Momentos urbanos suizos
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Antes de que la información se guardase en discos duros y centros de datos accesibles para todos, el conocimiento era un bien tan preciado y escaso que se almacenaba en palacios del saber.
Lugares como la biblioteca de la abadía de St. Gallen, que lleva más de un milenio custodiando la historia intelectual de nuestros antepasados.
Entre los ejemplares más preciados hay manuscritos elaborados a mano. Esto era antes de la invención de la imprenta, cuando el cuero de vaca se utilizaba para la cubierta y la piel de oveja, para las páginas. Escribir cada folio era un proceso tan lento que se podía tardar 90 minutos en llenar una página entera.
Cuando entramos al edificio, no solo estamos viendo un tesoro arquitectónico con relieves tallados exquisitos, frescos pintados en los techos y globos terráqueos centenarios.
Estamos viendo una parte de nosotros mismos. Nosotros somos el producto del conocimiento que se ha ido desarrollando en los libros que llenan sus estanterías.
Poder observar la biblioteca en tan buen estado es también un milagro en un continente en el que muchos lugares similares se han destruido a causa de las guerras. Es el producto de la estabilidad que ha gozado Suiza durante siglos.
En la entrada de la biblioteca hay una frase escrita en griego antiguo que nunca dejará de ser relevante. «Farmacia del alma». Da igual en qué siglo vivas, el conocimiento siempre va a ser el mejor remedio contra el populismo y la sinrazón.


Tomar un café, admirar cuadros del Museo d’Arte della Svizzera Italiana, ver una obra de teatro, escuchar un concierto, asistir a una conferencia…
MASI Lugano es un edificio concebido para integrar todas las artes en un mismo espacio.
Inaugurado en 2014, el edificio se diseñó para integrarse plenamente en la ciudad. No hay apenas barreras entre la calle y el interior. Y el edificio principal se extiende hacia el lago, sujetado por unos pilares que permiten aprovechar el espacio inferior como una plaza pública.
Obra de Ivano Gianola, MASI Lugano es un exponente más de la escuela de arquitectura ticinesa, un movimiento que lleva desde los años 70 ganando prestigio en todo el mundo, abanderado por arquitectos como Mario Botta.
La colección de MASI cuenta con más de 14.000 obras de arte desde finales del siglo XV hasta la actualidad. No solo hay obras de artistas de Ticino, aunque sí constituyen su núcleo principal, sino también de otros artistas artistas suizos o internacionales que han tenido conexiones significativas con el italiano.


Cada vez que cierra un comercio histórico en una ciudad, se pierde una parte de su personalidad y de su historia.
Lausana amaneció consternada en junio de 2017, cuando empezó a circular la noticia de que la Brasserie La Bavaria había cerrado sus puertas para siempre. Los camareros acababan de recibir su carta de despido y los inquilinos del edificio donde se encontraba el restaurante fueron informados de que no se renovaría su alquiler.
Un rumor que pronto se convirtió en noticia destacada en el periódico local 24 Heures.
Por suerte, al poco tiempo se aclaró todo. El fondo de inversión que se quedó con el edificio decidió darle un nuevo soplo de vida al restaurante, y durante los siguientes dos años se procedió a realizar una restauración profunda del local. La Bavaria no se iba a ninguna parte, simplemente se había tomado un tiempo para renovarse. Y así fue. A mediados de 2019 volvió a abrir sus puertas liderado por dos chefs jóvenes, Geoffrey Romeas y Camille Lecointre.
El interior está exquisitamente restaurado y los platos siguen siendo fieles a sus orígenes alemanes (el restaurante abrió sus puertas en 1881 para dar servicio al número creciente de teutones que se mudaban a la ciudad para trabajar en la industria). La especialidad de la casa es el chucrut.
Llegamos a mediodía y tomamos el menú del día por 22 francos. La comida, notable; los camareros, cercanos y amables. Las patatas fritas, cortadas en trozos finísimos, sublimes.
La Bavaria sigue la tradición de las brasseries francesas con un horario continuo de 7 h a 23 h, y ofrece más de 50 cervezas. Un lugar bello pero informal. Una institución que, por suerte, ha sobrevivido a la modernidad.


No es necesario gastarse grandes sumas de dinero para embellecer una ciudad.
A veces todo lo que necesitas es un poquito de imaginación y dar rienda suelta a las plantas. Esta estampa urbana me recordó a ‘Lo pequeño es hermoso’, un libro de los años 70 que abogaba por prestar más atención a lo pequeño como contrapunto a quienes siempre apuestan por el cuanto más grande, mejor. La belleza, frecuentemente, se encuentra en la suma de muchas cosas pequeñas.


Era extraño ver en persona una obra que había visto tantas veces antes en pantalla.
Pero la experiencia fue infinitamente superior.
Viajé muy lejos durante los minutos que me quedé observando este cuadro. Me trasladé a los acantilados blancos de la isla de Rügen. No los reales sino los figurativos. Aquellos que nacieron a partir de la imaginación de su autor, Caspar David Friedrich. Un collage de sus experiencias reales mezcladas con sus vivencias internas.
Friedrich quería que nos sintiéramos insignificantes antes sus paisajes. Usaba la naturaleza para crear escenas místicas y religiosas sin necesidad de usar símbolos abiertamente religiosos.
Sus personajes están de espaldas. No solo empatizamos con ellos, nos convertimos en ellos. El personaje del medio se asoma y ve algo que nosotros nos alcanzamos a ver. El artista retiene algo de misterio en la imagen.
El cuadro fue una buena terapia. Neutralizó mis preocupaciones de aquel día. El poderío de la naturaleza me ayudó a relativizar muchas cosas.
Friedrich es hijo de la época en la que le tocó vivir. Una primera mitad del siglo XIX dominada por la industrialización, las guerras con Francia y las dificultades de ganarse el pan como artista.
Pero sus mensajes son absolutamente universales. Llegaron a la gente en su época y llegan a gente como yo siglos después en circunstancias muy distintas.


Es difícil rellenar un vacío tan grande como el que dejó el cierre de las fábricas de Sulzer AG en Winterthur.
No ocurrió de la noche a la mañana, pero el golpe de gracia llegó en los años 80, cuando el conglomerado industrial dejó vacío Sulzer Areal, un espacio de 150.000 m² en las inmediaciones de la estación central. Para poner en contexto el agujero, el espacio equivalía al tamaño del centro histórico de Winterthur.
Se barajaron todo tipo de opciones. Entre ellas, arrasar los edificios por completo. Pero, poco a poco, los ciudadanos empezaron a ver que, lejos de ser un incordio, estaban ante una gran oportunidad.
El siguiente paso fue convocar un concurso internacional de ideas en 1992, que ganó el arquitecto francés Jean Nouvel. Un proyecto llamado Megalou que prometía transformar el barrio a lo grande.
Mientras las autoridades y empresas privadas volcaron su energía en reunir los fondos para hacerlo posible, algo interesante empezó a ocurrir. Llegaron pequeños proyectos a la zona. Una discoteca por aquí, una tienda por allá, unas oficinas. Todas con licencia de uso temporal.
En 2001 el gran proyecto de Nouvel se abandonó por falta de fondos y tocó cambiar de estrategia. Esos negocios que vinieron de manera temporal se convirtieron en permanentes. Se buscó primar proyectos más pequeños y una visión más descentralizada del desarrollo de la zona. La apuesta resultó ser un éxito.
Hoy Sulzer Areal es uno de los motores de la ciudad. Aquí puedes aparcar en una antigua sala de fundición, estudiar arquitectura en lo que antes fue una sala de motores, comprar vinilos, cenar en un antiguo tranvía, bailar electrónica hasta altas horas de la madrugada, montar una start-up e incluso vivir en fábricas reconvertidas en apartamentos.
El éxito del proyecto ha revelado algunas grandes verdades para una ciudad pequeña como Winterthur: