Momentos urbanos suizos
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Hay quien no sale nunca de las zonas turísticas.
Arrastramos inercias que nos llevan solo a los lugares que han sido preparados para ser vistos. Pero siempre merece la pena reservarse un rato para ver cosas más cotidianas. Caminar por un barrio residencial, por ejemplo, como hicimos en St. Gallen.
Allí donde acababa el casco viejo encontramos unas calle empinadas que llevaban a una casas señoriales custodiadas por árboles gigantes. ¿Cómo se construyen? ¿Qué tipo de coches hay aparcados? ¿La gente se saluda por la calle? Entrena la mirada para fijarte en lo cotidiano. No puedes juzgar una ciudad únicamente por su centro histórico.


Estamos en la era de la distracción. Hasta aquí, nada que no sepamos ya.
Pero ya en 1991, los artistas Peter Fischli (1952) y David Weiss (1946-2012) lo vieron venir y elaboraron esta serie de consejos para ayudarnos a trabajar mejor:
Haz una sola cosa a la vez.
Identifica el problema.
Aprende a escuchar.
Aprende a hacer preguntas.
Diferencia la sensatez de la insensatez.
Acepta los cambios como inevitables.
Reconoce tus errores.
Hazlo de un modo simple.
Mantén la calma.
Sonríe.
Creado en 1991, el decálogo nació a partir de un cartel que los artistas encontraron en una fábrica de cerámica tailandesa a finales de los 80.
Con su característica ironía fina, Fischli y Weiss posicionaron el mural para que la gente que trabajaba dentro de la oficina no pudiese ver los consejos.
«Su obra no busca crear ni imponer significados; no pretende decir cuál es el valor del arte. Por el contrario, intenta evidenciar la presencia del arte en los hechos y objetos más ordinarios», reflexiona Andrea Bustillos Duharten en la revista Artishock.
Nacidos en Zúrich, los artistas se hicieron mundialmente conocidos por su manera tan ingeniosa de reflexionar sobre los clichés y lo cotidiano.
Encontrar el mural no fue fácil (está en una zona llena de puentes, intersecciones y carreteras). Pero perderse para encontrar algo que deseas ver lo hace más deseable y satisfactorio cuando por fin lo encuentras.
Si no tienes tiempo para visitarlo, existe la posibilidad de verlo desde el tren que conecta el aeropuerto de Zúrich con el centro. Siéntate en el costado izquierdo del vagón, y un minuto antes de llegar a la estación de Oerlikon aparecerá en un abrir y cerrar de ojos.
Imprime sus conclusiones. Cuelgalas en tu despacho. Úsalas para blindarte ante las distracciones.



Había varias opciones para llegar a Ginebra desde Lausana.
El tren era la más rápida: 45 minutos. El autobús tardaba algo más. El barco: tres horas y media. Escogimos el barco. ¿Para qué viajar si viajas con prisa?, me dije a mi mismo.
A las 14.45 entró a puerto el Simplon. Una obra maestra de la ‘belle époque’ que acababa de cumplir un siglo de vida. Dejamos nuestras maletas en un rincón y nos dirigimos a este salón restaurante situado en la parte delantera del barco, recubierto de madera con sillas de terciopelo rojo.
Cada parte del barco ofrecía algo nuevo que descubrir. En la parte central de la nave escuchamos un sonido estruendoso. El motor estaba completamente expuesto a la vista. El choque de pistones, vapor y grasa generaba un ruido hipnótico. A los lados, dos ventanales mostraban las ruedas, que se movían a toda velocidad para mover la embarcación.
Pasamos el resto del viaje en cubierta, sentados en una mesa rodeada de grandes ventanales.
Cuando el barco entró al puerto de Ginebra tres horas y treinta minutos después, deseamos que el tiempo se hubiese parado. Pero no había escapatoria. El viaje se había acabado.


Esta foto se tomó en Berna, pero podría haberse tomado en cualquier ciudad helvética.
Las fuentes urbanas en Suiza tienen un doble propósito: decorar el paisaje urbano y ofrecer agua potable, que fluye de manera constante.
La capital tiene una en cada esquina. Zúrich tiene más de 1.200.
Escucha el sonido hipnotizador que produce el agua cuando cae de las fuentes. Utilízalas como recordatorios para parar y descansar. No la compres embotellada; es un sinsentido cuando se tiene acceso a agua que probablemente se originó en un glaciar suizo.


La vida brota bajo este viaducto mientras los trenes pasan por arriba.
En sus 56 arcos no falta de nada. Puedes tomar el aperitivo, dar clases de tango, comprar queso, hacer ejercicio, trabajar un rato en un coworking, comprar muebles, ver un concierto en directo.
Construido en 1894 con piedra tallada, anteriormente albergó talleres y almacenes antes de caer en el olvido. En Zúrich son unos verdaderos maestros del aprovechamiento del espacio y este es el enésimo ejemplo de ello.



Fue en este paseo frente al lago, flanqueado por columnas y palmeras, cuando entendi la fascinación que sienten los suizos por Lugano.
No hace falta viajar a la costa italiana o francesa para vivir el estilo de vida mediterráneo. Lo tienen a unas pocas horas en tren, sin coger un avión ni cruzar fronteras.
El monte que se ve en el horizonte se llama San Salvatore y es uno de los mejores miradores de la ciudad. Una digna copia del pan de azúcar en Río de Janeiro. O igual es al revés.