Momentos urbanos suizos
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El rugido delicado del barco resonaba en nuestros oídos.
Hacía solo media hora antes estaba tomando un ‘capuccino’ en el centro de Lugano, y ahora estaba en un pequeño pueblo rodeado de bosques y agua. Los barcos que surcan el lago de Lugano tienen esa capacidad de teletransporte.
La vuelta a la ciudad la hicimos por el sendero de los olivos. Un camino que empieza en el pueblo de Gandria, una localidad que cuenta con una conexión histórica con Madrid. Aquí nació y murió Virgilio Rabaglio, el arquitecto que fue maestro de obras del Palacio Real de Madrid en el siglo XVIII y que posteriormente proyectó el palacio de Riofrío, en Segovia.



El Museo de la Cruz Roja se ha adelantado al futuro. La mayoría de museos se limitan a mostrar objetos o cuadros, manteniendo una distancia entre el espectador y la obra. Aquí es todo lo contrario
El museo convierte la historia de la Cruz Roja en una experiencia multisensorial e inmersiva. Allí conversamos de tú a tú con víctimas de guerras; aprendemos sobre los orígenes de la organización y sobre la importancia del derecho internacional para proteger a personas vulnerables en todo el mundo.
Al final del recorrido llegamos a una exposición temporal que nos dejó boquiabiertos. Una muestra de carteles publicitarios rescatados del archivo de la Cruz Roja. Campañas ingeniosas de salud pública que han salvado muchas vidas. Una de las grandes sorpresas del viaje.



No vale con tener un espacio público espectacular.
Hay que habitarlo. Hay que usarlo, cuidarlo y vivirlo. Y en eso los ciudadanos de Zúrich son verdaderos expertos.
En verano, el verde se funde con el azul del lago. La hora de la comida se convierte en una oportunidad para tirarse al agua. Cuando llega el fin de semana, la interacción con el lago se vuelve más intensa todavía.
Habita Zúrich como otro ciudadano más. Aprovecha las ventajas de ser un outsider. Convierte lo ajeno en propio. Consigue una entrada al teatrillo de la ciudad. ¡Es gratis!


Para conocer mejor una ciudad hay que rascar y no quedarnos en la superficie.
Y eso exige un poquito de osadía. Hay que meterse en lugares donde no acostumbra estar el turista, y uno de esos sitios es el restaurante Kunsthalle. Desde la calle hay pocos elementos que sugieren que se trata de un local abierto al público. La entrada es discreta y los que entran saben a lo que van. Tras cruzar las dos puertas que lo separan del exterior, aparece una sala grande con techos abovedados pintados.
Christian Berzins, periodista del periódico ‘Neue Zürcher Zeitung’, lo define así: «El Kunsthalle, en Basilea, es uno de esos restaurantes donde realmente no importa lo que se come. Al igual que en la ópera, el enfoque no está en las notas altas individuales, sino en la experiencia general. La mejor recomendación, de todos modos, es tomarse el plato del día, que aquí llaman el plat du jour».
En verano el restaurante cambia de aspecto y se vuelca más hacia la calle, con mesas y sillas y una coctelería Campari Bar, considerada de las mejores de la ciudad. Un buen sitio para comer rodeado de las élites de Basilea y constatar que la ostentación brilla por su ausencia. Se respira elegancia, pero reina la discreción, marca de la casa de Basilea.


De todos los lagos, ríos y piscinas naturales que probamos a lo largo de los 24 días que estuvimos en las ciudades de Suiza, hay uno que se nos ha quedado grabado a fuego.
El río Aar, en Berna. Un torrente de agua que nace en los glaciares de la región alpina del Bernese Oberland y llega a la capital con una velocidad media de dos metros por segundo.
Los locales han convertido su fuerte corriente en una fuente de desconexión y entretenimiento. Sentarse en la orilla del río Aar y ver pasar a la gente arrastrada por el agua es hipnótico. Antes de lanzarse al río conviene, al menos, saber nadar bien, seguir las indicaciones de los letreros y, si tenemos alguna duda, preguntar a un local.
Hay varias zonas para bañarse en el río. La mejor es Marzili, al ser la más preparada y habilitada para esta práctica. Desde este punto, situado a 10 minutos a pie del centro de Berna, caminamos durante un kilómetro por la orilla del río hasta llegar a un puente llamado Schönausteg. Nos tiramos al agua y nos dejamos llevar por la corriente. A nuestro alrededor, grupos de amigos, parejas y familias hacían lo mismo, convirtiendo el trayecto en una experiencia compartida. Casi todos llevan consigo unas bolsas impermeables que flotan, un artilugio ingenioso que permite a los nadadores guardar su ropa sin que se moje. Puro sentido común suizo.
A medida que nos acercábamos a la zona de Marzili, fue apareciendo el parlamento suizo en alto. En la orilla izquierda nos sujetamos a unas barandillas rojas, que usamos como trampolín para salir del agua. Y vuelta a empezar.



Desde aquel día puedo decir con seguridad que he subido al cielo en ascensor.
Para alcanzarlo, tuve que coger un barco, seguido de un funicular, seguido de un camino rodeado de árboles inmensos sobre una ladera casi vertical.
Para conocer los orígenes de esta alocada idea hay que viajar a finales del siglo XIX. Franz Joseph Bucher-Durrer era un empresario que había construido un pequeño imperio hotelero de gran lujo en Bürgenstock, un monte con vistas al lago de Lucerna.
La exigencia de sus clientes lo llevó a abrir un sendero en la ladera de la montaña para que pudiesen salir a caminar. A medida que avanzaba el camino, la pendiente era tan empinada que acabó siendo imposible llevarles hasta la cima. Pero Bucher-Durrer no era una persona que se rindiera fácilmente. Inspirado por las formas de la Torre Eiffel, encargó la construcción de un ascensor de 165 metros que elevaría a sus visitantes al cielo. Tras cinco años de trabajo arduo liderado por mineros italianos y austriacos, el elevador fue inaugurado en 1905, convirtiéndose en una gran atracción.
Aquel día, al llegar a la cima en ascensor, se abrieron las puertas y apareció una vista casi interminable de los Alpes. Fue en ese momento cuando entendí por qué Bucher-Durrer insistió tanto en construir lo que probablemente muchos tildaron de majadería en su día.