Momentos urbanos suizos
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Para conocer mejor una ciudad hay que rascar y no quedarnos en la superficie.
Y eso exige un poquito de osadía. Hay que meterse en lugares donde no acostumbra estar el turista, y uno de esos sitios es el restaurante Kunsthalle. Desde la calle hay pocos elementos que sugieren que se trata de un local abierto al público. La entrada es discreta y los que entran saben a lo que van. Tras cruzar las dos puertas que lo separan del exterior, aparece una sala grande con techos abovedados pintados.
Christian Berzins, periodista del periódico ‘Neue Zürcher Zeitung’, lo define así: «El Kunsthalle, en Basilea, es uno de esos restaurantes donde realmente no importa lo que se come. Al igual que en la ópera, el enfoque no está en las notas altas individuales, sino en la experiencia general. La mejor recomendación, de todos modos, es tomarse el plato del día, que aquí llaman el plat du jour».
En verano el restaurante cambia de aspecto y se vuelca más hacia la calle, con mesas y sillas y una coctelería Campari Bar, considerada de las mejores de la ciudad. Un buen sitio para comer rodeado de las élites de Basilea y constatar que la ostentación brilla por su ausencia. Se respira elegancia, pero reina la discreción, marca de la casa de Basilea.


En una explanada frente a la estación central se está gestando uno de los proyectos culturales más ambiciosos de la historia reciente de Lausana.
En total, 180 millones de francos han sido asignados a este proyecto que empezó con la inauguración del nuevo Museo de Bellas
Artes en 2019.
El edificio, diseñado por el estudio barcelonés Barozzi Veiga, se construyó en terrenos ocupados anteriormente por talleres de reparación de trenes. El interior es amplio y está planteado como un recorrido con un comienzo y un final. La colección es notable, con cuadros de Valloton, Twombly, Klee y Courbet.
Próximamente se irán añadiendo los museos de diseño (Mudac) y fotografía (Musée Elysee) al complejo. Todos tendrán su propio edificio bajo el mismo paraguas: Plateforme 10.



El Art Brut no fue creado para ser expuesto.
No fue concebido para venderse. Ni para hacerse famoso, ni para distinguirse de los demás. Es arte creado por el mero hecho de crear. La pulsión más primaria del ser humano. La misma que llevó a nuestros antepasados a dejar la huella de su mano en las cuevas de Altamira. Y uno de los hogares espirituales de este movimiento se encuentra en Lausana.
La collection de L’Art Brut alberga la colección más completa de obras de este género, legadas a la ciudad por Jean Debuffet.
El francés se empezó a interesar por el Art Brut tras descubrir el libro Expresiones de la locura, de Hanz Prinzhorn. Un médico alemán que puso en valor las obras de arte de los locos que se encontraba en los psiquiátricos donde trabajaba durante los años 20. Debuffet acabaría llamando Art Brut (arte bruto) a este género en 1945, en honor a su crudeza y pureza artística.
Pero el artista francés no quiso reducirlo únicamente a la etiqueta del arte de los locos. Buscaba piezas insólitas de presos, gente solitaria, inadaptados, ancianos, místicos, anarquistas y rebeldes. Gente que tenía una cosa en común: la ausencia de una formación artística tradicional. El arte de los desamparados, marginados y olvidados.
Tras exponer sus piezas en el Museo de Artes Decorativas en París en 1967, el francés empezó a contactar con distintas instituciones para encontrar un hogar para su colección. Ante la falta de interés en su país de origen, llegó a un acuerdo con el Ayuntamiento de Lausana, que le ofreció un edificio para salvaguardar sus obras. La Collection de L’Art Brut se inauguró en 1976.
«El verdadero arte siempre está donde no se le espera. Allí donde nadie piensa en él ni pronuncia su nombre. El arte odia ser reconocido y saludado por su nombre. (…) El arte es un personaje apasionadamente enamorado del incógnito. En cuanto alguien lo descubre, lo señala con el dedo, entonces se escapa, dejando en su lugar un figurante laureado que lleva sobre sus hombros una gran pancarta en la que pone ARTE, que todo el mundo rocía enseguida con champaña», decía Jean Debuffet.
El Art Brut es una llamada a todos para crear sin esperar a tener el permiso de los demás. A confiar en nuestra intuición. A no dejar que anulen el potencial creativo que todos llevamos dentro.


Vivímos en la era de la estética; de lo visual y lo instagrameable.
Los demás sentidos acaban siendo olvidados e ignorados. Pero en la sala de conciertos del KKL Luzern es al revés. Lo que se escucha tiene muchísima más importancia que lo que se ve.
Este templo del sonido está custodiado por tres pesadas puertas. Cada una de ellas filtra y bloquea cualquier interferencia sonora del exterior. Escondido en el suelo, el sistema de ventilación bombea aire tan silencioso que es imperceptible al oído humano.
Todo está medido al milímetro para que nada se interponga entre la música y el espectador. Cincuenta compuertas se abren y cierran según el tipo de concierto. El control absoluto de las ondas hace que el rebote de las notas en la pared se amortigüe, evitando ecos molestos para los músicos.
El responsable de esta obra maestra de la música fue Russell Johnson (1923-2007), contratado por el arquitecto Jean Nouvel para velar por la acústica de la sala. El francés definió la experiencia como «una verdadera aventura en la que inventamos algo nuevo». Nouvel quedó tan impresionado por la sabiduría de Johnson que lo acabó apodando «el guardián del oído».

Sentado en un banco del parque de Los Bastiones me encontré cara a cara con estos cuatro gigantes que nos miraban con extrema severidad
Guillaume Farel, Juan Calvino, Teodoro de Beza y John Knox (de izquierda a derecha) fueron grandes figuras de la Reforma, la época entre 1517 y 1648 en la que países de toda Europa se separaron de la Iglesia católica.
Aunque se considera a Lutero como el gran precursor de este movimiento, cada país acabó adoptando su propia versión de la Reforma. En Suiza, Juan Calvino fue la figura clave, un predicador francés que desarrolló gran parte de su actividad en Ginebra.
De forma muy resumida, la Reforma se liberó de una Iglesia católica a la que consideraba corrupta. Apostó por la frugalidad en contraposición a la ostentación de Roma y sus satélites. Y abogó por volver a la Biblia como el único texto válido para regir nuestras vidas en oposición a la interpretación tergiversada del papa y sus sacerdotes.
Hoy muchas de sus acciones, como destruir la iconografía en las iglesias, serían vistas como propias de extremistas. Pero tampoco hay que perder de vista los efectos positivos que tuvo al promover la descentralización del poder.
¿Esta explicación te ha sabido a poco? Ginebra cuenta con un museo en el centro histórico dedicado a contar la historia de la Reforma en profundidad.


Hay rincones de Ginebra que no han cambiado nada en los últimos siglos.
Si obviamos la luz eléctrica y algún elemento más, esta foto se podría haber tomado en el siglo XIX.
¿Quién vivió aquí hace dos siglos? ¿Cómo se llamaba y qué ropa vestía?
La imaginación es un elemento imprescindible para hacer más inmersivos nuestros viajes. No olvidemos utilizarla de vez en cuando.