Momentos urbanos suizos
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AllĂ arriba, en lo más alto de la ciudad, me quedĂ© traspuesto por un árbol, una haya llorona cuyas ramas tocaban el suelo, contribuyendo a su aire de melancolĂa.
Es posiblemente el árbol más preciado de todo Lausanne en una ciudad que se toma muy en serio el cuidado de sus espacios verdes. El Ayuntamiento ha catalogado más de 20.000 árboles, y su equipo de jardineros presta especial atenciĂłn a especies como esta, que tienen más de un siglo de vida. Una polĂtica que busca no solo dar una vida digna a los árboles más ancianos, sino asegurarles una muerte lo más respetuosa posible sin talas indiscriminadas.
Esta haya llorona se encuentra en el interior del parque de L’Hermitage, un espacio verde paradisĂaco a 10 minutos del centro histĂłrico. Y en el centro de todo, la Fondation L’Hermitage, que organiza exposiciones temporales de arte. El mejor sitio para escapar de la ciudad sin salir de ella.



175 kilĂłmetros de carriles bici convierten a Winterthur en la mejor ciudad de Suiza para ir en bici.
Casi todo lo importante se puede alcanzar a pie, pero si tienes poco tiempo, ¡alquilate una!



«Yo os recomendarĂa subir a Drei Weieren; son nuestros baños», nos contestĂł un camarero.
Pregunta siempre a un local que te recomiende algo de la ciudad donde estás. Es una regla básica que intento imponerme cuando viajo. Por mucho que investigues de antemano, siempre hay cosas que se te escaparán.
Y allà fuimos. Llegar fue fácil; un paseo breve, seguido de una subida igual de breve en funicular y un camino de 500 metros. Son tres piscinas naturales, una al lado de otra, sobre una colina con vistas a la ciudad. Entremedias, varias casetas se utilizan como vestuarios para los bañistas.
El espacio nunca se desaprovecha. En verano, medio St. Gallen se baña aquĂ. En invierno se usa como pista de patinaje. Y entremedias, la gente saca sus perros a pasear y recorre sus senderos. La naturaleza siempre está a mano en las ciudades suizas.



No nos gustan las postales.
O, por lo menos, no le vemos sentido a hacer fotos que reproducen imágenes que ya existen en postales.
Pero esa tarde confluyeron varios elementos que hicieron imposible resistirnos a captar este momento. Una lluvia suave e intermitente, una puesta de sol, unas nubes revueltas y un mirador con la visión más completa del centro histórico de Berna.
Berna no se parece en nada a las demás capitales europeas porque carece de todos los elementos que solemos identificar con una gran capital. Es pequeña y su centro es como un pueblo. Apenas ha tenido guerras en los últimos 600 años, y este hecho ha contribuido a que su estructura medieval esté casi intacta.
No tiene avenidas imperiales, monumentos rimbombantes ni un exceso de sĂmbolos que buscan proyectar poder. Berna alberga el parlamento, pero en un paĂs tan descentralizado su poder es relativo. Su poder es blando, su poder es sutil, como Suiza misma.


ÂżCĂłmo no dignificar con una fotografĂa el trabajo de los artesanos que hicieron posible esta fachada?
La Farmacia Luganese es uno de esos comercios clásicos que luchan contra las franquicias. Una tienda que entiende la importancia de la tipografĂa para presentarse ante los viandantes. Me hubiera gustado tener un ligero catarro para poder entrar a comprar algo.



El Museo de la Cruz Roja se ha adelantado al futuro. La mayorĂa de museos se limitan a mostrar objetos o cuadros, manteniendo una distancia entre el espectador y la obra. AquĂ es todo lo contrario
El museo convierte la historia de la Cruz Roja en una experiencia multisensorial e inmersiva. AllĂ conversamos de tĂş a tĂş con vĂctimas de guerras; aprendemos sobre los orĂgenes de la organizaciĂłn y sobre la importancia del derecho internacional para proteger a personas vulnerables en todo el mundo.
Al final del recorrido llegamos a una exposición temporal que nos dejó boquiabiertos. Una muestra de carteles publicitarios rescatados del archivo de la Cruz Roja. Campañas ingeniosas de salud pública que han salvado muchas vidas. Una de las grandes sorpresas del viaje.