Momentos urbanos suizos
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Si viajas algĂşn dĂa a Lugano, es posible que el Spazio Morel ya no estĂ© aquĂ.
Este espacio cultural naciĂł con fecha de caducidad. Sus fundadores tomaron el control de este antiguo concesionario en 2012 con el propĂłsito de usarlo hasta 2019, año en que volverĂa a manos de los propietarios del solar, que buscan demolerlo para construir un edificio nuevo.
Pero en 2020, el Spazio Morel sigue en funcionamiento y todavĂa no se ha aclarado su futuro. ÂżConseguirán mantenerlo abierto, como ha ocurrido con otros proyectos en Suiza que lo consiguieron despuĂ©s de muchas luchas vecinales?
Entretanto, el espacio se ha consolidado como un referente programando música en directo, exposiciones de arte contemporáneo y espacios de trabajo colaborativos. Un complemento a la cultura oficial que se programa en LAC, el centro de artes del Ayuntamiento, situado a apenas 200 metros.


Mientras los asistentes hacĂan cola para la exposiciĂłn temporal de Hopper, nosotros nos alejamos del barullo dirigiĂ©ndonos a las habitaciones situadas en el extremo opuesto de la fundaciĂłn Beyeler.
De pronto, llegamos a una pequeña sala escondida de todas las demás. En su interior reinaba el silencio y habĂa cuatro cuadros, todos de Mark Rothko. En el centro, un banco solitario nos invitaba a tomar asiento.
«Si solo te fijas en el color, te acabarás perdiendo algo. Me interesa expresar solo las emociones humanas más básicas», decĂa el artista. Para Ă©l, el espacio donde se veĂa el cuadro era tan importante como el cuadro en sĂ mismo. ElegĂa lienzos grandes para que la obra te envolviese. «¡Estas dentro de Ă©l, es algo que controlas tĂş!», afirmaba Rothko. «La gente que llora ante mis obras están teniendo la misma experiencia religiosa que cuando los pinté».
Durante esos 10 minutos que permanecimos en la sala sentimos a Rothko como nunca lo habĂamos sentido. No era un cuadro que nos pidiese viajar a otro lugar. Todo lo que tenĂa que decir estaba allĂ en el momento presente.


Han pasado 30 años desde que un grupo de activistas tomaron el control de esta antigua fábrica y lo convirtieron en el centro de la cultura alternativa de la ciudad.
Desde entonces, ha habido tensiones con las autoridades, pero el proyecto ha conseguido consolidarse.
Un total de 18 asociaciones comparten el espacio, programando mĂşsica en vivo, arte, cine independiente, serigrafia y talleres de trabajo.
L’Usine, junto con Rote Fabrik (Zúrich) y Reitschule (Berna), son los abanderados de la cultura autogestionada en Suiza. Los tres han conseguido apoyo gubernamental sin comprometer su independencia.


Café Portier. Qué buen nombre.
Lo vi, me acerqué y me senté. Sin pensarlo demasiado. Sin darle muchas vueltas.
La antigua guarida del portero es hoy un café sugerente para pasar la tarde. Con aires de los años 50, se sitúa en la entrada de Lagerplatz, una zona posindustrial a la que se le ha devuelto la vida con una mezcla de comercios, tiendas y talleres.
ÂżCĂłmo serĂa mi vida aquĂ? ÂżA quĂ© me dedicarĂa? Durante el tiempo que tardĂ© en acabarme mi tĂ© me montĂ© una vida paralela en Winterthur que empezaba todas las mañanas con tomar el desayuno en el CafĂ© Portier.



Ginebra es la ciudad más diversa y cosmopolita de toda Suiza (el 37% de la población es extranjera). Pero si hay un sitio donde las diferencias sociales se difuminan, es en los baños de Paquis, el lugar predilecto de los ginebrinos para poner el cuerpo a remojo durante el verano.
El espacio sigue manteniendo su espĂritu popular y accesible gracias a un grupo de activistas locales, que se movilizaron en 1987. Aquel año el Ayuntamiento presentĂł un proyecto para renovar completamente los baños.
Temerosos de perder la personalidad del espacio, un grupo de activistas constituyeron una asociaciĂłn llamada l’Association d’usagers des Bains des Pâquis (AUBP) y consiguieron firmas para someter el plan a referendum. El 25 de septiembre de 1988, más de 17.000 personas votaron en contra, obligando al Ayuntamiento a abandonar el proyecto.
A partir de esa victoria de la democracia directa, la gestión del espacio ha estado en manos de la AUBP, que sigue velando por la integridad de los baños.
En invierno, existe la tradiciĂłn de venir aquĂ a tomar fondue en su restaurante. Pero en verano es cuando el espacio encuentra su verdadera razĂłn de ser, acogiendo a gente de todas las edades y clases sociales. Una razĂłn de ser por la que merece la pena luchar.



A la cima del monte Bré llegamos volando.
El gran mirador de Lugano está conectado con la ciudad con un funicular que llega a su destino con extrema facilidad.
Pero ¿por qué se ven destellos blancos en el margen derecho de esta foto?
Son pequeños errores producto de la fotografĂa analĂłgica, bellos fallos que dan la sensaciĂłn de estar contemplando un sueño o un recuerdo.
En la era de la fotografĂa digital, en la que no hay casi lĂmite de fotos que podemos hacer, trabajar con cámaras que usan carrete obliga a los fotĂłgrafos a tomar menos instantáneas. Es lo que hicimos en este viaje. Todas las imágenes que mostramos en esta guĂa están hechas con cámara analĂłgica.
«Tienes menos margen para equivocarte. Te obliga a pensar más antes de hacer la foto», explica LluĂs, el fotĂłgrafo que me acompaña en esta aventura. «Además, sigues contando con la cámara de tu mĂłvil, por si acaso».
Hay un elemento más que contribuye a la belleza de lo analĂłgico. El revelado. Cuando haces la foto, no tienes una pantalla para poder ver el resultado en tiempo real. Toca esperar hasta el final del viaje. EnvĂas los carretes a un laboratorio y en unos pocos dĂas recibes los resultados en un archivo digital. Un ejercicio de paciencia en la era de la impaciencia.