Momentos urbanos suizos
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Propongo un juego. Para participar necesitas, mínimo, un acompañante.
Elige una zona acotada y date 30 minutos para fotografiarla por separado. Ponte un límite: lo ideal es 10 o 15 fotos, te obligará a pensar más antes de pulsar el gatillo. Cuando se acabe el tiempo, sentaos en un café y comparad el resultado.
Algunos se fijarán más en paisajes, otros más en detalles. Algunos estarán más interesados en ver cómo interactúa la gente con el espacio, otros preferirán estampas sin personas. Cada mirada es personal. Convierte la conversación en una oportunidad para aprender de la mirada del otro.
La fotografía tiene esa capacidad de encuadrar tu propia realidad. Aprovéchala.


En St. Gallen hay una serie de tesoros que solo vas a ver si levantas la mirada al cielo.
En St. Gallen hay una serie de tesoros que solo vas a ver si levantas la mirada al cielo. El centro está lleno de estampas del modernismo suizo que requieren estar atentos a las fachadas de los edificios.
Esta se llama Haus zur Treue y fue construida entre 1907 y 1909 por el arquitecto Cyrin Anton Buzzi. Pero hay muchas más como esta por toda la ciudad, recopiladas en la web Art Nouveau World. Levanta la mirada del teléfono para no perderte muchas cosas.



No vale con tener un espacio público espectacular.
Hay que habitarlo. Hay que usarlo, cuidarlo y vivirlo. Y en eso los ciudadanos de Zúrich son verdaderos expertos.
En verano, el verde se funde con el azul del lago. La hora de la comida se convierte en una oportunidad para tirarse al agua. Cuando llega el fin de semana, la interacción con el lago se vuelve más intensa todavía.
Habita Zúrich como otro ciudadano más. Aprovecha las ventajas de ser un outsider. Convierte lo ajeno en propio. Consigue una entrada al teatrillo de la ciudad. ¡Es gratis!



Desde aquel día puedo decir con seguridad que he subido al cielo en ascensor.
Para alcanzarlo, tuve que coger un barco, seguido de un funicular, seguido de un camino rodeado de árboles inmensos sobre una ladera casi vertical.
Para conocer los orígenes de esta alocada idea hay que viajar a finales del siglo XIX. Franz Joseph Bucher-Durrer era un empresario que había construido un pequeño imperio hotelero de gran lujo en Bürgenstock, un monte con vistas al lago de Lucerna.
La exigencia de sus clientes lo llevó a abrir un sendero en la ladera de la montaña para que pudiesen salir a caminar. A medida que avanzaba el camino, la pendiente era tan empinada que acabó siendo imposible llevarles hasta la cima. Pero Bucher-Durrer no era una persona que se rindiera fácilmente. Inspirado por las formas de la Torre Eiffel, encargó la construcción de un ascensor de 165 metros que elevaría a sus visitantes al cielo. Tras cinco años de trabajo arduo liderado por mineros italianos y austriacos, el elevador fue inaugurado en 1905, convirtiéndose en una gran atracción.
Aquel día, al llegar a la cima en ascensor, se abrieron las puertas y apareció una vista casi interminable de los Alpes. Fue en ese momento cuando entendí por qué Bucher-Durrer insistió tanto en construir lo que probablemente muchos tildaron de majadería en su día.



100 segundos para llegar a una de las mejores panorámicas de Zúrich.
Es lo que tarda el funicular Polybahn en llegar a la Polyterrase, una plaza libre de obstáculos para contemplar la ciudad.
Aquí se encuentra también la sede monumental de la Universidad Politécnica de Zúrich (ETH, por sus siglas en alemán). Más de 21 premios Nobel (entre ellos Einstein) han pasado por este centro especializado en ciencias, que está entre las 10 mejores universidades del mundo. Sus graduados son tan codiciados que Google tiene una de sus oficinas más importantes del mundo en Zúrich, donde trabajan más de 2.000 personas.
Hoy, más que nunca, el coronavirus nos ha demostrado que una nación que no invierte en ciencia está condenada al fracaso. Algo que los suizos parecen tener muy claro. ETH cuenta con un presupuesto anual acorde a su importancia: 1.885 millones de francos.


Lo primero que llama la atención al entrar al museo Tinguely es ver niños correteando y subidos a las obras.
Una niña de unos 8 años se acerca a una de las esculturas y pisa un botón. La escultura cobra vida y genera un maravilloso estruendo. Si Jean Tinguely estuviese vivo hoy, esta escena le hubiese gustado.
El artista suizo luchó toda la vida para quitar solemnidad al arte. El juego es una parte vital de la vida y buscaba que estuviera siempre presente en sus obras. Sus piezas son máquinas imperfectas construidas con una enorme variedad de objetos en desuso. Tinguely era capaz de juntar una cabeza de caballo, una noria, las cortinas antiguas de un teatro, una rueda de una bici y un tambor para generar esculturas en movimiento. Sus máquinas son como la vida misma: imperfectas, desordenadas, bellas, ruidosas, molestas.
El escultor disfrutaba también destruyendo algunas de sus obras y generando grandes performances que acababan con explosiones. Era su manera de recordarnos que las máquinas podían matarnos si caían en las manos equivocadas.
El tiempo tiende a olvidar y por eso este museo sigue siendo tan importante. Tinguely sigue siendo relevante para los tiempos en los que vivímos por la manera en que reflexionaba sobre la tecnología sin perder el sentido del humor. Un espíritu que lo guió hasta el final de su vida en 1991.
En lugar de una ceremonia sombría y triste, preparó un funeral en el que desfilaron varias de sus esculturas en movimiento. Más de 10.000 personas se despidieron del artista suizo más importante del siglo XX.