Momentos urbanos suizos
0
Prueba ajustar tu búsqueda eligiendo más de una ciudad, eliminando todos los filtros o seleccionando varias experiencias a la vez.
+ momentos

En Lugano, la presencia del lago es tan envolvente que a veces te olvidas de que estás en una ciudad.
Pero hay días en los que apetece un poco más de urbanidad. Si nos quedamos únicamente con lo más bello de una ciudad, nos llevaremos un relato incompleto. Para llegar al Bar Oops hay que caminar hacia el interior de Lugano y alejarse de las zonas más monumentales.
Llegamos justo cuando cae el sol. El bar está a rebosar. Se concentran una mezcla de estudiantes y profesionales liberales, que charlan animadamente con esa gesticulación tan vivaz que caracteriza a los italoparlantes. Las mesas son largas y se comparten aumentando las posibilidades de acabar conociendo a un local. Aunque no se sirve comida, los dueños te permiten comprar una pizza en el local de enfrente y comértela allí dentro.
Durante la hora que estuvimos en este bar, fue fácil imaginarse como un luganés más disfrutando de una cerveza tras finalizar una jornada de trabajo. La atracción de lo cotidiano.


No se puede huir del río Aar cuando uno está en Berna.
Allí donde miras hay fragmentos de las aguas verdiazules de este afluente, que abraza el casco histórico.
Durante siglos fue la mejor protección ante la amenaza de invasores. Hoy, impresionantes puentes sortean esa barrera natural y conectan el centro desnivelado con los alrededores. Esta foto fue tomada desde Münster Plattform, una plaza elevada que invita a quedarse en ella durante horas.


La proliferación de páginas como Tripadvisor ha llevado a muchos a no poder tomar una decisión sin consultar primero las puntuaciones y opiniones de otros usuarios sobre un bar, hotel o restaurante.
Y aunque puede tener su sentido en determinados momentos, hacerlo por defecto nos lleva a perder uno de los factores más placenteros de viajar: la sorpresa y la improvisación.
Algo así nos pasó con el bar Drei Eidgenossen, situado en Rathausgasse, una de las calles más antiguas de Berna. No fue necesario mirar ninguna web ni preguntar a nadie para sentarnos en su terraza. La energía que desprendía era suficiente. Nuestra intuición nos dijo que este era un buen sitio para parar a tomar algo, y así fue. Si alguna vez te equivocas, tampoco pasa nada. Es un pequeño precio que hay que pagar para tomar las riendas de tu viaje. No podemos delegar todas nuestras decisiones en los demás.



Esta foto fue tomada a las 16:12:20 h, aunque no lo supe hasta más adelante.
Me llevó un rato entenderlo, como a muchos otros transeúntes que se pararon delante de este reloj a la entrada de la estación central de St. Gallen.
En el país que se ha labrado una fama internacional por la precisión de sus relojes, me pareció un buen chiste no poder descifrarlo con facilidad. Pero el objetivo de esta instalación nunca fue poner las cosas fáciles, sino hacernos pensar y ejercitar nuestras dotes de aritmética.
El reloj se presentó en 2018 tras el fin de un proceso de remodelación de la estación de St. Gallen. Una idea presentada por el artista Norbert Möslang, inspirada en el sistema binario, la forma de numeración que rige la computación moderna.
¿Cómo supe entonces la hora en la que fue tomada esta foto? Lo primero que hay que tener en cuenta es que está al revés. La foto fue tomada desde el interior de la estación en lugar del exterior. En el cuadro debajo hemos corregido esto.
Añadimos la serie numérica del sistema binario, clave para descifrar el reloj. 32, 16, 8, 4, 2, 1.

Hora: 16
Minutos: 8+4=12
Segundos: 16+4=20
16:12:20
¡Un despilfarro!
«Ha costado demasiado» (324.000 francos). «¡Es inaceptable!» (el reloj ha tenido varios problemas técnicos), son algunas de las críticas al proyecto que recogió el periódico ‘St. GallerTageblatt’.
Para otros, como el desarrollador Jan Göltenboth, se ha convertido en una pieza imprescindible del paisaje urbano de la ciudad. El programador es el creador de SBBinary, una app que ayuda a descifrar el reloj binario utilizando realidad aumentada.
Personalmente me veo muy reflejado en la tribuna que escribió la periodista local en ‘St. Galler Tageblatt’ para defender el proyecto. «Una obra de arte moderna tiene éxito si sorprende y contiene algo radicalmente nuevo. Todo lo demás se llama decoración (…) ¿Cuál hubiera sido la alternativa? ¿La estación de tren más aburrida de Suiza?».


Café Portier. Qué buen nombre.
Lo vi, me acerqué y me senté. Sin pensarlo demasiado. Sin darle muchas vueltas.
La antigua guarida del portero es hoy un café sugerente para pasar la tarde. Con aires de los años 50, se sitúa en la entrada de Lagerplatz, una zona posindustrial a la que se le ha devuelto la vida con una mezcla de comercios, tiendas y talleres.
¿Cómo sería mi vida aquí? ¿A qué me dedicaría? Durante el tiempo que tardé en acabarme mi té me monté una vida paralela en Winterthur que empezaba todas las mañanas con tomar el desayuno en el Café Portier.


Es difícil rellenar un vacío tan grande como el que dejó el cierre de las fábricas de Sulzer AG en Winterthur.
No ocurrió de la noche a la mañana, pero el golpe de gracia llegó en los años 80, cuando el conglomerado industrial dejó vacío Sulzer Areal, un espacio de 150.000 m² en las inmediaciones de la estación central. Para poner en contexto el agujero, el espacio equivalía al tamaño del centro histórico de Winterthur.
Se barajaron todo tipo de opciones. Entre ellas, arrasar los edificios por completo. Pero, poco a poco, los ciudadanos empezaron a ver que, lejos de ser un incordio, estaban ante una gran oportunidad.
El siguiente paso fue convocar un concurso internacional de ideas en 1992, que ganó el arquitecto francés Jean Nouvel. Un proyecto llamado Megalou que prometía transformar el barrio a lo grande.
Mientras las autoridades y empresas privadas volcaron su energía en reunir los fondos para hacerlo posible, algo interesante empezó a ocurrir. Llegaron pequeños proyectos a la zona. Una discoteca por aquí, una tienda por allá, unas oficinas. Todas con licencia de uso temporal.
En 2001 el gran proyecto de Nouvel se abandonó por falta de fondos y tocó cambiar de estrategia. Esos negocios que vinieron de manera temporal se convirtieron en permanentes. Se buscó primar proyectos más pequeños y una visión más descentralizada del desarrollo de la zona. La apuesta resultó ser un éxito.
Hoy Sulzer Areal es uno de los motores de la ciudad. Aquí puedes aparcar en una antigua sala de fundición, estudiar arquitectura en lo que antes fue una sala de motores, comprar vinilos, cenar en un antiguo tranvía, bailar electrónica hasta altas horas de la madrugada, montar una start-up e incluso vivir en fábricas reconvertidas en apartamentos.
El éxito del proyecto ha revelado algunas grandes verdades para una ciudad pequeña como Winterthur: