Momentos urbanos suizos
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Vivímos en la era de la estética; de lo visual y lo instagrameable.
Los demás sentidos acaban siendo olvidados e ignorados. Pero en la sala de conciertos del KKL Luzern es al revés. Lo que se escucha tiene muchísima más importancia que lo que se ve.
Este templo del sonido está custodiado por tres pesadas puertas. Cada una de ellas filtra y bloquea cualquier interferencia sonora del exterior. Escondido en el suelo, el sistema de ventilación bombea aire tan silencioso que es imperceptible al oído humano.
Todo está medido al milímetro para que nada se interponga entre la música y el espectador. Cincuenta compuertas se abren y cierran según el tipo de concierto. El control absoluto de las ondas hace que el rebote de las notas en la pared se amortigüe, evitando ecos molestos para los músicos.
El responsable de esta obra maestra de la música fue Russell Johnson (1923-2007), contratado por el arquitecto Jean Nouvel para velar por la acústica de la sala. El francés definió la experiencia como «una verdadera aventura en la que inventamos algo nuevo». Nouvel quedó tan impresionado por la sabiduría de Johnson que lo acabó apodando «el guardián del oído».



Había varias opciones para llegar a Ginebra desde Lausana.
El tren era la más rápida: 45 minutos. El autobús tardaba algo más. El barco: tres horas y media. Escogimos el barco. ¿Para qué viajar si viajas con prisa?, me dije a mi mismo.
A las 14.45 entró a puerto el Simplon. Una obra maestra de la ‘belle époque’ que acababa de cumplir un siglo de vida. Dejamos nuestras maletas en un rincón y nos dirigimos a este salón restaurante situado en la parte delantera del barco, recubierto de madera con sillas de terciopelo rojo.
Cada parte del barco ofrecía algo nuevo que descubrir. En la parte central de la nave escuchamos un sonido estruendoso. El motor estaba completamente expuesto a la vista. El choque de pistones, vapor y grasa generaba un ruido hipnótico. A los lados, dos ventanales mostraban las ruedas, que se movían a toda velocidad para mover la embarcación.
Pasamos el resto del viaje en cubierta, sentados en una mesa rodeada de grandes ventanales.
Cuando el barco entró al puerto de Ginebra tres horas y treinta minutos después, deseamos que el tiempo se hubiese parado. Pero no había escapatoria. El viaje se había acabado.


Las terrazas de Morcote te recuerdan constantemente la presencia del lago.
Y por lo que parece, las personas que decidieron ser enterradas aquí tampoco querían olvidarse de él.
El cementerio monumental de Morcote muestra el talento de sus habitantes a lo largo de los siglos para generar espacios sublimes con su ingenio y destreza. Aquí la muerte no es sombría ni triste. Es una celebración de la belleza de la vida.



A los hermanos Freitag nunca les gustó la palabra sostenibilidad.
«No es algo diferenciador, es una necesidad», explicaban en una entrevista para la revista Freunde von Freunden. Para ellos, si un producto no es sostenible en su origen, es un producto fallido y no merece el apelativo de diseño.
Esta filosofía se ha mantenido inalterable desde 1993, año en el que fundaron su marca de bolsas y accesorios Freitag en el barrio de Zúrich West. Los hermanos vivían en un apartamento cochambroso cuya vista daba al puente Hardbrücke, una arteria por la que circulaban muchos camiones.
La observación de este paisaje urbano les llevó a darse cuenta de que estos vehículos siempre estaban forrados con lonas e intuyeron acertadamente que esas lonas acabarían casi siempre en la basura una vez terminada su vida útil.
Fascinados por las posibilidades de este material, empezaron a emplearlo para diseñar bolsas. Y así, de forma muy resumida, nació Freitag.
Hoy es una de las marcas de diseño contemporáneo suizo más respetadas. Su primera bolsa está expuesta en la colección permanente del MOMA de Nueva York.
Llegado el momento de construir una flagship store, era lógico que eligiesen un emplazamiento cercano a donde nació la compañía. El listón estaba muy alto, y, una vez más, recurrieron a una solución ingeniosa y sostenible a la vez. Una torre construida a partir de contenedores de segunda mano. En la parte inferior hay cuatro pisos que conforman la tienda, y en el exterior, una escalera conduce hasta un mirador en el noveno piso.
Freitag es una historia de reinvención, como el barrio donde se sitúa. En 1993, Zúrich West era conocida por la decadencia industrial y los problemas con las drogas. Hoy, es uno de los barrios más dinámicos de la ciudad.
Freitag demuestra que la sostenibilidad, muchas veces, no es ni verde ni bucólica, como la publicidad nos suele vender. Es cruda, bella, ingeniosa e inteligente.


No es necesario gastarse grandes sumas de dinero para embellecer una ciudad.
A veces todo lo que necesitas es un poquito de imaginación y dar rienda suelta a las plantas. Esta estampa urbana me recordó a ‘Lo pequeño es hermoso’, un libro de los años 70 que abogaba por prestar más atención a lo pequeño como contrapunto a quienes siempre apuestan por el cuanto más grande, mejor. La belleza, frecuentemente, se encuentra en la suma de muchas cosas pequeñas.


—¡61 millones de francos para la ópera! ¿Y nosotros qué?
Estamos a principios de los 80 y los movimientos estudiantiles están caldeados. Hay mucha frustración. Mientras a los adolescentes les niegan espacios culturales libres y accesibles, el Ayuntamiento acaba de gastar una millonada en la remodelación de la ópera.
Los siguientes años estuvieron dominados por protestas, ocupaciones y presiones. Ruido que acabó dando sus frutos cuando en 1988 abrió el centro juvenil Dynamo, respaldado con 15 millones de francos de dinero público. 30 años más tarde, el proyecto ha conseguido mantenerse alejado de la institucionalidad con una propuesta que evoluciona con los tiempos.
En el interior hay talleres, estudios de grabación, laboratorios e impresoras que permiten a los jóvenes desarrollar sus inquietudes. En el sótano hay una discoteca participativa cuyos responsables rotan con el fin de coger experiencia laboral.
Situado en una antigua fábrica de cerveza, el edificio se encuentra sobre el río Limago. Una zona de baño posindustrial con un restaurante que sirve platos sencillos a precios razonables.
Una buena oportunidad para empaparse de la cultura juvenil en Zúrich.