Momentos urbanos suizos
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De todos los lagos, ríos y piscinas naturales que probamos a lo largo de los 24 días que estuvimos en las ciudades de Suiza, hay uno que se nos ha quedado grabado a fuego.
El río Aar, en Berna. Un torrente de agua que nace en los glaciares de la región alpina del Bernese Oberland y llega a la capital con una velocidad media de dos metros por segundo.
Los locales han convertido su fuerte corriente en una fuente de desconexión y entretenimiento. Sentarse en la orilla del río Aar y ver pasar a la gente arrastrada por el agua es hipnótico. Antes de lanzarse al río conviene, al menos, saber nadar bien, seguir las indicaciones de los letreros y, si tenemos alguna duda, preguntar a un local.
Hay varias zonas para bañarse en el río. La mejor es Marzili, al ser la más preparada y habilitada para esta práctica. Desde este punto, situado a 10 minutos a pie del centro de Berna, caminamos durante un kilómetro por la orilla del río hasta llegar a un puente llamado Schönausteg. Nos tiramos al agua y nos dejamos llevar por la corriente. A nuestro alrededor, grupos de amigos, parejas y familias hacían lo mismo, convirtiendo el trayecto en una experiencia compartida. Casi todos llevan consigo unas bolsas impermeables que flotan, un artilugio ingenioso que permite a los nadadores guardar su ropa sin que se moje. Puro sentido común suizo.
A medida que nos acercábamos a la zona de Marzili, fue apareciendo el parlamento suizo en alto. En la orilla izquierda nos sujetamos a unas barandillas rojas, que usamos como trampolín para salir del agua. Y vuelta a empezar.


«DNI, por favor», la agente uniformada no estaba para bromas ese día.
«Tenéis 20 minutos», nos informó con firmeza. Afortunadamente, fue la primera y última vez que nos pidieron la documentación en todo el viaje.
Nos encontrábamos en el interior del cuartel general de la policía de Zúrich y nuestra visita no tenía nada que ver con haber transgredido la ley. Estábamos aquí para ver los murales del artista Augusto Giacometti.
En 1922 el Ayuntamiento convocó un concurso para embellecer la entrada de este edificio, que anteriormente había sido un convento. El certamen lo ganó el pintor proveniente de la familia Giacometti, una estirpe de artistas legendarios en el imaginario suizo.
El trabajo mezcla motivos florales con escenas que ensalzan a la clase trabajadora. Una obra que merece una breve parada cronometrada por agentes de la ley.


En ningún lugar cuentan mejor la historia de Suiza que en el Landesmuseum.
Un museo que relata la evolución de la cultura helvética de forma didáctica y entretenida. Para no quedarse únicamente en un lugar que recoge el pasado, los responsables del museo encargaron una nueva ala a los arquitectos Christ & Gantenbein que se inauguró en 2016. El resultado es un espacio que se integra a la perfección con el edificio original, inaugurado en 1898. Cuenta, además, con la escalinata más instagrameable de Zúrich.


—Buscamos la piscina —informamos al encargado del local.
—¡Seguidme! —contestó sin pensarlo dos veces.
Nos guio por unas escaleras, sacó un juego de llaves, las metió en la puerta y ¡zas! Allí estaba. Una piscina interior gigante completamente vacía.
—Hemos hecho de todo aquí. Películas, presentaciones, exposiciones, fiestas, representaciones teatrales —nos explicó visiblemente emocionado por las posibilidades de este enorme cubo rectangular— ¡Ah, que no me he presentado! Me llamo Dominic, por cierto.
En cuestión de segundos habíamos llegado al corazón de Neubad, uno de los centros culturales más punteros de Suiza.
Desde 2013, las antiguas instalaciones deportivas han sido transformadas en salas de trabajo y un café restaurante muy concurrido por los hípsteres locales. Pero el verdadero centro gravitacional de Neubad es, y siempre será, la piscina.
Dominic dice estar tan entusiasmado como el primer día con el proyecto pese a las dificultades de sacarlo adelante. «No pagamos alquiler al Ayuntamiento bajo la condición de no costarle ni un franco a las arcas públicas. Eso nos obliga a no estar quietos nunca; siempre nos inventamos cosas para darle vida a esto».


¿Qué tiene más valor? ¿Pavarotti cantando ‘Tosca’ o Kurt Cobain gritando ‘Smells Like Teen Spirit’?
La pregunta tiene trampa y la respuesta es totalmente subjetiva. Lo único que puedo decir con certeza es que ambas cosas pasaron en Zúrich.
Pavarrotti cantó en la ópera de esta ciudad suiza en 1981. Y en el otro lado del lago, Cobain dio un concierto en el centro Rote Fabrik en 1989, cuando aún no era famoso.
Dos culturas totalmente distintas. Una, elitista y cara. Otra, independiente y alternativa. Una preserva el pasado. Otra acoge lo que está por venir.
El ejemplo de la ópera viene a cuento porque fue la decisión de remodelar este espacio, con un presupuesto de 60 millones de francos a principios de los 80, la que desencadenó una serie de protestas que acabarían cambiando totalmente la cultura de la ciudad.
Grupos anarquistas vieron esta decisión como la enésima afrenta de un sistema que, según ellos, primaba la cultura elitista por encima de la cultura independiente.
Las protestas llevaron al Ayuntamiento a reconocer la Rote Fabrik y a dotarla con una financiación adecuada, aunque sigue siendo una entidad independiente y gestionada de forma cooperativa.
Gracias a lugares como Rote Fabrik la cultura no se limita a preservar el pasado.


«¿Dónde está tomada esa foto?», le pregunté al señor de detrás del mostrador, señalando una imagen de una bodega llena de quesos.
«Aquí debajo», me contestó sonriendo, apuntando al subsuelo. «¿Os lo enseño?».
Salimos al exterior de la tienda y unas compuertas nos llevaron a un pasadizo subterráneo. A medida que bajamos los peldaños de la escalera, el olor a queso se volvió cada vez más intenso. «Aquí es donde ocurre la magia». Cada una de las salas abovedadas estaba llena de quesos redondos apilados en estanterías. «Los dejamos madurar entre 6 y 30 meses, dependiendo de la intensidad de sabor que buscamos».
La persona que nos atendió se llama Dominic Bärfuss y lleva seis años regentando el establecimiento junto con su hermano Patrick. Antes de su llegada, la tienda estuvo en manos de la misma familia desde 1894 hasta 2014, cuando el bisnieto del fundador, Dieter Heugel, decidió jubilarse.
Sin descendencia ni pareja, Heugel llegó a pensar que tendría que cerrar ante la imposibilidad de encontrar un sucesor adecuado, hasta que Patrick se cruzó en su camino. Bärfuss llevaba tiempo buscando un cambio de vida tras una carrera desarrollada en marketing y ventas. Los dos congeniaron y Heugel por fin encontró a alguien que pudiese tomar las riendas de su negocio.
Pese a estar en un emplazamiento turístico, Dominic nos contó que el 90% de su clientela es local. Además de los quesos que maduran en sus bodegas, recomiendan su mezcla casera para fondue. «Siempre dicen que es algo que se debe comer solo en invierno, pero yo creo que cualquier momento del año es bueno».