Momentos urbanos suizos
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No tuve que coger un tren para encontrar este paisaje bucólico.
Ni montarme en un tranvía para bañarme en estas aguas transparentes. Me alejé 10 minutos a pie del centro de Zúrich hasta llegar a este pequeño embarcadero en el que una barquita de madera esperaba a su dueño.
Esto es Zúrich, la ciudad que vive en una perfecta simbiosis con el agua. Me quité la camiseta, levanté los brazos y me lancé al agua. Veinte minutos después estaba sentado en una terraza urbana comiendo un bratwurst. El placer de lo sencillo. El verdadero lujo es esto.


Nuestro viaje al interior del Rolex Learning Center fue un recorrido con un final incierto.
Cuando pensamos que habíamos llegado a conocer todos los rincones de este edificio, de pronto se abría un nuevo espacio que no habíamos visto antes.
No había ni una sola línea recta, ni muros separadores ni escaleras. «Los humanos no nos movemos en líneas rectas, nos movemos en líneas curvas», dice Ryue Nishzawa, del estudio de arquitectura SANAA, quien diseñó el espacio.
Cada sala estaba interconectada por caminos que subían y bajaban de forma sinuosa. En cada zona había patios interiores que dejaban entrar la luz, accesibles desde dentro y desde fuera del edificio. Esta porosidad hizo que nunca tuviésemos la sensación de estar en un inmueble de grandes dimensiones pese a que abarca más de 20.000 metros cuadrados.
El proyecto nació a partir del deseo de la universidad politécnica de Lausana (EPFL), una de las más prestigiosas de Europa en ciencia y tecnología, de dar un vuelco a su imagen.
Inaugurado en 2010, hoy es el buque insignia de la institución. Un lugar en el centro del campus para ser habitado, con una biblioteca, cantina, zonas de trabajo y abierta al público. Un sitio en el que hay libertad para que las ideas fluyan en perfecta comunión entre el interior y el exterior.
«Los científicos y los artistas tienen mucho en común. Tienes que ser creativo para ser un buen científico. La arquitectura es una disciplina que une las dos cosas», decía Patrick Aebischer, presidente emérito de EPFL. «Y eso es lo que queremos transmitir a nuestros alumnos».


Lluís tomó esta foto desde la proa del barco M.N Ceresio.
La hizo cuando nos íbamos. Un recuerdo fijado de una tarde pasada en Morcote. Una despedida a cámara lenta.
Morcote es un pueblo pequeño cuyos habitantes siempre han soñado a lo grande. Ningún edificio está fuera de lugar. Ningún elemento de sus calles sobra. Siglos de prueba y error.
Este apego por lo bello contaminó también a los que venían de fuera. Hermann Arthur Scherrer escogió Morcote en los años 30 para crear un jardín botánico. El empresario compró una hectárea de terrenos y los llenó de paisajes indo asiáticos y mediterráneos. Hoy este parque está abierto al público.
En Morcote experimentamos la disonancia cognitiva de estar en un pueblo mediterráneo en un país sin salida al mar.


El arte no siempre fue accesible para todos. Antes de estar expuesto en museos, la práctica totalidad de las obras colgaban en estancias privadas para disfrute de unos pocos.
En 1661 el Ayuntamiento de Basilea compró una colección del pintor Hans Holbein y, poco después, la expuso públicamente para que los habitantes de la ciudad pudiesen disfrutarla. Un acto revolucionario que rompió la barrera que impedía acercar el arte al gran público. A partir de entonces, la relación entre las élites de la ciudad y el Kunstmuseum Basel ha sido de profunda implicación mutua. El museo es el espejo de los anhelos y gustos de sus habitantes más potentados durante los últimos cuatro siglos. Un hecho que ha contribuido a que la colección esté entre las más importantes del mundo.
Nosotros despejamos una mañana entera para ver la colección aunque se puede echar el día fácilmente. La primera planta está dedicada a los grandes maestros centroeuropeos del renacimiento. Fue aquí donde encontramos una de las obras más impresionantes de toda la colección. Se llama ‘La anunciación después de Tiziano’, y es una serie de cinco cuadros del pintor alemán Gerhard Richter que reinterpretan la obra de Tiziano en secuencia.
El segundo piso alberga cuadros de los siglos XIX y XX. Además de los impresionistas archiconocidos, dale una oportunidad a Ferdinand Hodler, un artista suizo del simbolismo que estuvo activo hasta 1918. Otro cuadro que nos dejó una impronta fue La isla de los muertos, de Arnold Böcklin. Y cuando ya piensas que no queda más por ver, un pasadizo subterráneo te lleva a un ala moderna inaugurada en 2016 que exhibe obras contemporáneas y exposiciones temporales.


Era el oscuro verano de 1816. En Villa Diodati, junto al lago de Ginebra, se reunieron Lord Byron y su médico, el doctor Polidori, con el poeta Percy Shelley, Mary Godwin (la futura esposa de Percy) y Claire (la hermanastra de Mary).
Hacía un frío que pelaba. Bramaban rayos y truenos, y de algún modo, su electricidad se apoderó de las conversaciones nocturnas alrededor de la chimenea.
Hablaban de esas teorías científicas que pretendían devolver la vida a los muertos con una descarga eléctrica, divagaban sobre los autómatas (los antecesores de los robots) y se obsesionaron con las historias alemanas de fantasmas.
Una noche, frente a los chasquidos del fuego, Lord Byron retó a sus amigos: «Cada uno escribirá un cuento de fantasmas». Días después, al meterse en la cama, Mary no podía dormir. Cerró los ojos y de pronto: «Vi el horrendo fantasma de un hombre extendido y entonces, bajo el poder de una enorme fuerza, aquello mostró signos de vida, y se agitó con un torpe, casi vital, movimiento».
Dos años después, con solo 20 años, Mary Shelley publicó de forma anónima el relato de terror que apareció aquella noche sobre su almohada: Frankenstein o el moderno Prometeo.
Una mañana nos dirigimos a la casa donde se gestó esta obra maestra de la literatura. Sabíamos que no estaba abierta al público, pero nuestra mitomanía se impuso y decidimos ir de todas maneras. De la visita salió esta foto del muro de la casa, en el que se divisa la nariz de un ser que bien podría ser Frankenstein.
A unos pocos metros de la villa nos sentamos en un banco con vistas ininterrumpidas al lago. En realidad, no hacía falta ver la casa. Bastaba con cerrar los ojos y usar la imaginación, como hizo Shelley aquel lluvioso verano de 1816.


Rodin y Monet fueron grandes amigos y dejaron constancia de ello en numerosas cartas.
«El mismo sentimiento de fraternidad, el mismo amor por el arte, ha hecho que seamos amigos para siempre […]», le escribió el escultor al pintor en 1897. «De modo que sigo teniendo siempre la misma admiración por el artista que me ha ayudado a comprender la luz, las nubes, el mar, las catedrales que tanto me gustaban».
Esta cercanía hace más especial todavía la disposición de la sala principal del museo de arte de Winterthur. En ella vemos una escultura de Rodin de espaldas a una pintura de Monet. La primera es una recreación de Pierre de Wissent, uno de los integrantes de los burgueses de Calais que dieron su vida para salvar la ciudad en la guerra de los Cien Años (1337-1453). La segunda es una de las 250 pinturas que Monet dedicó a recrear escenas de nenúfares, plantas acuáticas que estaban muy en boga en aquella época.
Con este simple diálogo entre las dos obras, el Museo de Arte de Winterthur ha conseguido mantener viva la amistad de los dos.