Momentos urbanos suizos
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Han pasado 30 años desde que un grupo de activistas tomaron el control de esta antigua fábrica y lo convirtieron en el centro de la cultura alternativa de la ciudad.
Desde entonces, ha habido tensiones con las autoridades, pero el proyecto ha conseguido consolidarse.
Un total de 18 asociaciones comparten el espacio, programando mĂşsica en vivo, arte, cine independiente, serigrafia y talleres de trabajo.
L’Usine, junto con Rote Fabrik (Zúrich) y Reitschule (Berna), son los abanderados de la cultura autogestionada en Suiza. Los tres han conseguido apoyo gubernamental sin comprometer su independencia.


Cuando nos bajamos del autobĂşs, lo primero que pensĂ© es que me habĂa equivocado de sitio.
Vinimos en busca de una iglesia y nos encontramos con un cubo blanco anodino sin ventanas. Rodeamos el costado izquierdo del edificio hasta llegar a la parte trasera y una puerta se abrió automáticamente.
Cruzamos el umbral cegados por la luz del sol, y la atmĂłsfera se transformĂł por completo. El ambiente era oscuro pero bañado en una luminosidad suave. Los muros desprendĂan una luz anaranjada que resaltaba los contornos de la piedra. El arquitecto, Franz FĂĽeg, consiguiĂł este efecto forrando el muro con 888 losas de mármol griego de 20 mm de ancho.
No habĂa cuadros ni sĂmbolos, ni falta que hacĂa. El choque de los rayos del sol con la piedra generĂł una energĂa celestial, independientemente de si uno es creyente o no.
Contemplamos esta maravilla durante 20 minutos en silencio y en soledad. Las ciudades tienen estas recompensas para quien está dispuesto a salirse de las zonas monumentales. Y aquel dĂa encontramos nuestro premio en en Meggen, un pueblo junto a Lucerna.


El ser más poderoso del reino animal yace moribundo, consciente del poco tiempo que le queda.
Una daga clavada en el cuerpo le está dejando sin vida. La escultura se inauguró en 1821 para homenajear a los 760 mercenarios de la Guardia Suiza que murieron protegiendo a Luis XVI durante la Revolución francesa.
Pero el mensaje del leĂłn moribundo es tan universal que trasciende la razĂłn por la que fue esculpido. Su mirada nos recuerda la necesidad de sentir empatĂa hacia los demás.
Mark Twain lo describiĂł como «el trozo de piedra más triste, conmovedor y contundente del mundo». Hay lugares turĂsticos a los que uno llega y difĂcilmente entiende la fama que tienen. Este no es uno de ellos.


Hay quien no sale nunca de las zonas turĂsticas.
Arrastramos inercias que nos llevan solo a los lugares que han sido preparados para ser vistos. Pero siempre merece la pena reservarse un rato para ver cosas más cotidianas. Caminar por un barrio residencial, por ejemplo, como hicimos en St. Gallen.
Allà donde acababa el casco viejo encontramos unas calle empinadas que llevaban a una casas señoriales custodiadas por árboles gigantes. ¿Cómo se construyen? ¿Qué tipo de coches hay aparcados? ¿La gente se saluda por la calle? Entrena la mirada para fijarte en lo cotidiano. No puedes juzgar una ciudad únicamente por su centro histórico.


En Lugano, la presencia del lago es tan envolvente que a veces te olvidas de que estás en una ciudad.
Pero hay dĂas en los que apetece un poco más de urbanidad. Si nos quedamos Ăşnicamente con lo más bello de una ciudad, nos llevaremos un relato incompleto. Para llegar al Bar Oops hay que caminar hacia el interior de Lugano y alejarse de las zonas más monumentales.
Llegamos justo cuando cae el sol. El bar está a rebosar. Se concentran una mezcla de estudiantes y profesionales liberales, que charlan animadamente con esa gesticulación tan vivaz que caracteriza a los italoparlantes. Las mesas son largas y se comparten aumentando las posibilidades de acabar conociendo a un local. Aunque no se sirve comida, los dueños te permiten comprar una pizza en el local de enfrente y comértela allà dentro.
Durante la hora que estuvimos en este bar, fue fácil imaginarse como un luganés más disfrutando de una cerveza tras finalizar una jornada de trabajo. La atracción de lo cotidiano.


—Buscamos la piscina —informamos al encargado del local.
—¡Seguidme! —contestó sin pensarlo dos veces.
Nos guio por unas escaleras, sacĂł un juego de llaves, las metiĂł en la puerta y ¡zas! AllĂ estaba. Una piscina interior gigante completamente vacĂa.
—Hemos hecho de todo aquĂ. PelĂculas, presentaciones, exposiciones, fiestas, representaciones teatrales —nos explicĂł visiblemente emocionado por las posibilidades de este enorme cubo rectangular— ¡Ah, que no me he presentado! Me llamo Dominic, por cierto.
En cuestiĂłn de segundos habĂamos llegado al corazĂłn de Neubad, uno de los centros culturales más punteros de Suiza.
Desde 2013, las antiguas instalaciones deportivas han sido transformadas en salas de trabajo y un cafĂ© restaurante muy concurrido por los hĂpsteres locales. Pero el verdadero centro gravitacional de Neubad es, y siempre será, la piscina.
Dominic dice estar tan entusiasmado como el primer dĂa con el proyecto pese a las dificultades de sacarlo adelante. «No pagamos alquiler al Ayuntamiento bajo la condiciĂłn de no costarle ni un franco a las arcas pĂşblicas. Eso nos obliga a no estar quietos nunca; siempre nos inventamos cosas para darle vida a esto».