Momentos urbanos suizos
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«Siéntate en el lado izquierdo del tren», le digo a Lluís, el fotógrafo que me acompaña en esta aventura.
Me pregunta por qué pero prefiero decirle que espere. Estamos saliendo de la estación de Berna y en poco más de una hora esperamos llegar a Lausana.
El viaje es agradable, pero desde la ventana no se contemplan esas estampas que uno suele asociar con Suiza. Apenas vemos montañas ni lagos, más bien campos agrícolas y bosques.
A medida que el tren se acerca a Lausana, el paisaje pega un vuelco. Estamos de pronto en lo alto de una colina. Debajo aparece una ristra de viñedos en terrazas sobre un lago que parece no acabar nunca.
Lluís se mueve por el vagón del tren intentando exprimir cada ángulo posible con su cámara. Está tan absorto por intentar capturar el paisaje que no le da tiempo a disfrutarlo. La ventana del tren enmarcaba el panorama.
Estábamos volando por encima de las terrazas de Lavaux. Viñedos que llevan un milenio produciendo vino. Un paisaje reconocido por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.


Los interiores de las iglesias suizas suelen ser austeras, parcas, frías e imponentes.
El producto de la reforma protestante que destruyó muchas obras de arte para imponer una visión más rigorista del cristianismo. Una revolución que no llegó a Lugano, que conservó su identidad católica. Esto ha permitido salvaguardar la obra de arte más importante del Renacimiento que se conserva en Suiza, la ‘Pasión y crucifixión de Cristo’. Pintado por Bernardino Luini en 1532, fue una de las últimas obras de este discípulo de Leonardo da Vinci antes de su muerte.
Cuando observamos este fresco, no estamos viendo una pintura que congela un momento fijo en el tiempo. Es más bien un cómic del siglo XVI que relata la pasión, muerte y resurrección de Cristo en siete episodios interconectados. Una serie de viñetas que cuentan una historia.


El centro de decisiones de la ciudad Basilea destaca de todos los edificios a su alrededor por el color rojizo que envuelve su fachada.
Cruzamos la puerta de entrada y llegamos a un patio interior cubierto de murales pintados. Como muchos edificios antiguos, el edificio que vemos hoy es el producto de varias reformas a lo largo de los siglos. La parte central se construyó entre 1504 y 1514 para conmemorar la entrada de Basilea en la confederación suiza. En el siglo XVII se añadió una nueva ala y posteriormente, a finales del siglo XIX, se edificó la torre y el edificio situado en el extremo izquierdo del ayuntamiento.
Aunque hace tiempo que las oficinas fueron instalados en otra parte, sigue albergando el parlamento cantonal en el que se debaten y toman las decisiones. Sus 130 miembros se reúnen dos veces al mes aquí. El exterior sorprende, pero lo verdaderamente interesante está en el interior. Todos los sábados se organizan visitas guiadas para verlo.


En Les Grottes habita una Ginebra paralela sin vistas al lago ni hoteles de lujo ni tiendas de alta gama.
Es una Ginebra con los pies en la tierra, sin nombres compuestos, donde la gente se pide un café y echa la tarde.
El barrio ha mantenido su personalidad gracias a muchas décadas de lucha vecinal. Las movilizaciones más importantes ocurrieron en los años 70, consiguiendo paralizar un plan del Ayuntamiento que intentó arrasar el barrio para construir un centro comercial y bloques de viviendas.
Hoy Les Grottes está a salvo, pero su espíritu iconoclasta se está viendo amenazado cada vez más por la gentrificación. De momento, la ciudad cuenta con una ventaja para mantener la paz social: un parque de viviendas de protección oficial con alquileres asequibles.


Hubo una época en la que el tranvía era un símbolo de modernidad en las ciudades occidentales.
Pero la obsesión por el coche privado a partir de los años 50 contribuyó a un lento declive, que en urbes como Barcelona y Madrid acabó con la supresión de su red de tranvías a principios de los 70.
Zúrich, por suerte para sus habitantes, ignoró esta tendencia. Hoy cuenta con la mejor red de tranvías del mundo. Un hecho que ha contribuido a que moverse por la ciudad sea un placer a bordo de estos vehículos.
Coger el tranvía es un acto completamente democrático en el que un banquero millonario comparte espacio con el inmigrante recién llegado. Todos saben que es la forma más rápida y cómoda de moverse por Zúrich. Solo el 4% de la población nunca coge el transporte público.
En contraposición al tranvía, el Ayuntamiento ha invertido mucho dinero en hacerle la vida imposible a los coches. El centro está diseñado de tal forma que moverse en un vehículo privado es incómodo y lento. Hay pocos aparcamientos (la construcción de nuevas plazas está congelada desde los años 90), y los tranvías son los reyes de la calle (sus conductores tienen la potestad de cambiar los semáforos según su conveniencia).
Hoy ciudades como Barcelona y Madrid empiezan a confiar de nuevo en el tranvía. De la experiencia de Zúrich podemos extraer una lección valiosa. A veces lo mejor es ignorar las modas y mirar a largo plazo.



La mejor forma de llegar a una ciudad es en barco. Es una llegada a cámara lenta. Un cuadro que empieza siendo abstracto y difuminado cuando el destino es aún lejano, y que se va haciendo más nítido a medida que nos vamos acercando
Aquel día, el barco entró a puerto y sonó la sirena. El motor de vapor empezó a reducir sus revoluciones. Las gaviotas se volvieron cada vez más ruidosas y agitadas, contribuyendo a la expectación de la llegada. El cielo se fue anaranjado a medida que el sol preparaba su despedida. Los bañistas agitaban sus manos para darnos la bienvenida. El capitán encendió su micrófono y anunció. «Hemos llegado a Ginebra, último destino».