Momentos urbanos suizos
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No es necesario gastarse grandes sumas de dinero para embellecer una ciudad.
A veces todo lo que necesitas es un poquito de imaginación y dar rienda suelta a las plantas. Esta estampa urbana me recordó a ‘Lo pequeño es hermoso’, un libro de los años 70 que abogaba por prestar más atención a lo pequeño como contrapunto a quienes siempre apuestan por el cuanto más grande, mejor. La belleza, frecuentemente, se encuentra en la suma de muchas cosas pequeñas.


A veces, todo lo que necesitas para decidir sentarte en un lugar es un buen letrero de neón.
Lo vimos desde la calle, en el fondo de una galería comercial con aires modernistas, y no dudamos ni un minuto.
Nos acercamos a la entrada para pedir mesa. ¡Oh! Decepción. «Estamos llenos, lo sentimos mucho», nos informó el maitre en nuestra última noche en Berna.
Seguimos nuestro camino con la duda en el cuerpo. ¿Cómo habría sido nuestra experiencia si hubiesen tenido mesa? ¿Habría cambiado el rumbo de nuestro viaje? Una buena pregunta para debatir con Albert Einstein, que un siglo antes desarrolló la teoría de la relatividad en estas calles.
PD: Al día siguiente descubrimos que nuestra intuición no nos había engañado. Es un local muy popular entre los autóctonos, y entre semana tiene un menú del día por 20 francos, un chollo para Suiza.


Museos de arte concebidos como cubos blancos.
Es una fórmula que se repite en muchas ciudades. Tiene sentido: se busca no contaminar las obras que se exponen. Pero el resultado muchas veces roba la personalidad de los espacios, algo que no ocurre en el Kunsthaus de Zúrich. El museo de arte más importante de la ciudad es una obra de arte en sí mismo.
Inaugurado en 1911, el arquitecto Karl Moser llenó los interiores de elementos decorativos inspirados en el movimiento secesionista vienés. La escalinata que da entrada al espacio está cubierta de murales del pintor Ferdinand Hodler, creados exclusivamente para el edificio. En las salas más monumentales, los patrones en el suelo y las paredes añaden un elemento más inmersivo a la experiencia de ver los cuadros.
Además del impresionismo francés, destaca la colección de Edvard Munch, la más completa fuera de Noruega, y la colección de paisajismo alpino de pintores que desconocíamos, como Giovanni Segantini y Johann Heinrich Wüest.
La terraza del restaurante está decorada con murales de Miró, y en la salida hay una de las esculturas de Rodin más impresionantes que he visto jamás: la Puerta del infierno. Una obra en el que el escultor francés se imagina cómo sería la entrada al averno (spoiler: tiene mala pinta).
Actualmente el Kunsthaus está inmerso en uno de los proyectos más importantes de su historia: la construcción de un nuevo edificio que incrementará el espacio expositor en un 78% y albergará la colección de arte impresionista más importante fuera de París.


Pacquis es un barrio en el que se practica el teletransporte. En un kilómetro a la redonda puedes viajar de Eritrea a Tailandia con parada en Portugal.
Tras pasar una hora zigzagueando por sus calles, la decisión estaba tomada. Nuestro destino sería Líbano.
Parfums de Beyrouth es de esos sitios en los que sabes que todo estará bueno antes de entrar por la puerta. Lleno a rebosar, los camareros se mueven de manera frenética para atender las distintas peticiones de los comensales.
«Es como si alguien hubiese desmontado un restaurante de comida rápida en Beirut piedra por piedra y lo hubiese transportado a las calles de Ginebra», comenta Lluís, el fotógrafo que me acompaña en este viaje. Sabe de lo que habla. Ha pasado largas temporadas en la capital libanesa.
La clientela es tan variada como la demografía ginebrina, de la que el 37% de la población es extranjera. Una pareja vestida con ropa de marca y relojes caros comparte el salón con hippies y obreros de la construcción.
30 segundos después de entrar por la puerta se libera una mesa. Pedimos dos shawarma, hummus y mutabal. Cinco minutos después, ya está en nuestra mesa preparada por un ejército de cocineros expertos en envolver carne recién cocinada en pan de pita a toda velocidad.
La comida es exquisita. El precio lo hace más interesante todavía. 30 francos para dos.
Probablemente la mejor relación calidad-precio de toda Suiza, con un viaje a Beirut incluido.


Era el oscuro verano de 1816. En Villa Diodati, junto al lago de Ginebra, se reunieron Lord Byron y su médico, el doctor Polidori, con el poeta Percy Shelley, Mary Godwin (la futura esposa de Percy) y Claire (la hermanastra de Mary).
Hacía un frío que pelaba. Bramaban rayos y truenos, y de algún modo, su electricidad se apoderó de las conversaciones nocturnas alrededor de la chimenea.
Hablaban de esas teorías científicas que pretendían devolver la vida a los muertos con una descarga eléctrica, divagaban sobre los autómatas (los antecesores de los robots) y se obsesionaron con las historias alemanas de fantasmas.
Una noche, frente a los chasquidos del fuego, Lord Byron retó a sus amigos: «Cada uno escribirá un cuento de fantasmas». Días después, al meterse en la cama, Mary no podía dormir. Cerró los ojos y de pronto: «Vi el horrendo fantasma de un hombre extendido y entonces, bajo el poder de una enorme fuerza, aquello mostró signos de vida, y se agitó con un torpe, casi vital, movimiento».
Dos años después, con solo 20 años, Mary Shelley publicó de forma anónima el relato de terror que apareció aquella noche sobre su almohada: Frankenstein o el moderno Prometeo.
Una mañana nos dirigimos a la casa donde se gestó esta obra maestra de la literatura. Sabíamos que no estaba abierta al público, pero nuestra mitomanía se impuso y decidimos ir de todas maneras. De la visita salió esta foto del muro de la casa, en el que se divisa la nariz de un ser que bien podría ser Frankenstein.
A unos pocos metros de la villa nos sentamos en un banco con vistas ininterrumpidas al lago. En realidad, no hacía falta ver la casa. Bastaba con cerrar los ojos y usar la imaginación, como hizo Shelley aquel lluvioso verano de 1816.


En Les Grottes habita una Ginebra paralela sin vistas al lago ni hoteles de lujo ni tiendas de alta gama.
Es una Ginebra con los pies en la tierra, sin nombres compuestos, donde la gente se pide un café y echa la tarde.
El barrio ha mantenido su personalidad gracias a muchas décadas de lucha vecinal. Las movilizaciones más importantes ocurrieron en los años 70, consiguiendo paralizar un plan del Ayuntamiento que intentó arrasar el barrio para construir un centro comercial y bloques de viviendas.
Hoy Les Grottes está a salvo, pero su espíritu iconoclasta se está viendo amenazado cada vez más por la gentrificación. De momento, la ciudad cuenta con una ventaja para mantener la paz social: un parque de viviendas de protección oficial con alquileres asequibles.