Momentos urbanos suizos
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Un huerto en el casco antiguo.
Caminar sin rumbo por el centro histĂłrico de Berna regala este tipo de caramelos visuales. Entrena la mirada. DĂ©jate llevar por el instinto. No te obsesiones con sacar fotos en cada momento. Cuando algo te llame la atenciĂłn, imagĂnate el encuadre. Cuando te guste lo que ves, acerca el ojo a la mirilla de la cámara y ¡clic!



A la cima del monte Bré llegamos volando.
El gran mirador de Lugano está conectado con la ciudad con un funicular que llega a su destino con extrema facilidad.
Pero ¿por qué se ven destellos blancos en el margen derecho de esta foto?
Son pequeños errores producto de la fotografĂa analĂłgica, bellos fallos que dan la sensaciĂłn de estar contemplando un sueño o un recuerdo.
En la era de la fotografĂa digital, en la que no hay casi lĂmite de fotos que podemos hacer, trabajar con cámaras que usan carrete obliga a los fotĂłgrafos a tomar menos instantáneas. Es lo que hicimos en este viaje. Todas las imágenes que mostramos en esta guĂa están hechas con cámara analĂłgica.
«Tienes menos margen para equivocarte. Te obliga a pensar más antes de hacer la foto», explica LluĂs, el fotĂłgrafo que me acompaña en esta aventura. «Además, sigues contando con la cámara de tu mĂłvil, por si acaso».
Hay un elemento más que contribuye a la belleza de lo analĂłgico. El revelado. Cuando haces la foto, no tienes una pantalla para poder ver el resultado en tiempo real. Toca esperar hasta el final del viaje. EnvĂas los carretes a un laboratorio y en unos pocos dĂas recibes los resultados en un archivo digital. Un ejercicio de paciencia en la era de la impaciencia.


Por mucha intenciĂłn que pongas a una foto, esta siempre te sorprende para bien o para mal.
Para mal cuando no sale cĂłmo te la habĂas imaginado; y para bien cuando sale mejor de lo pensado.
Trabajar con cámara analĂłgica te da estas sorpresas. No puedes ver el resultado en tiempo real. No tienes una pantalla para comprobarlo. Toca esperar al revelado al acabar el viaje. Y toca revivir y recordar escenas como estas de las que te habĂas olvidado. Una nube de vapor flotante sobre un lago tranquilo y un barco blanco de la ‘belle Ă©poque’. Escenas que solo te puedes encontrar en el lago Leman.


Una de las mejores maneras de sentirse local en una ciudad ajena es repetir en un restaurante.
Volver al dĂa siguiente es una señal para los camareros de que te gustĂł y hace que te traten mejor todavĂa que la primera vez.
«Vous etre la resistance» (sois la resistencia), le digo a la simpática mujer mayor que regenta el restaurante Le Thermometre, en referencia la localización de este bistró tradicional en una de las calles más comerciales de Ginebra, llena de tiendas de lujo y grandes multinacionales.
«¡Bien sur! Notre futur c’est garantie» (nuestro futuro está garantizado), me dice señalando a su nieto, que atiende una mesa a nuestro lado.
Las dos veces pedimos el ‘boeuf’ a la plancha, la especialidad de la casa, unos filetes de solomillo cortados finos, acompañados de una salsa que mezcla aceite de oliva, ajo, albahaca, y unas patatas fritas cortadas en rectángulos finĂsimos, un verdadero espectáculo gustativo. De primero, una ensalada verde bien aliñada. El triunfo de la sencillez.


La urbanidad en ZĂşrich es relativa.
A cinco minutos de la zona más concurrida de la ciudad encuentras la calma más absoluta. El canal Schanzengraben rodea el centro histĂłrico, pero es casi imperceptible si no lo conoces. Durante siglos se utilizĂł como foso de agua para proteger las murallas de la ciudad antigua. Hoy aĂsla del ruido de la urbe y actĂşa como zona de recreo. Es aquĂ donde encontramos uno de nuestros locales favoritos de ZĂşrich, el bar Rimini, que abre a partir de las 19.00 de la tarde.
Durante el dĂa, cambia de uso y de nombre. Se convierte en Männerbad y es una zona de baño gratuita abierta solo para hombres (el nudismo está permitido). Los lunes el espacio se transforma en un mercadillo, popular entre la comunidad creativa de la ciudad.
En ZĂşrich, el uso inteligente del espacio está a la orden del dĂa. Un mismo lugar puede tener muchas caras y eso permite visitarlo más de una vez sin repetir experiencia.


Museos de arte concebidos como cubos blancos.
Es una fórmula que se repite en muchas ciudades. Tiene sentido: se busca no contaminar las obras que se exponen. Pero el resultado muchas veces roba la personalidad de los espacios, algo que no ocurre en el Kunsthaus de Zúrich. El museo de arte más importante de la ciudad es una obra de arte en sà mismo.
Inaugurado en 1911, el arquitecto Karl Moser llenó los interiores de elementos decorativos inspirados en el movimiento secesionista vienés. La escalinata que da entrada al espacio está cubierta de murales del pintor Ferdinand Hodler, creados exclusivamente para el edificio. En las salas más monumentales, los patrones en el suelo y las paredes añaden un elemento más inmersivo a la experiencia de ver los cuadros.
Además del impresionismo francĂ©s, destaca la colecciĂłn de Edvard Munch, la más completa fuera de Noruega, y la colecciĂłn de paisajismo alpino de pintores que desconocĂamos, como Giovanni Segantini y Johann Heinrich WĂĽest.
La terraza del restaurante está decorada con murales de MirĂł, y en la salida hay una de las esculturas de Rodin más impresionantes que he visto jamás: la Puerta del infierno. Una obra en el que el escultor francĂ©s se imagina cĂłmo serĂa la entrada al averno (spoiler: tiene mala pinta).
Actualmente el Kunsthaus está inmerso en uno de los proyectos más importantes de su historia: la construcciĂłn de un nuevo edificio que incrementará el espacio expositor en un 78% y albergará la colecciĂłn de arte impresionista más importante fuera de ParĂs.