Momentos urbanos suizos
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Cuando entres en el centro histórico de Basilea, no vayas a ningún lugar en concreto.
Camina, merodea, mira los escaparates. Párate a tomar un café, entra en los anticuarios. Siéntate en un banco con vistas al Rhin, visita la tumba del humanista Erasmus. Aprende a perderte y volver a encontrarte. Y vuelta a empezar.
Si quieres profundizar en lo que acabas de ver, todas las semanas el ayuntamiento organiza visitas guiadas por el centro histórico.



Las ciudades están llenas de no lugares.
Un concepto acuñado por el antropólogo Marc Augé y que se refiere a esos espacios que carecen de una identidad más allá del uso utilitario que se hace de ellos. Autopistas, aeropuertos, supermercados.
Cuando me sumergí en el túnel que pasa por debajo de la estación central de Lugano actúe como cualquier otro lo haría. Caminé sin pensar mucho en dónde estaba. Miré hacia adelante, buscando la luz al final del túnel que indicara la salida. De pronto, una serie de pantallas empezaron a moverse a medida que me acercaba a ellas. Me paré y durante unos minutos interactúe con esta instalación que me retaba a interrumpir mi paseo.
«Reproduce en tres dimensiones el cerebro, una gran red neuronal donde las pantallas LED representan las neuronas, mientras las cuerdas actúan como sinapsis que mueven los impulsos nerviosos de un lugar a otro», dicen los autores de la obra pública Alex Dorici y Luca María Gambardella. El no lugar, de pronto, se había convertido en algo más que un simple túnel.



No nos gustan las postales.
O, por lo menos, no le vemos sentido a hacer fotos que reproducen imágenes que ya existen en postales.
Pero esa tarde confluyeron varios elementos que hicieron imposible resistirnos a captar este momento. Una lluvia suave e intermitente, una puesta de sol, unas nubes revueltas y un mirador con la visión más completa del centro histórico de Berna.
Berna no se parece en nada a las demás capitales europeas porque carece de todos los elementos que solemos identificar con una gran capital. Es pequeña y su centro es como un pueblo. Apenas ha tenido guerras en los últimos 600 años, y este hecho ha contribuido a que su estructura medieval esté casi intacta.
No tiene avenidas imperiales, monumentos rimbombantes ni un exceso de símbolos que buscan proyectar poder. Berna alberga el parlamento, pero en un país tan descentralizado su poder es relativo. Su poder es blando, su poder es sutil, como Suiza misma.


Recomendar a un turista ir a un sitio que no es turístico, aun a riesgo de convertirlo en turístico.
El dilema siempre existe antes de incluirlo en una guía. Este riesgo no parece existir en Alpenrose. Primero, porque su localización está alejada pero no lejos del Zúrich más concurrido por foráneos (en Zúrich nada está realmente lejos gracias a sus tranvías supereficientes). Segundo, porque no siempre es fácil conseguir mesa debido a la gran demanda que tiene entre los locales.
«Yo lo definiría como el sitio adonde te llevaría un amigo suizo si vienes a Zúrich a visitarlo. No servimos ni fondue ni raclette; eso proviene de las montañas. Aquí la comida de nuestra infancia es otra y por eso casi toda nuestra clientela es local», cuenta el maitre de Alpenrose, un restaurante tradicional situado en el barrio posindustrial de Zúrich West.
Las recetas en el menú no nos suenan de nada y eso lo hace aún más apetecible.
Gilliertes Flanksteack von Rind aus Ennetürger mit Krauterbutter
Suhre Mocke mit Schmorgemüse so wie früher
Optamos por el especial del día. Carne de cerdo cocinada a fuego lento durante 26 horas que se derrite en la boca. Antes, una sopa fría de pepino.
Durante 22 años este negocio perteneció a Tine Giacobbo y Katharina Sinniger, dos entrañables mujeres que lo convirtieron en un lugar mítico. Antes de eso fue un pub restaurante durante casi un siglo. En 2016, tras la retirada de las patronas, un grupo de restauración compró el local y lo reformó respetando el nombre y todos los elementos que habían convertido el sitio en legendario.
La compañía se llama Work Chain Foundation y una de sus características es que la mitad de sus empleados tienen algún tipo de discapacidad o están en riesgo de exclusión social.
Su compromiso para crear una experiencia auténticamente suiza incluye los productos. «Todo es de aquí. Bueno, todo menos el limón y la naranja. Pongo la mano en el fuego».


La urbanidad en Zúrich es relativa.
A cinco minutos de la zona más concurrida de la ciudad encuentras la calma más absoluta. El canal Schanzengraben rodea el centro histórico, pero es casi imperceptible si no lo conoces. Durante siglos se utilizó como foso de agua para proteger las murallas de la ciudad antigua. Hoy aísla del ruido de la urbe y actúa como zona de recreo. Es aquí donde encontramos uno de nuestros locales favoritos de Zúrich, el bar Rimini, que abre a partir de las 19.00 de la tarde.
Durante el día, cambia de uso y de nombre. Se convierte en Männerbad y es una zona de baño gratuita abierta solo para hombres (el nudismo está permitido). Los lunes el espacio se transforma en un mercadillo, popular entre la comunidad creativa de la ciudad.
En Zúrich, el uso inteligente del espacio está a la orden del día. Un mismo lugar puede tener muchas caras y eso permite visitarlo más de una vez sin repetir experiencia.


Era extraño ver en persona una obra que había visto tantas veces antes en pantalla.
Pero la experiencia fue infinitamente superior.
Viajé muy lejos durante los minutos que me quedé observando este cuadro. Me trasladé a los acantilados blancos de la isla de Rügen. No los reales sino los figurativos. Aquellos que nacieron a partir de la imaginación de su autor, Caspar David Friedrich. Un collage de sus experiencias reales mezcladas con sus vivencias internas.
Friedrich quería que nos sintiéramos insignificantes antes sus paisajes. Usaba la naturaleza para crear escenas místicas y religiosas sin necesidad de usar símbolos abiertamente religiosos.
Sus personajes están de espaldas. No solo empatizamos con ellos, nos convertimos en ellos. El personaje del medio se asoma y ve algo que nosotros nos alcanzamos a ver. El artista retiene algo de misterio en la imagen.
El cuadro fue una buena terapia. Neutralizó mis preocupaciones de aquel día. El poderío de la naturaleza me ayudó a relativizar muchas cosas.
Friedrich es hijo de la época en la que le tocó vivir. Una primera mitad del siglo XIX dominada por la industrialización, las guerras con Francia y las dificultades de ganarse el pan como artista.
Pero sus mensajes son absolutamente universales. Llegaron a la gente en su época y llegan a gente como yo siglos después en circunstancias muy distintas.