Momentos urbanos suizos
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—Buscamos la piscina —informamos al encargado del local.
—¡Seguidme! —contestó sin pensarlo dos veces.
Nos guio por unas escaleras, sacó un juego de llaves, las metió en la puerta y ¡zas! Allí estaba. Una piscina interior gigante completamente vacía.
—Hemos hecho de todo aquí. Películas, presentaciones, exposiciones, fiestas, representaciones teatrales —nos explicó visiblemente emocionado por las posibilidades de este enorme cubo rectangular— ¡Ah, que no me he presentado! Me llamo Dominic, por cierto.
En cuestión de segundos habíamos llegado al corazón de Neubad, uno de los centros culturales más punteros de Suiza.
Desde 2013, las antiguas instalaciones deportivas han sido transformadas en salas de trabajo y un café restaurante muy concurrido por los hípsteres locales. Pero el verdadero centro gravitacional de Neubad es, y siempre será, la piscina.
Dominic dice estar tan entusiasmado como el primer día con el proyecto pese a las dificultades de sacarlo adelante. «No pagamos alquiler al Ayuntamiento bajo la condición de no costarle ni un franco a las arcas públicas. Eso nos obliga a no estar quietos nunca; siempre nos inventamos cosas para darle vida a esto».


Hubo una época en la que el tranvía era un símbolo de modernidad en las ciudades occidentales.
Pero la obsesión por el coche privado a partir de los años 50 contribuyó a un lento declive, que en urbes como Barcelona y Madrid acabó con la supresión de su red de tranvías a principios de los 70.
Zúrich, por suerte para sus habitantes, ignoró esta tendencia. Hoy cuenta con la mejor red de tranvías del mundo. Un hecho que ha contribuido a que moverse por la ciudad sea un placer a bordo de estos vehículos.
Coger el tranvía es un acto completamente democrático en el que un banquero millonario comparte espacio con el inmigrante recién llegado. Todos saben que es la forma más rápida y cómoda de moverse por Zúrich. Solo el 4% de la población nunca coge el transporte público.
En contraposición al tranvía, el Ayuntamiento ha invertido mucho dinero en hacerle la vida imposible a los coches. El centro está diseñado de tal forma que moverse en un vehículo privado es incómodo y lento. Hay pocos aparcamientos (la construcción de nuevas plazas está congelada desde los años 90), y los tranvías son los reyes de la calle (sus conductores tienen la potestad de cambiar los semáforos según su conveniencia).
Hoy ciudades como Barcelona y Madrid empiezan a confiar de nuevo en el tranvía. De la experiencia de Zúrich podemos extraer una lección valiosa. A veces lo mejor es ignorar las modas y mirar a largo plazo.


Esta foto se tomó en Berna, pero podría haberse tomado en cualquier ciudad helvética.
Las fuentes urbanas en Suiza tienen un doble propósito: decorar el paisaje urbano y ofrecer agua potable, que fluye de manera constante.
La capital tiene una en cada esquina. Zúrich tiene más de 1.200.
Escucha el sonido hipnotizador que produce el agua cuando cae de las fuentes. Utilízalas como recordatorios para parar y descansar. No la compres embotellada; es un sinsentido cuando se tiene acceso a agua que probablemente se originó en un glaciar suizo.


A veces, todo lo que necesitas para decidir sentarte en un lugar es un buen letrero de neón.
Lo vimos desde la calle, en el fondo de una galería comercial con aires modernistas, y no dudamos ni un minuto.
Nos acercamos a la entrada para pedir mesa. ¡Oh! Decepción. «Estamos llenos, lo sentimos mucho», nos informó el maitre en nuestra última noche en Berna.
Seguimos nuestro camino con la duda en el cuerpo. ¿Cómo habría sido nuestra experiencia si hubiesen tenido mesa? ¿Habría cambiado el rumbo de nuestro viaje? Una buena pregunta para debatir con Albert Einstein, que un siglo antes desarrolló la teoría de la relatividad en estas calles.
PD: Al día siguiente descubrimos que nuestra intuición no nos había engañado. Es un local muy popular entre los autóctonos, y entre semana tiene un menú del día por 20 francos, un chollo para Suiza.


Para mí, la parte más placentera de viajar no es ver monumentos, sino mimetizarme con los locales.
Es aprender cómo vive la gente en lugares ajenos al mío. Y uno de los mejores sitios para hacerlo en Lucerna es Seebad Luzern. Esta estructura de madera flotante es una de las más concurridas en verano por los locales para darse un chapuzón en el lago.
Esta ingeniosa construcción tiene todo lo necesario para disfrutar del agua. Casetas para cambiarse, un bar y un restaurante para picar algo, una zona al descubierto para tomar el sol y una serie de escaleras de madera que conducen directamente al lago. ¿El coste? Seis francos, sin límite de tiempo.
Durante los tres días que estuvimos en Lucerna siempre acabamos el día aquí y siempre fue difícil irse. Cuando baja el sol la gente se quita el bañador y Seebad Luzern se convierte en un bar. Un buen lugar para quitarse el uniforme de turista.


Las terrazas de Morcote te recuerdan constantemente la presencia del lago.
Y por lo que parece, las personas que decidieron ser enterradas aquí tampoco querían olvidarse de él.
El cementerio monumental de Morcote muestra el talento de sus habitantes a lo largo de los siglos para generar espacios sublimes con su ingenio y destreza. Aquí la muerte no es sombría ni triste. Es una celebración de la belleza de la vida.