Momentos urbanos suizos
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En verano las opciones para tomar algo en Zúrich aumentan de forma exponencial.
Una de las más acogedoras es la isla de Bauschänzli, situada en pleno centro histórico. Durante los meses más calurosos se transforma en una terraza sin pretensiones donde tomar algo. Desde aquí hay una vista privilegiada de Quaibrücke, el puente más concurrido de la ciudad, por el que pasan tranvías y ciclistas constantemente. Un buen panorama para descansar la vista.


Hay quien solo ve Suiza como un lugar de vacas felices pastando en prados verdes, picos nevados y trenes que llegan siempre a la hora.
Esa Suiza existe, pero es una visión parcial e incompleta.
La cara B del país, el lado más combativo y alternativo, vive en lugares como Reitschule, un centro cultural okupado abierto a todos.
Todo empezó en 1982, cuando un grupo de anarquistas y activistas tomaron el control de esta antigua escuela de equitación. Reclamaban más espacio para la cultura y lo hicieron suyo, llenándolo de proyecciones de cine, conciertos y debates.
Después llegaron cinco años de luchas constantes con las autoridades. Un juego del gato y el ratón en el que la policía expulsaba a los okupas, y pocos días después estos volvían a ocuparlo.
Con el tiempo, el centro se volvió cada vez más integrado en la cultura de la ciudad y el Ayuntamiento optó por rebajar los conflictos sociales con subvenciones y exenciones de alquiler.
Hoy una mayoría de berneses lo consideran una pieza clave en el tejido cultural de la ciudad. Una opinión que dejaron bien clara en el referéndum celebrado en 2010, convocado por la oposición, que pedía cerrar y vender el Reitschule. El 68,4% de la población rechazó la propuesta.


El rugido delicado del barco resonaba en nuestros oídos.
Hacía solo media hora antes estaba tomando un ‘capuccino’ en el centro de Lugano, y ahora estaba en un pequeño pueblo rodeado de bosques y agua. Los barcos que surcan el lago de Lugano tienen esa capacidad de teletransporte.
La vuelta a la ciudad la hicimos por el sendero de los olivos. Un camino que empieza en el pueblo de Gandria, una localidad que cuenta con una conexión histórica con Madrid. Aquí nació y murió Virgilio Rabaglio, el arquitecto que fue maestro de obras del Palacio Real de Madrid en el siglo XVIII y que posteriormente proyectó el palacio de Riofrío, en Segovia.



En una época en la que los centros de las ciudades corren el peligro de convertirse en centros comerciales al aire libre, la Plaza Roja de St. Gallen es una necesaria llamada a los ciudadanos para que vuelvan a ocupar las plazas públicas.
Inaugurada en 2005, la artista local Pipilotti Rist desarrolló esta solución ingeniosa para crear la sensación de estar en un salón al aire libre. Junto con el arquitecto Carlos Martínez, emplearon granulado rojo para crear un mar carmesí en toda la plaza. El mismo material esponjoso y agradable al tacto que se usa para las pistas de atletismo.
El paso del tiempo ha ido decolorando la plaza, un hecho que ha obligado al Ayuntamiento a iniciar un proceso de restauración del espacio en 2020. Durante la renovación, varios políticos locales han protestado por el uso de un material que consideran poco ecológico. Pero incluso los más críticos aceptaron en declaraciones al periódico local ‘St. GallerTagblatt’ que el proyecto se ha convertido en un activo imprescindible para la ciudad.
«Además del valor artístico de la Plaza Roja, también ayuda a construir comunidad: aquí, la gente disfruta de su café antes del trabajo, los niños juegan con los objetos y recientemente escuché a una mujer mayor decir que el plástico bota muy bien al caminar». ¿No es ese el fin último del espacio público?


«Existía la necesidad de explicar aquello que durante muchos años ha modificado el devenir del planeta», decía Charles-Henri Favrod (1927-2017), fundador del Musée de l’Elysée, en una entrevista con el historiador local Bernard Jeker.
Abrir un museo de fotografía en 1986 fue un acto revolucionario. No existía nada igual en toda Europa y Favrod había convencido a las autoridades locales para convertir un palacete vacío a orillas del lago de Lemán en el lugar para ponerlo en marcha.
Retrospectiva tras retrospectiva, exposición a exposición, el museo fue convirtiéndose en uno de los más respetados en el ámbito de la fotografía.
Esa necesidad que sentía Favrod de explicar este arte sigue siendo más importante que nunca. La fotografía se ha convertido en un lenguaje casi tan importante como la palabra escrita o hablada. Cada día generamos millones de imágenes, enviamos fotos por WhatsApp a nuestros amigos y lanzamos stories para enseñar lo que estamos haciendo.
En 2021 el edificio que desde 1986 ha albergado la colección cerrará al público. El museo se trasladará a Plateforme 10, una explanada cultural al lado de la estación central de Lausana.
Un proyecto en el que la ciudad ha invertido 180 millones de francos para concentrar el Museo de Bellas Artes (ya inaugurado), el Museo de Diseño y el Musée de l’Elysée en un solo lugar. El futuro ya no está separado por categorías. Todo converge.


No hay que ser religioso para imaginarse lo que debieron sentir aquellos devotos ciudadanos del siglo XVII cuando vieron este cuadro por primera vez.
Holbein, con gran destreza, nos lo presenta de la manera más cruda posible. Cristo aparece como cualquier otro ser humano después de la muerte. Un cuerpo inerte y lívido en proceso de descomposición. Está completamente solo. No hay santos a su alrededor beatificándolo. Tampoco destellos de luz que le den un aire místico.
El cuadro fascina por la forma en que ha sido compuesto. No es rectangular ni cuadrado, como de costumbre, sino que imita las dimensiones de un ataúd. Los historiadores del arte no han logrado averiguar con certeza por qué se hizo de esta manera, pero el efecto es revolucionario. El pintor nos deja entrar en un lugar donde no deberíamos estar y la escena es desoladora.
Desasosiego y fascinación es lo que sintió Fiodor Dostoievski cuando vió el cuadro por primera vez en 1867, en Basilea. El escritor ruso quedó tan hechizado por la pintura que le dedicó un espacio importante en su novela El idiota, en la que refleja lo que sintió a través de sus personajes.
El protagonista, el príncipe Myshkin, ve una réplica de la pintura y exclama: «¡Algunos perderán la fe tras ver este cuadro!». Otro personaje del libro, Ippolit Teréntiev, también acaba profundamente conmovido por la obra: «Si no me equivoco, los pintores tienen la costumbre de representar a Cristo sobre la cruz, con un reflejo de sobrenatural belleza dibujada sobre su rostro. Se esmeran porque esta belleza permanezca incólume incluso en medio de los momentos más atroces. No había nada de esta belleza en el cuadro (…); era la reproducción acabada de un cadáver humano que llevaba la impronta de los sufrimientos indecibles soportados incluso antes de la crucifixión. (…). Los hombres que rodean al muerto debieron sentir una angustia y una consternación horrorosa en esta noche que quebraba de un golpe todas sus esperanzas y casi su fe».