Momentos urbanos suizos
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Un huerto en el casco antiguo.
Caminar sin rumbo por el centro histĂłrico de Berna regala este tipo de caramelos visuales. Entrena la mirada. DĂ©jate llevar por el instinto. No te obsesiones con sacar fotos en cada momento. Cuando algo te llame la atenciĂłn, imagĂnate el encuadre. Cuando te guste lo que ves, acerca el ojo a la mirilla de la cámara y ¡clic!


«ExistĂa la necesidad de explicar aquello que durante muchos años ha modificado el devenir del planeta», decĂa Charles-Henri Favrod (1927-2017), fundador del MusĂ©e de l’ElysĂ©e, en una entrevista con el historiador local Bernard Jeker.
Abrir un museo de fotografĂa en 1986 fue un acto revolucionario. No existĂa nada igual en toda Europa y Favrod habĂa convencido a las autoridades locales para convertir un palacete vacĂo a orillas del lago de Lemán en el lugar para ponerlo en marcha.
Retrospectiva tras retrospectiva, exposiciĂłn a exposiciĂłn, el museo fue convirtiĂ©ndose en uno de los más respetados en el ámbito de la fotografĂa.
Esa necesidad que sentĂa Favrod de explicar este arte sigue siendo más importante que nunca. La fotografĂa se ha convertido en un lenguaje casi tan importante como la palabra escrita o hablada. Cada dĂa generamos millones de imágenes, enviamos fotos por WhatsApp a nuestros amigos y lanzamos stories para enseñar lo que estamos haciendo.
En 2021 el edificio que desde 1986 ha albergado la colección cerrará al público. El museo se trasladará a Plateforme 10, una explanada cultural al lado de la estación central de Lausana.
Un proyecto en el que la ciudad ha invertido 180 millones de francos para concentrar el Museo de Bellas Artes (ya inaugurado), el Museo de Diseño y el MusĂ©e de l’ElysĂ©e en un solo lugar. El futuro ya no está separado por categorĂas. Todo converge.


OblĂgate a parar o te perderás muchas cosas.
Suena contradictorio, pero no lo es. Ya no viajamos como en el pasado. Los tiempos son más cortos y se busca hacer lo máximo posible en el tiempo asignado. Es lógico.
Pero viajar no es solo moverse a toda velocidad o coleccionar cromos en Instagram Stories. Viajar tambiĂ©n es reservarse un rato cada dĂa para no hacer nada. Sentarse en un banco mirando al lago de Lucerna, levantar la mirada y asimilar lo que estamos viviendo.
OblĂgate a parar para no perderte muchas cosas.



100 segundos para llegar a una de las mejores panorámicas de Zúrich.
Es lo que tarda el funicular Polybahn en llegar a la Polyterrase, una plaza libre de obstáculos para contemplar la ciudad.
Aquà se encuentra también la sede monumental de la Universidad Politécnica de Zúrich (ETH, por sus siglas en alemán). Más de 21 premios Nobel (entre ellos Einstein) han pasado por este centro especializado en ciencias, que está entre las 10 mejores universidades del mundo. Sus graduados son tan codiciados que Google tiene una de sus oficinas más importantes del mundo en Zúrich, donde trabajan más de 2.000 personas.
Hoy, más que nunca, el coronavirus nos ha demostrado que una nación que no invierte en ciencia está condenada al fracaso. Algo que los suizos parecen tener muy claro. ETH cuenta con un presupuesto anual acorde a su importancia: 1.885 millones de francos.



La mejor forma de llegar a una ciudad es en barco. Es una llegada a cámara lenta. Un cuadro que empieza siendo abstracto y difuminado cuando el destino es aĂşn lejano, y que se va haciendo más nĂtido a medida que nos vamos acercando
Aquel dĂa, el barco entrĂł a puerto y sonĂł la sirena. El motor de vapor empezĂł a reducir sus revoluciones. Las gaviotas se volvieron cada vez más ruidosas y agitadas, contribuyendo a la expectaciĂłn de la llegada. El cielo se fue anaranjado a medida que el sol preparaba su despedida. Los bañistas agitaban sus manos para darnos la bienvenida. El capitán encendiĂł su micrĂłfono y anunciĂł. «Hemos llegado a Ginebra, Ăşltimo destino».


VivĂmos en la era de la estĂ©tica; de lo visual y lo instagrameable.
Los demás sentidos acaban siendo olvidados e ignorados. Pero en la sala de conciertos del KKL Luzern es al revĂ©s. Lo que se escucha tiene muchĂsima más importancia que lo que se ve.
Este templo del sonido está custodiado por tres pesadas puertas. Cada una de ellas filtra y bloquea cualquier interferencia sonora del exterior. Escondido en el suelo, el sistema de ventilaciĂłn bombea aire tan silencioso que es imperceptible al oĂdo humano.
Todo está medido al milĂmetro para que nada se interponga entre la mĂşsica y el espectador. Cincuenta compuertas se abren y cierran segĂşn el tipo de concierto. El control absoluto de las ondas hace que el rebote de las notas en la pared se amortigĂĽe, evitando ecos molestos para los mĂşsicos.
El responsable de esta obra maestra de la mĂşsica fue Russell Johnson (1923-2007), contratado por el arquitecto Jean Nouvel para velar por la acĂşstica de la sala. El francĂ©s definiĂł la experiencia como «una verdadera aventura en la que inventamos algo nuevo». Nouvel quedĂł tan impresionado por la sabidurĂa de Johnson que lo acabĂł apodando «el guardián del oĂdo».