Momentos urbanos suizos
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La Basilea más despreocupada queda para tomar cañas después de un largo día de trabajo en sitios como Werk 8.
Si eso es lo único que te interesa hacer aquí, relájate y disfruta. Pero merece la pena no quedarse solo en la superficie e indagar un poco en la historia de esta zona. El bar restaurante está en la entrada de Gundeldinger Feld, una antigua zona industrial en la que se fabricaban compresores de gas durante el siglo XX, hasta que sus dueños decidieron dejar la ciudad a finales de los años 90.
Tras escuchar la noticia, un grupo de arquitectos locales llamados INSITU decidieron actuar rápido y se hicieron con el terreno. Elaboraron un plan para convertir esta zona en espacios multiusos que pudiesen contribuir al tejido del barrio. El experimento fue un éxito. En los 12.000 metros cuadrados que antes ocupaban antiguas naves hay un rocódromo, una biblioteca, oficinas, talleres de artistas, empresas sociales, ONG y un hostal para jóvenes. La zona es totalmente peatonal.
Los arquitectos que lideraron el proyecto optaron por respetar al máximo los elementos de la fábrica. Aquí las cañas se toman rodeadas de antiguas grúas y contenedores. ¡Prost!


—¡61 millones de francos para la ópera! ¿Y nosotros qué?
Estamos a principios de los 80 y los movimientos estudiantiles están caldeados. Hay mucha frustración. Mientras a los adolescentes les niegan espacios culturales libres y accesibles, el Ayuntamiento acaba de gastar una millonada en la remodelación de la ópera.
Los siguientes años estuvieron dominados por protestas, ocupaciones y presiones. Ruido que acabó dando sus frutos cuando en 1988 abrió el centro juvenil Dynamo, respaldado con 15 millones de francos de dinero público. 30 años más tarde, el proyecto ha conseguido mantenerse alejado de la institucionalidad con una propuesta que evoluciona con los tiempos.
En el interior hay talleres, estudios de grabación, laboratorios e impresoras que permiten a los jóvenes desarrollar sus inquietudes. En el sótano hay una discoteca participativa cuyos responsables rotan con el fin de coger experiencia laboral.
Situado en una antigua fábrica de cerveza, el edificio se encuentra sobre el río Limago. Una zona de baño posindustrial con un restaurante que sirve platos sencillos a precios razonables.
Una buena oportunidad para empaparse de la cultura juvenil en Zúrich.


Por mucha intención que pongas a una foto, esta siempre te sorprende para bien o para mal.
Para mal cuando no sale cómo te la habías imaginado; y para bien cuando sale mejor de lo pensado.
Trabajar con cámara analógica te da estas sorpresas. No puedes ver el resultado en tiempo real. No tienes una pantalla para comprobarlo. Toca esperar al revelado al acabar el viaje. Y toca revivir y recordar escenas como estas de las que te habías olvidado. Una nube de vapor flotante sobre un lago tranquilo y un barco blanco de la ‘belle époque’. Escenas que solo te puedes encontrar en el lago Leman.



El Art Brut no fue creado para ser expuesto.
No fue concebido para venderse. Ni para hacerse famoso, ni para distinguirse de los demás. Es arte creado por el mero hecho de crear. La pulsión más primaria del ser humano. La misma que llevó a nuestros antepasados a dejar la huella de su mano en las cuevas de Altamira. Y uno de los hogares espirituales de este movimiento se encuentra en Lausana.
La collection de L’Art Brut alberga la colección más completa de obras de este género, legadas a la ciudad por Jean Debuffet.
El francés se empezó a interesar por el Art Brut tras descubrir el libro Expresiones de la locura, de Hanz Prinzhorn. Un médico alemán que puso en valor las obras de arte de los locos que se encontraba en los psiquiátricos donde trabajaba durante los años 20. Debuffet acabaría llamando Art Brut (arte bruto) a este género en 1945, en honor a su crudeza y pureza artística.
Pero el artista francés no quiso reducirlo únicamente a la etiqueta del arte de los locos. Buscaba piezas insólitas de presos, gente solitaria, inadaptados, ancianos, místicos, anarquistas y rebeldes. Gente que tenía una cosa en común: la ausencia de una formación artística tradicional. El arte de los desamparados, marginados y olvidados.
Tras exponer sus piezas en el Museo de Artes Decorativas en París en 1967, el francés empezó a contactar con distintas instituciones para encontrar un hogar para su colección. Ante la falta de interés en su país de origen, llegó a un acuerdo con el Ayuntamiento de Lausana, que le ofreció un edificio para salvaguardar sus obras. La Collection de L’Art Brut se inauguró en 1976.
«El verdadero arte siempre está donde no se le espera. Allí donde nadie piensa en él ni pronuncia su nombre. El arte odia ser reconocido y saludado por su nombre. (…) El arte es un personaje apasionadamente enamorado del incógnito. En cuanto alguien lo descubre, lo señala con el dedo, entonces se escapa, dejando en su lugar un figurante laureado que lleva sobre sus hombros una gran pancarta en la que pone ARTE, que todo el mundo rocía enseguida con champaña», decía Jean Debuffet.
El Art Brut es una llamada a todos para crear sin esperar a tener el permiso de los demás. A confiar en nuestra intuición. A no dejar que anulen el potencial creativo que todos llevamos dentro.



No tuve que coger un tren para encontrar este paisaje bucólico.
Ni montarme en un tranvía para bañarme en estas aguas transparentes. Me alejé 10 minutos a pie del centro de Zúrich hasta llegar a este pequeño embarcadero en el que una barquita de madera esperaba a su dueño.
Esto es Zúrich, la ciudad que vive en una perfecta simbiosis con el agua. Me quité la camiseta, levanté los brazos y me lancé al agua. Veinte minutos después estaba sentado en una terraza urbana comiendo un bratwurst. El placer de lo sencillo. El verdadero lujo es esto.



¿Qué entendemos por comida tradicional en una ciudad en la que el 37% de la población es extranjera?
Markthalle es el lugar al que hay que acudir para descubrirlo. Situado a cinco minutos caminando desde la estación central, la visitamos a mediodía para comer algo rápido y nos encontramos un ambiente distendido y relajado.
Oficinistas y profesionales liberales hacen cola en unos cuarenta puestos que ofrecen comida de todo el mundo. Teriyaki japonés, hummus israelí, dumplings cantoneses, pad thai tailandés, souvlaki griego. Comida afgana, etíope, india, cubana, venezolana, argentina. Las opciones son inabarcables y el hecho de que cada local se especialice en unos pocos platos hace que la calidad-precio sea notable.
Abierto en 1929, el mercado entró en declive a principios de los 2000 antes de ser rescatado por un grupo de promotores que consiguieron reinventarlo. Otro detalle a tener en cuenta: aquí se celebran mercados de pulgas los fines de semana.