Momentos urbanos suizos
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Brutalismo delicado. Parece un oxímoron.
Los prejuicios han llevado a que muchos piensen que el brutalismo, un estilo arquitectónico popularizado entre los 60 y 70, no puede ser sensible por el uso indiscriminado que hace del hormigón. Esta obra, diseñada por Jack Bertoli en 1975, rompe este mito. El edificio imita las formas de una flor, lo que le ha valido el apodo de La Tulipe (el tulipán). Una pequeña joya que merece ser fotografiada.


El centro de decisiones de la ciudad Basilea destaca de todos los edificios a su alrededor por el color rojizo que envuelve su fachada.
Cruzamos la puerta de entrada y llegamos a un patio interior cubierto de murales pintados. Como muchos edificios antiguos, el edificio que vemos hoy es el producto de varias reformas a lo largo de los siglos. La parte central se construyó entre 1504 y 1514 para conmemorar la entrada de Basilea en la confederación suiza. En el siglo XVII se añadió una nueva ala y posteriormente, a finales del siglo XIX, se edificó la torre y el edificio situado en el extremo izquierdo del ayuntamiento.
Aunque hace tiempo que las oficinas fueron instalados en otra parte, sigue albergando el parlamento cantonal en el que se debaten y toman las decisiones. Sus 130 miembros se reúnen dos veces al mes aquí. El exterior sorprende, pero lo verdaderamente interesante está en el interior. Todos los sábados se organizan visitas guiadas para verlo.


Nuestro viaje al interior del Rolex Learning Center fue un recorrido con un final incierto.
Cuando pensamos que habíamos llegado a conocer todos los rincones de este edificio, de pronto se abría un nuevo espacio que no habíamos visto antes.
No había ni una sola línea recta, ni muros separadores ni escaleras. «Los humanos no nos movemos en líneas rectas, nos movemos en líneas curvas», dice Ryue Nishzawa, del estudio de arquitectura SANAA, quien diseñó el espacio.
Cada sala estaba interconectada por caminos que subían y bajaban de forma sinuosa. En cada zona había patios interiores que dejaban entrar la luz, accesibles desde dentro y desde fuera del edificio. Esta porosidad hizo que nunca tuviésemos la sensación de estar en un inmueble de grandes dimensiones pese a que abarca más de 20.000 metros cuadrados.
El proyecto nació a partir del deseo de la universidad politécnica de Lausana (EPFL), una de las más prestigiosas de Europa en ciencia y tecnología, de dar un vuelco a su imagen.
Inaugurado en 2010, hoy es el buque insignia de la institución. Un lugar en el centro del campus para ser habitado, con una biblioteca, cantina, zonas de trabajo y abierta al público. Un sitio en el que hay libertad para que las ideas fluyan en perfecta comunión entre el interior y el exterior.
«Los científicos y los artistas tienen mucho en común. Tienes que ser creativo para ser un buen científico. La arquitectura es una disciplina que une las dos cosas», decía Patrick Aebischer, presidente emérito de EPFL. «Y eso es lo que queremos transmitir a nuestros alumnos».


¿Cómo se rinde tributo a la vida y obra de Paul Klee, uno de los artistas suizos más importantes del siglo XX?
Construyendo un museo en su honor. Pero no cualquier museo. Aquí no hay una exposición permanente. Todas son temporales y cada una busca destacar elementos nuevos y desconocidos de Klee.
Cuando lo visitamos, había una muestra temporal sobre los paralelismos entre Klee, Charlie Chaplin y el caricaturista Sonderegger. La colección cuenta con 4.000 obras que rotan constantemente según la temática elegida.
Pero el placer de visitar el museo no se limita a ver cuadros. El edificio es una obra maestra de la arquitectura contemporánea. Las tres olas que dominan la estructura hunden sus cimientos en el pasto verde que lo rodea. Una parte importante del interior está construido bajo tierra, contribuyendo a crear una perfecta armonía con el entorno.
En palabras de Renzo Piano, el arquitecto de este edificio, «Klee no merece un museo, sino un paisaje. Cuando conocí el lugar lo entendí como una escultura de tierra. Por eso debía trabajar en ella como un campesino».


Vivímos en la era de la estética; de lo visual y lo instagrameable.
Los demás sentidos acaban siendo olvidados e ignorados. Pero en la sala de conciertos del KKL Luzern es al revés. Lo que se escucha tiene muchísima más importancia que lo que se ve.
Este templo del sonido está custodiado por tres pesadas puertas. Cada una de ellas filtra y bloquea cualquier interferencia sonora del exterior. Escondido en el suelo, el sistema de ventilación bombea aire tan silencioso que es imperceptible al oído humano.
Todo está medido al milímetro para que nada se interponga entre la música y el espectador. Cincuenta compuertas se abren y cierran según el tipo de concierto. El control absoluto de las ondas hace que el rebote de las notas en la pared se amortigüe, evitando ecos molestos para los músicos.
El responsable de esta obra maestra de la música fue Russell Johnson (1923-2007), contratado por el arquitecto Jean Nouvel para velar por la acústica de la sala. El francés definió la experiencia como «una verdadera aventura en la que inventamos algo nuevo». Nouvel quedó tan impresionado por la sabiduría de Johnson que lo acabó apodando «el guardián del oído».


Cuando nos bajamos del autobús, lo primero que pensé es que me había equivocado de sitio.
Vinimos en busca de una iglesia y nos encontramos con un cubo blanco anodino sin ventanas. Rodeamos el costado izquierdo del edificio hasta llegar a la parte trasera y una puerta se abrió automáticamente.
Cruzamos el umbral cegados por la luz del sol, y la atmósfera se transformó por completo. El ambiente era oscuro pero bañado en una luminosidad suave. Los muros desprendían una luz anaranjada que resaltaba los contornos de la piedra. El arquitecto, Franz Füeg, consiguió este efecto forrando el muro con 888 losas de mármol griego de 20 mm de ancho.
No había cuadros ni símbolos, ni falta que hacía. El choque de los rayos del sol con la piedra generó una energía celestial, independientemente de si uno es creyente o no.
Contemplamos esta maravilla durante 20 minutos en silencio y en soledad. Las ciudades tienen estas recompensas para quien está dispuesto a salirse de las zonas monumentales. Y aquel día encontramos nuestro premio en en Meggen, un pueblo junto a Lucerna.