Momentos urbanos suizos
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En el verano estarás resguardado del sol y en invierno, protegido de la lluvia.
Los soportales de la ciudad cumplen su función a la perfección y hay más de seis kilómetros distribuidos por toda la urbe. El ser humano importa más que los coches en Berna.


Es difícil rellenar un vacío tan grande como el que dejó el cierre de las fábricas de Sulzer AG en Winterthur.
No ocurrió de la noche a la mañana, pero el golpe de gracia llegó en los años 80, cuando el conglomerado industrial dejó vacío Sulzer Areal, un espacio de 150.000 m² en las inmediaciones de la estación central. Para poner en contexto el agujero, el espacio equivalía al tamaño del centro histórico de Winterthur.
Se barajaron todo tipo de opciones. Entre ellas, arrasar los edificios por completo. Pero, poco a poco, los ciudadanos empezaron a ver que, lejos de ser un incordio, estaban ante una gran oportunidad.
El siguiente paso fue convocar un concurso internacional de ideas en 1992, que ganó el arquitecto francés Jean Nouvel. Un proyecto llamado Megalou que prometía transformar el barrio a lo grande.
Mientras las autoridades y empresas privadas volcaron su energía en reunir los fondos para hacerlo posible, algo interesante empezó a ocurrir. Llegaron pequeños proyectos a la zona. Una discoteca por aquí, una tienda por allá, unas oficinas. Todas con licencia de uso temporal.
En 2001 el gran proyecto de Nouvel se abandonó por falta de fondos y tocó cambiar de estrategia. Esos negocios que vinieron de manera temporal se convirtieron en permanentes. Se buscó primar proyectos más pequeños y una visión más descentralizada del desarrollo de la zona. La apuesta resultó ser un éxito.
Hoy Sulzer Areal es uno de los motores de la ciudad. Aquí puedes aparcar en una antigua sala de fundición, estudiar arquitectura en lo que antes fue una sala de motores, comprar vinilos, cenar en un antiguo tranvía, bailar electrónica hasta altas horas de la madrugada, montar una start-up e incluso vivir en fábricas reconvertidas en apartamentos.
El éxito del proyecto ha revelado algunas grandes verdades para una ciudad pequeña como Winterthur:


En el Cementerio de los Reyes, el más importante de Ginebra, descansan los restos de Jorge Luis Borges desde 1986.
«En Ginebra me siento extrañamente feliz. Eso nada tiene que ver con el culto de mis mayores y con el esencial amor a la patria. Me parece extraño que alguien no comprenda y respete esta decisión de un hombre que ha tomado (…) la determinación de ser un hombre invisible», decía el escritor, que pasó los últimos meses de su vida en la ciudad en busca de una tranquilidad y anonimato que sabía que no podía tener en su Argentina natal.
Era un cierre de círculo para el creador que había vivido su adolescencia en Ginebra entre 1914 y 1919. Años que recordaba como algunos de los más felices de su vida.
«En Suiza había aprendido la tolerancia. Él vio cómo recibían a los refugiados de la Primera Guerra Mundial en Ginebra y eso le marcó para toda la vida. Digamos que su último libro Los conjurados es como su testamento literario para la humanidad, como él mismo decía», recordaba María Kodama, la viuda de Borges en una entrevista para SWI.
Durante esos últimos meses, Borges pasó parte de su tiempo preparando su lápida. Amante del simbolismo, lo llenó de mensajes ocultos en inglés antiguo y el lenguaje de los vikingos. Hay tantos que el investigador Martín Hadis dedicó un libro a desentrañarlos:
Los siete guerreros de la tumba de Borges fueron tomados de una lápida del siglo IX hallada en Inglaterra, y la imagen conmemora un ataque vikingo a un monasterio en la isla de Lindisfarne (Nortumbria) en 793.
En su anverso, la lápida de Borges también contiene el nombre grabado del escritor y una frase en inglés antiguo, extraída de un poema sajón sobre la Batalla de Maldon, traducida como «y que no temieran», una alusión al coraje que el escritor tanto admiraba como cualidad en otras personas.
También en el anverso de la lápida hay una cruz celta, que remite a la cruz de Gosforth, erigida en Inglaterra en el siglo X por descendientes de vikingos, y que en su columna, de cuatro metros, contiene grabadas escenas de tradiciones paganas y cristianas.
En el reverso de la lápida están grabadas dos frases y un barco vikingo. Una de las frases está escrita en escandinavo antiguo y, traducida, dice: «Él toma la espada Gram y la coloca entre ellos desenvainada», extraída de la Volsunga Saga, texto islandés de finales del siglo XIII que relata la historia del héroe germánico Sigurd y que Borges menciona en su obra.
‘La misteriosa tumba de Borges’, Natalia Kidd, 2011



100 segundos para llegar a una de las mejores panorámicas de Zúrich.
Es lo que tarda el funicular Polybahn en llegar a la Polyterrase, una plaza libre de obstáculos para contemplar la ciudad.
Aquí se encuentra también la sede monumental de la Universidad Politécnica de Zúrich (ETH, por sus siglas en alemán). Más de 21 premios Nobel (entre ellos Einstein) han pasado por este centro especializado en ciencias, que está entre las 10 mejores universidades del mundo. Sus graduados son tan codiciados que Google tiene una de sus oficinas más importantes del mundo en Zúrich, donde trabajan más de 2.000 personas.
Hoy, más que nunca, el coronavirus nos ha demostrado que una nación que no invierte en ciencia está condenada al fracaso. Algo que los suizos parecen tener muy claro. ETH cuenta con un presupuesto anual acorde a su importancia: 1.885 millones de francos.


Hay quien solo ve Suiza como un lugar de vacas felices pastando en prados verdes, picos nevados y trenes que llegan siempre a la hora.
Esa Suiza existe, pero es una visión parcial e incompleta.
La cara B del país, el lado más combativo y alternativo, vive en lugares como Reitschule, un centro cultural okupado abierto a todos.
Todo empezó en 1982, cuando un grupo de anarquistas y activistas tomaron el control de esta antigua escuela de equitación. Reclamaban más espacio para la cultura y lo hicieron suyo, llenándolo de proyecciones de cine, conciertos y debates.
Después llegaron cinco años de luchas constantes con las autoridades. Un juego del gato y el ratón en el que la policía expulsaba a los okupas, y pocos días después estos volvían a ocuparlo.
Con el tiempo, el centro se volvió cada vez más integrado en la cultura de la ciudad y el Ayuntamiento optó por rebajar los conflictos sociales con subvenciones y exenciones de alquiler.
Hoy una mayoría de berneses lo consideran una pieza clave en el tejido cultural de la ciudad. Una opinión que dejaron bien clara en el referéndum celebrado en 2010, convocado por la oposición, que pedía cerrar y vender el Reitschule. El 68,4% de la población rechazó la propuesta.


La Basilea más despreocupada queda para tomar cañas después de un largo día de trabajo en sitios como Werk 8.
Si eso es lo único que te interesa hacer aquí, relájate y disfruta. Pero merece la pena no quedarse solo en la superficie e indagar un poco en la historia de esta zona. El bar restaurante está en la entrada de Gundeldinger Feld, una antigua zona industrial en la que se fabricaban compresores de gas durante el siglo XX, hasta que sus dueños decidieron dejar la ciudad a finales de los años 90.
Tras escuchar la noticia, un grupo de arquitectos locales llamados INSITU decidieron actuar rápido y se hicieron con el terreno. Elaboraron un plan para convertir esta zona en espacios multiusos que pudiesen contribuir al tejido del barrio. El experimento fue un éxito. En los 12.000 metros cuadrados que antes ocupaban antiguas naves hay un rocódromo, una biblioteca, oficinas, talleres de artistas, empresas sociales, ONG y un hostal para jóvenes. La zona es totalmente peatonal.
Los arquitectos que lideraron el proyecto optaron por respetar al máximo los elementos de la fábrica. Aquí las cañas se toman rodeadas de antiguas grúas y contenedores. ¡Prost!