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El último edificio de Le Corbusier
Pavillon Le Corbusier, Zúrich
Mira, Prueba

El último edificio de Le Corbusier no estaría en Zúrich de no ser por Heidi Weber.

Una mujer que, con apenas 30 años, arriesgó su patrimonio y reputación personal para construirlo.

 

Apasionada del creador de origen suizo, acabó acumulando la colección más completa de sus cuadros, que aún hoy mantiene a sus 94 años.

 

Pero Weber quería más. Era el año 1960 y había un solar a orillas del lago de Zúrich que ella pensó que sería idóneo para levantar un pabellón en honor al Le Corbusier. Estaba tan convencida de ello que invitó al arquitecto a pasar unos días en la ciudad para que pudiese verlo con sus propios ojos. Tras presenciar «su perseverancia, voluntad de sacrificio y entusiasmo», como él la definía, acabó aceptando el encargo.

 

El edificio se convirtió en un ejemplo paradigmático de lo que los alemanes llaman ‘Gesamtkunstwerk’, una obra en la que todo, el espacio, los muebles y los cuadros, está concebido como una obra de arte conjunta. Algo solo al alcance de alguien tan versátil como Le Corbusier.

 

La obra representó, además, un cambio en la elección de materiales del arquitecto. El hormigón, que tanto había dominado en sus anteriores edificios, esta vez se reemplazó por el acero y el cristal.

 

Durante la construcción, Weber tuvo que lidiar con la muerte de Le Corbusier en 1965 y las dificultades de ejecutar un edificio muy experimental para la época. Barreras que casi la llevaron a la bancarrota.

 

Tras la inauguración en 1967, el espacio pasó a llamarse Heidi Weber Foundation–Centre Le Corbusier. El ayuntamiento aceptó además cederle el espacio libre de alquiler durante 50 años.

 

En 2014 ese acuerdo llegó a su fin y el Consistorio decidió quedarse con el edificio, cambiando el nombre a Pavillon Le Corbusier. La decisión no gustó a Weber y llevó al Ayuntamiento a los tribunales. En junio de 2020, un juez falló a favor de la ciudad.

 

De esta historia extraemos una lección valiosa. Hay muchos edificios que conocemos solo por sus arquitectos. Pero muchas veces olvidamos a las personas que trabajaron detrás del telón para ponerlos en pie.

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El cristo que hechizó a Dostoievski
Kunstmuseum Basel, Basilea
Mira, Olvida, Art Museums of Switzerland

No hay que ser religioso para imaginarse lo que debieron sentir aquellos devotos ciudadanos del siglo XVII cuando vieron este cuadro por primera vez.

Holbein, con gran destreza, nos lo presenta de la manera más cruda posible. Cristo aparece como cualquier otro ser humano después de la muerte. Un cuerpo inerte y lívido en proceso de descomposición. Está completamente solo. No hay santos a su alrededor beatificándolo. Tampoco destellos de luz que le den un aire místico.

 

El cuadro fascina por la forma en que ha sido compuesto. No es rectangular ni cuadrado, como de costumbre, sino que imita las dimensiones de un ataúd. Los historiadores del arte no han logrado averiguar con certeza por qué se hizo de esta manera, pero el efecto es revolucionario. El pintor nos deja entrar en un lugar donde no deberíamos estar y la escena es desoladora.

 

Desasosiego y fascinación es lo que sintió Fiodor Dostoievski cuando vió el cuadro por primera vez en 1867, en Basilea. El escritor ruso quedó tan hechizado por la pintura que le dedicó un espacio importante en su novela El idiota, en la que refleja lo que sintió a través de sus personajes.

 

El protagonista, el príncipe Myshkin, ve una réplica de la pintura y exclama: «¡Algunos perderán la fe tras ver este cuadro!». Otro personaje del libro, Ippolit Teréntiev, también acaba profundamente conmovido por la obra: «Si no me equivoco, los pintores tienen la costumbre de representar a Cristo sobre la cruz, con un reflejo de sobrenatural belleza dibujada sobre su rostro. Se esmeran porque esta belleza permanezca incólume incluso en medio de los momentos más atroces. No había nada de esta belleza en el cuadro (…); era la reproducción acabada de un cadáver humano que llevaba la impronta de los sufrimientos indecibles soportados incluso antes de la crucifixión. (…). Los hombres que rodean al muerto debieron sentir una angustia y una consternación horrorosa en esta noche que quebraba de un golpe todas sus esperanzas y casi su fe».

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Sube al cielo en ascensor
Ascensor Hammetschwand, Lucerna
Disfruta, Fun for Kids, Mira

Desde aquel día puedo decir con seguridad que he subido al cielo en ascensor.

Inspirado por las formas de la Torre Eiffel, Franz Joseph Bucher-Durrer encargó la construcción de un ascensor de 165 metros que elevaría a los visitantes de su hotel al cielo.

Para alcanzarlo, tuve que coger un barco, seguido de un funicular, seguido de un camino rodeado de árboles inmensos sobre una ladera casi vertical.

 

Para conocer los orígenes de esta alocada idea hay que viajar a finales del siglo XIX. Franz Joseph Bucher-Durrer era un empresario que había construido un pequeño imperio hotelero de gran lujo en Bürgenstock, un monte con vistas al lago de Lucerna.

 

La exigencia de sus clientes lo llevó a abrir un sendero en la ladera de la montaña para que pudiesen salir a caminar. A medida que avanzaba el camino, la pendiente era tan empinada que acabó siendo imposible llevarles hasta la cima. Pero Bucher-Durrer no era una persona que se rindiera fácilmente. Inspirado por las formas de la Torre Eiffel, encargó la construcción de un ascensor de 165 metros que elevaría a sus visitantes al cielo. Tras cinco años de trabajo arduo liderado por mineros italianos y austriacos, el elevador fue inaugurado en 1905, convirtiéndose en una gran atracción.

 

Aquel día, al llegar a la cima en ascensor, se abrieron las puertas y apareció una vista casi interminable de los Alpes. Fue en ese momento cuando entendí por qué Bucher-Durrer insistió tanto en construir lo que probablemente muchos tildaron de majadería en su día.

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Observa a Rodin dialogando con Monet
Kunstmuseum Winterthur, Winterthur
Inspírate, Olvida

Rodin y Monet fueron grandes amigos y dejaron constancia de ello en numerosas cartas.

«El mismo sentimiento de fraternidad, el mismo amor por el arte, ha hecho que seamos amigos para siempre […]», le escribió el escultor al pintor en 1897. «De modo que sigo teniendo siempre la misma admiración por el artista que me ha ayudado a comprender la luz, las nubes, el mar, las catedrales que tanto me gustaban».

 

Esta cercanía hace más especial todavía la disposición de la sala principal del museo de arte de Winterthur. En ella vemos una escultura de Rodin de espaldas a una pintura de Monet. La primera es una recreación de Pierre de Wissent, uno de los integrantes de los burgueses de Calais que dieron su vida para salvar la ciudad en la guerra de los Cien Años (1337-1453). La segunda es una de las 250 pinturas que Monet dedicó a recrear escenas de nenúfares, plantas acuáticas que estaban muy en boga en aquella época.

 

Con este simple diálogo entre las dos obras, el Museo de Arte de Winterthur ha conseguido mantener viva la amistad de los dos.

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Visita un museo del siglo XXI
Museo de la Cruz Roja, Ginebra
Fun for Kids, Inspírate, Prueba

El Museo de la Cruz Roja se ha adelantado al futuro. La mayoría de museos se limitan a mostrar objetos o cuadros, manteniendo una distancia entre el espectador y la obra. Aquí es todo lo contrario

El museo convierte la historia de la Cruz Roja en una experiencia multisensorial e inmersiva. Allí conversamos de tú a tú con víctimas de guerras; aprendemos sobre los orígenes de la organización y sobre la importancia del derecho internacional para proteger a personas vulnerables en todo el mundo.

 

Al final del recorrido llegamos a una exposición temporal que nos dejó boquiabiertos. Una muestra de carteles publicitarios rescatados del archivo de la Cruz Roja. Campañas ingeniosas de salud pública que han salvado muchas vidas. Una de las grandes sorpresas del viaje.

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Sube al mirador de los contenedores
Freitag Flagship Store, Zúrich
Fun for Kids, Inspírate, Prueba

A los hermanos Freitag nunca les gustó la palabra sostenibilidad.

Freitag es una historia de reinvención, como el barrio donde se sitúa.

«No es algo diferenciador, es una necesidad», explicaban en una entrevista para la revista Freunde von Freunden. Para ellos, si un producto no es sostenible en su origen, es un producto fallido y no merece el apelativo de diseño.

 

Esta filosofía se ha mantenido inalterable desde 1993, año en el que fundaron su marca de bolsas y accesorios Freitag en el barrio de Zúrich West. Los hermanos vivían en un apartamento cochambroso cuya vista daba al puente Hardbrücke, una arteria por la que circulaban muchos camiones.

 

La observación de este paisaje urbano les llevó a darse cuenta de que estos vehículos siempre estaban forrados con lonas e intuyeron acertadamente que esas lonas acabarían casi siempre en la basura una vez terminada su vida útil.

 

Fascinados por las posibilidades de este material, empezaron a emplearlo para diseñar bolsas. Y así, de forma muy resumida, nació Freitag.

 

Hoy es una de las marcas de diseño contemporáneo suizo más respetadas. Su primera bolsa está expuesta en la colección permanente del MOMA de Nueva York.

 

Llegado el momento de construir una flagship store, era lógico que eligiesen un emplazamiento cercano a donde nació la compañía. El listón estaba muy alto, y, una vez más, recurrieron a una solución ingeniosa y sostenible a la vez. Una torre construida a partir de contenedores de segunda mano. En la parte inferior hay cuatro pisos que conforman la tienda, y en el exterior, una escalera conduce hasta un mirador en el noveno piso.

 

Freitag es una historia de reinvención, como el barrio donde se sitúa. En 1993, Zúrich West era conocida por la decadencia industrial y los problemas con las drogas. Hoy, es uno de los barrios más dinámicos de la ciudad.

 

Freitag demuestra que la sostenibilidad, muchas veces, no es ni verde ni bucólica, como la publicidad nos suele vender. Es cruda, bella, ingeniosa e inteligente.

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