Momentos urbanos suizos
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Recomendar a un turista ir a un sitio que no es turístico, aun a riesgo de convertirlo en turístico.
El dilema siempre existe antes de incluirlo en una guía. Este riesgo no parece existir en Alpenrose. Primero, porque su localización está alejada pero no lejos del Zúrich más concurrido por foráneos (en Zúrich nada está realmente lejos gracias a sus tranvías supereficientes). Segundo, porque no siempre es fácil conseguir mesa debido a la gran demanda que tiene entre los locales.
«Yo lo definiría como el sitio adonde te llevaría un amigo suizo si vienes a Zúrich a visitarlo. No servimos ni fondue ni raclette; eso proviene de las montañas. Aquí la comida de nuestra infancia es otra y por eso casi toda nuestra clientela es local», cuenta el maitre de Alpenrose, un restaurante tradicional situado en el barrio posindustrial de Zúrich West.
Las recetas en el menú no nos suenan de nada y eso lo hace aún más apetecible.
Gilliertes Flanksteack von Rind aus Ennetürger mit Krauterbutter
Suhre Mocke mit Schmorgemüse so wie früher
Optamos por el especial del día. Carne de cerdo cocinada a fuego lento durante 26 horas que se derrite en la boca. Antes, una sopa fría de pepino.
Durante 22 años este negocio perteneció a Tine Giacobbo y Katharina Sinniger, dos entrañables mujeres que lo convirtieron en un lugar mítico. Antes de eso fue un pub restaurante durante casi un siglo. En 2016, tras la retirada de las patronas, un grupo de restauración compró el local y lo reformó respetando el nombre y todos los elementos que habían convertido el sitio en legendario.
La compañía se llama Work Chain Foundation y una de sus características es que la mitad de sus empleados tienen algún tipo de discapacidad o están en riesgo de exclusión social.
Su compromiso para crear una experiencia auténticamente suiza incluye los productos. «Todo es de aquí. Bueno, todo menos el limón y la naranja. Pongo la mano en el fuego».

En los tres años que vivió en Berna (1903-1905), Albert Einstein desarrolló la teoría de la relatividad, una de las contribuciones más importantes del científico al destino de la humanidad.
Y dicen que uno de los elementos que más inspiró al físico alemán fue Zytglogge, el gran reloj que domina el centro de Berna. Situado en la calle donde vivía con su primera mujer, Mileva Marić, fue aquí donde se dio cuenta de que el tiempo podía ir a distintas velocidades, dependiendo del movimiento de cada uno.
En palabras de la BBC, «Einstein escuchó la campana una tarde de mayo de 1905. (…) Cuando miró a la torre, de pronto se imaginó una escena inimaginable. ¿Qué pasaría si un tranvía se alejara de la torre a la velocidad de la luz? Si él estuviera sentado en el tranvía, su reloj seguiría marcando el paso del tiempo. Pero si girase para ver la torre, el reloj estaría parado».


«Existía la necesidad de explicar aquello que durante muchos años ha modificado el devenir del planeta», decía Charles-Henri Favrod (1927-2017), fundador del Musée de l’Elysée, en una entrevista con el historiador local Bernard Jeker.
Abrir un museo de fotografía en 1986 fue un acto revolucionario. No existía nada igual en toda Europa y Favrod había convencido a las autoridades locales para convertir un palacete vacío a orillas del lago de Lemán en el lugar para ponerlo en marcha.
Retrospectiva tras retrospectiva, exposición a exposición, el museo fue convirtiéndose en uno de los más respetados en el ámbito de la fotografía.
Esa necesidad que sentía Favrod de explicar este arte sigue siendo más importante que nunca. La fotografía se ha convertido en un lenguaje casi tan importante como la palabra escrita o hablada. Cada día generamos millones de imágenes, enviamos fotos por WhatsApp a nuestros amigos y lanzamos stories para enseñar lo que estamos haciendo.
En 2021 el edificio que desde 1986 ha albergado la colección cerrará al público. El museo se trasladará a Plateforme 10, una explanada cultural al lado de la estación central de Lausana.
Un proyecto en el que la ciudad ha invertido 180 millones de francos para concentrar el Museo de Bellas Artes (ya inaugurado), el Museo de Diseño y el Musée de l’Elysée en un solo lugar. El futuro ya no está separado por categorías. Todo converge.


«Cultivar la habilidad de prestar atención a las cosas que otros solo pasan por alto es crucial en cualquier proceso creativo», Rob Walker.
Uno de los libros que nos acompañó durante el viaje fue The Art of Noticing, de Rob Walker. Una obra en la que el periodista neoyorquino nos ayuda a trabajar la curiosidad en la era de la distracción.
«Mis ejercicios se basan en mirar por la ventana, sentarse en silencio durante unos minutos, hacer un mapa de sonidos del barrio y entrevistar a un desconocido», cuenta en el libro.
Aquella tarde, mientras caminábamos por el barrio de Les Grottes, decidimos seguir sus consejos. Uno de los juegos que más le gustan a Walker es caminar por la ciudad fijándose solo en las cámaras de seguridad. Cogiendo esta dinámica como inspiración, decidimos caminar durante dos horas buscando únicamente contenedores de basura. ¿Dónde suelen estar puestos? ¿Se esconden o están a la vista?
En esa exploración urbana llegamos a este callejón de salida lleno de grafitis. Un lugar que probablemente no habríamos encontrado de no haber sido por los ejercicios de Rob Walker.


La urbanidad en Zúrich es relativa.
A cinco minutos de la zona más concurrida de la ciudad encuentras la calma más absoluta. El canal Schanzengraben rodea el centro histórico, pero es casi imperceptible si no lo conoces. Durante siglos se utilizó como foso de agua para proteger las murallas de la ciudad antigua. Hoy aísla del ruido de la urbe y actúa como zona de recreo. Es aquí donde encontramos uno de nuestros locales favoritos de Zúrich, el bar Rimini, que abre a partir de las 19.00 de la tarde.
Durante el día, cambia de uso y de nombre. Se convierte en Männerbad y es una zona de baño gratuita abierta solo para hombres (el nudismo está permitido). Los lunes el espacio se transforma en un mercadillo, popular entre la comunidad creativa de la ciudad.
En Zúrich, el uso inteligente del espacio está a la orden del día. Un mismo lugar puede tener muchas caras y eso permite visitarlo más de una vez sin repetir experiencia.



El punto azul de Google Maps se ha convertido en la brújula que alumbra el camino de media humanidad.
Pero el resultado es que, a menudo, acabamos más pendientes de la pantalla del móvil que del lugar donde estamos. El paseo Rehberger está diseñado de tal modo que permite poner el móvil en modo avión y dejarse guiar por las 24 obras de arte instaladas a lo largo de este camino trazado por el artista alemán Thomas Rehberger.
La sensación al recorrerlo recuerda a los peregrinos que seguían las señales de piedras, estrellas y símbolos pintados en los árboles para no perderse por el camino.
Comenzamos el paseo en la Fundación Beyeler. Las primeras obras se encuentran en una gran pradera que acaba repentinamente con un río caudaloso. Cruzamos un puente y, de pronto, un paso fronterizo. En el otro lado está Alemania, pero no hay nadie controlando el paso. Es una muestra de que Basilea tiene tan interiorizado su papel de ciudad transfronteriza que cruzar es tan normal como salir a comprar el pan.
El último tramo atraviesa una colina llena de viñedos. Aquí las obras se vuelven más entretenidas. Unos prismáticos púrpura permiten mirar a lo lejos con mayor nitidez. Debajo aparece el Vitra Campus, el destino final de este camino que termina con la obra número 24, situada justo enfrente del Museo de diseño de Vitra. Una obra de Frank Gehry construida en 1989, antes de que se convirtiera en la superestrella de la arquitectura que es hoy.