre los 60 y 70, no puede ser sensible por el uso indiscriminado que hace del hormigón. Esta obra, diseñada por Jack Bertoli en 1975, rompe este mito. El edificio imita las formas de una flor, lo que le ha valido el apodo de La Tulipe (el tulipán). Una pequeña joya que merece ser fotografiada.


La vida brota bajo este viaducto mientras los trenes pasan por arriba.
En sus 56 arcos no falta de nada. Puedes tomar el aperitivo, dar clases de tango, comprar queso, hacer ejercicio, trabajar un rato en un coworking, comprar muebles, ver un concierto en directo.
Construido en 1894 con piedra tallada, anteriormente albergó talleres y almacenes antes de caer en el olvido. En Zúrich son unos verdaderos maestros del aprovechamiento del espacio y este es el enésimo ejemplo de ello.


Por mucha intenciĂłn que pongas a una foto, esta siempre te sorprende para bien o para mal.
Para mal cuando no sale cĂłmo te la habĂas imaginado; y para bien cuando sale mejor de lo pensado.
Trabajar con cámara analĂłgica te da estas sorpresas. No puedes ver el resultado en tiempo real. No tienes una pantalla para comprobarlo. Toca esperar al revelado al acabar el viaje. Y toca revivir y recordar escenas como estas de las que te habĂas olvidado. Una nube de vapor flotante sobre un lago tranquilo y un barco blanco de la ‘belle Ă©poque’. Escenas que solo te puedes encontrar en el lago Leman.


—Buscamos la piscina —informamos al encargado del local.
—¡Seguidme! —contestó sin pensarlo dos veces.
Nos guio por unas escaleras, sacĂł un juego de llaves, las metiĂł en la puerta y ¡zas! AllĂ estaba. Una piscina interior gigante completamente vacĂa.
—Hemos hecho de todo aquĂ. PelĂculas, presentaciones, exposiciones, fiestas, representaciones teatrales —nos explicĂł visiblemente emocionado por las posibilidades de este enorme cubo rectangular— ¡Ah, que no me he presentado! Me llamo Dominic, por cierto.
En cuestiĂłn de segundos habĂamos llegado al corazĂłn de Neubad, uno de los centros culturales más punteros de Suiza.
Desde 2013, las antiguas instalaciones deportivas han sido transformadas en salas de trabajo y un cafĂ© restaurante muy concurrido por los hĂpsteres locales. Pero el verdadero centro gravitacional de Neubad es, y siempre será, la piscina.
Dominic dice estar tan entusiasmado como el primer dĂa con el proyecto pese a las dificultades de sacarlo adelante. «No pagamos alquiler al Ayuntamiento bajo la condiciĂłn de no costarle ni un franco a las arcas pĂşblicas. Eso nos obliga a no estar quietos nunca; siempre nos inventamos cosas para darle vida a esto».