Momentos urbanos suizos
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En una explanada frente a la estación central se está gestando uno de los proyectos culturales más ambiciosos de la historia reciente de Lausana.
En total, 180 millones de francos han sido asignados a este proyecto que empezó con la inauguración del nuevo Museo de Bellas
Artes en 2019.
El edificio, diseñado por el estudio barcelonés Barozzi Veiga, se construyó en terrenos ocupados anteriormente por talleres de reparación de trenes. El interior es amplio y está planteado como un recorrido con un comienzo y un final. La colección es notable, con cuadros de Valloton, Twombly, Klee y Courbet.
Próximamente se irán añadiendo los museos de diseño (Mudac) y fotografía (Musée Elysee) al complejo. Todos tendrán su propio edificio bajo el mismo paraguas: Plateforme 10.


La región de Ginebra es una isla. Observa su situación en el mapa. Está completamente rodeada por Francia y a apenas 80 kilómetros de la frontera italiana. Una situación geográfica que ha marcado la personalidad de Carouge.
Este pueblo situado a unos pocos kilómetros del centro de Ginebra perteneció durante cuatro siglos al reino de Cerdeña. Ese hecho contribuyó a la arquitectura de ascendencia italiana que hoy domina sus calles. Durante la revolución francesa estuvo en manos de las fuerzas galas antes de pasar a formar parte de Ginebra, su gran rival.
Hoy es considerado un pueblo independiente pero integrado en la ciudad. Una zona con calles tranquilas, ateliers y talleres artesanos. El lugar ideal para ir a una brasserie los fines de semana en un entorno libre de franquicias.
Todos los sábados, los campesinos de la región descienden a las plazas de Carouge para vender sus productos. Quesos, verduras, embutidos… Los ginebrinos dan mucha importancia al comercio de proximidad.
Y como muestra del ambiente relajado y distendido de Carouge, escogimos esta foto de un hombre de mediana edad leyendo el periódico en la plaza del pueblo. Un digno representante de la buena vida italiana.


No se puede huir del río Aar cuando uno está en Berna.
Allí donde miras hay fragmentos de las aguas verdiazules de este afluente, que abraza el casco histórico.
Durante siglos fue la mejor protección ante la amenaza de invasores. Hoy, impresionantes puentes sortean esa barrera natural y conectan el centro desnivelado con los alrededores. Esta foto fue tomada desde Münster Plattform, una plaza elevada que invita a quedarse en ella durante horas.


En el Cementerio de los Reyes, el más importante de Ginebra, descansan los restos de Jorge Luis Borges desde 1986.
«En Ginebra me siento extrañamente feliz. Eso nada tiene que ver con el culto de mis mayores y con el esencial amor a la patria. Me parece extraño que alguien no comprenda y respete esta decisión de un hombre que ha tomado (…) la determinación de ser un hombre invisible», decía el escritor, que pasó los últimos meses de su vida en la ciudad en busca de una tranquilidad y anonimato que sabía que no podía tener en su Argentina natal.
Era un cierre de círculo para el creador que había vivido su adolescencia en Ginebra entre 1914 y 1919. Años que recordaba como algunos de los más felices de su vida.
«En Suiza había aprendido la tolerancia. Él vio cómo recibían a los refugiados de la Primera Guerra Mundial en Ginebra y eso le marcó para toda la vida. Digamos que su último libro Los conjurados es como su testamento literario para la humanidad, como él mismo decía», recordaba María Kodama, la viuda de Borges en una entrevista para SWI.
Durante esos últimos meses, Borges pasó parte de su tiempo preparando su lápida. Amante del simbolismo, lo llenó de mensajes ocultos en inglés antiguo y el lenguaje de los vikingos. Hay tantos que el investigador Martín Hadis dedicó un libro a desentrañarlos:
Los siete guerreros de la tumba de Borges fueron tomados de una lápida del siglo IX hallada en Inglaterra, y la imagen conmemora un ataque vikingo a un monasterio en la isla de Lindisfarne (Nortumbria) en 793.
En su anverso, la lápida de Borges también contiene el nombre grabado del escritor y una frase en inglés antiguo, extraída de un poema sajón sobre la Batalla de Maldon, traducida como «y que no temieran», una alusión al coraje que el escritor tanto admiraba como cualidad en otras personas.
También en el anverso de la lápida hay una cruz celta, que remite a la cruz de Gosforth, erigida en Inglaterra en el siglo X por descendientes de vikingos, y que en su columna, de cuatro metros, contiene grabadas escenas de tradiciones paganas y cristianas.
En el reverso de la lápida están grabadas dos frases y un barco vikingo. Una de las frases está escrita en escandinavo antiguo y, traducida, dice: «Él toma la espada Gram y la coloca entre ellos desenvainada», extraída de la Volsunga Saga, texto islandés de finales del siglo XIII que relata la historia del héroe germánico Sigurd y que Borges menciona en su obra.
‘La misteriosa tumba de Borges’, Natalia Kidd, 2011

En los tres años que vivió en Berna (1903-1905), Albert Einstein desarrolló la teoría de la relatividad, una de las contribuciones más importantes del científico al destino de la humanidad.
Y dicen que uno de los elementos que más inspiró al físico alemán fue Zytglogge, el gran reloj que domina el centro de Berna. Situado en la calle donde vivía con su primera mujer, Mileva Marić, fue aquí donde se dio cuenta de que el tiempo podía ir a distintas velocidades, dependiendo del movimiento de cada uno.
En palabras de la BBC, «Einstein escuchó la campana una tarde de mayo de 1905. (…) Cuando miró a la torre, de pronto se imaginó una escena inimaginable. ¿Qué pasaría si un tranvía se alejara de la torre a la velocidad de la luz? Si él estuviera sentado en el tranvía, su reloj seguiría marcando el paso del tiempo. Pero si girase para ver la torre, el reloj estaría parado».


Rodin y Monet fueron grandes amigos y dejaron constancia de ello en numerosas cartas.
«El mismo sentimiento de fraternidad, el mismo amor por el arte, ha hecho que seamos amigos para siempre […]», le escribió el escultor al pintor en 1897. «De modo que sigo teniendo siempre la misma admiración por el artista que me ha ayudado a comprender la luz, las nubes, el mar, las catedrales que tanto me gustaban».
Esta cercanía hace más especial todavía la disposición de la sala principal del museo de arte de Winterthur. En ella vemos una escultura de Rodin de espaldas a una pintura de Monet. La primera es una recreación de Pierre de Wissent, uno de los integrantes de los burgueses de Calais que dieron su vida para salvar la ciudad en la guerra de los Cien Años (1337-1453). La segunda es una de las 250 pinturas que Monet dedicó a recrear escenas de nenúfares, plantas acuáticas que estaban muy en boga en aquella época.
Con este simple diálogo entre las dos obras, el Museo de Arte de Winterthur ha conseguido mantener viva la amistad de los dos.