Momentos urbanos suizos
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Antes de que Jimmy Wales pusiera en marcha la Wikipedia, ya había personas obsesionadas con recopilar todo el conocimiento de la humanidad.
Gente como Martin Bodmer (1899-1971), que dedicó su vida a coleccionar más de 150.000 libros y objetos.
La wikipedia analógica de Bodmer se encuentra en el barrio de Cologny. Sus salas subterráneas muestran primeras ediciones de libros como la Biblia de Gutenberg, las noventa y cinco tesis de Lutero, ‘Principia Mathematica’, de Newton, el manuscrito original de ‘Los 120 días de Sodoma’, el Papiro 66, bocetos de Mozart, la ‘Comedia’, de Dante y ‘Fausto’, de Goethe, escrito a mano.
Originario de Zúrich, Bodmer heredó una gran fortuna en 1916 y empleó su dinero en adquirir libros de manera metódica, con gran discreción, durante el resto de su vida.
En sus últimos años antes de morir creó la Fundación Martin Bodmer con el fin de salvaguardar la colección. Las obras se guardan bajo tierra en un espacio diseñado de manera magistral por el arquitecto Mario Botta para no alterar el paisaje de Cologny.
Además de la conservación y digitalización de la biblioteca, hoy la entidad invierte mucha energía en organizar exposiciones que mantienen vivo el espíritu de Bodmer.
El bibliófilo salvó muchas obras de la destrucción de las guerras mundiales. Hoy, en la época de las ‘fake news’, cuando leemos información de primera, segunda y tercera mano, nunca se volvió más importante conservar las fuentes primarias.


—¡61 millones de francos para la ópera! ¿Y nosotros qué?
Estamos a principios de los 80 y los movimientos estudiantiles están caldeados. Hay mucha frustración. Mientras a los adolescentes les niegan espacios culturales libres y accesibles, el Ayuntamiento acaba de gastar una millonada en la remodelación de la ópera.
Los siguientes años estuvieron dominados por protestas, ocupaciones y presiones. Ruido que acabó dando sus frutos cuando en 1988 abrió el centro juvenil Dynamo, respaldado con 15 millones de francos de dinero público. 30 años más tarde, el proyecto ha conseguido mantenerse alejado de la institucionalidad con una propuesta que evoluciona con los tiempos.
En el interior hay talleres, estudios de grabación, laboratorios e impresoras que permiten a los jóvenes desarrollar sus inquietudes. En el sótano hay una discoteca participativa cuyos responsables rotan con el fin de coger experiencia laboral.
Situado en una antigua fábrica de cerveza, el edificio se encuentra sobre el río Limago. Una zona de baño posindustrial con un restaurante que sirve platos sencillos a precios razonables.
Una buena oportunidad para empaparse de la cultura juvenil en Zúrich.


Viajar es a veces confiar en la amabilidad de los extraños, pero esa amabilidad no suele llegar sola.
Hay que trabajársela, hay que salir a buscarla.
Cuando adquirimos nuestra entrada del Museo de Arte de Winterthur, la recepcionista reconoció que hablábamos castellano. Rápidamente entablamos una conversación y ella aprovechó para practicarlo. Podríamos habernos escaqueado lo más rápido posible, pero nos hubiésemos perdido algo, la oportunidad de hablar con alguien autóctono con un conocimiento, un bagaje y una historia que puede cambiar el rumbo de tu viaje.
En este caso concreto, la amabilidad del extraño nos recomendó entrar en una sala del museo donde los visitantes no suelen pasar. Un espacio de otra época que ese día estaba alumbrado por la cálida luz de la mañana, como refleja la foto que abre este texto.
Entre monumentos, museos, paseos y cafés, a veces se nos olvida que una ciudad es lo que es por sus personas. Solo alcanzarás a conocerlas si estás abierto a ello, si tomas la iniciativa y aprovechas las oportunidades que te va dando cada escenario del viaje. Ser amable y sonreír ayuda.



A la cima del monte Bré llegamos volando.
El gran mirador de Lugano está conectado con la ciudad con un funicular que llega a su destino con extrema facilidad.
Pero ¿por qué se ven destellos blancos en el margen derecho de esta foto?
Son pequeños errores producto de la fotografía analógica, bellos fallos que dan la sensación de estar contemplando un sueño o un recuerdo.
En la era de la fotografía digital, en la que no hay casi límite de fotos que podemos hacer, trabajar con cámaras que usan carrete obliga a los fotógrafos a tomar menos instantáneas. Es lo que hicimos en este viaje. Todas las imágenes que mostramos en esta guía están hechas con cámara analógica.
«Tienes menos margen para equivocarte. Te obliga a pensar más antes de hacer la foto», explica Lluís, el fotógrafo que me acompaña en esta aventura. «Además, sigues contando con la cámara de tu móvil, por si acaso».
Hay un elemento más que contribuye a la belleza de lo analógico. El revelado. Cuando haces la foto, no tienes una pantalla para poder ver el resultado en tiempo real. Toca esperar hasta el final del viaje. Envías los carretes a un laboratorio y en unos pocos días recibes los resultados en un archivo digital. Un ejercicio de paciencia en la era de la impaciencia.


Cuando entres en el centro histórico de Basilea, no vayas a ningún lugar en concreto.
Camina, merodea, mira los escaparates. Párate a tomar un café, entra en los anticuarios. Siéntate en un banco con vistas al Rhin, visita la tumba del humanista Erasmus. Aprende a perderte y volver a encontrarte. Y vuelta a empezar.
Si quieres profundizar en lo que acabas de ver, todas las semanas el ayuntamiento organiza visitas guiadas por el centro histórico.


Lo primero que llama la atención al entrar al museo Tinguely es ver niños correteando y subidos a las obras.
Una niña de unos 8 años se acerca a una de las esculturas y pisa un botón. La escultura cobra vida y genera un maravilloso estruendo. Si Jean Tinguely estuviese vivo hoy, esta escena le hubiese gustado.
El artista suizo luchó toda la vida para quitar solemnidad al arte. El juego es una parte vital de la vida y buscaba que estuviera siempre presente en sus obras. Sus piezas son máquinas imperfectas construidas con una enorme variedad de objetos en desuso. Tinguely era capaz de juntar una cabeza de caballo, una noria, las cortinas antiguas de un teatro, una rueda de una bici y un tambor para generar esculturas en movimiento. Sus máquinas son como la vida misma: imperfectas, desordenadas, bellas, ruidosas, molestas.
El escultor disfrutaba también destruyendo algunas de sus obras y generando grandes performances que acababan con explosiones. Era su manera de recordarnos que las máquinas podían matarnos si caían en las manos equivocadas.
El tiempo tiende a olvidar y por eso este museo sigue siendo tan importante. Tinguely sigue siendo relevante para los tiempos en los que vivímos por la manera en que reflexionaba sobre la tecnología sin perder el sentido del humor. Un espíritu que lo guió hasta el final de su vida en 1991.
En lugar de una ceremonia sombría y triste, preparó un funeral en el que desfilaron varias de sus esculturas en movimiento. Más de 10.000 personas se despidieron del artista suizo más importante del siglo XX.