Momentos urbanos suizos
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Las ciudades están llenas de no lugares.
Un concepto acuñado por el antropólogo Marc Augé y que se refiere a esos espacios que carecen de una identidad más allá del uso utilitario que se hace de ellos. Autopistas, aeropuertos, supermercados.
Cuando me sumergí en el túnel que pasa por debajo de la estación central de Lugano actúe como cualquier otro lo haría. Caminé sin pensar mucho en dónde estaba. Miré hacia adelante, buscando la luz al final del túnel que indicara la salida. De pronto, una serie de pantallas empezaron a moverse a medida que me acercaba a ellas. Me paré y durante unos minutos interactúe con esta instalación que me retaba a interrumpir mi paseo.
«Reproduce en tres dimensiones el cerebro, una gran red neuronal donde las pantallas LED representan las neuronas, mientras las cuerdas actúan como sinapsis que mueven los impulsos nerviosos de un lugar a otro», dicen los autores de la obra pública Alex Dorici y Luca María Gambardella. El no lugar, de pronto, se había convertido en algo más que un simple túnel.


Cuando nos bajamos del autobús, lo primero que pensé es que me había equivocado de sitio.
Vinimos en busca de una iglesia y nos encontramos con un cubo blanco anodino sin ventanas. Rodeamos el costado izquierdo del edificio hasta llegar a la parte trasera y una puerta se abrió automáticamente.
Cruzamos el umbral cegados por la luz del sol, y la atmósfera se transformó por completo. El ambiente era oscuro pero bañado en una luminosidad suave. Los muros desprendían una luz anaranjada que resaltaba los contornos de la piedra. El arquitecto, Franz Füeg, consiguió este efecto forrando el muro con 888 losas de mármol griego de 20 mm de ancho.
No había cuadros ni símbolos, ni falta que hacía. El choque de los rayos del sol con la piedra generó una energía celestial, independientemente de si uno es creyente o no.
Contemplamos esta maravilla durante 20 minutos en silencio y en soledad. Las ciudades tienen estas recompensas para quien está dispuesto a salirse de las zonas monumentales. Y aquel día encontramos nuestro premio en en Meggen, un pueblo junto a Lucerna.


Puede que el ‘streaming’ haya ganado la partida a las salas de cine, pero no ayuda que muchas salas parezcan cubos negros anodinos.
El Cinema Corso es uno de esos lugares que entendió desde el principio que el sitio donde se ve la película es tan importante cómo la película que se ve.
Construido en los años 50 por el arquitecto Rino Tami, el interior es una pieza exquisita de diseño de época, con poltronas rojas de terciopelo y un techo geométrico que intercala negro con blanco para crear un efecto óptico electrizante. Justificar una visita puede ser difícil si solo has venido a pasar el día, pero si tienes un poco más de tiempo, no hacerlo es delito.


La proliferación de páginas como Tripadvisor ha llevado a muchos a no poder tomar una decisión sin consultar primero las puntuaciones y opiniones de otros usuarios sobre un bar, hotel o restaurante.
Y aunque puede tener su sentido en determinados momentos, hacerlo por defecto nos lleva a perder uno de los factores más placenteros de viajar: la sorpresa y la improvisación.
Algo así nos pasó con el bar Drei Eidgenossen, situado en Rathausgasse, una de las calles más antiguas de Berna. No fue necesario mirar ninguna web ni preguntar a nadie para sentarnos en su terraza. La energía que desprendía era suficiente. Nuestra intuición nos dijo que este era un buen sitio para parar a tomar algo, y así fue. Si alguna vez te equivocas, tampoco pasa nada. Es un pequeño precio que hay que pagar para tomar las riendas de tu viaje. No podemos delegar todas nuestras decisiones en los demás.


Oblígate a parar o te perderás muchas cosas.
Suena contradictorio, pero no lo es. Ya no viajamos como en el pasado. Los tiempos son más cortos y se busca hacer lo máximo posible en el tiempo asignado. Es lógico.
Pero viajar no es solo moverse a toda velocidad o coleccionar cromos en Instagram Stories. Viajar también es reservarse un rato cada día para no hacer nada. Sentarse en un banco mirando al lago de Lucerna, levantar la mirada y asimilar lo que estamos viviendo.
Oblígate a parar para no perderte muchas cosas.


Hace tiempo que aquí no se escucha el ruido de deportistas sudados levantando pesas ni de balones botando en el suelo.
Este antiguo gimnasio ahora alberga otro tipo de actividades. Conciertos, charlas, quedadas entre artistas. Además del simple acto de tomarse una cerveza entre amigos. Hablamos del Turnhalle, una institución en Berna. Un bar cultural que muda de piel a menudo.
Turnhalle habita dentro de Progr, una organización que ha transformado un antiguo colegio en un centro de trabajo para artistas y mentes creativas. Hay más de 150 integrantes que desarrollan proyectos en sus salas, desde diseñadores gráficos hasta directores de cine, pasando por coreógrafos.
La historia detrás de este proyecto, como muchos que tienen que ver con cultura urbana en Suiza, surge a partir de la lucha de unos creadores valientes por abrir espacios para desarrollar el arte.
Tras el cierre de la escuela en 2004, una agrupación cultural consiguió convencer al Ayuntamiento para quedarse con los espacios de forma temporal durante dos años, mientras se tomaba una decisión sobre su futuro uso.
El tiempo pasó y el arraigo del centro se hizo cada vez más profundo en la escena cultural bernesa. Ante la posible venta del inmueble, Berna recurrió a un recurso típicamente suizo: organizar un referéndum en 2009 para decidir su futuro.
Más del 60% de los habitantes de la ciudad votaron por mantenerlo en su estado actual hasta, al menos, 2039.
Como dicen los propios responsables de Turnhalle, «aquí puedes beber, comer, cotillear, hacer gimnasia, soñar, pensar, hablar, escuchar, mirar». ¿Qué más se puede pedir?