Momentos urbanos suizos
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Fue en este paseo frente al lago, flanqueado por columnas y palmeras, cuando entendi la fascinación que sienten los suizos por Lugano.
No hace falta viajar a la costa italiana o francesa para vivir el estilo de vida mediterráneo. Lo tienen a unas pocas horas en tren, sin coger un avión ni cruzar fronteras.
El monte que se ve en el horizonte se llama San Salvatore y es uno de los mejores miradores de la ciudad. Una digna copia del pan de azúcar en Río de Janeiro. O igual es al revés.


Vivímos en la era de la estética; de lo visual y lo instagrameable.
Los demás sentidos acaban siendo olvidados e ignorados. Pero en la sala de conciertos del KKL Luzern es al revés. Lo que se escucha tiene muchísima más importancia que lo que se ve.
Este templo del sonido está custodiado por tres pesadas puertas. Cada una de ellas filtra y bloquea cualquier interferencia sonora del exterior. Escondido en el suelo, el sistema de ventilación bombea aire tan silencioso que es imperceptible al oído humano.
Todo está medido al milímetro para que nada se interponga entre la música y el espectador. Cincuenta compuertas se abren y cierran según el tipo de concierto. El control absoluto de las ondas hace que el rebote de las notas en la pared se amortigüe, evitando ecos molestos para los músicos.
El responsable de esta obra maestra de la música fue Russell Johnson (1923-2007), contratado por el arquitecto Jean Nouvel para velar por la acústica de la sala. El francés definió la experiencia como «una verdadera aventura en la que inventamos algo nuevo». Nouvel quedó tan impresionado por la sabiduría de Johnson que lo acabó apodando «el guardián del oído».


El último edificio de Le Corbusier no estaría en Zúrich de no ser por Heidi Weber.
Una mujer que, con apenas 30 años, arriesgó su patrimonio y reputación personal para construirlo.
Apasionada del creador de origen suizo, acabó acumulando la colección más completa de sus cuadros, que aún hoy mantiene a sus 94 años.
Pero Weber quería más. Era el año 1960 y había un solar a orillas del lago de Zúrich que ella pensó que sería idóneo para levantar un pabellón en honor al Le Corbusier. Estaba tan convencida de ello que invitó al arquitecto a pasar unos días en la ciudad para que pudiese verlo con sus propios ojos. Tras presenciar «su perseverancia, voluntad de sacrificio y entusiasmo», como él la definía, acabó aceptando el encargo.
El edificio se convirtió en un ejemplo paradigmático de lo que los alemanes llaman ‘Gesamtkunstwerk’, una obra en la que todo, el espacio, los muebles y los cuadros, está concebido como una obra de arte conjunta. Algo solo al alcance de alguien tan versátil como Le Corbusier.
La obra representó, además, un cambio en la elección de materiales del arquitecto. El hormigón, que tanto había dominado en sus anteriores edificios, esta vez se reemplazó por el acero y el cristal.
Durante la construcción, Weber tuvo que lidiar con la muerte de Le Corbusier en 1965 y las dificultades de ejecutar un edificio muy experimental para la época. Barreras que casi la llevaron a la bancarrota.
Tras la inauguración en 1967, el espacio pasó a llamarse Heidi Weber Foundation–Centre Le Corbusier. El ayuntamiento aceptó además cederle el espacio libre de alquiler durante 50 años.
En 2014 ese acuerdo llegó a su fin y el Consistorio decidió quedarse con el edificio, cambiando el nombre a Pavillon Le Corbusier. La decisión no gustó a Weber y llevó al Ayuntamiento a los tribunales. En junio de 2020, un juez falló a favor de la ciudad.
De esta historia extraemos una lección valiosa. Hay muchos edificios que conocemos solo por sus arquitectos. Pero muchas veces olvidamos a las personas que trabajaron detrás del telón para ponerlos en pie.


Esta es la historia de un rico heredero desencantado de los negocios que dedicó su vida a coleccionar obras de arte.
«Una compensación necesaria para la desolación espiritual de mi entorno diario». Un relato que ayuda a explicar por qué una ciudad de 100.000 habitantes tiene una colección de arte que no se encuentra en muchas ciudades que superan el millón.
Se llamaba Oskar Reinhart (1885-1965), nació en Winterthur y pronto se dio cuenta de que lo suyo no era llevar una empresa. Pero tuvo el buen juicio de mantener sus acciones y enseguida empezó a invertir los beneficios que recibía cada año en comprar cuadros.
No lo hacía al azar, ni tampoco le interesaba ser marchante. Lo suyo fue un proceso metódico de recopilación que le llevó a tener una de las colecciones de arte más importantes de Suiza. Más de 600 pinturas que incluyen nombres como Delacroix, Courbet, Degas, Pissarro, Sisley, Renoir y Van Gogh, además de una notable colección de pinturas alemanas románticas.
Aquella mañana nos dirigimos al centro de operaciones de Reinhart. Una villa llamada Am Römerholz que encargó construir en 1915 en una colina con vistas a Winterthur.
Aquí, el joven Reinhart supervisaba la compra de obras. Un artículo de Neue Zürcher Zeitung publicado sobre su vida en 2015 lo describe como una persona disciplinada con los gastos que intentaba no perder el juicio cuando le ofrecían cuadros de pintores famosos. No quería caer en la tentación de comprar un cuadro de segunda de un artista de primera.
El gran beneficiado de su buen ojo fue Winterthur. Desde muy pronto, el heredero tomó la decisión de legar su colección a la ciudad. Obras que hoy se dividen entre la villa y el museo Reinhart am Stadtgarten, en el centro de la ciudad.
Desde el primer momento que cruzamos la puerta de entrada de la villa notamos el buen gusto de este mecenas. Un jardín frondoso rodeaba la casa, con una mezcla variopinta de especies naturales.
En la parte delantera de la casa nos esperaba una terraza acogedora regentada por una simpática camarera dicharachera, que le quitó solemnidad a la villa. No hablaba apenas inglés y nosotros apenas unas pocas palabras de alemán. Recurrimos al lenguaje universal de los signos para hacernos entender.


Era extraño ver en persona una obra que había visto tantas veces antes en pantalla.
Pero la experiencia fue infinitamente superior.
Viajé muy lejos durante los minutos que me quedé observando este cuadro. Me trasladé a los acantilados blancos de la isla de Rügen. No los reales sino los figurativos. Aquellos que nacieron a partir de la imaginación de su autor, Caspar David Friedrich. Un collage de sus experiencias reales mezcladas con sus vivencias internas.
Friedrich quería que nos sintiéramos insignificantes antes sus paisajes. Usaba la naturaleza para crear escenas místicas y religiosas sin necesidad de usar símbolos abiertamente religiosos.
Sus personajes están de espaldas. No solo empatizamos con ellos, nos convertimos en ellos. El personaje del medio se asoma y ve algo que nosotros nos alcanzamos a ver. El artista retiene algo de misterio en la imagen.
El cuadro fue una buena terapia. Neutralizó mis preocupaciones de aquel día. El poderío de la naturaleza me ayudó a relativizar muchas cosas.
Friedrich es hijo de la época en la que le tocó vivir. Una primera mitad del siglo XIX dominada por la industrialización, las guerras con Francia y las dificultades de ganarse el pan como artista.
Pero sus mensajes son absolutamente universales. Llegaron a la gente en su época y llegan a gente como yo siglos después en circunstancias muy distintas.



Después de unos días de sol, las nubes grisáceas se confabularon esa mañana para dar un aire de intriga al jardín botánico.
Entramos en uno de los invernaderos y un aspersor empezó a regar el ambiente con agua pulverizada, contribuyendo a remarcar la atmósfera misteriosa. Las plantas empujaban contra los cristales empañados creando escenas que parecían sacadas de un cuadro impresionista. Mi primer impulso fue fotografiarlo todo. Pero desistí para no perderme muchas cosas.
El jardín botánico de Ginebra es un mundo natural miniaturizado. Un lugar en el que plantas de los seis continentes comparten espacio y vida. Uno de los lugares favoritos de los ginebrinos para sus citas, comer un bocadillo a mediodía o simplemente huir de la ciudad sin salir de ella.
Un viaje dentro de un viaje para ver las maravillas del mundo natural.