Momentos urbanos suizos
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La vida brota bajo este viaducto mientras los trenes pasan por arriba.
En sus 56 arcos no falta de nada. Puedes tomar el aperitivo, dar clases de tango, comprar queso, hacer ejercicio, trabajar un rato en un coworking, comprar muebles, ver un concierto en directo.
Construido en 1894 con piedra tallada, anteriormente albergó talleres y almacenes antes de caer en el olvido. En Zúrich son unos verdaderos maestros del aprovechamiento del espacio y este es el enésimo ejemplo de ello.


«Cultivar la habilidad de prestar atención a las cosas que otros solo pasan por alto es crucial en cualquier proceso creativo», Rob Walker.
Uno de los libros que nos acompañó durante el viaje fue The Art of Noticing, de Rob Walker. Una obra en la que el periodista neoyorquino nos ayuda a trabajar la curiosidad en la era de la distracción.
«Mis ejercicios se basan en mirar por la ventana, sentarse en silencio durante unos minutos, hacer un mapa de sonidos del barrio y entrevistar a un desconocido», cuenta en el libro.
Aquella tarde, mientras caminábamos por el barrio de Les Grottes, decidimos seguir sus consejos. Uno de los juegos que más le gustan a Walker es caminar por la ciudad fijándose solo en las cámaras de seguridad. Cogiendo esta dinámica como inspiración, decidimos caminar durante dos horas buscando únicamente contenedores de basura. ¿Dónde suelen estar puestos? ¿Se esconden o están a la vista?
En esa exploración urbana llegamos a este callejón de salida lleno de grafitis. Un lugar que probablemente no habríamos encontrado de no haber sido por los ejercicios de Rob Walker.



100 segundos para llegar a una de las mejores panorámicas de Zúrich.
Es lo que tarda el funicular Polybahn en llegar a la Polyterrase, una plaza libre de obstáculos para contemplar la ciudad.
Aquí se encuentra también la sede monumental de la Universidad Politécnica de Zúrich (ETH, por sus siglas en alemán). Más de 21 premios Nobel (entre ellos Einstein) han pasado por este centro especializado en ciencias, que está entre las 10 mejores universidades del mundo. Sus graduados son tan codiciados que Google tiene una de sus oficinas más importantes del mundo en Zúrich, donde trabajan más de 2.000 personas.
Hoy, más que nunca, el coronavirus nos ha demostrado que una nación que no invierte en ciencia está condenada al fracaso. Algo que los suizos parecen tener muy claro. ETH cuenta con un presupuesto anual acorde a su importancia: 1.885 millones de francos.


Un huerto en el casco antiguo.
Caminar sin rumbo por el centro histórico de Berna regala este tipo de caramelos visuales. Entrena la mirada. Déjate llevar por el instinto. No te obsesiones con sacar fotos en cada momento. Cuando algo te llame la atención, imagínate el encuadre. Cuando te guste lo que ves, acerca el ojo a la mirilla de la cámara y ¡clic!


En cuestión de minutos se había quedado completamente vacía.
Llegamos justo cuando acababa una misa y los feligreses estaban de partida. Desde la calle no había nada que reclamase nuestra atención. Era como si no quisieran que entrara nadie: una fachada apagada y un ventanal que no deja ver hacia adentro. Una estructura que imita las formas de una fábrica. Todo cambia cuando abres la puerta de entrada. De pronto, reina el silencio seguido del éxtasis por la espectacularidad de este espacio.
Construida entre 1925 y 1927 por el arquitecto Karl Moser, es una de las primeras iglesias fabricadas en su totalidad con hormigón armado. El edificio es, además, un símbolo de la capacidad de evolución que tenemos los seres humanos. A menos de dos kilómetros de ahí hay otra iglesia llamada St Paul’s, construida también por Moser treinta años antes. Es de estilo clásico. Muy distinta a la iglesia de San Antonio. Otro lugar que hay que explorar.



400 días para conquistar el monte Pilatus.
Es lo que tardó Eduard Locher en construir el tren cremallera al monte Pilatus, inaugurado en 1888. Antes se necesitaban cinco horas a pie para alcanzar la cima. Ahora, gracias a esta maravilla de la ingeniería, se puede llegar en aproximadamente una hora.
Cogimos el tren en Alpnachstad, a orillas del lago, a 440 metros de altitud. Treinta minutos después llegamos a la cima, a 2.073 metros por encima del nivel del mar. Es durante el trayecto cuando te das cuenta de la proeza del ingenio de Locher y su equipo.
El tren Pilatus llega a tener una inclinación máxima del 48%. Pensad en esos sufridos ciclistas que suben cuestas en el Tour de Francia. En el peor de los casos, el desnivel que deben encarar es del 13%. Casi cuatro veces menos.
Para que el tren pudiese subir la pendiente sin problemas, Locher inventó un sistema de cremallera que permite la sujeción absoluta de los vagones a la vía. Durante el ascenso no se viaja, se vuela.
Una vez arriba, nos alejamos de la estación y tomamos asiento en una roca. A lo lejos sonaba una trompa alpina. Un pastor con sombrero tradicional pasó a nuestro lado y nos soltó un «¡grüezi!», hola, en suizoalemán.
La vuelta a Lucerna la hicimos por el otro lado del monte Pilatus, en un teleférico de última generación totalmente automatizado. Suiza tiene este tipo de contrastes constantemente. Un apego por la tradición y lo propio, pero siempre abiertos a lo nuevo. Al más puro estilo de Eduard Locher.