Momentos urbanos suizos
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Este mirador tobogán es para adultos que siguen sintiéndose niños o niños que no quieren dejar de serlo.
Desde arriba se ve todo el ‘skyline’ de Basilea en el horizonte y directamente debajo, la piezas arquitectónicas que forman el Vitra Campus.
La cima se alcanza a pie. La vuelta a tierra se realiza deslizándote rápidamente por el interior de un tobogán. Su creador, Carsten Höller, es un artista alemán con una especial predilección por este medio de transporte, que ha instalado en varios museos del mundo.
«Un tobogán es un trabajo escultural con un elemento pragmático, una escultura que te permite viajar por su interior. (…) Es un elemento singular para experimentar un estado emocional único entre el deleite y la locura».


Hay rincones de Ginebra que no han cambiado nada en los últimos siglos.
Si obviamos la luz eléctrica y algún elemento más, esta foto se podría haber tomado en el siglo XIX.
¿Quién vivió aquí hace dos siglos? ¿Cómo se llamaba y qué ropa vestía?
La imaginación es un elemento imprescindible para hacer más inmersivos nuestros viajes. No olvidemos utilizarla de vez en cuando.



¿Qué entendemos por comida tradicional en una ciudad en la que el 37% de la población es extranjera?
Markthalle es el lugar al que hay que acudir para descubrirlo. Situado a cinco minutos caminando desde la estación central, la visitamos a mediodía para comer algo rápido y nos encontramos un ambiente distendido y relajado.
Oficinistas y profesionales liberales hacen cola en unos cuarenta puestos que ofrecen comida de todo el mundo. Teriyaki japonés, hummus israelí, dumplings cantoneses, pad thai tailandés, souvlaki griego. Comida afgana, etíope, india, cubana, venezolana, argentina. Las opciones son inabarcables y el hecho de que cada local se especialice en unos pocos platos hace que la calidad-precio sea notable.
Abierto en 1929, el mercado entró en declive a principios de los 2000 antes de ser rescatado por un grupo de promotores que consiguieron reinventarlo. Otro detalle a tener en cuenta: aquí se celebran mercados de pulgas los fines de semana.


Estamos en la era de la distracción. Hasta aquí, nada que no sepamos ya.
Pero ya en 1991, los artistas Peter Fischli (1952) y David Weiss (1946-2012) lo vieron venir y elaboraron esta serie de consejos para ayudarnos a trabajar mejor:
Haz una sola cosa a la vez.
Identifica el problema.
Aprende a escuchar.
Aprende a hacer preguntas.
Diferencia la sensatez de la insensatez.
Acepta los cambios como inevitables.
Reconoce tus errores.
Hazlo de un modo simple.
Mantén la calma.
Sonríe.
Creado en 1991, el decálogo nació a partir de un cartel que los artistas encontraron en una fábrica de cerámica tailandesa a finales de los 80.
Con su característica ironía fina, Fischli y Weiss posicionaron el mural para que la gente que trabajaba dentro de la oficina no pudiese ver los consejos.
«Su obra no busca crear ni imponer significados; no pretende decir cuál es el valor del arte. Por el contrario, intenta evidenciar la presencia del arte en los hechos y objetos más ordinarios», reflexiona Andrea Bustillos Duharten en la revista Artishock.
Nacidos en Zúrich, los artistas se hicieron mundialmente conocidos por su manera tan ingeniosa de reflexionar sobre los clichés y lo cotidiano.
Encontrar el mural no fue fácil (está en una zona llena de puentes, intersecciones y carreteras). Pero perderse para encontrar algo que deseas ver lo hace más deseable y satisfactorio cuando por fin lo encuentras.
Si no tienes tiempo para visitarlo, existe la posibilidad de verlo desde el tren que conecta el aeropuerto de Zúrich con el centro. Siéntate en el costado izquierdo del vagón, y un minuto antes de llegar a la estación de Oerlikon aparecerá en un abrir y cerrar de ojos.
Imprime sus conclusiones. Cuelgalas en tu despacho. Úsalas para blindarte ante las distracciones.


Es difícil rellenar un vacío tan grande como el que dejó el cierre de las fábricas de Sulzer AG en Winterthur.
No ocurrió de la noche a la mañana, pero el golpe de gracia llegó en los años 80, cuando el conglomerado industrial dejó vacío Sulzer Areal, un espacio de 150.000 m² en las inmediaciones de la estación central. Para poner en contexto el agujero, el espacio equivalía al tamaño del centro histórico de Winterthur.
Se barajaron todo tipo de opciones. Entre ellas, arrasar los edificios por completo. Pero, poco a poco, los ciudadanos empezaron a ver que, lejos de ser un incordio, estaban ante una gran oportunidad.
El siguiente paso fue convocar un concurso internacional de ideas en 1992, que ganó el arquitecto francés Jean Nouvel. Un proyecto llamado Megalou que prometía transformar el barrio a lo grande.
Mientras las autoridades y empresas privadas volcaron su energía en reunir los fondos para hacerlo posible, algo interesante empezó a ocurrir. Llegaron pequeños proyectos a la zona. Una discoteca por aquí, una tienda por allá, unas oficinas. Todas con licencia de uso temporal.
En 2001 el gran proyecto de Nouvel se abandonó por falta de fondos y tocó cambiar de estrategia. Esos negocios que vinieron de manera temporal se convirtieron en permanentes. Se buscó primar proyectos más pequeños y una visión más descentralizada del desarrollo de la zona. La apuesta resultó ser un éxito.
Hoy Sulzer Areal es uno de los motores de la ciudad. Aquí puedes aparcar en una antigua sala de fundición, estudiar arquitectura en lo que antes fue una sala de motores, comprar vinilos, cenar en un antiguo tranvía, bailar electrónica hasta altas horas de la madrugada, montar una start-up e incluso vivir en fábricas reconvertidas en apartamentos.
El éxito del proyecto ha revelado algunas grandes verdades para una ciudad pequeña como Winterthur:



El punto azul de Google Maps se ha convertido en la brújula que alumbra el camino de media humanidad.
Pero el resultado es que, a menudo, acabamos más pendientes de la pantalla del móvil que del lugar donde estamos. El paseo Rehberger está diseñado de tal modo que permite poner el móvil en modo avión y dejarse guiar por las 24 obras de arte instaladas a lo largo de este camino trazado por el artista alemán Thomas Rehberger.
La sensación al recorrerlo recuerda a los peregrinos que seguían las señales de piedras, estrellas y símbolos pintados en los árboles para no perderse por el camino.
Comenzamos el paseo en la Fundación Beyeler. Las primeras obras se encuentran en una gran pradera que acaba repentinamente con un río caudaloso. Cruzamos un puente y, de pronto, un paso fronterizo. En el otro lado está Alemania, pero no hay nadie controlando el paso. Es una muestra de que Basilea tiene tan interiorizado su papel de ciudad transfronteriza que cruzar es tan normal como salir a comprar el pan.
El último tramo atraviesa una colina llena de viñedos. Aquí las obras se vuelven más entretenidas. Unos prismáticos púrpura permiten mirar a lo lejos con mayor nitidez. Debajo aparece el Vitra Campus, el destino final de este camino que termina con la obra número 24, situada justo enfrente del Museo de diseño de Vitra. Una obra de Frank Gehry construida en 1989, antes de que se convirtiera en la superestrella de la arquitectura que es hoy.