Momentos urbanos suizos
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«¿Dónde está tomada esa foto?», le pregunté al señor de detrás del mostrador, señalando una imagen de una bodega llena de quesos.
«Aquí debajo», me contestó sonriendo, apuntando al subsuelo. «¿Os lo enseño?».
Salimos al exterior de la tienda y unas compuertas nos llevaron a un pasadizo subterráneo. A medida que bajamos los peldaños de la escalera, el olor a queso se volvió cada vez más intenso. «Aquí es donde ocurre la magia». Cada una de las salas abovedadas estaba llena de quesos redondos apilados en estanterías. «Los dejamos madurar entre 6 y 30 meses, dependiendo de la intensidad de sabor que buscamos».
La persona que nos atendió se llama Dominic Bärfuss y lleva seis años regentando el establecimiento junto con su hermano Patrick. Antes de su llegada, la tienda estuvo en manos de la misma familia desde 1894 hasta 2014, cuando el bisnieto del fundador, Dieter Heugel, decidió jubilarse.
Sin descendencia ni pareja, Heugel llegó a pensar que tendría que cerrar ante la imposibilidad de encontrar un sucesor adecuado, hasta que Patrick se cruzó en su camino. Bärfuss llevaba tiempo buscando un cambio de vida tras una carrera desarrollada en marketing y ventas. Los dos congeniaron y Heugel por fin encontró a alguien que pudiese tomar las riendas de su negocio.
Pese a estar en un emplazamiento turístico, Dominic nos contó que el 90% de su clientela es local. Además de los quesos que maduran en sus bodegas, recomiendan su mezcla casera para fondue. «Siempre dicen que es algo que se debe comer solo en invierno, pero yo creo que cualquier momento del año es bueno».


Todo tiempo es poco a bordo del M.N Ceresio.
Esta embarcación de los años 30 navega por las aguas del lago de Lugano con una silueta inconfundible. Alargada, fina y estilizada, fue el barco que nos acompañó durante los múltiples trayectos que hicimos (todos incluidos en el precio de nuestra Swiss Travel Pass).
«El motor ha sido totalmente restaurado para cumplir con las normas medioambientales actuales, pero el interior sigue siendo completamente original», me explicó el simpático revisor de billetes.
Su polo azul marino llevaba el emblema de la Società Navigazione del Lago di Lugano, la empresa que lleva desde 1848 transportando viajeros por estas aguas.
No es la forma más rápida de moverse por Lugano, pero ¿para qué viajar si viajas con prisa?



Podría haber estado allí todo el día.
Sentado en el puerto de Ouchy vi entrar y salir media docena de barcos en el espacio de una hora. Pero no eran barcos cualesquiera. Todos funcionaban con vapor, y tenían más de un siglo de vida. La posición de Lausana, situada en el centro del lago Leman, la convierte en un lugar de mucho trasiego para estas embarcaciones.
Que estos barcos monumentales sigan siendo los reyes del lago tiene mucho que ver con el compromiso de CGN, un consorcio público privado que lleva desde el siglo XIX transportando pasajeros por el lago de Lemán.
Lo conseguido por la región es único en el mundo: mantener vivos y en perfectas condiciones barcos de vapor centenarios. Un regalo para quienes tenemos la buena fortuna de subirnos a ellos (todos los trayectos están incluidos en el precio del Swiss Travel Pass).
Los trayectos a bordo de estas joyas son principalmente viajes de placer. No se busca atajar ni ganar tiempo. Lo importante es el recorrido.


No se puede huir del río Aar cuando uno está en Berna.
Allí donde miras hay fragmentos de las aguas verdiazules de este afluente, que abraza el casco histórico.
Durante siglos fue la mejor protección ante la amenaza de invasores. Hoy, impresionantes puentes sortean esa barrera natural y conectan el centro desnivelado con los alrededores. Esta foto fue tomada desde Münster Plattform, una plaza elevada que invita a quedarse en ella durante horas.


¿Es una galería o una gasolinera?
En realidad, es las dos cosas. En 2008, los galeristas Von Bartha se mudaron a este antiguo taller de reparaciones en busca de más espacio para mostrar sus colecciones. En la parte delantera de la fachada principal hay una gasolinera que sigue en funcionamiento y los responsables de Von Bartha tiraron de arquitectura ingeniosa para integrarla en su diseño.
Cada vez que alguien para allí a repostar, puede contemplar obras de arte en el escaparate incluido en el precio de llenar el tanque. Son estos pequeños detalles que muestran la vinculación profunda que tiene la ciudad con el arte y la arquitectura. Visita la galería pidiendo cita previa o acércate a cualquier hora para captar este interesante juego visual.


Era el oscuro verano de 1816. En Villa Diodati, junto al lago de Ginebra, se reunieron Lord Byron y su médico, el doctor Polidori, con el poeta Percy Shelley, Mary Godwin (la futura esposa de Percy) y Claire (la hermanastra de Mary).
Hacía un frío que pelaba. Bramaban rayos y truenos, y de algún modo, su electricidad se apoderó de las conversaciones nocturnas alrededor de la chimenea.
Hablaban de esas teorías científicas que pretendían devolver la vida a los muertos con una descarga eléctrica, divagaban sobre los autómatas (los antecesores de los robots) y se obsesionaron con las historias alemanas de fantasmas.
Una noche, frente a los chasquidos del fuego, Lord Byron retó a sus amigos: «Cada uno escribirá un cuento de fantasmas». Días después, al meterse en la cama, Mary no podía dormir. Cerró los ojos y de pronto: «Vi el horrendo fantasma de un hombre extendido y entonces, bajo el poder de una enorme fuerza, aquello mostró signos de vida, y se agitó con un torpe, casi vital, movimiento».
Dos años después, con solo 20 años, Mary Shelley publicó de forma anónima el relato de terror que apareció aquella noche sobre su almohada: Frankenstein o el moderno Prometeo.
Una mañana nos dirigimos a la casa donde se gestó esta obra maestra de la literatura. Sabíamos que no estaba abierta al público, pero nuestra mitomanía se impuso y decidimos ir de todas maneras. De la visita salió esta foto del muro de la casa, en el que se divisa la nariz de un ser que bien podría ser Frankenstein.
A unos pocos metros de la villa nos sentamos en un banco con vistas ininterrumpidas al lago. En realidad, no hacía falta ver la casa. Bastaba con cerrar los ojos y usar la imaginación, como hizo Shelley aquel lluvioso verano de 1816.