Momentos urbanos suizos
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«Yo os recomendaría subir a Drei Weieren; son nuestros baños», nos contestó un camarero.
Pregunta siempre a un local que te recomiende algo de la ciudad donde estás. Es una regla básica que intento imponerme cuando viajo. Por mucho que investigues de antemano, siempre hay cosas que se te escaparán.
Y allí fuimos. Llegar fue fácil; un paseo breve, seguido de una subida igual de breve en funicular y un camino de 500 metros. Son tres piscinas naturales, una al lado de otra, sobre una colina con vistas a la ciudad. Entremedias, varias casetas se utilizan como vestuarios para los bañistas.
El espacio nunca se desaprovecha. En verano, medio St. Gallen se baña aquí. En invierno se usa como pista de patinaje. Y entremedias, la gente saca sus perros a pasear y recorre sus senderos. La naturaleza siempre está a mano en las ciudades suizas.



Este mirador tobogán es para adultos que siguen sintiéndose niños o niños que no quieren dejar de serlo.
Desde arriba se ve todo el ‘skyline’ de Basilea en el horizonte y directamente debajo, la piezas arquitectónicas que forman el Vitra Campus.
La cima se alcanza a pie. La vuelta a tierra se realiza deslizándote rápidamente por el interior de un tobogán. Su creador, Carsten Höller, es un artista alemán con una especial predilección por este medio de transporte, que ha instalado en varios museos del mundo.
«Un tobogán es un trabajo escultural con un elemento pragmático, una escultura que te permite viajar por su interior. (…) Es un elemento singular para experimentar un estado emocional único entre el deleite y la locura».


Un huerto en el casco antiguo.
Caminar sin rumbo por el centro histórico de Berna regala este tipo de caramelos visuales. Entrena la mirada. Déjate llevar por el instinto. No te obsesiones con sacar fotos en cada momento. Cuando algo te llame la atención, imagínate el encuadre. Cuando te guste lo que ves, acerca el ojo a la mirilla de la cámara y ¡clic!



Había varias opciones para llegar a Ginebra desde Lausana.
El tren era la más rápida: 45 minutos. El autobús tardaba algo más. El barco: tres horas y media. Escogimos el barco. ¿Para qué viajar si viajas con prisa?, me dije a mi mismo.
A las 14.45 entró a puerto el Simplon. Una obra maestra de la ‘belle époque’ que acababa de cumplir un siglo de vida. Dejamos nuestras maletas en un rincón y nos dirigimos a este salón restaurante situado en la parte delantera del barco, recubierto de madera con sillas de terciopelo rojo.
Cada parte del barco ofrecía algo nuevo que descubrir. En la parte central de la nave escuchamos un sonido estruendoso. El motor estaba completamente expuesto a la vista. El choque de pistones, vapor y grasa generaba un ruido hipnótico. A los lados, dos ventanales mostraban las ruedas, que se movían a toda velocidad para mover la embarcación.
Pasamos el resto del viaje en cubierta, sentados en una mesa rodeada de grandes ventanales.
Cuando el barco entró al puerto de Ginebra tres horas y treinta minutos después, deseamos que el tiempo se hubiese parado. Pero no había escapatoria. El viaje se había acabado.


Hay quien solo ve Suiza como un lugar de vacas felices pastando en prados verdes, picos nevados y trenes que llegan siempre a la hora.
Esa Suiza existe, pero es una visión parcial e incompleta.
La cara B del país, el lado más combativo y alternativo, vive en lugares como Reitschule, un centro cultural okupado abierto a todos.
Todo empezó en 1982, cuando un grupo de anarquistas y activistas tomaron el control de esta antigua escuela de equitación. Reclamaban más espacio para la cultura y lo hicieron suyo, llenándolo de proyecciones de cine, conciertos y debates.
Después llegaron cinco años de luchas constantes con las autoridades. Un juego del gato y el ratón en el que la policía expulsaba a los okupas, y pocos días después estos volvían a ocuparlo.
Con el tiempo, el centro se volvió cada vez más integrado en la cultura de la ciudad y el Ayuntamiento optó por rebajar los conflictos sociales con subvenciones y exenciones de alquiler.
Hoy una mayoría de berneses lo consideran una pieza clave en el tejido cultural de la ciudad. Una opinión que dejaron bien clara en el referéndum celebrado en 2010, convocado por la oposición, que pedía cerrar y vender el Reitschule. El 68,4% de la población rechazó la propuesta.


El centro de decisiones de la ciudad Basilea destaca de todos los edificios a su alrededor por el color rojizo que envuelve su fachada.
Cruzamos la puerta de entrada y llegamos a un patio interior cubierto de murales pintados. Como muchos edificios antiguos, el edificio que vemos hoy es el producto de varias reformas a lo largo de los siglos. La parte central se construyó entre 1504 y 1514 para conmemorar la entrada de Basilea en la confederación suiza. En el siglo XVII se añadió una nueva ala y posteriormente, a finales del siglo XIX, se edificó la torre y el edificio situado en el extremo izquierdo del ayuntamiento.
Aunque hace tiempo que las oficinas fueron instalados en otra parte, sigue albergando el parlamento cantonal en el que se debaten y toman las decisiones. Sus 130 miembros se reúnen dos veces al mes aquí. El exterior sorprende, pero lo verdaderamente interesante está en el interior. Todos los sábados se organizan visitas guiadas para verlo.