Momentos urbanos suizos
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No es necesario gastarse grandes sumas de dinero para embellecer una ciudad.
A veces todo lo que necesitas es un poquito de imaginación y dar rienda suelta a las plantas. Esta estampa urbana me recordó a ‘Lo pequeño es hermoso’, un libro de los años 70 que abogaba por prestar más atención a lo pequeño como contrapunto a quienes siempre apuestan por el cuanto más grande, mejor. La belleza, frecuentemente, se encuentra en la suma de muchas cosas pequeñas.



Antes de que nos pusiéramos gafas para ver imágenes en 3D, había una tecnología que buscaba hacer lo mismo sin necesidad de usar pantallas ni electricidad.
Consistía en pintar escenas en edificios circulares y añadir elementos físicos para generar la sensación de estar viviendo una experiencia en tres dimensiones. A esas pinturas las llamaron panoramas.
Popularizados en el siglo XIX, uno de los pocos panoramas que quedan en el mundo se encuentra en Lucerna. La pintura tiene 112 metros de largo y se desarrolla a lo largo de un muro esférico. Muestra al ejército francés derrotado cruzando la frontera suiza tras el final de la Guerra Franco Prusiana.
El paisaje interminable está cubierto de nieve. Se masca la desolación que produce la guerra. Un alegato antibélico absolutamente conmovedor.


Pacquis es un barrio en el que se practica el teletransporte. En un kilómetro a la redonda puedes viajar de Eritrea a Tailandia con parada en Portugal.
Tras pasar una hora zigzagueando por sus calles, la decisión estaba tomada. Nuestro destino sería Líbano.
Parfums de Beyrouth es de esos sitios en los que sabes que todo estará bueno antes de entrar por la puerta. Lleno a rebosar, los camareros se mueven de manera frenética para atender las distintas peticiones de los comensales.
«Es como si alguien hubiese desmontado un restaurante de comida rápida en Beirut piedra por piedra y lo hubiese transportado a las calles de Ginebra», comenta Lluís, el fotógrafo que me acompaña en este viaje. Sabe de lo que habla. Ha pasado largas temporadas en la capital libanesa.
La clientela es tan variada como la demografía ginebrina, de la que el 37% de la población es extranjera. Una pareja vestida con ropa de marca y relojes caros comparte el salón con hippies y obreros de la construcción.
30 segundos después de entrar por la puerta se libera una mesa. Pedimos dos shawarma, hummus y mutabal. Cinco minutos después, ya está en nuestra mesa preparada por un ejército de cocineros expertos en envolver carne recién cocinada en pan de pita a toda velocidad.
La comida es exquisita. El precio lo hace más interesante todavía. 30 francos para dos.
Probablemente la mejor relación calidad-precio de toda Suiza, con un viaje a Beirut incluido.


El arte no siempre fue accesible para todos. Antes de estar expuesto en museos, la práctica totalidad de las obras colgaban en estancias privadas para disfrute de unos pocos.
En 1661 el Ayuntamiento de Basilea compró una colección del pintor Hans Holbein y, poco después, la expuso públicamente para que los habitantes de la ciudad pudiesen disfrutarla. Un acto revolucionario que rompió la barrera que impedía acercar el arte al gran público. A partir de entonces, la relación entre las élites de la ciudad y el Kunstmuseum Basel ha sido de profunda implicación mutua. El museo es el espejo de los anhelos y gustos de sus habitantes más potentados durante los últimos cuatro siglos. Un hecho que ha contribuido a que la colección esté entre las más importantes del mundo.
Nosotros despejamos una mañana entera para ver la colección aunque se puede echar el día fácilmente. La primera planta está dedicada a los grandes maestros centroeuropeos del renacimiento. Fue aquí donde encontramos una de las obras más impresionantes de toda la colección. Se llama ‘La anunciación después de Tiziano’, y es una serie de cinco cuadros del pintor alemán Gerhard Richter que reinterpretan la obra de Tiziano en secuencia.
El segundo piso alberga cuadros de los siglos XIX y XX. Además de los impresionistas archiconocidos, dale una oportunidad a Ferdinand Hodler, un artista suizo del simbolismo que estuvo activo hasta 1918. Otro cuadro que nos dejó una impronta fue La isla de los muertos, de Arnold Böcklin. Y cuando ya piensas que no queda más por ver, un pasadizo subterráneo te lleva a un ala moderna inaugurada en 2016 que exhibe obras contemporáneas y exposiciones temporales.


Si tienes un reloj de alta gama que no funciona, existe una enorme probabilidad de que Fabian e Yvon Desbiolles sepan cómo arreglarlo.
Padre e hijo regentan uno de los talleres de reparación más prestigiosos de Ginebra. Un trabajo que requiere un nivel de especialización apabullante. Cada reloj artesanal que entra por sus puertas es un mundo. Suyo es el difícil trabajo de averiguar cómo conseguir que funcione de nuevo.
Lo hacen desde una ciudad considerada el centro global de la relojería de lujo. El primer representante de una industria que se concentra principalmente en la suiza francófona (aunque con presencia también en la suiza alemana).
Cuando me asomé al escaparate, padre e hijo se encontraban en ese momento escudriñando los interiores de un reloj con una lupa en la mano. Me hubiera gustado tener un reloj averiado para tener una excusa para entrar, pero tuve que conformarme con ser un voyeur desde el escaparate.


Desde este mirador situado en la Place de la Cathédrale, el lago de Lemán parece un océano.
No se ve el final.
¿Cuántas personas se habrán sentado en este mismo banco a lo largo de los siglos?
Una chica se levanta y aprovecho para sentarme. Mi cerebro se impacienta y me pide levantarme. Me resisto a hacerlo. Hoy parece que lo más difícil es parar.
La inmensidad del horizonte ayuda a relativizar los malos pensamientos. Todo se vuelve más pequeño e insignificante. Los problemas se difuminan en los techos de los edificios.
Tolón, tolón, tolón, tolón.
La campana de la catedral me despierta de la ensoñación. Me levanto y sigo mi camino. Un adolescente aprovecha mi marcha para sentarse en el banco. Y así sucesivamente, hasta la eternidad.