Momentos urbanos suizos
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El punto azul de Google Maps se ha convertido en la brújula que alumbra el camino de media humanidad.
Pero el resultado es que, a menudo, acabamos más pendientes de la pantalla del móvil que del lugar donde estamos. El paseo Rehberger está diseñado de tal modo que permite poner el móvil en modo avión y dejarse guiar por las 24 obras de arte instaladas a lo largo de este camino trazado por el artista alemán Thomas Rehberger.
La sensación al recorrerlo recuerda a los peregrinos que seguían las señales de piedras, estrellas y símbolos pintados en los árboles para no perderse por el camino.
Comenzamos el paseo en la Fundación Beyeler. Las primeras obras se encuentran en una gran pradera que acaba repentinamente con un río caudaloso. Cruzamos un puente y, de pronto, un paso fronterizo. En el otro lado está Alemania, pero no hay nadie controlando el paso. Es una muestra de que Basilea tiene tan interiorizado su papel de ciudad transfronteriza que cruzar es tan normal como salir a comprar el pan.
El último tramo atraviesa una colina llena de viñedos. Aquí las obras se vuelven más entretenidas. Unos prismáticos púrpura permiten mirar a lo lejos con mayor nitidez. Debajo aparece el Vitra Campus, el destino final de este camino que termina con la obra número 24, situada justo enfrente del Museo de diseño de Vitra. Una obra de Frank Gehry construida en 1989, antes de que se convirtiera en la superestrella de la arquitectura que es hoy.


Un objeto esférico captó mi atención mientras el tranvía ralentizaba la marcha para hacer una parada
Lancé una señal a Lluís, el fotógrafo que me acompañó en este viaje, y nos bajamos rápidamente. No sabíamos exactamente qué era, pero decidimos seguir nuestra intuición.
A medida que nos acercamos nos dimos cuenta de que se trataba de una iglesia medio escondida en la esquina de un bloque de apartamentos.
Escudriñamos el edificio desde todos los ángulos posibles para recoger pistas. Las paredes estaban recubiertas de granito rosa y una fuente de agua rodeaba la entrada dando la sensación de estar contemplando un globo flotante.
Después de terminar nuestra investigación visual y hacer las fotos correspondientes, proseguimos nuestra marcha. Hay que estar dispuesto a alterar los planes, aunque no siempre encuentres lo que estás buscando. Sin improvisación no hay sorpresas ni nuevos descubrimientos.
Inaugurada en 1994, su arquitecto, Ugo Brunoni, lo describió así:
«El globo de 20 metros de diámetro está coronado por cuatro campanarios y una cruz, que recuerda, la silueta de la catedral en el casco antiguo. (…) Este centro de paz, aislado del trasiego del barrio, obtiene luz directamente del cielo a través de los lucernarios. (… ) De forma discreta, la iglesia de la Santísima Trinidad no da directamente a la rue de Lausanne, sino que está apartada del tráfico, parcialmente oculta y se revela al final del edificio principal».


¿Qué sentido tiene tener un museo de fotografía si todos tenemos la capacidad de hacer fotos?
La realidad nos muestra que nunca fue más importante contar con centros como el Fotomuseum Winterthur para ayudarnos a desarrollar una mirada crítica. El lenguaje hace tiempo que dejó de estar dominado únicamente por la palabra hablada y escrita. El verdadero idioma del siglo XXI son las imágenes que vemos a diario. Y la mejor manera de estar preparados para entender e interpretar la realidad es ejercitarnos.
«La política de ver y ser visto, observar y ser observado y ser reconocido siempre están relacionados con intereses de poder que modifican nuestra realidad social. En la imagen fotográfica, una multitud de miradas no solo se encuentran a sí mismas, nunca son neutrales. Especificaciones técnicas de la cámara, la cultura y mentalidad del fotógrafo y sus espectadores, pero también las instituciones y corporaciones que controlan y filtran lo que se puede ver y el valor que se le asigna a ello y lo que, a su vez, debe mantenerse oculto. Bajo la influencia de los algoritmos y las imágenes en red, las dinámicas vuelven a cambiar».
La introducción de la exposición ‘SITUATIONS/El derecho a mirar’ que nos encontramos durante nuestra visita demuestra que esto es algo que Fotomuseum Winterthur se toma muy en serio.
Fundado en 1993, la fundación navega por el delicado proceso de preservar el pasado y el presente de la fotografía. Prepararnos para un mundo en el que tener una dieta visual sana es tan importante como comer bien o ejercitar el cuerpo.


Cuando entres en el centro histórico de Basilea, no vayas a ningún lugar en concreto.
Camina, merodea, mira los escaparates. Párate a tomar un café, entra en los anticuarios. Siéntate en un banco con vistas al Rhin, visita la tumba del humanista Erasmus. Aprende a perderte y volver a encontrarte. Y vuelta a empezar.
Si quieres profundizar en lo que acabas de ver, todas las semanas el ayuntamiento organiza visitas guiadas por el centro histórico.


Lo más fácil hubiese sido borrar el pasado.
Lo sencillo hubiese sido construir algo nuevo y más práctico. Pero, por suerte, esto no ocurrió.
Hablamos de Lokremise, un edificio industrial que desde 2010 une teatro, danza, cine, arte y un restaurante bajo el mismo techo. Lo hace en un lugar que durante 80 años sirvió como centro de mantenimiento para locomotoras de vapor. Un espacio singular, diseñado en semicírculo, con una entrada decorada con motivos modernistas.
Los ferrocarriles eléctricos poco a poco hicieron obsoletas sus instalaciones y corrió el peligro de acabar bajo la piqueta en los años 80.
Después de unos años de abandono, el Ayuntamiento puso en marcha su maquinaria para convencer a SBB (la Renfe Suiza), los dueños del terreno, de convertirlo en un centro cultural.
Se presupuestaron 22 millones de francos para el proyecto, y en 2008 se organizó un referéndum para refrendar la decisión. La mayoría votó sí.
El edificio está lleno de huellas que homenajean su historia. Un pasado tratado con respeto para poder divulgar la cultura del futuro.


Hay quien no sale nunca de las zonas turísticas.
Arrastramos inercias que nos llevan solo a los lugares que han sido preparados para ser vistos. Pero siempre merece la pena reservarse un rato para ver cosas más cotidianas. Caminar por un barrio residencial, por ejemplo, como hicimos en St. Gallen.
Allí donde acababa el casco viejo encontramos unas calle empinadas que llevaban a una casas señoriales custodiadas por árboles gigantes. ¿Cómo se construyen? ¿Qué tipo de coches hay aparcados? ¿La gente se saluda por la calle? Entrena la mirada para fijarte en lo cotidiano. No puedes juzgar una ciudad únicamente por su centro histórico.