Momentos urbanos suizos
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En verano las opciones para tomar algo en ZĂşrich aumentan de forma exponencial.
Una de las más acogedoras es la isla de Bauschänzli, situada en pleno centro histĂłrico. Durante los meses más calurosos se transforma en una terraza sin pretensiones donde tomar algo. Desde aquĂ hay una vista privilegiada de QuaibrĂĽcke, el puente más concurrido de la ciudad, por el que pasan tranvĂas y ciclistas constantemente. Un buen panorama para descansar la vista.


—Buscamos la piscina —informamos al encargado del local.
—¡Seguidme! —contestó sin pensarlo dos veces.
Nos guio por unas escaleras, sacĂł un juego de llaves, las metiĂł en la puerta y ¡zas! AllĂ estaba. Una piscina interior gigante completamente vacĂa.
—Hemos hecho de todo aquĂ. PelĂculas, presentaciones, exposiciones, fiestas, representaciones teatrales —nos explicĂł visiblemente emocionado por las posibilidades de este enorme cubo rectangular— ¡Ah, que no me he presentado! Me llamo Dominic, por cierto.
En cuestiĂłn de segundos habĂamos llegado al corazĂłn de Neubad, uno de los centros culturales más punteros de Suiza.
Desde 2013, las antiguas instalaciones deportivas han sido transformadas en salas de trabajo y un cafĂ© restaurante muy concurrido por los hĂpsteres locales. Pero el verdadero centro gravitacional de Neubad es, y siempre será, la piscina.
Dominic dice estar tan entusiasmado como el primer dĂa con el proyecto pese a las dificultades de sacarlo adelante. «No pagamos alquiler al Ayuntamiento bajo la condiciĂłn de no costarle ni un franco a las arcas pĂşblicas. Eso nos obliga a no estar quietos nunca; siempre nos inventamos cosas para darle vida a esto».



¿Qué entendemos por comida tradicional en una ciudad en la que el 37% de la población es extranjera?
Markthalle es el lugar al que hay que acudir para descubrirlo. Situado a cinco minutos caminando desde la estaciĂłn central, la visitamos a mediodĂa para comer algo rápido y nos encontramos un ambiente distendido y relajado.
Oficinistas y profesionales liberales hacen cola en unos cuarenta puestos que ofrecen comida de todo el mundo. Teriyaki japonĂ©s, hummus israelĂ, dumplings cantoneses, pad thai tailandĂ©s, souvlaki griego. Comida afgana, etĂope, india, cubana, venezolana, argentina. Las opciones son inabarcables y el hecho de que cada local se especialice en unos pocos platos hace que la calidad-precio sea notable.
Abierto en 1929, el mercado entrĂł en declive a principios de los 2000 antes de ser rescatado por un grupo de promotores que consiguieron reinventarlo. Otro detalle a tener en cuenta: aquĂ se celebran mercados de pulgas los fines de semana.


Brutalismo delicado. Parece un oxĂmoron.
Los prejuicios han llevado a que muchos piensen que el brutalismo, un estilo arquitectónico popularizado entre los 60 y 70, no puede ser sensible por el uso indiscriminado que hace del hormigón. Esta obra, diseñada por Jack Bertoli en 1975, rompe este mito. El edificio imita las formas de una flor, lo que le ha valido el apodo de La Tulipe (el tulipán). Una pequeña joya que merece ser fotografiada.


Para mĂ, la parte más placentera de viajar no es ver monumentos, sino mimetizarme con los locales.
Es aprender cĂłmo vive la gente en lugares ajenos al mĂo. Y uno de los mejores sitios para hacerlo en Lucerna es Seebad Luzern. Esta estructura de madera flotante es una de las más concurridas en verano por los locales para darse un chapuzĂłn en el lago.
Esta ingeniosa construcciĂłn tiene todo lo necesario para disfrutar del agua. Casetas para cambiarse, un bar y un restaurante para picar algo, una zona al descubierto para tomar el sol y una serie de escaleras de madera que conducen directamente al lago. ÂżEl coste? Seis francos, sin lĂmite de tiempo.
Durante los tres dĂas que estuvimos en Lucerna siempre acabamos el dĂa aquĂ y siempre fue difĂcil irse. Cuando baja el sol la gente se quita el bañador y Seebad Luzern se convierte en un bar. Un buen lugar para quitarse el uniforme de turista.

En los tres años que viviĂł en Berna (1903-1905), Albert Einstein desarrollĂł la teorĂa de la relatividad, una de las contribuciones más importantes del cientĂfico al destino de la humanidad.
Y dicen que uno de los elementos que más inspirĂł al fĂsico alemán fue Zytglogge, el gran reloj que domina el centro de Berna. Situado en la calle donde vivĂa con su primera mujer, Mileva Marić, fue aquĂ donde se dio cuenta de que el tiempo podĂa ir a distintas velocidades, dependiendo del movimiento de cada uno.
En palabras de la BBC, «Einstein escuchĂł la campana una tarde de mayo de 1905. (…) Cuando mirĂł a la torre, de pronto se imaginĂł una escena inimaginable. ÂżQuĂ© pasarĂa si un tranvĂa se alejara de la torre a la velocidad de la luz? Si Ă©l estuviera sentado en el tranvĂa, su reloj seguirĂa marcando el paso del tiempo. Pero si girase para ver la torre, el reloj estarĂa parado».