Momentos urbanos suizos
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Una de las mejores maneras de sentirse local en una ciudad ajena es repetir en un restaurante.
Volver al día siguiente es una señal para los camareros de que te gustó y hace que te traten mejor todavía que la primera vez.
«Vous etre la resistance» (sois la resistencia), le digo a la simpática mujer mayor que regenta el restaurante Le Thermometre, en referencia la localización de este bistró tradicional en una de las calles más comerciales de Ginebra, llena de tiendas de lujo y grandes multinacionales.
«¡Bien sur! Notre futur c’est garantie» (nuestro futuro está garantizado), me dice señalando a su nieto, que atiende una mesa a nuestro lado.
Las dos veces pedimos el ‘boeuf’ a la plancha, la especialidad de la casa, unos filetes de solomillo cortados finos, acompañados de una salsa que mezcla aceite de oliva, ajo, albahaca, y unas patatas fritas cortadas en rectángulos finísimos, un verdadero espectáculo gustativo. De primero, una ensalada verde bien aliñada. El triunfo de la sencillez.


Pacquis es un barrio en el que se practica el teletransporte. En un kilómetro a la redonda puedes viajar de Eritrea a Tailandia con parada en Portugal.
Tras pasar una hora zigzagueando por sus calles, la decisión estaba tomada. Nuestro destino sería Líbano.
Parfums de Beyrouth es de esos sitios en los que sabes que todo estará bueno antes de entrar por la puerta. Lleno a rebosar, los camareros se mueven de manera frenética para atender las distintas peticiones de los comensales.
«Es como si alguien hubiese desmontado un restaurante de comida rápida en Beirut piedra por piedra y lo hubiese transportado a las calles de Ginebra», comenta Lluís, el fotógrafo que me acompaña en este viaje. Sabe de lo que habla. Ha pasado largas temporadas en la capital libanesa.
La clientela es tan variada como la demografía ginebrina, de la que el 37% de la población es extranjera. Una pareja vestida con ropa de marca y relojes caros comparte el salón con hippies y obreros de la construcción.
30 segundos después de entrar por la puerta se libera una mesa. Pedimos dos shawarma, hummus y mutabal. Cinco minutos después, ya está en nuestra mesa preparada por un ejército de cocineros expertos en envolver carne recién cocinada en pan de pita a toda velocidad.
La comida es exquisita. El precio lo hace más interesante todavía. 30 francos para dos.
Probablemente la mejor relación calidad-precio de toda Suiza, con un viaje a Beirut incluido.



No vale con tener un espacio público espectacular.
Hay que habitarlo. Hay que usarlo, cuidarlo y vivirlo. Y en eso los ciudadanos de Zúrich son verdaderos expertos.
En verano, el verde se funde con el azul del lago. La hora de la comida se convierte en una oportunidad para tirarse al agua. Cuando llega el fin de semana, la interacción con el lago se vuelve más intensa todavía.
Habita Zúrich como otro ciudadano más. Aprovecha las ventajas de ser un outsider. Convierte lo ajeno en propio. Consigue una entrada al teatrillo de la ciudad. ¡Es gratis!


—Buscamos la piscina —informamos al encargado del local.
—¡Seguidme! —contestó sin pensarlo dos veces.
Nos guio por unas escaleras, sacó un juego de llaves, las metió en la puerta y ¡zas! Allí estaba. Una piscina interior gigante completamente vacía.
—Hemos hecho de todo aquí. Películas, presentaciones, exposiciones, fiestas, representaciones teatrales —nos explicó visiblemente emocionado por las posibilidades de este enorme cubo rectangular— ¡Ah, que no me he presentado! Me llamo Dominic, por cierto.
En cuestión de segundos habíamos llegado al corazón de Neubad, uno de los centros culturales más punteros de Suiza.
Desde 2013, las antiguas instalaciones deportivas han sido transformadas en salas de trabajo y un café restaurante muy concurrido por los hípsteres locales. Pero el verdadero centro gravitacional de Neubad es, y siempre será, la piscina.
Dominic dice estar tan entusiasmado como el primer día con el proyecto pese a las dificultades de sacarlo adelante. «No pagamos alquiler al Ayuntamiento bajo la condición de no costarle ni un franco a las arcas públicas. Eso nos obliga a no estar quietos nunca; siempre nos inventamos cosas para darle vida a esto».


«Soy el último librero de antiguo que queda en la ciudad. Bueno, yo y un compañero que tiene una tienda aquí cerca», cuenta Alexander Illi en el interior de su tienda Illibrairie, en el casco viejo de Ginebra.
«No me desanimo para nada. Me permite acceder a verdaderas joyas ya que apenas tengo competencia», dice mientras señala las estanterías llenas a rebosar de tomos centenarios.
Unos días antes descubrí la existencia de esta tienda en una entrevista sobre las librerías en la era del covid publicada en Le Temps, el diario más importante de la suiza francófona. «Mis libros han vivido la peste, el cólera, la gripe española», contestó Illi al periodista. Una respuesta así me convenció de que había que visitar la tienda.
El encuentro inicial con Illi es frío. Le cuento que estoy escribiendo una guía de las ciudades de Suiza y me gustaría incluir la tienda. «Voy a ser sincero. Mi experiencia últimamente con los turistas no está siendo buena. Entran, miran, hacen una foto y se van. Maltratan los libros y nunca compran nada. No se dan cuenta de que esto no es una biblioteca, es una librería viva, aunque los libros sean casi todos de gente muerta. No sé si me interesa, la verdad».
Le explico con calma que se trata de una guía cultural que busca poner en valor lugares como el suyo. Poco a poco vamos congeniando y cambiamos el escepticismo por una entrevista improvisada sobre su trabajo.
Antes de salir me fijo en un par de libros de un viajero francés que visitó Suiza a principios del XIX. Quiero poder comparar mi experiencia con la de alguien que recorrió el país 200 años antes. Decido comprarlo y me hace una rebaja: «Tiene algunos desperfectos que dejaron unos turistas ayer, así que te lo dejo más barato». Cerramos el trato y me preparo para pagar.
Le pregunto si acepta tarjeta: «Aunque mi negocio sean libros del siglo XIX, esta es una librería del siglo XXI», contesta sonriendo mientras saca el datáfono del cajón.


Aquí te hemos contado por qué merece la pena visitar el museo Tinguely.
Y con esta foto te mostramos por qué deberías parar a tomar algo en su café después de ver las obras del artista suizo más importante del siglo XX.